Ciencia — 1 de noviembre de 2023 at 00:00

Ciencia y Filosofía

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Ciencia y Filosofía

Empecemos apuntando qué se considera ciencia y qué filosofía. La primera viene del latín scientia, que quiere decir ‘conocimientos’ y, en sentido general, se refiere al conjunto de conocimientos objetivos y sistemáticos comprobables que, habiéndolos estudiado y verificado, explican los fenómenos naturales, así como los artificiales, con la intención implícita de predecir sus comportamientos.

Filosofía por su parte, como la propia palabra indica, es ‘amor a la sabiduría’, lo cual la situaría por encima de la ciencia, pues abarca significativamente más aspectos de la existencia humana y el universo. Intenta comprender, interpretar y entender el mundo y la existencia humana.

La sabiduría es una cualidad que se desarrolla con la aplicación de la inteligencia en la experiencia propia, obteniendo conclusiones que nos otorgan un mayor entendimiento. Este, a su vez, nos capacita para reflexionar, desarrollando más conclusiones que nos llevan al discernimiento de la verdad, lo bueno y lo malo. La sabiduría y la moral se interrelacionan dando como resultado un individuo que actúa con buen juicio. A veces se ha descrito la sabiduría como una forma especialmente bien desarrollada de «sentido común».

Actualmente, la relación entre ciencia y filosofía es semejante a la que podría existir entre un matrimonio divorciado con una hija en común: la epistemología o filosofía de la ciencia, que es una hija gravemente enferma, en medio de una era enamorada de la llamada «inteligencia artificial».

Pero ello no fue siempre así. Como veremos a continuación, en los orígenes de la civilización occidental, la filosofía fue concebida como teoría y praxis, siendo la teoría el saber en su sentido más amplio, abarcando lo divino, lo humano y el conocimiento de las cosas naturales.

Podemos enfocar la relación entre la filosofía y la ciencia desde dos puntos de vista. El primero sería el histórico-descriptivo, es decir, la relación que ha existido entre ambas a lo largo de la historia, especialmente en Occidente; y el segundo, el normativo, es decir, la relación que debería existir entre ambas perspectivas del saber humano.

 

La Antigüedad clásica grecorromana

En la Antigüedad grecorromana, la filosofía abarcaba las distintas formas del saber y regía los principios de un comportamiento ético. Es decir, se trataba de teoría y de práctica.

Si tomamos en cuenta los escritos de Platón, de Aristóteles, de los presocráticos, de los estoicos y de tantos otros pensadores de la Antigüedad —que abarca un periodo de unos mil años—, descubrimos que la filosofía incluía, entre otras:

– la física o ciencia de la naturaleza

– la psicología o ciencia del alma

– la teología o ciencia de lo divino

– la ontología o ciencia del ser

– la ética o ciencia del comportamiento

– la lógica o reglas del buen razonar

– la retórica o ciencia de la bella expresión hablada

– la dialéctica o ciencia de acceso a lo inteligible

– la epistemología o teoría del conocimiento

 

La Edad Media

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Estas y otras disciplinas fueron luego codificadas en el Mediovo a través del trivium (gramática, dialéctica y retórica) y quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y música), constituyendo las siete artes liberales o artes y ciencias.

Las artes liberales fueron una parte importante en el currículo de las universidades medievales, organizadas en cuatro facultades: Teología, Filosofía, Derecho y Medicina.

 

Filosofía y ciencia en el Renacimiento

La relación ideal, y no simplemente «idealizada», entre filosofía y ciencia es la que presenta Rafael, genio renacentista, en una de sus pinturas en la Estancia del Sello del Vaticano. Este complejo emblema pictórico, como vemos en la ilustración, está dividido en dos partes, si trazamos una línea vertical por el centro: la perspectiva divina-metafísica, a la izquierda (desde nuestro punto de observador; derecha desde el punto de vista simbólico) y la humana-natural (a nuestra derecha).

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Las figuras centrales, por su parte, simbolizan las perspectivas complementarias, o aspectos de la filosofía y la ciencia, personificados por Platón, con el dedo derecho apuntando hacia los cielos, y llevando bajo el brazo izquierdo su libro Timeo en posición vertical; y Aristóteles, con la mano derecha en posición horizontal, señalando hacia el frente, y llevando en la mano izquierda su libro dedicado a la Ética, en posición horizontal.

Normalmente, nos fijamos en los distintos filósofos representados, pero olvidamos ver a los dos dioses que, desde sus elevados nichos, rigen la realidad espiritual y la del mundo manifestado, organizado y ordenado: Apolo (a nuestra izquierda) y Atenea (a nuestra derecha).

En la parte inferior de la gigantesca pintura vemos, en el lado «platónico», a Pitágoras (se reconoce su célebre Tetraktys en el libro en el que escribe); y al lado izquierdo a Euclides, gran codificador de la geometría de la Antigüedad, con su compás.

Los neoplatónicos renacentistas, que primero se concentraron en Florencia, pero cuyas ideas irradiaron e iluminaron toda su época —como demuestra el hecho mismo de esta pintura de Rafael—, hicieron un enorme esfuerzo para no solo dejarse deslumbrar por la estética antigua, sino para rescatar el ideal apolíneo de la unidad que trasciende los diversos colores del espectro. Tal vez se inspiraron para ello en el magnífico ejemplo del Panteón de Agripa, templo romano de cúpula semiesférica, en cuyo espacio interior se puede inscribir una esfera completa. Está dedicado a los siete grandes dioses, y su fuente de luz exterior es un único oculus, ‘ojo’, que conecta el templo-universo-cosmos con el mundo estelar.

Siguiendo con la pintura que describimos, y apoyándonos en el Timeo de Platón, la diferencia y complementariedad existe entre el mundo de los números —o aritmética de Pitágoras— y su primer reflejo, el de la geometría, el mundo de las formas eternas que, en sus relaciones, son los arquetipos de nuestro mundo.

Como ha demostrado Matila Ghyka en sus estudios sobre la proporción áurea, con la caída del mundo grecorromano, estos conocimientos se refugiaron, en Occidente, en los gremios o corporaciones medievales de maestros en diversas artes. De este modo, por ejemplo, esas matemáticas sagradas permitieron la construcción de cientos y cientos de templos, como las catedrales góticas.

Los amplios conocimientos técnicos de los constructores medievales son la evidencia que precedió al descubrimiento o «re-descubrimiento» del cálculo infinitesimal por parte de Leibniz y Newton. Ahora bien, el cálculo, sin duda una magnífica herramienta, ya no trabajaba en el mundo de las proporciones perfectas, como se hacía en el mundo clásico a la búsqueda de los arquetipos, sino que lo hacía en el mundo de las series numéricas que, eso sí, cuanto más alcanzan su «límite», más se acercan al arquetipo.

Es la diferencia que existe entre el número áureo (que es una proporción exacta que se construye a partir de un triángulo rectángulo de lados 1:2, más que un «número irracional») y la serie de Fibonacci.

La serie de Fibonacci se construye a partir del número 1 y un segundo 1 «reflejo» del primero. Luego, se van sumando los dos últimos números de la serie: 1+1=2, 1+2=3, 2+3=5… etc. Es decir, se trata de: 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13… etc., con la curiosa característica de que un número de la serie dividido por el anterior (por ejemplo 13:8), en el infinito, se acerca a la proporción áurea.

Estas divagaciones sorprenderán a quien crea que, por ejemplo, un círculo es un caso especial de elipse en el que coinciden los dos centros, en lugar de considerar una visión filosófica, la cual diría que el círculo, con su punto en el centro —o la esfera, si lo trasladamos a un mundo tridimensional—, es la figura arquetípica. Por ende, además diría que el proceso de generación cósmica también se refleja o reproduce a nivel humano: el núcleo fertilizado de la célula matriz se dividirá hasta cifras astronómicas, para generar el cuerpo humano. Pero todo surgirá indefectiblemente de un círculo con un punto central.

Hemos presentado lo anterior como ejemplos de especulaciones que podríamos llamar «pitagórico-matemáticas», y que fueron comunes hasta el Renacimiento; y no solo en Europa, sino también en el mundo islámico, cuyas geometrizaciones de extremada complejidad —como hoy en día han re-descubierto matemáticos de la talla de Escher, por ejemplo— son de clara inspiración pitagórica y neoplatónica, transmitidas a través de los Hermanos de la Pureza (s. X, en el actual Irak).

 

De Descartes a Kant

Las matemáticas continúan vinculadas a la especulación metafísica durante los principios de la filosofía en la Era Moderna con Descartes. Él aún busca la perfección de un mundo geométrico (el Sol como círculo) frente al caos de los sentidos.

En Kepler encontramos la búsqueda de un puente entre un mundo geométrico perfecto y su reflejo en este mundo. Por una parte, está su modelo de las órbitas planetarias (distancia de los planetas al Sol), apoyándose en los sólidos platónicos (poliedros regulares) e imbricados los unos dentro de los otros (que funciona bien para varios, pero no para todos los planetas del sistema solar).

Por otra parte, tenemos además el uso del cálculo y álgebra para formular sus famosas «tres leyes».

La primera ley habla de órbitas elípticas en el movimiento de los planetas alrededor del Sol. Su segunda ley expresa que las áreas barridas, en un tiempo determinado, por el radio vector son iguales.

Newton continuará trabajando sobre estas tres leyes y el modelo heliocéntrico del sistema solar de Copérnico.

 

Newton

Newton fue llamado por Isaac Asimov «el mayor científico de la historia». Actualmente, se considera a Newton como prototipo del científico, tal como entendemos la ciencia hoy. No solo fue un físico experimental en disciplinas como la óptica, sino que introdujo el cálculo (descubrió y formuló el cálculo diferencial al mismo tiempo que Leibniz) y las matemáticas como herramientas principales de la ciencia. En cierto modo, podemos decir que pasamos de la geometría (que Descartes modernizó introduciendo la geometría analítica) al cálculo.

Pero el Newton racional, observador y analítico es solo «medio Newton»; e incluso mucho menos, si tomamos en cuenta el volumen de sus escritos y los temas de los que tratan. Y la cuestión es: ¿qué hacemos entonces con el Newton teólogo, el Newton filósofo?; o peor aún, ¿con el Newton alquimista?

¿Se trata acaso de un personaje medio arcaico con vislumbres de racionalidad futurista? ¿O somos nosotros tal vez los que hemos perdido una visión integrada del mundo, esa que era más platónica que aristotélica? Hemos de considerar que el mismo Aristóteles se «empantanó» en su cadena de causalidad con su concepto de «primer motor inmóvil» —«lo que mueve sin ser movido»—, al no entender el realismo de las Ideas platónicas, a aquellos dioses que el ojo del alma puede ver durante una teofanía…

Baste decir que, al menos hasta Kant, los principales filósofos no solo eran tales, sino que eran también físicos y matemáticos. Además, durante los siglos XVII y XVIII, el conocimiento y la mera posibilidad de poder conocer el mundo se encuentran en el centro de las discusiones filosóficas y científicas, que son por ello epistemológicas.

 

Ciencia y tecnología

A partir de la Revolución Industrial, el interés se volcará cada vez más en las ciencias aplicadas, en la ingeniería que permite construir mil artilugios. La matemática se pone más bien al servicio de la construcción de puentes cada vez más grandes, en lugar de contemplarse como fuente de cavilaciones filosóficas sobre las causas primeras.

A partir de Newton, y hasta las décadas iniciales del siglo XX, predomina la llamada mecánica clásica. Con ella, y partiendo del conocimiento de los vectores de fuerza sobre una masa cualquiera, podemos predecir el movimiento y anticipar dónde se encontrará un objeto en un momento determinado. Estos conocimientos se emplearán en campos que abarcan desde la balística hasta el envío de naves espaciales capaces de superar la fuerza de la gravedad de la Tierra.

Al mismo tiempo, y especialmente durante el siglo XIX y continuando en el XX, se harán esfuerzos de síntesis para explicar todo lo observable a través de unas pocas leyes formuladas matemáticamente. Se logrará así sintetizar los fenómenos de la electricidad y el magnetismo en unas pocas fórmulas. Y, a principios del siglo XX, Einstein integrará los conceptos de tiempo y espacio a través de su teoría de la relatividad, describiendo y descubriendo nuevos fenómenos estelares, como las ondas gravitacionales, descritas por él mismo, y cuya existencia real ha sido confirmada recientemente.

Pero al mismo tiempo que la relatividad relaciona el tiempo con el espacio, se rompe la unidad anhelada, pues los físicos descubren sorprendentes realidades en el mundo de lo infinitamente pequeño, es decir, de las partículas subatómicas. Se rompe la coherencia del modelo newtoniano, pues a nivel subatómico no es posible predecir simultáneamente la velocidad y la posición de una partícula. Solo podemos estimar la probabilidad de que se encuentre en un espacio dado, con lo cual el análisis probabilístico irá ocupando gradualmente algunos espacios dominados anteriormente por el cálculo.

Sin embargo, lo más interesante es que los descubrimientos de la mecánica cuántica estimulan la reflexión filosófica en físicos como Heisenberg, y en filósofos como Heidegger.

 

Filosofía, ciencia y ética

A partir de los desastres civilizatorios que supusieron las dos Guerras Mundiales y del uso de los descubrimientos de la física a principios del siglo XX, que se utilizaron para construir artefactos nucleares que se aplicaron sobre poblaciones civiles, la filosofía irrumpe nuevamente en la ciencia contemporánea a través de consideraciones éticas. Científicos que participaron en el Proyecto Manhattan, como Oppenheimer, cuestionan abiertamente el futuro desarrollo de las tecnologías armamentistas, sin poder frenar ni parar al monstruo desencadenado.

Creemos que no nos alejamos demasiado de la verdad al afirmar que lo que sobrevive hoy de las reflexiones filosóficas tradicionales en la ciencia moderna concierne mucho más a la preocupación ética que a las consideraciones epistemológicas. Por no hablar de las, entretanto «difuntas», preguntas ontológicas, hoy relegadas a la filosofía y la teología como asunto «poco científico»…

Para terminar este artículo, refirámonos a la tan moderna inteligencia artificial (AI). Es curioso notar que será en la —ya clásica— literatura de ciencia ficción donde encontraremos las disquisiciones más interesantes, desde un punto de vista filosófico, acerca de la tecnología y de máquinas que se humanizan.

En cuanto a la AI, hoy preocupa más la creación de imágenes, textos, personajes y otros objetos indistinguibles de la «realidad» y sus efectos negativos, que reflexionar sobre lo que es «real» en un mundo digital. Y no es que ello sea malo o innecesario, pero sí es incompleto.

Nuestra preocupación es que nuestros jóvenes científicos son cada vez más tecnólogos y se plantean menos interrogantes respecto al mundo; utilizan todo tipo de programas informáticos creados por otros para describir, modelar e interpretar una realidad compleja, dejando de buscar el fin y el sentido. Por ejemplo, ¿Cuántos científicos, especialmente de ciencias sociales, no confiarán cada vez más en la sorprendente AI, capaz de describir y predecir cada vez más fenómenos, sintetizando infinitos datos y utilizando algoritmos evolutivos, que tal vez dejemos de poder comprender por la cantidad de variables utilizadas?

Pero ¿son estos algoritmos descriptores de cadenas causales, o son simplemente complejas formas de correlaciones? Esta es una cuestión que implica una mínima gota de epistemología y conocimiento de los principios básicos de las estadísticas, los cuales asumen que existe un mundo real definido por una serie de parámetros, que tal vez no podamos abarcar totalmente, pero conocimiento al fin, cuyo grado de veracidad sí podemos aproximar. Es posible que Locke estuviese de acuerdo con este planteamiento.

Terminemos este breve viaje sugiriendo que la filosofía es esencial en la ciencia y que las preguntas éticas deben ser complementadas por cuestionamientos epistemológicos, en un momento en el que el mundo digital y el real empiezan a confundirse.

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