Culturas — 9 de junio de 2026 at 00:00

Una mirada en el peso del corazón del difunto, ¿un detalle sin importancia?

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peso del corazón

Múltiples son los fragmentos del llamado Libro de los Muertos egipcio o Salida del alma a la luz del día. Menos aún aquellos en que aparece el peso del corazón, aunque este debe de ser, sin duda, la escena más conocida de los mismos. Recordemos que no existe un «Libro de los Muertos», sino que es como si los sacerdotes escribas vieran delante de ellos un modelo arquetípico y adaptaban el texto y los detalles de las imágenes, siendo así, cada uno, único con miles de matices y enseñanzas propias.

Por lo tanto, no es idéntica esta escena en el papiro de Hunefer o en el del sacerdote Imhotep; como tampoco son idénticas las distintas máximas de la confesión negativa del difunto de los fragmentos que disponemos.

En el papiro de Ani se identifican una serie de personajes o símbolos que bien pueden aludir, como lo interpretaron H. P. Blavatsky o el profesor Jorge Ángel Livraga —en su libro Tebas—, a una constitución septenaria del alma humana, con sus principios regentes.

Recordemos que las imágenes del papiro de Ani no son ornamentales, ni siquiera para ilustrar el texto. Son aún más fundamentales que este, con todo el valor infinito de los símbolos que se suceden. Se leen como un cómic, una viñeta a continuación de otra, y por veces, podemos incluso no entender la conexión imagen y texto.

El Osiris-Ani representa, como diría Platón, el Dios que vive dentro del alma y que recorre como espectador, juez y ley el camino de la existencia, encarnando en la materia una y otra vez —o más bien atándose a ella— hasta liberarse o llegar al final de un ciclo. Esta liberación es la «justificación», el abrazo fusión con el Osiris en su cámara secreta. El equivalente al nirvana budista.

El personaje femenino que contempla el juicio con él se identifica con Tutu, quien sería, según la versión oficial o «al pie de la letra» (lo que puede ser también válido aunque incompleto) su esposa y cantora de Amón. No entendemos por qué en la siguiente viñeta, y Ani arrodillado ante Osiris, está solo. ¿Es que Tutu ha fracasado en la prueba, en el juicio, y ha sido devorada por Ammit, el come-almas (o sea, la materia que obliga al alma a seguir el ciclo de necesidad)? Tampoco entendemos si ella, Tutu, no murió, como esposa, cuando él, y por qué está ahí: bien porque lo hubiera hecho antes, que habría realizado su propio recorrido post mortem; o después, y de este modo, aún no sería el momento.

Quizás esta imagen, Tutu, sea el alma luminosa del mismo Ani, como en la creación del ser humano en la rueda del alfarero, en que el alma es creada doble. Toda la mística del maniqueísmo trabaja con esta doble naturaleza, que es fácil asociar de algún modo a las almas gemelas de Platón, aunque sea simbólicamente. Quizás es que, ya superado el juicio y sin necesidad de volver a la materia, se convierten en uno, la única fusión (yin yang, el uno y el cero que ha dado nacimiento al 10) que permite el retorno a Osiris.

Quizás el nombre «cantora de Amón» sea también alegórico, pues es la música divina, las palabras sagradas vivas, que acompañan al alma para que no olvide nunca su esencia divina, su responsabilidad ante la vida con minúscula y ante la Vida, con mayúscula, Hija de la Voz (Filia Vocis, Bath Kol, una voz celestial o eco divino que comunica la voluntad de Dios), como luego la tradición mosaica y cabalista la va a llamar. Es la Señora de la Casa, y luego, en la tradición greco-egipcia, Tutu sería una esfinge con cola de serpiente, la energía «kundalínica» del alma en que está la impronta divina, el sello de la unión. Tut. Además, como jeroglífico, es ‘imagen, estatua’, lo que refuerza la idea de que se trata del «doble luminoso», como lo es Enkidu de Gilgamesh.

De todos modos, el título de este breve artículo es «una mirada en…». ¿De quién? ¿Hacia dónde?

La mirada de Ani (y también de Tutu) a la escena del juicio. El detalle de que ambos estén curvados, mirando, no es casual. Es una señal de respeto a lo que sucede en el juicio, a los poderes en él invocados (los doce jueces), a Osiris que espera el resultado, a Thot que trae el registro del alma —su galería de imágenes kármicas llamadas al presente, y que si no han ardido, se desarrollarán como semillas de acción material en el futuro—, a Anubis, la perfecta pureza que verifica la justicia del fiel de la balanza, y al Recuerdo y Medida, en la forma del cinocéfalo mismo en la cabeza de la balanza. Pero también es como si estuvieran mirando hacia abajo, desde su dimensión superior, divina, en el espejo mágico de materia, causa y efecto y tiempo que encanta al alma, y donde se celebra el juicio.

Sí, miran hacia abajo, pero ¿dónde fijan su mirada? En la pluma de Maat.

¿Es este un detalle sin importancia? Creo que no, de ningún modo.

A diferencia de nuestra conciencia, donde hallan fácil presa el miedo, el deseo de éxito, y aun en lo más divino, el deseo de libertad, de plenitud, lógicos en aquello que aún no llegó, que está en fase de transformación, que debe avanzar si no quiere ser tragado por el camino mismo, Osiris-Ani representa el «ser nirvánico» o átmico (Atum mismo, prisionero en cada ser), la Ley inmóvil y espectadora y dando la medida de todo lo que nos suceda. La Voluntad-Ley sellada en nuestro interior, de «ojos ardientes», una condensación, cristal o joya alquímica de ese mismo Orden-Verdad-Justicia. No miran el corazón, si pesa más o menos, si va a ser o no condenado, víctima de su demasiado vínculo con la materia, de no ser leve, de no ser un corazón en llamas, de luz. Ellos están fijos en Maat, como si ellos (o él, Osiris-Ani) fueran con Maat el eje del universo y de lo real mismo. En el sentido de la filosofía idealista alemana o de la vedantina misma, la conciencia del ser, que es lo único real, más allá del sueño de la historia y el mundo. Porque están fijos en Maat, la historia puede girar, el alma puede intentarlo una y otra vez, existe un anhelo de perfección que impulsa la corriente de vida hacia lo más alto, lo más bello y lo más puro. Si hay esperanza en el corazón de todo lo que vive, más allá de sus caídas, es porque su mirada está fija en Maat, en el Orden, la Verdad y la Justicia, y desde ahí llamarán una y otra vez, cuantas necesitemos para levantarnos y seguir avanzando. Aunque el terror del juicio sea que el corazón sea devorado por el monstruo, su mirada fija en Maat permitirá que «podamos volver a casa».

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