Ciencia — 25 de julio de 2026 at 00:00

Victoria Camps y la bioética

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victoria camps
Fuente: www.zendalibros.com/victoria-camps-el-socialismo-deberia-volver-a-los-origenes

«Juro por Apolo médico y por Asclepio y por Higia y por Panacea…».

Así empieza el Juramento Hipocrático, que fue escrito hace más de dos mil años. El juramento de Hipócrates no es el primer código ético del que tenemos constancia. En Mesopotamia, bajo el reinado de Ur Nammu (2050 a. C.), se dictaron una serie de reglas médico-legales: el código de Hammurabi, primer reglamento del acto médico, trata de la relación entre los médicos, los pacientes y la sociedad, regula los honorarios médicos y las sanciones previstas en caso de errores terapéuticos.

La reflexión ética ha estado presente desde los orígenes de la profesión médica, y es inherente a la presencia de mente en el ser humano. Con la revolución científica se descuidó en parte la ética en la medicina, aunque sin desaparecer del todo. En 1919, en pleno auge científico, William Osler, padre de la medicina interna, resumió su filosofía como filotecnia y filantropía (Pellegrino, 1988), un gran amor por el método práctico y por el ser humano. Como en las demás disciplinas que actúan sobre la vida humana (pedagogía, derecho, economía), se necesita un control ético porque las atrocidades que se han podido hacer, no solo son debidas a la ignorancia, como el tratamiento con sanguijuelas, sino a la mala ética, como los experimentos en campos de concentración o psiquiátricos.

La ética ha ido reapareciendo en directa proporción al aumento de las posibilidades de modificación de la vida humana, trasplantes de órganos, diagnósticos en el feto o prolongación artificial de la vida. Las decisiones ante problemas éticos necesitan ser avaladas con argumentos que demuestren la verdad o bondad de las mismas. A este campo se ha dedicado Victoria Camps, con numerosos estudios y artículos. Ha ocupado diversos puestos significativos en la difusión y establecimiento de la ética en los campos de ciencias de la vida, ha sido presidenta del Comité de Bioética de España, ha formado parte y presidido el Comité del Audiovisual de Cataluña, por su conocimiento de la ética en relación con los medios de comunicación de masas, también ha presidido el Comité Consultivo de Bioética de Cataluña, del cual sigue siendo miembro. Victoria Camps (2007) aboga por recuperar el talante socrático de inquirir con mayor profundidad en los interrogantes que suscita el avance de la ciencia, y afirma que el hecho de que el tema sea complejo e incluso sin solución no nos puede impedir hacernos las preguntas y tomar decisiones.

Planteamiento general de las éticas filosóficas

«El médico no debe tratar la enfermedad, sino al paciente que la sufre» (Maimónides).

La ciencia influye en todos los ámbitos y afecta a nuestras decisiones individuales y colectivas. Pero la ciencia no le dice a la realidad cómo debe ser, solo la estudia y la describe. Por otro lado, en las sociedades actuales estamos llenos de desacuerdos: ¿se puede permitir el aborto o la eutanasia? ¿Qué hacer si el diagnóstico prenatal dictamina alguna enfermedad en el feto? ¿Se pueden preservar los embriones para la obtención de células madre en la cura de enfermedades? ¿Cuándo una célula es moralmente valiosa? ¿Depende de si está fecundada? ¿Y la investigación de nuevos medicamentos con pruebas en seres humanos? El progreso y la ciencia han planteado controversias y desacuerdos, y depende del planteamiento ético de los investigadores su posición y sus decisiones ante los mismos. Veamos los tres más habituales:

Ética utilitarista o consecuencialista

Uno de los principios de la ética utilitarista es «maximizar la felicidad, el bienestar, aumentar prosperidad, lograr la mayor felicidad para el mayor número». En la época moderna, el padre de esta teoría fue el filósofo y economista Jeremy Bentham, que llegó al principio de maximizar la felicidad con el razonamiento de que a todos nos gobiernan las sensaciones de dolor y placer, que son nuestros amos soberanos. Bentham no consideraba que existieran los derechos naturales, y elaboró una ciencia moral basada en medir y calcular la felicidad. Para ello se necesita una unidad común de valor, como una moneda que mida la equivalencia entre el placer o la felicidad que produce comerse un pastel de chocolate, disfrutar de un concierto de música, leer a Benedetti, un orgasmo o contemplar una puesta de sol. Incluso necesitamos llegar a responder esta pregunta: ¿cuánto vale una vida humana?

Aunque no todos los planteamientos de la ética utilitarista tienen una connotación egoísta, está el utilitarismo orientado al paciente cuando el médico decide entre dos tratamientos cuál es más beneficioso para el enfermo; o el utilitarismo de regla general sugerido por un especialista en derecho, John Austin (1790-1859), donde la persona se pregunta por las consecuencias si todo el mundo actuara siguiendo esa regla universal. Por ejemplo, el fin de la medicina de conservar la salud y la vida, ¿justifica los elevados gastos de conservar la vida de un recién nacido de menos de 500 gramos o la de ancianos centenarios? Como profesional, el médico debe contribuir a administrar los recursos sanitarios de manera que alcancen para todos.

Ética deontológica

La tradición kantiana da a la libertad y a la autonomía de cada individuo el valor de principio primordial. Kant hace una crítica devastadora del utilitarismo; la moral no consiste en maximizar la felicidad: consiste en respetar a personas como fines en sí mismas. La ética kantiana incluye varias fórmulas de imperativo categórico vinculadas entre sí. La primera, «obra solo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal», la podemos tener en cuenta en el respeto y el cuidado al paciente. La segunda, «obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin y nunca como un medio», nos servirá para decidir en ensayos terapéuticos, por ejemplo. Dice Pellegrino (1998) que uno percibe con toda claridad este imperativo cuando asume la condición de paciente.

La idea de libertad de Kant no es la libertad de mercado. La moral no puede basarse en consideraciones empíricas como son los intereses y deseos. Si satisfacemos emociones y apetitos no somos libres, no importa si el deseo me ha venido determinado por la biología o por la sociedad. Tristemente, la libertad es la justificación de los desmanes del libre mercado y nos ha llevado a una desigualdad económica brutal, además de a la pobreza del 80 % de la humanidad; en salud, el 90 % de los gastos lo disfruta el 10 % de la población, en el que solo tenemos el 7 % de la enfermedad. Hoy en día, parte de la ciencia médica se ejerce en un contexto competitivo en el que los intereses particulares ponen a prueba las buenas prácticas científicas. Por ejemplo, la lucha para obtener financiación puede conllevar una tendencia a exagerar las potenciales aplicaciones de la investigación, aun cuando sean inexistentes o todavía muy incipientes. A veces, investigaciones con expectativas de un buen resultado no encuentran financiación. Un caso paradigmático es el de las enfermedades raras, ya que sus fármacos no resultan rentables para la industria (Casado, 2018).

Ética aristotélica

Aristóteles preconizaba la búsqueda del bien como el fin de las acciones humanas. Hoy se matiza esta postura porque, por un lado, los fanáticos pisan cualquier derecho individual con esa justificación; pero, por otro lado, se apoyan en la virtud Martin Luther King, Nelson Mandela, Martha Nussbaum, Adela Cortina…, y entre ellos Victoria Camps.

¿Qué es una buena persona? La diferencia entre los griegos antiguos y nosotros estriba en esta noción. Para nosotros, la virtud es una cualidad interior; para los griegos es areté, una excelencia. La virtud de un martillo es su cabeza dura, porque su función es clavar un clavo. Pero ¿cuál es la función de la vida humana? ¿Cuál es la vida buena? Con estos interrogantes inicia Aristóteles su indagación. Nuestras acciones tienen un fin. Por ejemplo, estudiamos para aprobar la carrera, y la carrera la cursamos para conseguir un trabajo, y el trabajo lo necesitamos para conseguir dinero. ¿Cuál es el fin final? Responde Aristóteles: la eudaimonía, traducida a veces como felicidad o prosperidad. La felicidad aristotélica no tiene nada que ver con el dinero, los honores, el placer o la satisfacción de los sentidos, sino con la actividad del alma de acuerdo al Nous. En Aristóteles, para encontrar los principios en los que basarnos, para definir los derechos humanos, hemos de determinar un telos, un fin: el bien de la vida humana. Con estos planteamientos formula Victoria Camps la bioética.

Bioética

La bioética, que se inicia en la década de los setenta, es un encuentro entre las ciencias de la vida, el derecho y la filosofía. Surgió para ayudar a tomar decisiones, como una sabiduría de la vida. En 1974 el Congreso de los Estados Unidos crea una comisión para identificar los principios éticos básicos que deben regir la investigación con seres humanos en la medicina. En 1978 los comisionados publican el «Informe Belmont», donde distinguen tres principios éticos básicos, por este orden: respeto por las personas (autonomía), beneficencia y justicia. Posteriormente se ha añadido la no-maleficencia. Victoria Camps (2007), a pesar de estar de acuerdo acerca de los peligros de perder el fundamento ontológico para determinar la legitimidad ética, destaca que los cuatro principios son el resultado de un consenso, y que por sí solos no nos resuelven las decisiones.

Difícilmente en nuestras sociedades aceptaremos o consensuaremos posiciones ontológicas acerca de la vida o la muerte, así que será necesario consensuar acciones respondiendo a las preguntas esenciales sobre cada posición: ¿a quién perjudica?, ¿a quién beneficia?, ¿qué pretendemos obtener? (Camps, 2007, p. 67). Nadie duda de la dignidad esencial de la persona, así que habrá que consensuar los límites en los que la enfermedad o el dolor la destruyen. Rawls establece una teoría de la justicia procedimental: el límite que nos tenemos que marcar es que la ética no se acerque tanto al derecho que caiga en el extremo de apoyar el escepticismo y el relativismo de que lo único que vale es la voluntad del legislador, sea cual sea esta, porque hay valores irrenunciables (Camps, 2007, p. 68).

En medicina, la mayoría de las cuestiones tienen que ver con cómo las personas vivirán su vida. Debe existir libertad dentro del respeto a las leyes. Los especialistas en ética médica buscan ese consenso que Norman Daniels ha llamado un amplio equilibrio reflexivo para reconciliar los distintos deberes del profesional sanitario y que la decisión tenga las mejores consecuencias para el paciente y la sociedad. Siempre es más fácil llegar a un acuerdo sobre un caso concreto que sobre la cuestión ideológica, pero, como finaliza su artículo Victoria Camps (2004), eso no significa «renunciar al afán teorizador y metafísico, solo renunciar a la pretensión de omnisciencia a priori, que es un atributo de los dioses, no de los humanos».

Vamos a plantear un caso ocurrido en Reino Unido en 2016.

El caso «Charlie Gard»

Charlie Gard fue diagnosticado, a los dos meses de nacer, de un desorden genético conocido como síndrome encefalomeopático por depelación de ADN mitocondrial, que produce, entre otros efectos, parálisis muscular y graves e irreversibles daños cerebrales. Según los médicos que lo atendieron en el Hospital Great Ormond Street de Londres dicha enfermedad es incurable.

El niño estuvo conectado a aparatos de soporte y mantenimiento de la vida en la unidad de cuidados intensivos del citado hospital infantil. Los médicos que lo atendieron aconsejaron desconectarlo y aplicarle cuidados paliativos, ya que, en su opinión, los daños cerebrales eran irreversibles, severos e incurables; el bebé no tenía calidad de vida ni opción alguna de tenerla. Señalaban, asimismo, que las posibilidades de mejoría y de detención del proceso degenerativo eran inexistentes. Sin embargo, los padres de Charlie se opusieron a ello e iniciaron una campaña financiera, consiguiendo los recursos suficientes para trasladar a su hijo a Estados Unidos, donde podría encontrarse un tratamiento experimental con nucleósido que permitiera curar su enfermedad.

Los médicos del Hospital de Londres se mostraron contrarios a dicho tratamiento, considerando que el niño estaba en fase terminal y que prolongar su vida sería causa de un sufrimiento innecesario, y sugirieron que debería recibir cuidados paliativos «para dejar de sufrir, y morir con dignidad».

Como no había acuerdo con los padres, se acudió a los tribunales ingleses, quienes, en las distintas instancias judiciales, coincidirían en autorizar a los médicos la retirada del tratamiento de soporte vital (TSV) en contra de la voluntad de los progenitores. Mostrando, una vez más, su disconformidad, los padres de Charlie interpusieron un recurso que no fue admitido a trámite.

Finalmente, con el acuerdo de sus padres, el 27 de julio de 2017 Charlie Gard fue desconectado de los soportes vitales falleciendo al día siguiente, pocos días antes de alcanzar el primer año de vida.

Los problemas bioéticos que planteó este caso a los tribunales de justicia y las razones que dictaminaron la sentencia fueron:

* Futilidad de los tratamientos y encarnizamiento terapéutico, es decir, las pocas posibilidades reales de mejoría o recuperación del paciente, teniendo en cuenta, fundamentalmente, el diagnóstico y pronóstico de los profesionales en la materia. Ciertamente, mantener a cualquier precio la vida de un paciente cuando hay coincidencia médica en apreciar que se trata de un proceso irreversible nos puede llevar a incurrir en el considerado encarnizamiento terapéutico o distanasia, con la utilización de medios desproporcionados que pueden contribuir a incrementar el sufrimiento que ya de por sí comporta la enfermedad.

* Distribución de recursos y principios de justicia: un tratamiento demasiado oneroso no debería ser aplicado si eso merma la posibilidad de que otras personas obtengan los beneficios de salud.

* Autonomía y libertad: el consentimiento por representación/sustitución. El problema se sitúa de plano en el marco de los derechos fundamentales, como son la vida, la libertad y la salud del menor. En este caso, el menor no tenía ni la posibilidad de expresarse. En este contexto, los representantes del menor deben actuar buscando siempre el mayor beneficio de la persona por la que se decide, estando vinculados al estándar de su mejor interés y al respeto a su dignidad, con la supervisión de los médicos, que deben velar para que se adopten las decisiones más correctas por dichos representantes.

Conclusiones

Nuestro mundo, con su materialismo y economicismo reinante, obliga a un conocimiento técnico, a ser experto en la materia, pero la mercantilización no pone siempre en la balanza el amor al prójimo, el trascender las ambiciones personales y la responsabilidad. Las costosas curas contra la enfermedad, como el cáncer o los problemas cardíacos, han revelado que también son necesarios compasión y cuidado ante la muerte. Dice Victoria Camps (2015, p. 7) que quien adquiera, aunque fuera solo las virtudes de respeto, sinceridad, compasión y olvido de sí, hará que los principios de la bioética no sean solo bellas palabras, sino prácticas reales que le harán un buen profesional en todo el sentido del término, porque además de las competencias científicas y técnicas será una persona íntegra. Y es Victoria Camps un gran ejemplo de estas cualidades y de una dignificación de la filosofía y la ética práctica con las acciones que ha realizado en su vida. Ha logrado que nuestro mundo sea un lugar donde el ser humano tenga más asegurada su autonomía y un trato benevolente en todas las circunstancias.

Victoria Camps: biografía

Victoria Camps nació en Barcelona el 21 de febrero de 1941. Es catedrática emérita de Filosofía Moral y Política de la Universidad Autónoma de Barcelona. Ejerce la docencia de manera ininterrumpida en esta Universidad desde 1972. En 1975 se doctoró en Filosofía y, desde 1986, desempeña su labor como catedrática de Ética y de Filosofía del Derecho Moral y Político. Entre 1990 y 1993 fue vicerrectora de dicha institución. Es autora de una serie de ensayos que reflejan sus principales preocupaciones y campos de actuación referentes a la ética. Estas abarcan el planteamiento de la democracia y del estado del bienestar desde concepciones cercanas a la socialdemocracia, el papel de los medios de comunicación en la sociedad desde un punto de vista ético; el diseño y gestión de la enseñanza y, más recientemente, los asuntos relacionados con la bioética.

Su bibliografía filosófica es extensa, con temas que van desde la ética, la educación y la política hasta, más recientemente, la bioética.

Ha desarrollado también una fecunda labor en otros ámbitos, como la producción editorial. Fue directora de la colección de filosofía de la Editorial Crítica y miembro del consejo de redacción de las revistas Segovia, Letra Internacional y Leviatán. Ha desempeñado cargos de dirección y consejo en diversos organismos y fundaciones relacionados con la ética y la medicina.

Fue senadora independiente del PSC-PSOE por la provincia de Barcelona y presidió la Comisión Especial sobre los Contenidos Televisivos del Senado.

En 2001 viajó a Estados Unidos para investigar en bioética. Participa en los comités éticos de la Fundación Esteve y de diversos hospitales de Barcelona. Ocupa el puesto de presidenta del Comité de Bioética de España y de la Fundación Victor Grifolls i Lucas. Formó parte del Comité del Audiovisual de Cataluña, por su conocimiento de la ética en relación con los medios de comunicación de masas, accediendo a la vicepresidencia en 2004. En 2006 presidió el Comité Consultivo de Bioética de Cataluña, del cual sigue siendo miembro. Victoria Camps ha destacado por la defensa del papel de la mujer en la vida política, denunciando su exclusión de la misma; la convicción del estado del bienestar como un valor a defender frente a la concepción liberal que pretende reducir el Estado al mínimo; una activa defensora de la democracia participativa y de una ética que contribuya a la formación de la ciudadanía. Hasta 2001 fue la presidenta de la Fundación Alternativas, de la cual sigue siendo miembro de su patronato.

Bibliografía y referencias

Camps Cervera, M. V. (2007). Los filósofos y la bioética. Veritas: Revista De Filosofía y Teología, (16).

Camps, V. (2015). Los valores éticos de la profesión sanitaria. Educación Médica.

Casado da Rocha, A., & Saborido, C. (2010). Cultura bioética y conceptos de enfermedad: El caso house. Isegoría, (42).

Declaración de Helsinki de la AMM. Principios éticos para las investigaciones médicas en seres humanos (2013).

Nussbaum, M. C. (2008). Paisajes del pensamiento. Paidós Ibérica, S. A.

Pellegrino, E. C. (Ed.). (1998). What the philosophy of medicine is. Netherlands: Kluwer Academic Publishers.

Rawls, J. (2010). Teoría de la justicia. Fondo de Cultura Económica.

Saborido, C. (2009). Bioética para legos: una introducción a la ética asistencial. Revista Venezolana De Información, Tecnología Y Conocimiento.

Saborido, C. (2020). Filosofía de la medicina. Tecnos.

Sandel, M. J. (2018). Justicia: ¿hacemos lo que debemos? Debolsillo.

 

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