Culturas — 5 de agosto de 2026 at 00:00

El complejo arqueológico del Carambolo (Sevilla)

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Carambolo

El Carambolo se encuentra en el suroeste de la península ibérica, en la zona derecha de la vega baja del Guadalquivir y sobre la parte más abrupta de unos terrenos conocidos como la plataforma del Aljarafe, que hace de este enclave el de mayor altura, próximo a la ciudad de Sevilla. Por el norte, se separa del Aljarafe por la pequeña vaguada del arroyo del Pantano o del Repudio, mientras que al este y al sur desciende sobre el valle del Guadalquivir. El yacimiento se sitúa en el término municipal de la localidad de Camas, provincia de Sevilla, en los terrenos que antiguamente pertenecieron a la Real Sociedad de Tiro de Pichón y que, en la actualidad, son propiedad del empresario Gabriel Rojas.

Antecedentes históricos del Carambolo

El entorno donde se sitúa el Carambolo era conocido en la Antigüedad como Tartessos o Ταρτησσός, como lo denominaban los griegos. ¿Quiénes eran los tartesios? ¿Existieron como un Estado o fueron un pueblo colonizado por los fenicios?

Desde Shulten, gran impulsor de la existencia de una cultura tartésica, historiadores, antropólogos, arqueólogos e incluso filólogos han dado diferentes hipótesis de su existencia o no como civilización. Mas todos ellos se han encontrado siempre con el hándicap de falta de documentación y restos arqueológicos que dieran apoyo a sus afirmaciones de forma fidedigna.

Tartessos ha sido y es para muchos una civilización más antigua que la romana, coetánea de fenicios y griegos, un reino lleno de riquezas codiciadas que habría existido en el sur de la península ibérica y que ha suscitado curiosidad por ser un misterio sin resolver.

Para el arqueólogo Plácido Suárez, se puede considerar plausible la hipótesis de que el conocimiento que tenían los griegos sobre la península ibérica, y que ha llegado a nosotros en sus escritos antiguos, pudiera proceder de las relaciones que mantenían los griegos con las colonias fenicias más allá del estrecho de Gibraltar, ya que no existen muchos restos arqueológicos helenos.

Los filólogos han defendido durante muchos años que la palabra Tarsis, que aparece en muchos textos de la Biblia, es el Tartessos de la península ibérica. No obstante, como tiene difícil autenticación, otros piensan que los hebreos hablan de un lugar remoto del occidente, y otros, de un lugar cercano al mar Rojo e incluso la India.

Desde la perspectiva de los restos arqueológicos hallados en la antigua desembocadura del río Guadalquivir, existe otra hipótesis sobre Tartessos. El Carambolo pudo ser un poblado indígena que, gracias a la llegada de barcos fenicios, habría llegado a ser un santuario consagrado a Astarté, como parte de una colonia fenicia fundada hasta aquel punto donde sus barcos podían llegar. Esta colonización tendría también un puerto comercial en torno a otro santuario dedicado a Baal Saphon, que se ubicó en el cerro de San Juan, la antigua ciudad de Caura ahora conocida como Coria del Río.

Carambolo

El Carambolo ocupaba hacia el año 1000 a. C. la desembocadura del río Guadalquivir hasta una gran ensenada marina que se extendía setenta kilómetros tierra adentro respecto a la costa actual. Así, desde Matalascañas (en Huelva) y Sanlúcar de Barrameda (en Cádiz), el golfo se abría en forma triangular hasta llegar a Coria del Río (Caura). A partir de ahí se extendía un estuario que llegaría hasta la antigua Ilipa (Alcalá del Río).

En la parte oriental de este golfo, más fértil, existió mayor ocupación humana, con ciudades como Asta Regia, Nabrissa, Ugia o Conobaria. En la zona de poniente, de terrenos poco fértiles, hubo menor ocupación, destacando los sitios de San Bartolomé (Almonte) y Chíllar (Villamanrique de la Condesa). Una vez que el mar pasa a ser ría, a la altura de la vieja desembocadura bética, se encuentran dos importantes ciudades nacidas en sus orillas: Caura y Orippo.

Entre los extremos del paloestuario del Guadalquivir, Caura e Ilipa, nació Sevilla en el siglo VIII a. C. Su nombre antiguo, Hispalis, dicen los filólogos que procede de uno más viejo, Spal, fenicio en su totalidad o en parte, puesto que no existe ninguna documentación que indique otra cosa.

Los fenicios hicieron la fundación de esta colonia como la realizaron en la de Gadir: un puerto comercial —Spal—, espacios para necrópolis —tumbas de los Cabezuelos— y santuarios de culto a los principales dioses (Caura y el Carambolo). Al igual que hicieron en Gadir, los santuarios hispalenses se sitúan a veces fuera del recinto urbano y los subdividen según la demanda poblacional. De esta manera, los fenicios consiguieron, sobre todo durante los siglos VIII y VII a. C., una colonia donde la escasa población autóctona quedaría sometida al poder de los recién llegados.

Enclaves arqueológicos cercanos

Además del templo fenicio en la vecina Caura (Coria del Río), donde también se veneraba a Astarté, el culto a deidades femeninas ha estado presente en el bajo Guadalquivir desde tiempos remotos. En una zona de influencia del Carambolo de unos diez kilómetros, encontramos representaciones atribuidas a conceptos religiosos de la Gran Madre, como los ídolos oculados placa o cilíndricos (4000-2000 a. C.) de Valencina de la Concepción.

Carambolo

Los «ojos soles» están relacionados con la Diosa Madre como símbolo de protección y gestación de vida. Por ello, algunos autores los asimilan a cultos agrarios de fertilidad.

Ya en época romana, en Ilipa (Alcalá del Río), hay testimonios epigráficos, escultóricos y numismáticos que hacen referencia a advocaciones dedicadas a Isis, Sancta Dea, Proserpina y a una deidad de origen celta equiparable a esta última deidad romana, Ataecina Turobrigensis. Es la diosa de los inframundos, aunque su nombre significa «Renacida o nacida de nuevo», en un claro paralelismo con los ciclos anuales de la naturaleza, tal como lo hace Proserpina.

Donde existen un mayor número de vestigios de cultos femeninos e incluso restos de dos templos es en Itálica (Santiponce). Han aparecido epígrafes en placas votivas o altares dedicados a Fortuna, Minerva, Diana, Ceres, Juno, Venus, Isis… así como algunas cabezas o torsos de estatuas. De Diana, la diosa cazadora protectora de bosques y de partos, tenemos cuatro estatuas en Itálica, lo que hace pensar que pudieron haber existido templos dedicados a alguna de estas deidades en la ciudad italicense. Asimismo hay referencias documentales de un templo a Ceres, y tenemos los restos visitables del Iseo en el teatro y el Nemesion en el anfiteatro.

Carambolo

La asimilación y culto de Isis, madre y señora de todo lo creado, fue bastante aceptada por los romanos. Se pueden hallar lugares dedicados a esta deidad egipcia por todo su imperio.

En Itálica, el templo de Isis se encuentra en las galerías del pórtico trasero de la escena del teatro. Abarcaba la anchura de seis columnas centrales con pedestales que soportarían estatuas. Para acceder al interior había que traspasar un umbral de mármol donde fueron halladas cuatro inscripciones dedicadas a la diosa, exvotos formados por lápidas en el suelo con huellas de pies (uestigia). En algunos casos, solo un par de huellas, que podrían ser los de la propia deidad, y en otros, dobles, quizás representando los del ofrendante o devoto y los de la diosa.

El Nemesion está ubicado en una sala del acceso oriental del anfiteatro de Itálica. En él, igualmente aparecen lápidas epigráficas con dibujos de plantas de pies dedicadas a Némesis, diosa de la justicia retributiva y a Dea Caelestis, deidad romana que encarnaba el principio femenino de fecundidad y fertilidad. No se conocen fuera de la península ibérica epígrafes uestigia a Némesis, y solo en Roma para Dea Calestis en su propio santuario.

Para algunos autores, es lógico que Némesis esté presente en ese lugar, no por ser un culto de especial predilección entre esclavos, gladiadores o viajeros; sino por serlo de los sacerdotes y magistrados quienes también se pondrían bajo su sino para que les ayudase a cumplir debidamente con las labores propias de sus cargos.

Aun siendo poco lo descubierto, excavado o documentado en comparación con todo lo que yace bajo esta comarca del bajo Guadalquivir, lo hallado hasta ahora nos hace ver la importancia y la proliferación de cultos a divinidades femeninas en zonas próximas al Carambolo. La presencia de la Gran Madre es un hecho continuado desde los albores del hombre prehistórico hasta nuestros días.

El complejo del Carambolo

La aparición del tesoro del Carambolo en septiembre de 1958, dio a la mítica Tartessos una ubicación y dotó de realidad el sueño de una cultura autóctona tan maravillosa que podía compararse con la no menos mítica Atlántida.

La aparición fortuita del tesoro llevó a la excavación sistemática en El Carambolo, e hizo aflorar el yacimiento arqueológico actualmente desprotegido, abandonado y oculto bajo una espesa y vergonzosa capa de hormigón. Considerado en un primer momento un poblado autóctono con una zona cultual, dio paso en los años 90 a plantearse la posibilidad de encontrarnos ante un complejo ritual y religioso y de clara influencia oriental. Hoy los estudios de las hallazgos y las nuevas metodologías han llevado a nuevas interpretaciones del yacimiento, muy especialmente tras las excavaciones hechas entre 2002 y 2005, que exhumaron un gran complejo de carácter monumental, erigido de forma coetánea a las primeras colonias fenicias peninsulares, asentado sobre un enclave al parecer deshabitado desde los últimos momentos del Bronce Tardío.

No se conocían tan tempranas colonias fenicias en el interior, pero hoy los estudios nos llevan a considerar que el cerro se asomaba al estuario del golfo tartesio, y los restos encontrados, como el hippos o barco ritual, nos remiten a cultos marítimos y astrales, creyéndose, por el análisis de lo encontrado y la comparación con santuarios similares, que fueron cultos a la pareja formada por los dioses Baal (o Merlkart) y Astarté.

Aquel tesoro propio de un rey, que incluso se adjudicó a Argantonio, se convierte a los ojos de los arqueólogos actuales en un ajuar litúrgico para sacerdotes o en atalaje u ornamento de los bueyes que, bien como víctimas sacrificiales o como participantes en la liturgia, portaban.

Cabe resaltar que el descubrimiento del tesoro se hace en un silo, escondido entre otros restos, y que este silo o basurero de restos rituales corresponde a la última época de funcionamiento del recinto, lo que nos lleva a pensar que fue escondido de manera deliberada.

Así, lo que fue considerado en un primer momento como un poblado autóctono con una zona cultual, es hoy considerado como un complejo religioso y ritual de clara influencia oriental con probable contacto autóctono, activo durante un largo período y cuyo esplendor podríamos situar en torno al siglo IX a. C.

El estudio arqueológico identifica cinco épocas de ocupación de la zona excavada:

Período Calcolítico, en el que se identifican fosas, hogueras y un enterramiento infantil (aproximadamente entre 2800 y 1800 a. C.).

Segunda época de ocupación, Bronce Tardío, entre 1400 y 1100 a. C., en el que se identifica material cerámico y silos o basureros.

Tercera época, entre 1020 y 810 a. C. Es esta una época de intensa actividad en el cerro, en la que se encuadra la construcción y las diferentes ampliaciones de un edificio de carácter monumental.

Cuarta época: se descubren trincheras del siglo XIX, probablemente de la resistencia en la guerra de la independencia.

Quinta etapa: construcción de la Sociedad del Tiro de Pichón, cuya remodelación dio lugar al descubrimiento del enclave.

La tercera época de ocupación, en el período protohistórico, es la más interesante en cuanto al descubrimiento de un monumento orientado al este, de esmerada construcción y decoración, en el que se constatan diferentes etapas constructivas, la más antigua numerada como la V, y la más moderna como la etapa I.

La construcción es de adobe con un cuidadoso tratamiento del suelo, utilizando en las estancias abiertas cantos rodados, y en los lugares de paso conchas marinas, todos llagados con pigmento rojo.

Es interesante la consideración de los pavimentos de conchas como protectores, algo que se repite en construcciones similares. Algunas estancias presentan decoración tipo damero, rojo-negro, o rojo-negro-blanco.

Se constata la evolución de la construcción, más cuidada en las ampliaciones, especialmente en las fases más recientes (I y II), en las que se compartimentan los edificios, apareciendo en esta fase bancos, gradas, plataformas y altares.

Se encontró un altar circular que se data en la fase más antigua, aproximadamente siglo IX a. C., y un altar en forma de taurodermis (piel de toro) datado en las fases IV o III.

El estudio de las piezas del tesoro hace hincapié en la forma similar de los llamados «pectorales», así como un estudio reciente nos dice que el material, es decir, el oro procede de las mismas minas utilizadas en el poblado metalúrgico de Valencina, a pocos kilómetros, donde se encuentran los famosos dólmenes de la Pastora y Matarrubilla.

Podríamos extendernos en algunos otros hallazgos de desconocida procedencia, como el famoso Bronce Carriazo, que encontró el arqueólogo de la Mata Carriazo en el mercadillo sevillano de El Jueves, con apariencia egipcia (parece una Hathor), y otros muchos que se encuentran en el Museo Arqueológico de Sevilla, que nos hacen pensar que aún hay mucho por descubrir, mucho que trabajar en ese cerro del Carambolo, porque quién sabe si en las laderas, como sostienen algunos investigadores, no se encontrarán las respuestas a tantas preguntas.

El exvoto de Astarté del Carambolo parece querer decirnos algo…: «Para Astarte-Hor, nuestra señora, porque ha escuchado la voz de sus plegarias».

Carambolo

Breves apuntes sobre la diosa Astarté

Astarté representa una diosa total. Conserva rasgos de Gran Madre y recuerda, al mismo tiempo, el lado acogedor y creativo de la vida.

Entronca con la devoción a las grandes Diosas Madres de fertilidad de ojos oculados, de la que hay constancia de culto en la cornisa del Aljarafe, y tiende su mano al más lejano oriente con su predecesoras Anat o Asherah, Ishtar y el sincretismo egipcio de Hathor e Isis, que heredaran posteriormente las deidades femeninas griegas y romanas Afrodita, Hera, Juno, Venus.

Se la vincula con Venus como lucero matutino y como estrella vespertina que se esconde en las regiones inferiores. Precisamente como Venus, es la Estrella de los Mares, la que guía a los navegantes, la que primero se ilumina en el cielo, antes que el sol, y prepara sus caminos, la primera que se ve por la noche, la que protege a los hombres del mar, muy unido así a los avatares de la colonización fenicia.

Astarté reúne los diversos aspectos de la vida. Es signo del orden de la tierra, apareciendo como garante de un amor que lo vincula y lo sostiene todo: cielo e infierno, nacimiento y destrucción, maternidad y crecimiento de los seres. Representaba el culto a la madre naturaleza, a la vida y a la fertilidad, así como la exaltación del amor.

Es importante su vinculación con el agua; este elemento, en el mundo fenicio sobre todo, tiene un fuerte carácter purificador. Asimismo, la elección del Carambolo como lugar consagrado a la divinidad no es ninguna casualidad. Hay santuarios que están localizados cercanos a la costa, y su relación con el agua es clara, como el caso concreto que estudiamos en el paleoestuario del Guadalquivir, donde mar y río se unifican. Como anécdota, en el cerro del Carambolo, en la actualidad, existe la Estación de Tratamiento de Agua Potable El Carambolo (1961) es donde se potabilizan aguas provenientes de los pantanos del Gercal y la Minilla, abasteciendo de agua a la ciudad de Sevilla y buena parte de los pueblos del Aljarafe.

En el Carambolo se instauró un santuario dedicado a la diosa Astarté, cuya instalación se remonta a la segunda mitad del siglo IX a. C., en una fase arcaica de la colonización oriental y asociado a la fundación de Spal. Su implicación en la instalación de las poblaciones orientales y de su sistema político-económico quedó reflejada en el santuario del Carambolo, centro de intercambios de bienes, personas e ideas.

Los objetos arqueológicos que se han recuperado en el lugar son, sin duda alguna, claras evidencias de complejos litúrgicos y objetos votivos vinculados a las prácticas rituales de los dioses fenicios. De este lugar procede el denominado tesoro del Carambolo, descubierto por casualidad en el desarrollo de unas obras en el complejo deportivo del Tiro de Pichón en 1958. Este hallazgo sentó las bases materiales del conocimiento histórico sobre Tartesos y lo dotó de una realidad material.

Astarté reúne los requisitos idóneos para catalizar fenómenos de sincretismo. Se manifiesta con atribuciones atmosféricas y astrales, políadas, marítimas, sexuales, maternales, guerreras y protectoras, tanto en el mundo de los vivos como en el de los muertos. Su papel como divinidad femenina en asociación con Baal, en un culto de carácter dual, garantiza la manifestación de una parte importante de sus prerrogativas, la capacidad de regeneración-resurrección. Esta marcada dualidad ha sido corroborada en el santuario del Carambolo, donde la orientación astral, al solsticio de verano y la existencia de capillas dobles con altares muestran la práctica de este culto a la pareja Astarté y a un Baal de connotaciones solares.

Vemos, por lo tanto, que Astarté es una divinidad poderosa y extendida por toda la cuenca del Mediterráneo.

La Astarté del Carambolo

La escultura que representa a la diosa Astarté encontrada en El Carambolo, de 16,6 cm de altura y de 871 gr de peso, está realizada en bronce y se puede contemplar en el Museo Arqueológico de Sevilla. Se muestra como figura femenina desnuda sedente, de frente, y es de una gran significación en el contexto del Mediterráneo Antiguo.

Procedencia y cronología

Carambolo

En el año 1963 ingresa en el Museo Arqueológico de Sevilla con el número de inventario de colección estable 11136 la conocida estatua que fue donada por Joaquín Romero Murube. Los hallazgos encontrados y el propio yacimiento del Carambolo sugieren que, a pesar de su aparición controvertida, efectivamente la diosa provenía de este lugar, un santuario situado sobre un promontorio elevado al otro lado del río Guadalquivir, de frente a la antigua Spal fenicia, donde se rendía culto a Baal y a Astarté.

Joaquín Romero Murube fue quien la entregó al museo. Con anterioridad, la pieza había sido adquirida en el conocido mercado de antigüedades o donada, según dice el Dr. Mata Carriazo, por un operario que la había encontrado.

Su procedencia exacta es desconocida y se le atribuye a un yacimiento a los pies del Carambolo, en Camas (Sevilla), aunque otra versión dice que fue encontrada por un niño, Manuel Luque Ramírez, que con once años, en el otoño de 1959, encontró en los alrededores del Carambolo una figura femenina de bronce de estética egipcia mientras cazaba pájaros. «Un día de otoño de 1959, un año después, por tanto, de la aparición del tesoro, fue a colocar su costilla en los alrededores de su casa, en la vaguada que se halla entre el cerro del Carambolo y el inmediato, al final de lo que hoy es la calle de San José. Escarbando en la tierra seca para esconder la costilla, su mano tropezó con una figurilla de bronce que se hallaba casi en superficie»; de nada ello hay evidencias documentales en el Museo Arqueológico.

Junto al descubridor de la pieza, solo Romero Murube y probablemente Blanco Freijeiro conocían la procedencia de la escultura, y ambos defienden el cerro del Carambolo. En este sentido, sigue sin estar clara la procedencia exacta de la estatuilla, aunque parece bastante probable que el yacimiento del Carambolo, en Camas (Sevilla), donde apareció en 1958 el conocido tesoro oculto en una fosa, fuera también el lugar en el que se encontró la escultura en bronce.

La figura representa a una mujer desnuda sedente, sobre un trono hoy inexistente, en posición frontal. Su brazo izquierdo, hoy perdido, pudo haber estado articulado para dotar a la diosa de algún tipo de movimiento, y el derecho, al que le falta la mano, se encuentra pegado al cuerpo en posición semielevada en un ángulo aproximado de 45º. La escultura es de una gran significación en el contexto del Mediterráneo del I milenio a. C. Recuerda a otros modelos egipcios (sobre todo por el cabello, los ojos y la postura sedente).

Sus pies reposan sobre un escabel que posee una inscripción en lengua fenicia, fechada por estudios epigráficos hacia finales del siglo VIII a. C. La inscripción de carácter votivo es el testimonio más antiguo de escritura fenicia documentado en el Occidente más extremo.

La inscripción

Generalmente, se traduce así: «Este trono han hecho Ba‘lyaton, hijo de Dommilk, y Abdba’l, hijo de Dommilk, hijo de Ysh’al, para Astarté-Hor, nuestra señora, porque ha escuchado la voz de sus palabras».

Por ella se puede deducir una ofrenda —un trono para Astarté— que los oferentes, según parece dos hermanos de acuerdo a su vinculación genealógica paterna, hacen a la diosa —su señora—, porque la diosa ha oído su solicitud.

Sus nombres presentan connotaciones religiosas, ya que su etimología, con teóforos, se refiere a un Baal, Milk-Melqart o señor. De la misma manera, el epíteto «mi señora» nos dirige a un ámbito religioso familiar, en alusión a relaciones personales de la diosa y sus devotos y la vivencia cotidiana religiosa de carácter doméstico, a la que se tiene por benefactora y protectora.

En la traducción de la inscripción, un término genera dificultades en su interpretación. Es el epíteto Hr que acompaña al nombre de la diosa. Para unos, supone una alusión a la Astarté hurrita; para otros, alude a la Astarté de la ventana. Asimismo se asocia este término al concepto de cueva-gruta y como calificativo geográfico (en relación con Afrodita, según comparaciones semánticas con el árabe e interpretaciones en el ámbito griego), que aludiría a la presencia de un paisaje de marismas y de confluencia entre una rivera fluvial y el mar, un puerto, que según la configuración geográfica de la época nos podría describir cómo el promontorio del Carambolo se elevaba sobre un paisaje fluvial unido a las marismas del Guadalquivir.

La diosa

La diosa del Carambolo se representa sentada como si estuviera bendiciendo, actitud que se relaciona con otras deidades gobernantes de ciudades, como podemos ver en la Astarté de Tiro. Así, su culto se vincularía con una faceta como políada, patrona de la ciudad y del territorio en las colonias occidentales.

Se podría caracterizar a la diosa sevillana como una divinidad representativa de la ciudad o del núcleo ocupado definido por esta instalación oriental en el bajo Guadalquivir, una demarcación espacial articulada bajo el santuario del Carambolo. Cronológicamente, la representación de la Astarté en bronce del Carambolo se adscribe a un periodo cercano al siglo VIII a. C. La franja cronológica general del uso del santuario está planteada en un rango temporal que se inicia en el siglo IX a. C., y que culmina con el ocultamiento del tesoro aproximadamente al inicio del siglo VI a. C. A lo largo de esos años, el espacio geográfico del yacimiento sufrió varias transformaciones, documentándose, como hemos visto en las intervenciones arqueológicas recientes, hasta cinco fases de modificaciones estructurales del santuario (de Carambolo V a Carambolo I).

Haremos ahora una descripción de los principales rasgos de la diosa.

Carambolo

Peinado. Se presentan bucles que parten de la coronilla, con flequillo, en el que se aprecia una tiara o diadema en la frente. Marcas en la cabeza nos evidencian la posible existencia de un tocado perdido en la actualidad, que también concuerda con la conocida iconografía inspirada en Isis y Hathor. Probablemente se trataría de tocados atef, con cuernos, tan numerosos en representaciones de divinidades femeninas.

El escabel en el que apoya los pies sobreelevados nos ilustra sobre su gobernanza y situación de divinidad tutelar del ámbito terrenal además de protectora y garante política. Todo esto, unido a su posición sedente en el trono, al que se refiere la propia inscripción, y su desnudez.

Carambolo

Ojos. Se alargan hacia las sienes claramente delineados, conforme a los modelos egipcios, que también nos recuerdan a diosas como Hathor o Isis.

Orejas. Con los bucles bajo las mismas, sobresalen del peinado. Esto podría exponer su atributo como intermediaria en conceder los dones solicitados por los devotos, así como su carácter de escuchadora. No siendo las orejas tipo bovinas que tanto aparecen en algunas representaciones de la Edad del Bronce Medio, Chipre y Egipto, no obstante, marcadas de esta manera, las relaciona con cabezas del tipo hathóricas y representaciones de la diosa oriental Asherah.

Posición de brazos. Se encuentra un orificio en el que se supone iría un brazo articulado, perdido en la actualidad, que podría haber sido móvil, pudiéndose haber utilizado para bendecir o saludar en momentos cultuales. Se le supone un cetro o elemento vegetal acoplado en el brazo derecho. Así, con un brazo hacia adelante y el otro portando un cetro, nos vuelve a remitir a algunas representaciones egipcias. Fue una diosa muy popular en Egipto, tanto entre los faraones como en ambientes populares.

Desnudez. Este atributo, reservado en exclusiva a las divinidades y muy representativo de Astarté, es originario de la zona mesopotámica y se ha asociado a las representaciones de Ishtar, con quien la diosa tiene una familiaridad especial. La representación desnuda del cuerpo femenino indudablemente remite a las alusiones de fertilidad, fecundidad y sexualidad de las divinidades.

Pechos. Se constata la existencia en el pecho de la diosa de una marca a modo de triángulo invertido (criss-cross). Este elemento podría estar relacionado con algún tipo de cinta de cuero que estaría vinculado a su carácter de dominadora y señora de los animales, en concreto de los caballos, pero también con la representación de la funda de la espada de Ishtar, como vemos en sus representaciones y su carácter bélico. De tal modo, se pueden ver imágenes de la diosa desnuda montada a caballo con esa especie de cinta de cuero que le cruza el pecho.

Los senos desnudos y destacados junto con el vientre abultado y ombligo, se relacionan con los atributos de fecundidad y maternidad de la diosa.

Recapitulando, podríamos decir que tanto el peinado como la expresión del rostro nos sitúan en un momento temprano de la colonización fenicia.

En este sentido, Astarté reúne los requisitos idóneos para catalizar fenómenos de sincretismo sustentados sobre sus potestades y atributos, vinculados con la fertilidad, sexualidad, fecundidad, protección-bienestar, mundo de ultratumba, los viajes y navegación o en su papel como reina sobre el firmamento y sobre los poderes de la tierra en su faceta políada. A la vista del análisis de conjunto realizado sobre la escultura de bronce del Carambolo, podemos concluir que la obra incorpora ciertas claves simbólicas que reforzarían la imagen de la asociación política de la diosa y su vinculación territorial con las formas de implantación fenicia en Occidente.

Dado que fue Astarté una divinidad poderosa extendida por toda la cuenca del Mediterráneo, no es extraño que el primer santuario documentado en el cerro del Carambolo tuviera culto a tan gran diosa, aunque la estatua que nos ha legado el tiempo sea pequeña, pero no menos llena de fuerza.

Carambolo
Bronce de Carriazo (Museo Arqueológico de Sevilla)

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