Naturaleza — 1 de abril de 2021 at 09:00

Terremotos: cuando la tierra se agita

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Desde finales de 2020, y a lo largo de los primeros meses de 2021, el sureste de la península ibérica se ha visto sacudido por una incensante cadena de terremotos de diversa magnitud que, a la fecha, suman más de 2220 solo en la provincia de Granada. Es lo que se conoce como «enjambre sísmico». La noticia, si bien espectacular por la abundancia de temblores es, realmente, lo normal en zonas como esta de la que ahora hablamos: el sector central de las cordilleras béticas, lugar de convergencia de las placas africana y euroasiática, que se aproximan a una velocidad de entre cuatro y cinco milímetros al año, y una de las regiones de la península con mayor actividad sísmica y con una larga historia de terremotos de gran virulencia.

Según los datos que pueden consultarse en el Instituto Geológico Nacional (www.ign.es), el terremoto más antiguo del que hay constancia en Granada data de 1431, con una intensidad macrosísmica de VIII-IX, que ocasionó importantes daños en la Alhambra, aunque con total seguridad hubo otros anteriores, de la misma manera que los hubo, incluso de mayor impacto, en tiempos más recientes, y los seguirá habiendo en el futuro. De alguna manera, la vida no solo se manifiesta en la infinidad de formas que pueblan nuestro hermoso planeta; cuando la tierra se agita, es su propia «vida» la que habla con fuerza y nos recuerda violentamente que no somos ni los únicos ni los más importantes aquí.

terremotos granada
Mapa sismicidad en Granada el 1 de diciembre: www.ign.es

Cómo se producen los terremotos

Cualquiera que se haya entretenido en leer todas las cláusulas del seguro de su vivienda, puede haberse encontrado con un apartado que excluye de la cobertura los daños causados por «actos de Dios», esto es, todo evento producido por causas naturales que no puede ser controlado de ninguna manera por el hombre; uno de esos «actos de Dios» son los terremotos, uno de los fenómenos naturales más destructores y temidos por el hombre, aunque, como veremos a continuación, no todos los terremotos son el producto de un fenómeno natural.

Un terremoto se define, según la RAE, como una sacudida violenta de la corteza y manto terrestres, ocasionada por fuerzas que actúan en el interior de la Tierra. Suele ser, por tanto, un movimiento repentino y transitorio, aunque no por ello menos devastador. Para conocerlos mejor, podemos dividirlos según la forma en que se generan.

Enjambre sísmico Granada
Enjambre sísmico Granada

Terremotos por causas naturales

Tectónicos: son, generalmente, los más violentos y devastadores de todos. Están causados por los movimientos de las placas tectónicas de la Tierra y, a su vez, pueden ser de varios tipos según la forma en que las placas interactúan entre sí. El terremoto suele ser el efecto final de un proceso mucho más largo, en el que, durante mucho tiempo, se ha estado acumulando tensión debido al movimiento y a la presión continuados de las placas, hasta que llega un momento en que se supera el punto de resistencia y las rocas que sufrían dicha tensión se rompen súbita y violentamente, generando ondas sísmicas que se expanden a través de la tierra y en su superficie, como cuando tiras una piedra al agua. Todos los días se producen miles de terremotos de este tipo en todo el planeta; algunos pueden llegar incluso a ser de gran magnitud y dejar profundas huellas sobre la superficie terrestre en forma de enormes grietas o levantamientos de terreno, pero es cuando afectan a una zona habitada por el hombre cuando más atención les prestamos a causa de los daños que nos producen.

Volcánicos: básicamente son los que tienen su origen en la actividad volcánica y, si bien algunos fenómenos volcánicos tienen su origen en la tectónica, otra veces la actividad se produce por la explosión de la bolsa de magma o por la misma física de las erupciones.

Colapso: en ocasiones, el juego de fuerzas sobre algunos tipos de terrenos hace que se produzcan hundimientos del terreno con la consiguiente generación de ondas sísmicas y el desplazamiento de grandes masas de tierra.

Meteoritos: no son, desde luego, una causa frecuente de terremotos, pero en las escasas ocasiones en que el meteorito ha impactado contra la superficie de la tierra, la onda del impacto ha ocasionado una actividad sísmica.

Terremotos por actividad humana

Grandes embalses: la sobrecarga que puede producir la masa de agua embalsada puede afectar a la tensión tectónica, generando la liberación de los esfuerzos de las placas en forma de terremoto.

Explosiones nucleares: la liberación de energía que producen estas explosiones equivale a la de terremotos de magnitudes de cinco a seis. Curiosamente, el interés por controlar este tipo de explosiones fue lo que originó el desarrollo, en los años 60 del siglo XX, de la red sísmica mundial.

Explosiones de minas y canteras: también debidos a una afectación de las tensiones de la tierra, suelen ser de baja intensidad, pero pueden llegar a notarse bastante.

Inyección o extracción de fluidos: un ejemplo de esto serían las actividades de extracción de gases o de petróleo. Para la extracción, por ejemplo, del gas de esquisto se usa una técnica conocida como fracking, por la que se inyectan grandes cantidades de agua con aditivos químicos y arena a altas presiones, con la finalidad de fracturar la roca y liberar el gas. Esto puede ocasionar, a su vez, movimientos sísmicos al afectar el delicado equilibrio de tensiones en el interior de la tierra.

Cómo se miden

A la hora de medir el tamaño de un terremoto se suelen usar palabras como «magnitud» o «intensidad», y cada una de ellas se refiere a cosas distintas. La magnitud es lo que realmente mide el tamaño del terremoto. Se basa fundamentalmente en la medida instrumental de la amplitud de las ondas sísmicas, que se relaciona directamente con la cantidad de energía liberada en el terremoto. Uno de los medidores de la magnitud de un sismo es la famosa escala de Richter, que se basa en la magnitud local, y se mide, teóricamente, de 0 a 10.

Catálogo sísmico peninsular
Catálogo sísmico peninsular desde el año 1000 al 1900: www.ign.es

Según esta escala, los terremotos de magnitud local menores de 2 serían prácticamente imperceptibles, y lo habitual es que se produzcan unos 8000 de estos movimientos al día. Con una magnitud de entre 2 y 4 se producen movimientos que podemos percibir, pero que no suelen ocasionar daños. Entre el 4 y el 6 están los movimientos que pueden causar daños de mayor o menor severidad según la debilidad de las estructuras afectadas, como el terremoto de Albolote (Granada) de 1956 y el de Lorca (Murcia) de 2011. Para hacernos una idea, equivaldría a una bomba atómica de baja potencia. Entre 6 y 8 hablamos de daños serios, que pueden ocasionar la destrucción de poblaciones, como el ocurrido en la población italiana de Avezzano en 1915, de magnitud 7, que destruyó completamente la ciudad (salvo una casa) y causó la muerte de más de 30.000 personas. El terrremoto de L’Aquila de 2009 registró una magnitud de 6,7. Entre 8 y 9 estarían los terremotos épicos, verdaderos cataclismos que pueden devastar varios miles de kilómetros, y de los que se calcula que pueden registrarse uno o dos cada veinte años, como los terremotos de Lisboa de 1755, Perú en 2007, Sumatra en 2007 y 2012, o Japón en 2011. Por último, estarían los de magnitud 10, llamados también «legendarios» o «apocalípticos»; se considera que, desde que la humanidad tiene registros de los sismos, nunca se ha producido un terremoto de esta intensidad.

Desde que se inventó el sismógrafo, el terremoto de mayor magnitud en la escala Richter fue el producido en Valdivia (Chile) en 1960, con una medida de 9,5.

En la medida de la magnitud hay otros patrones, como la magnitud de las ondas internas, la de las superficiales, el momento sísmico o la duración, así como otras escalas de medición, como la de Mercalli, basada en la intensidad.

Precisamente, cuando se habla de intensidad sísmica, se hace referencia a la medida de la sacudida sísmica, valorable mediante los efectos que esta ha producido en el terreno, los daños a las estructuras y la forma en la que el terremoto se ha percibido. Podemos decir que la intensidad sísmica es el resultado de todos los elementos del movimiento del terreno, y no siempre es directamente proporcional a la magnitud. La intensidad es, entonces, una valoración sobre cómo ha afectado el sismo a un territorio habitado por el ser humano. Aparte de la escala de Mercalli modificada, usada fundamentalmente en América, está la MSK, usada en Europa. En ambos casos, la escala se divide en 12 grados y se expresa en números romanos. Así, el terremoto que afectó Lorca (Murcia) en 2011 tenía una magnitud de 5,1 y una intensidad de VII, mientras que el de Dúrcal (Granada) de 1954 registró una magnitud de 7,8 pero una intensidad de V.

Cuando no había instrumentos de medición

Los primeros sismógrafos comenzaron a usarse en 1900, y es a partir de 1920 cuando los mayores terremotos se miden instrumentalmente. Es entre los años 1921 y 1962 cuando, en España, comienzan a instalarse las estaciones de la red mundial WWSSN (World-Wide Standardized Seismograph Network); posteriormente, en 1985, se comienza la implantación de la red sísmica en tiempo real, hasta el año 2000, en que se desarrolla la actual red sísmica digital de banda ancha. Esto hace que, conforme los sistemas de medición han ido avanzando y extendiéndose por el mundo, los datos que tenemos sobre terremotos sean mucho mayores y precisos. Sin embargo, antes de 1900 también se produjeron terremotos y, de alguna manera, se han ideado formas de poder calcular indirectamente las magnitudes e intensidad de dichos sismos preinstrumentales.

La historia nos ha dejado numerosos testimonios sobre terremotos y sus efectos sobre las poblaciones. De muchos de ellos conocemos con bastante exactitud la fecha en que se produjeron, y conocemos incluso con cierta precisión la intensidad de los mismos, pero no es posible saber de forma exacta y directa su magnitud, ya que este parámetro depente de la medición instrumental del terremoto. Esto no impide que se hayan hecho aproximaciones según los datos que han podido conocerse en algunos casos, y existen metodologías para estimarla a partir de datos como la distribución espacial de la intensidad macrosísmica en el área del epicentro. Es por eso por lo que, en algunas de las tablas que ofrece el IGN sobre terremotos históricos, de época preinstrumental, se observa una magnitud, como en el terremoto de Alhaurín el Grande (Málaga) de 1680, con una intensidad de VIII-IX y una magnitud estimada de 6,8.

El terremoto de Málaga del 9 de octubre de 1680, con epicentro en Alhaurín el Grande, es justamente uno de los que cuentan con una estimación de la magnitud. Según los testimonios recogidos en la época, el sismo, que afectó bastante a la ciudad de Málaga, se sintió en buena parte de Andalucía, e hizo que la población malagueña de refugiara en la playa. Según los relatos, la percepción del sismo pudo sentirse en ciudades como Madrid o Valladolid. En la ciudad de Málaga la destrucción afectó al 19,8% de las casas, quedando al menos el 29,3% totalmente inhabitables, el 47,4% muy dañadas y sólo el 3,5% intactas. En Alhaurín tuvieron que demolerse el 51% de las viviendas, pero, además, se registraron grandes grietas en la tierra y cambios en los caudales de fuentes y manantiales. Gracias, justamente, a la amplitud de estos datos indirectos se pudo estimar la magnitud en 6,8.

¿Se pueden predecir?

La respuesta más breve y precisa es que no, no pueden predecirse los terremotos. Hasta la fecha, todos los sistemas de medición solo nos permiten arrojar luz sobre los sismos una vez que estos se producen, pero no cuándo va a producirse ni qué intensidad tendrá. Actualmente, lo único que podemos hacer es establecer probabilidades de que se produzcan movimientos en virtud de la actividad sísmica que se detecta, pero estos cálculos, por más probabilísticos que sean, no han logrado ninguna predicción certera. De hecho, la misma USGS (United States Geological Survey) tuvo que hacer recientemente unas declaraciones a raíz de una publicación en redes sociales que afirmaba que se esperaba un terremoto de gran intensidad en California después de detectar un enjambre sísmico entre la falla Imperial y la de San Andrés. La USGS afirmó lo que a día de hoy es la realidad de la sismología: «No. Ni el USGS ni ningún otro científico han predicho jamás un gran terremoto. No sabemos cómo, y no esperamos saber cómo en el futuro».

Placas tectónicas terremotos
Mapa mundial de las placas tectónicas: Eric Gaba (Wikimedia Commons).

Efectivamente, hoy en día los terremotos no pueden predecirse, pero sí que existen los medios para minimizar sus efectos devastadores, que, como decíamos antes, lo son más en función de los daños que causan en nuestras poblaciones. Sería infantil decir que la mejor forma de evitar los daños de los terremotos es no habitando en las zonas de mayor riesgo sísmico, pero eso no nos impide estar expuestos a otros desastres, ya sea por «obra de Dios» o por obra del hombre. Sin embargo, con el conocimiento que hoy tenemos sobre las placas tectónicas y las propiedades de los materiales, sí que podemos tener en cuenta algunas cosas, especialmente cuando sabemos que, bajos nuestros pies, las fuerzas de la tierra se mantienen en una delicada tensión que puede romperse en cualquier momento:

– Conocer las características del terreno. Si una zona tiene un alto riesgo sísmico, conviene identificar los lugares donde es más peligroso construir y… no hacerlo. Cuando se edifica sobre roca o materiales con características similares, un sismo apenas hará que se mueva la estructura, ya que las ondas sísmicas se mueven con mayor dificultad por este tipo de materiales. Sin embargo, cuando el terreno es dúctil, los efectos pueden ser terribles. Es la diferencia entre golpear una montaña de piedra o una montaña de gelatina, todo lo que haya construido sobre la «gelatina» se moverá y agitará con gran violencia, causando siempre daños mayores que si se levanta la misma estructura sobre un terreno diferente.

– Limitar las alturas de las viviendas. Un edificio alto se bamboleará más que uno bajo, con más posibilidades de sufrir daños estructurales y pérdidas humanas.

– Contrucción antisísmica. Existen protocolos de construcción para hacer que las viviendas sean resistentes a los sismos, que serán más efectivos si, además, se edifica sobre los terrenos adecuados.

– Educar a la población. No hay que ser alarmistas, pero sí realistas. Japón lleva mucho tiempo enfrentándose a fuertes terremotos y tsunamis, ya que, además de ser una zona de confluencia de las placas euroasiática, pacífica y filipina, forma parte también de lo que se conoce como «cinturón de fuego», por la existencia de numerosos volcanes en activo. El país asiático incluye, además de rigurosas normativas de construcción antisísmica, un programa dentro de la educación de sus ciudadanos desde niños para enseñarles a reaccionar adecuadamente ante un sismo. La historia de las zonas sísmicas, entre las que se encuentra el sur de la península ibérica, nos guste o no, demuestra que los terremotos de gran magnitud e intensidad pueden producirse en cualquier momento, y saber cómo actuar podría ayudar a salvar vidas.

Bibliografía

Instituto Geográfico Nacional (www.ign.es)

Los terremotos y sus causas. Francisco Vidal Sánchez. Instituto Andaluz de Geofísica y Prevención de Desastres Sísmicos.

Wikipedia (Escala de Richter).

Agencia EFE.

Sismicidad pre-instrumental. Los grandes terremotos históricos en España. José Manuel Martínez Solares. Instituto Geográfico Nacional. Departamento de Geofísica y Meteorología de la UCM.

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