Filosofía — 1 de marzo de 2021 at 00:00

¿Qué es la verdad? Arquetipos de Platón (1ª parte)

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Arquetipos de Platón

Mundo sensible-mundo inteligible

Según Platón, hay unas ideas primordiales que presidieron el mundo desde su creación. Estas ideas tipo que están presentes en el pensamiento divino son llamadas arquetipos.

La filosofía platónica expone que, frente al mundo material, al que Platón llama el «mundo sensible» porque solo podemos percibirlo mediante los sentidos, se contrapone un «mundo de las ideas», que solo podemos captar con la mente. Es obvio que un alfarero concibe primero en su mente la vasija que quiere modelar; por tanto, la vasija no sería nada sin esa idea previa que concibe su autor. La idea le sirve de modelo y el alfarero trata de que su pieza cerámica se aproxime a esa idea. Sin embargo, todo artista sabe lo difícil que es ejecutar una vasija semejante a la idea perfecta que concibe en su mente.

Algunos autores creen que esos mundos son opuestos, pues uno representa lo concreto y otro lo abstracto. Obviamente, ellos tan solo le dan realidad a aquello que pueden tocar y medir y, en esa categoría, no incluyen a las ideas. Esta es una visión pobre de la realidad, pues hoy sabemos que la luz es onda y partícula a la vez; que las partículas pueden reducir sus diminutas proporciones hasta ser consideradas como aromas o colores. Con el desarrollo de la razón, el ser humano ya no puede vivir sin pensar; cuando observa los objetos, plantas o animales, no puede dejar de sentir, ni acallar su mente; no percibe tan solo una envoltura material, sino su color, textura, aroma, gusto y, sobre todo, las características formales que los definen. Sus medidas y proporciones nos muestran el diseño que subyace en ellos, la perfección que encierran. Y tras esas proporciones hay números e ideas que Leonardo intentaba atrapar con sus cálculos y dibujos del hombre de Vitrubio.

El mundo de las ideas

Para Platón, las ideas radican en el mundo de las ideas, pero dicho mundo no es un paraíso abstracto alejado de nosotros: un cuchillo o un tenedor, una cuchara, un anzuelo, un botón, un puente o una rueda, son grandes ideas materializadas en objetos prácticos. A decir verdad, las ideas nos circundan y envuelven, nos asaltan en mitad de la noche reclamando pasar a formar parte de la realidad material.

Tal como se dice ahora, los arquetipos son ideas-fuerza, modelos o formas primeras que sirvieron de inspiración para el mundo sensible, aunque Platón no definió ese mundo sensible como contrapuesto al mundo inteligible. Ambos coexisten, aunque pertenezcan a dimensiones diferentes. De hecho, cuántas veces queremos comer más y nuestra mente nos aconseja no hacerlo porque atenta contra la salud. Y, dado que la mente puede controlar el cuerpo, no es posible que esas ideas de autocontrol provengan del cerebro, dado que el cerebro es parte integrante del cuerpo.

Los arquetipos de Platón

Cuatro son los grandes arquetipos de Platón: lo Bueno, lo Bello, lo Justo y lo Verdadero.

Todos ellos guardan relación entre sí, pues son aspectos parciales de la idea del Bien, ese concepto elevado que podemos intuir, aunque las palabras no siempre atinan a expresarlo, y al que Platón le daba la cualidad que otros reservan solo para Dios. Más tarde, Goethe afirmará que los arquetipos son las grandes ideas que guían nuestra inteligencia, faros lejanos e inalcanzables cuyo resplandor ilumina nuestra ruta hacia la idea del Bien.

Todos los arquetipos persiguen la idea del Bien y el desarrollo de uno propicia la comprensión de los otros. Por ejemplo, quien busca la verdad se aleja de lo subjetivo y se reviste de objetividad; en virtud de ello, adquiere una mayor comprensión del ser humano, descubre un sentimiento ético y se torna más bondadoso y justo, desarrollando así su belleza interior. Y de igual modo ocurre cuando se potencia otro arquetipo diferente: quien es justo se torna ecuánime, honesto, recto y no puede comportarse de modo incorrecto. De este modo, su manera de ser se acerca a la verdad y su comportamiento adecuado le acerca a la belleza y la bondad.

La filosofía

La filosofía, entendida como «amor a la sabiduría», no puede dejar de preguntarse por aquello que define la realidad material de nuestro mundo, aunque las ciencias físicas y naturales hayan centrado en ello su búsqueda, y, cómo no, de preguntarse por aquellos arquetipos que inspiran todo cuanto existe. Como buscador de certezas y enamorado de la verdad, el filósofo no tiene ningún campo vedado.

El filósofo quiere saber, va en pos del conocimiento, se busca a sí mismo, quisiera comprender al ser humano, pretende la verdad, busca a Dios.

La verdad

Y es obvio que la verdad ha de llevarnos desde la ignorancia hasta el saber. Por ello, parecería que la verdad es el arquetipo que es propio del filósofo, su anhelo natural, aunque hemos dicho que todos los arquetipos guardan relación entre sí y son varios los caminos que llevan a la realización de nuestro ser.

La comprensión de la verdad no siempre requiere de arduos razonamientos, sino de alimentar nuestra capacidad de observación. Hay verdades simples que concebimos intuitivamente y que todos admiten, tal como aceptamos de modo natural un axioma matemático (por ejemplo: por un punto pasan infinitas rectas). Igual ocurre cuando se afirma que todo ser humano aspira a ser feliz, o que nuestra libertad termina cuando su ejercicio daña a otros.

Así, debemos recurrir a esas verdades sencillas, pero de peso, que todos podemos comprender y hacer nuestras, como por ejemplo ocurre con los derechos humanos.

Sin duda, necesitamos la verdad para comprender las leyes de la naturaleza, para entender los movimientos de los astros o los fenómenos atmosféricos, los ecosistemas y especies que pueblan la vida, las combinaciones de los gases, virus, bacterias y átomos.

arquetipos de platón

Perseguimos la verdad cuando nos preguntamos también por el sentido de nuestra existencia: «¿quién soy?, ¿existe un destino?, ¿para qué vivimos?, ¿por qué morimos? y ¿quién o qué leyes han dispuesto que eso sea así? ¿Hay un Dios que lo rige todo, existe un destino inamovible o todo se mueve por casualidad?». Sin embargo, es difícil ponerse de acuerdo en aquellas verdades esenciales que definen nuestra existencia, porque exigen de nosotros destilar las leyes que lo explican a partir de nuestra propia experiencia y evolución interior.

No obstante, al poco de formular estas verdades, nos damos cuenta de que tal vez nunca podremos descubrir la gran Verdad que se esconde tras ese enigma que llamamos Dios, o el misterio de la vida o de la muerte. Sin embargo, a menudo, bastaría con encontrar algún indicio de verdad que diera sentido a nuestra vida, una verdad relativa y suficiente para nuestra imperfecta condición, aunque ella tan solo fuera la sombra de la sombra de esa gran Verdad platónica.

No obstante, con nuestro aprendizaje filosófico, podemos ir dando sentido a nuestra vida. Cada pequeña verdad atesorada suplanta una duda, una inquietud, aleja un temor, nos centra y equilibra, aportándonos una fuerza interior que no conocíamos. Descubrir certezas nos aleja de las conjeturas y refuerza el criterio propio, nos afianza y da solidez de pensamiento.

Desgraciadamente, hoy en día vivimos en el mundo de la opinión. Hemos suplantado la verdad con opiniones vagas, cambiantes, poco acertadas, aunque nosotros queremos creerlas como si fueran verdades elevadas.

Por tanto, la filosofía es más necesaria que nunca, porque nos aleja del subjetivismo actual, y nos acerca, paso a paso, a una verdad que no sea cambiante, conformista, mediocre.

Porque hoy en día, en nuestra cultura de la posverdad, hay demasiadas verdades a medias, palabras interesadas que esconden parte de la verdad, como ocurre cuando queremos justificar nuestros errores y mentiras.

Vivimos en un mundo que disfraza las mentiras con ropaje de verdad. No faltan las promesas electorales que nunca se cumplen, los bulos (o fake news), los asesinatos que nunca se resuelven, las noticias maquilladas, los partidos que creen en el pensamiento único y las religiones que siempre se consideran poseedoras de la verdad y, en nombre de esa verdad, acaban odiando a los demás.

Por ello, no en vano acabamos pensando que las verdades no son planta de este mundo. Sin embargo, la filosofía no se conforma con esa verdad descafeinada y llena de remiendos, con esa verdad mediocre que no conforma a quienes buscan lo ético, lo elevado.

Hemos dicho que hay verdades ciertas que todos entendemos, simples y profundas como la luz del sol. Todos sabemos, por ejemplo, que el sol nace por igual en todos los lugares del planeta y que, igualmente, todos tenemos derecho a la dignidad, al respeto, a la vida, a un poco de pan, un techo en que guarecerse y a creer en lo que nos plazca mientras nuestra libertad no atente a los derechos de los demás.

Y aunque no tengamos todas las respuestas, porque aún no somos sabios, como filósofos aspirantes a la verdad, formularnos preguntas nos mantiene vivos por dentro. No debemos olvidar la verdad que encierra el célebre poema de A. Machado cuando dice: «Caminante, no hay camino: se hace camino al andar».

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