Historia — 1 de diciembre de 2023 at 00:00

Los caballeros y el Camino de Santiago

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Los caballeros y el Camino de Santiago

El Camino de Santiago ha sido transitado por gente de toda condición desde el descubrimiento del supuesto sepulcro del apóstol Santiago el Mayor por un pastor llamado Pelagio o Pelayo cuando cuidaba de sus ovejas en el Castro Lupario, allá por el año 814. Aquel lugar, en el momento del descubrimiento, fue inundado por una luz que se interpretó que procedía de las estrellas, motivo por el que pasó a denominarse Santiago de Compostela, de Campus Stellae o ‘Campo de las estrellas’.

Son muchos los caminos que conducen a la tumba del apóstol, pero el más importante de todos siempre ha sido el llamado Camino Francés, que discurre durante 720 km desde el puerto de Roncesvalles, en Navarra, hasta la ciudad de Santiago, en Galicia.

El Camino Francés ha sido hollado por toda clase de peregrinos a lo largo de su historia. Una de esas clases la conforman aquellos que conocemos con el nombre de «caballeros». No es este el lugar adecuado para analizar lo que se quiere decir cuando se utiliza la palabra caballero, pero sí para afirmar con toda rotundidad que en ella se incluye lo que entendemos por la misma en Nueva Acrópolis.

De entre las numerosas ocasiones en la que los caballeros se han relacionado con el Camino, vamos a escoger solamente tres. La primera vino a ocurrir en fecha tan temprana en la historia del Camino como el año 844. Concretamente el 23 de mayo, día en el que tuvo lugar la batalla de Clavijo, en la que se enfrentaron los cristianos del reino de Asturias con los musulmanes del emirato de Córdoba. La segunda transcurrió entre el 10 de julio y el 9 de agosto de 1434, días en los que el caballero leonés Suero de Quiñones protagonizó la gesta del «paso honroso». La tercera y última la desarrollan los caballeros templarios durante los siglos XII y XIII, tiempo en el que se hallaron presentes en el Camino y lo «cuidaron».

 

La batalla de Clavijo

Cuenta la historia y aún más la leyenda, dado que hay serias dudas sobre su historicidad, que el monarca asturiano Ramiro I decidió negarse a pagar el llamado «tributo de las cien doncellas», por el que los asturianos debían entregar anualmente a los sarracenos cien jóvenes mujeres, evitando así que estos les atacaran y destruyeran su pequeño reino.

Giaquinto, Corrado
La batalla de Clavijo, de Corrado Giaquinto,

Abderramán II, emir de Córdoba, no dudó en mandar sus ejércitos contra los cristianos como castigo por su negativa. Ramiro I reunió a sus tropas y el 23 de mayo de 1844 se enfrentó a sus enemigos en Clavijo, lugar situado a unos 17 km de donde hoy se asienta la ciudad de Logroño, que entonces no existía. Allí se enfrentaron los dos ejércitos y, conforme se desarrollaba la batalla, la victoria se decantaba del lado musulmán. Refiere la leyenda que, hallándose en esta comprometida situación, se presentó un caballero, todo vestido de blanco y montado a su vez en un caballo del mismo color, que poniéndose al frente de las tropas cristianas las condujo a la derrota final de los moros. Tras protagonizar esta hazaña, el caballero desapareció y nunca se supo más de él.

Los ejércitos cristianos identificaron a su salvador con el apóstol Santiago, por lo que desde entonces este es conocido como Santiago Matamoros, apelativo que se puede considerar como políticamente incorrecto en la actualidad, y como tal, como caballero montado en su caballo y blandiendo amenazante una espada, es representado en muchas iglesias del Camino Francés de toda España en general e, incluso, de la América hispana. Parece claro que, para los asturianos y después para los españoles en general, lo que pretendió y consiguió hacer el caballero Santiago fue defender el ideal de vida representado por la sociedad cristiana, en contraposición al encarnado por los musulmanes cordobeses.

Bien es verdad que otras versiones de esta historia cuentan que, en la noche anterior a la batalla, el apóstol se mostró al rey Ramiro I y le anunció que aparecería para luchar del lado cristiano. Concretamente, Alfonso X el Sabio, en su Primera Crónica General (1270) recoge las supuestas palabras que Santiago el Mayor le dirigió a Ramiro I: «Sepas que Nuestro Señor Jesucristo repartió entre todos los apóstoles todas las provincias de la tierra. Y a mí solo me dio España para que la guardase. Rey Ramiro, esfuérzate en tu oración y sé bien firme en tus hechos, que yo soy Santiago. Y ten por verdad que tú vencerás mañana con la ayuda de Dios a todos los moros».

Esta batalla tuvo una gran importancia para los españoles. A ello contribuyó el que Ramiro I, tras la victoria, el 25 de mayo de 1844, dictó el «voto de Santiago», por el que reclamaba a los cristianos españoles que peregrinaran a Compostela. Además, impregnó el espíritu de la Reconquista, inspirando el nacimiento de las órdenes militares y consiguiendo que los ejércitos hispanos, cuando entraban en batalla, lo hicieran al grito de «Santiago y cierra España». Es más, Cervantes hace que el Quijote afirme que Santiago era «el caballero andante de Dios».

 

El paso honroso

Se puede afirmar que los siglos XI y XII constituyen la edad de oro del Camino, si bien su importancia se mantiene durante el siglo XIII. En cambio, durante los siglos XIV y XV ya es palpable la decadencia de la peregrinación a Compostela. No obstante, es en esa época cuando se va a potenciar más la «peregrinación caballeresca», la que realizan caballeros procedentes de toda Europa impulsados más por un afán aventurero que por motivaciones religiosas. Es por entonces, en 1434, cuando va a tener lugar el famoso hecho de armas conocido como el paso honroso o Passo Honroso, pues así lo escribían en aquella época.

Cuentan las crónicas, en este caso la escrita por Pedro Rodríguez de Lena, escribano del rey Juan II de Castilla, que el caballero leonés Suero de Quiñones (1409-1458), servidor del condestable de Castilla, don Álvaro de Luna, estaba enamorado de su dama, doña Leonor de Tovar. Como signo de la «prisión» de amor en la que se hallaba, se colgaba del cuello todos los jueves una argolla de hierro.

Para liberarse de su cárcel, resolvió pedir autorización a su rey, Juan II, para celebrar un torneo en el puente situado en la localidad de Puente de Órbigo (León), que los peregrinos tienen que cruzar para llegar a Santiago de Compostela. El rey no solo le dio la autorización requerida, sino que hizo que se pregonara por las cortes europeas la celebración del caballeresco acto.

Suero de Quiñones, acompañado de otros nueve caballeros, se propuso retar a combate, con caballo y con lanza, a todos los caballeros que intentaran cruzar el puente de la población leonesa ya mencionada. Los diez caballeros debían romper al menos trescientas lanzas para que don Suero quedara liberado de su promesa de amor, representada por la argolla que pendía de su cuello. Las lides tendrían lugar entre el 10 de julio y el 9 de agosto de 1453, es decir, quince días antes y quince después del Día del Apóstol Santiago, el 25 de julio.

Efectivamente, durante el mes que duraron los combates, don Suero y sus nueve compañeros se enfrentaron a sesenta y ocho caballeros procedentes de diversas cortes europeas. Aunque se luchó encarnizadamente solo hubo un muerto, el catalán Asbert de Claramunt, al que Suero de Quiñones mata involuntariamente al clavarle una lanza en la cabeza. Don Suero, aunque herido, pudo combatir hasta el final del torneo.

Si bien no se consiguió rendir las trescientas lanzas, aunque se estuvo muy cerca, los jueces de la contienda resolvieron darla por concluida el 9 de agosto, proclamando que el caballero Suero quedaba liberado de la promesa hecha a su dama.

A continuación, los diez caballeros realizaron la peregrinación a Compostela y, en representación del aro de hierro que llevó don Suero, colocaron uno de oro en el relicario del Apóstol, en donde aún permanece. Añadir, para terminar el relato, que, un año después de la celebración de la gesta, Suero de Quiñones se casó con su dama, Leonor de Tovar. El caballero leonés perdió la vida durante un enfrentamiento bélico en Barcial de la Loma, a manos de los escuderos de Gutierre de Quijada, «quien no había perdonado odios del Passo Honroso».

Antes de pasar al siguiente apartado, considero que puede resultar de interés escribir unas palabras sobre la relación de los caballeros con las damas. Concretamente, don Suero, como ya se ha descrito, basa su hazaña en honrar a su dama y conseguir de ella la correspondencia amorosa que le reclama.

Durante la Edad Media, aunque en este caso ya nos hallemos en el siglo XV, la relación del caballero con la que él proclamaba como su dama se basaba en el llamado «amor cortés», cantado por los trovadores en sus poemas. No entrañaba, generalmente, una relación carnal, sino que más bien se basaba en una concepción platónica y mística del amor y conllevaba una sublimación de la dama, la cual se mantenía en la mayoría de los casos en una posición distante, pero no fría y lejana, en relación a su enamorado.

El caballero utilizaba a su dama como estímulo a la hora de realizar algún acto caballeresco, fuera el enfrentamiento en buena lid con otro caballero, la participación en torneos o la lucha contra sus enemigos, hechos realizados invocando el nombre de su idealizado amor y, con frecuencia, portando orgulloso los colores de su señora. La dama, a su vez, mediante este tipo de relación lograba «elevarse» sobre los días casi siempre grises que conformaban su vida cotidiana. Pero no todo eran actitudes externas, ya que, a la vez, tanto el caballero como la dama, conseguían por medio del amor cortés tener armas con las que dominar aquellos aspectos de su personalidad que les lastraban en su camino hacia la superación de su egoísmo, al dominio de su parte material, con el fin de que no entorpeciera a su espíritu en la búsqueda de lo divino.

El caballero no solo era un guerrero hacia afuera, sino que también luchaba contra sí mismo con el propósito de ser mejor, de evolucionar como ser humano en su camino ascendente hacia Dios. Se puede afirmar que el caballero y la dama constituyen, simbólicamente, las dos partes de una dualidad que se buscan y se deben encontrar para aspirar a lo Uno.

 

Los templarios y el Camino de Santiago

Una de las principales misiones de los caballeros templarios, aquella que motivó en un principio su fundación, consistía en la protección de los peregrinos que acudían a los Santos Lugares de Tierra Santa. Pero ¿por qué proteger solo a esos peregrinos?, ¿por qué no ampliar esa ayuda a los cristianos que se acercaban a venerar las reliquias del apóstol Santiago en Compostela? Allí, más que proteger a los caminantes del peligro representado por los moros, que ya era poco en el siglo XII, se les podía suministrar otro tipo de ayuda, tal como alojamiento y manutención en las casas templarias o apoyo contra los ataques de los bandidos que infestaban el Camino. Parece ser que estas fueron las razones que llevaron al rey García Ramírez de Navarra a cederles en 1142 una casa a la salida de Puente la Reina. En 1146 el mismo monarca les concedió el privilegio de poder vender pan y vino a los peregrinos, los cuales debían ser acogidos gratuitamente.

No obstante, ya desde 1138 el Temple se había establecido en el Camino, si bien en su vertiente francesa. En ese año se fundó la encomienda de Saint Gilles, situada al comienzo del ramal languedociano o tolosano de la ruta jacobea, que va a discurrir por una región donde, posteriormente, se va crear una densa red de encomiendas templarias, dedicadas, entre otros menesteres, a ayudar a los peregrinos que por allí pasaban. También en Bretaña las casas templarias de Nantes y de la Île-Aux-Moines se establecen en el punto de embarque de los que se dirigen a Compostela por ruta marítima.

Partiendo de la casa madre de Puente la Reina los caballeros templarios se van a extender por el Camino Francés. De este modo se van a establecer en Berdún, guardando el valle de Ansó, Sangüesa, en la capilla de San Adrián, Bargesta, Estella, Torres del Río, Gradefes, Rabanal del Camino, Ponferrada, Pieros, Villasirga, Terradillos de los Templarios, Frómista y Padrón, al final del Camino. De todos estos establecimientos, sin duda el más importante fue la encomienda-fortaleza de Ponferrada, villa de la que en 1185 los templarios eran señores.

La fortaleza de Ponferrada posee una entidad que sobrepasa con mucho la misión a la que, en teoría, estaba destinada, que era la de proteger y mantener transitable el puente de hierro sobre el rio Sil que da nombre a la villa (Pons Ferrata, ‘puente de hierro’, se torna en Ponferrada). Sin extendernos demasiado, hay que decir que en ese castillo aparecen muchos de los símbolos que se relacionan con el Temple, destacando la profusión de cruces tau que se pueden observar en sus torres, murallas y puertas de entrada a los recintos principales. Debemos recordar que la tau, y su signo equivalente el ank, es símbolo de inmortalidad, de vida eterna, ya que implica la unión de lo terrestre, lo material, su trazo horizontal, con lo celeste, lo espiritual, su trazo vertical. Una unión que se resuelve en lo divino, simbolizado en el círculo que aparece en su parte superior, si nos referimos al ank. Además, al igual que otras fortalezas templarias, se construyó según planos que reflejaban datos astronómicos. Sirva como ejemplo que tiene doce torres (trece en realidad, puesto que una es doble), que son distintas entre sí. Cada una de ellas, junto a las murallas que las unen, representan a las doce constelaciones del Zodiaco, ya que su plano de construcción refleja el dibujo celeste de dichas constelaciones. Es cierto que no están colocadas del mismo modo que lo están en el cielo, pero ello se debe a que esta distribución distinta pretende transmitir un mensaje que, al parecer, es posible conocer siguiendo las taus que hay esculpidas en las puertas de entrada y tomando la sílaba inicial del nombre de la constelación representada.

En el Camino de Santiago existen dos iglesias templarias que hay que citar. Son la de Santa María de Eunate y la del Santo Sepulcro de Torres del Río. Eunate se encuentra a 5 km de Puente la Reina y está constituida por una capilla octogonal a la que rodea un deambulatorio exterior con arcadas. Torres del Río se halla a 50 km de Eunate y, oficialmente, se le ha dado un destino funerario. Según algunos autores, los caballeros llevaban a cabo en ellas una serie de ceremonias secretas relacionadas con una suerte de muerte simbólica con posterior renacimiento a otra realidad más elevada; es decir, una iniciación a verdades ocultas a mentes no preparadas. Además, opinan que, concretamente en Eunate, se realizaban misteriosas danzas en su deambulatorio mediante las que, simbólicamente, los templarios que participaban entraban en armonía con el universo.

Ya se ha escrito que los caballeros templarios desarrollaron una labor hospitalaria y de protección del peregrino en el Camino. Ahora debemos añadir que también tuvieron una misión que mantuvieron más oculta. Pero antes de ocuparnos de ella, tenemos que decir algo sobre el cuerpo energético del planeta Tierra.

La energía telúrica, la energía pránica captada por nuestro planeta, circula por su plano energético siguiendo unos canales que son conocidos como sidhis, nadis, djins, genios, etc. Estos canales se hallan en contacto con la superficie terrestre, siguiendo sobre todo los cursos de agua, tanto subterráneos como superficiales, y vienen a confluir en determinados lugares llamados subchakras o chakras secundarios. También ocurre que en estos puntos la energía telúrica que hasta ellos fluye entra en contacto con energías celestes. Los subchakras han sido considerados por los hombres a lo largo de la historia como centros sagrados e incluyen nombres tan conocidos como los de Jerusalén, Cuzco, Tiahuanaco, Delfos, Tebas, Roma, Lhasa, Stonehenge y… Santiago de Compostela.

En estos centros del mundo no solo tiene lugar la conexión de lo terrestre con lo celeste, sino que en ellos también es posible, si se está preparado (iniciado), la unión consciente de la parte material del ser humano con su espíritu.

El Camino Francés que conduce a Compostela se halla incluido en el canal energético que sigue el paralelo 42 que, con una anchura de unos 70 km, cruza España de este a oeste, desde los Pirineos catalanes hasta el Finisterre gallego. Este nadi se relaciona, analógicamente, con ese otro camino celeste al que llamamos Vía Láctea y que también es conocido como Camino de Santiago. Se considera que el final de la Vía Láctea, que se encuentra en la constelación del Can Mayor, en el signo zodiacal de Sagitario, «señala» el final del Camino, es decir, Compostela, el «campo de las estrellas», el lugar donde se puede obtener una determinada «iluminación». Es más, en Santiago de Compostela se produce la unión de la energía telúrica que hasta allí llega con una energía cósmica, la que procede de nuestro sistema estelar, más concretamente la que viene de nuestro Sol, que hasta ese subchakra llega circulando por uno de los canales energéticos que posee el sistema solar.

Siguiendo a R. Guenon, y también a otros autores, entre ellos E. V. Michelet, se puede considerar la orden del Temple como una agrupación «contactada», término con el que se quiere indicar que son órdenes que han entrado en contacto con el «Centro del Mundo», lugar de residencia de la llamada Gran Fraternidad Blanca o Jerarquía Oculta del Mundo. Sus componentes son los encargados de «cuidar» de algún modo de la evolución de la Tierra y de sus habitantes, incluyendo, de un modo principal, a los seres humanos. También se ocupan de guardar ese tipo de sabiduría o de conocimiento, que podemos agrupar bajo el nombre de tradición primordial sin entrar en más detalles, salvo decir que a ella solo se puede acceder mediante la iniciación.

Junto al Centro del Mundo, y en contacto con él, existen otros centros subordinados secundarios cuya ubicación coincide con la de los subchakras de los que ya hemos hablado y entre los que se encuentra Santiago de Compostela. Podemos añadir que son los depositarios de las tradiciones locales constituidas por el grado de sabiduría, procedente de la tradición primordial, que han necesitado los hombres que por allí han vivido.

Los templarios fueron los guardianes de Tierra Santa. Este nombre no solo designa a Jerusalén, centro de conocimiento iniciático secundario, sino que también es uno de los nombres con los que se conoce el Centro del Mundo. Guardián es aquel que guarda, que defiende un determinado lugar de agresiones externas, pero asimismo es el que se encarga de la relación entre lo que está dentro y lo se halla fuera de ese determinado lugar. Por ello, los templarios serían los defensores de Tierra Santa, ya que impedirían el acceso a aquellos que no estén preparados para penetrar en su interior y, a la vez, se encargarían de establecer relaciones con el exterior, actuando como puente de unión con el resto del mundo; con la tradición cristiana en el caso del Temple, Compostela incluida. Para cumplir con estas dos misiones, los templarios recibían lo que se conoce con el nombre de «iniciación caballeresca».

Se puede considerar que el Camino de Santiago es una ruta básicamente iniciática que proporcionaba al que sabía recorrerla la preparación necesaria para adquirir una serie de conocimientos sobre sí mismo y sobre su relación íntima con la tierra, la materia, y el cielo, el espíritu. A esta iniciación contribuía la energía telúrica que proporcionaba el nadi sobre el que discurre el camino jacobeo, así como la comunión entre lo terrestre y lo celeste que se producía en el subchakra en el que se halla Santiago de Compostela.

Por lo tanto, si los caballeros templarios son los encargados por la Jerarquía del Centro del Mundo de establecer el contacto de la tradición primordial con la tradición occidental, representada en ese momento histórico por el cristianismo, lo lógico es que se asentaran en el Camino de Santiago. Al hacerlo, velaron por aquellos peregrinos que recorrían ese camino iniciático dispuestos a prepararse, a iniciarse en las básicas verdades que atesora, aquellas que le servirán para encontrar a Dios, y lo que ello supone, al final del camino, en Compostela.

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