Libros — 1 de octubre de 2023 at 00:00

Los juegos de Maya: una obra de necesaria lectura

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Juegos de Maya

En este homenaje que estamos realizando a la profesora Delia Steinberg Guzmán, me he propuesto una relectura de sus obras y, entre su nutrido conjunto de escritos, he seleccionado la que para mí representa una de sus mejores y más sólidas reflexiones sobre el enigma de la vida.

Se trata de Los juegos de Maya, escrita por nuestra autora. En ella nos encontramos ante un trabajo de reflexión, de profundo calado filosófico, que nos adentra en los vericuetos de la vida que, con sus claroscuros, nos demuestra la fragilidad de la materia y la solidez del pensamiento en la búsqueda de la verdad.

Cuando en Oriente utilizan el término sánscrito maya, están haciendo referencia al concepto que encierra lo ilusorio del mundo objetivo, en el que todo tiene principio y final, pues como apunta el profesor Livraga en el prólogo, al ser humano «la observación detallada de su ámbito le demuestra lo pasajero de las cosas».

Se impulsa en esta obra, como en una especie de cuaderno de bitácora, a aprender a navegar en el juego de la vida, que es también el juego de Maya, o sea, el juego de las ilusiones que se van reflejando con innumerables colores y formas en el caleidoscopio de la existencia; pues, como señala la profesora Dolores Fígares en el prólogo a la segunda edición, «todos los matices se contemplan (en esta obra) y en todos descubrimos la posibilidad de jugar».

Como nos indica la autora de este singular libro, la ilusión «es el velo con el que la naturaleza cubre todas las cosas para que los humanos no podamos descubrir fácilmente sus ocultas leyes». De ahí el reto que tenemos para aprender a retirar los velos de Maya y descubrir las esencias del devenir humano. En efecto, una de las claves que encierra Maya, los juegos de la ilusión, es que se basan en cosas ciertas, pero no duraderas y los seres humanos nos empeñamos en llevar a cabo el ejercicio de vivir, con el fin de probar hasta qué punto podemos ganar la partida. Aunque quizás, lo importante no sea el resultado sino el juego en sí mismo, pues como se apunta en el libro, jugar con la vida es ejercitarnos en conocer la vida, dado que «el conocimiento quita maldad y fealdad a las cosas. Con el conocimiento, los juegos de Maya son la sal de la vida».

La vida es un escenario en el que todos somos actores y estamos representando una tragicomedia en la que a veces gozamos y otras sufrimos, y Delia Steinberg medita indicando que «probablemente, en algún momento, nuestra alma se desprendió de algo mucho mayor que la contenía» y lo hizo en busca de nuevas experiencias, pero nos recuerda que «alguna vez, así como partimos, también podemos volver» y reencontrarnos con la parte más sublime de la que se desgajó. Pues, como decía Platón, el ser humano está formado «de lo uno y de lo otro», siendo lo uno la parte indivisa que subyace en el interior, y lo otro es la máscara, la personalidad, que sale al mundo a jugar con sus formas.

La autora nos propone una disyuntiva y un reto: vivir y morir a ciegas, jugando con Maya… o vivir y morir conociendo las reglas del juego… que no es otra cosa que una cuestión de evolución. Para ello, en distintos capítulos nos propone que profundicemos en el conocimiento de las piedras, de los vegetales, de los animales y de los seres humanos y nos indica que, estos últimos son «tal vez las criaturas más atrapadas por los juegos de Maya». Nos advierte que existe una larga lista de trampas en las que pueden caer los humanos, que pueden ser muy peligrosas, como «cuando los sentidos y la mente hacen confusa la visión». De ahí la necesidad de mirar «hacia dentro» con el fin de no distraernos.

los juegos de maya delia steinberg
Feria del Libro de Madrid, 1992.

Nos habla también de los cuatro elementos y del movimiento, y, al reflexionar sobre el trabajo como una de las fórmulas del movimiento, se pregunta: «¿acaso no trabaja Maya cuando juega?». Y así, inmersos en las atracciones de los juegos de Maya, el destino se nos presenta como una forma de azar, una suerte de ruleta o lotería, donde la casualidad es la que impone una mayor o menor dicha a los seres humanos. A tal efecto, nos aconseja no pensar que lo que nos ocurre es el resultado de la casualidad, sino de nuestros propios actos, y «pensar que el destino no es un amo cruel que otorga pocas oportunidades, sino al contrario, existen miles de oportunidades para cumplir con el propio destino, para reparar nuestros errores, purgándolos con el dolor aleccionador y con las experiencias acumuladas».

Con el fin de caminar con seguridad ante el juego de la vida, nos habla del tiempo como una forma de energía que, junto con el espacio, ponen a nuestro servicio para aprender a trabajar con las ilusiones, porque «el Espacio es la dimensión que sirve para los cuerpos y el Tiempo rige para las almas».

En definitiva, para nuestra autora, Maya es un espejo, como de hecho lo es la ilusión que refleja nuestra imagen sobre el cristal, y, por tanto, estos reflejos no son verdaderos, pues solo lo parecen, «dado que repiten aquellas cosas que sí lo son» y de este modo nos brinda una clave existencial cuando nos dice que «de los reflejos invertidos del espejo puede deducirse la verdad».

La evolución no es otra cosa que la fuerza que tanto la voluntad como el espíritu han imbricado en las sombras materiales, «para que alguna vez ellas logren zafarse de la red de Maya y pasar al otro lado del espejo».

En un momento del libro nos apunta que, en este teatro del mundo, «cuando se corra el telón, cuando se apaguen las luces, habrá cesado esta forma de representación y se abrirán las puertas de un nuevo misterio. No estoy segura de que Maya no se encuentre también allí, entre las sombras de los cortinados, esperándonos con nuevos juguetes para vivir en ese otro nuevo mundo».

Con estas palabras finales, recordamos a la profesora Delia Steinberg Guzmán, quien, a lo largo de sus distintas obras, tanto literarias como vitales, ha sabido marcar los hitos sobre los que podemos apoyar y orientar nuestra marcha en la vida y aprender a reencontrarnos con nosotros mismos.

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