Naturaleza — 1 de septiembre de 2023 at 00:00

Helena P. Blavatsky y el respeto animal

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respeto animal

En su artículo ¿Tienen alma los animales?[1], Helena Petrovna Blavatsky, una de las más grandes filósofas ocultistas que ha dado Occidente, comienza con la siguiente cita de Joseph de Maistre: «Continuamente empapada de sangre toda la tierra, hoy es solo un inmenso altar sobre el cual todo cuanto vive tiene que ser inmolado, sin cesar».

La elección de esta frase señala la opinión que tenía esta gran filósofa sobre el sacrificio animal, así como la falta de respeto que los humanos mostramos con los seres más cercanos evolutivamente a nosotros, y sobre los que no tenemos derechos, pero sí el deber de cuidar, como con al resto de la naturaleza, y ayudar en su desarrollo, evitando sufrimientos innecesarios.

Mucha gente dice amar a los animales, pero paga diariamente para que los exploten y sacrifiquen en su nombre; su comportamiento no es coherente con sus sentimientos.

Los hay que se vuelven vegetarianos buscando una mayor salubridad, pero esto es un pensamiento egoísta, en el que se inclina nuestro comportamiento solo por nuestro beneficio, además de que se pueden ocasionar un déficit de vitamina B12, y para tener una salud correcta se deben vigilar algunas cosas. El pensamiento de H. P. Blavatsky se acerca más a aquellos que dejan de consumir productos animales por respeto a ellos.

  1. P. B. escribe en su artículo: «Los europeos somos bárbaros civilizados, con solo unos pocos millares de años entre nosotros y nuestros antepasados habitantes de las cavernas, que chupaban la sangre y el tuétano sin cocer. Hoy, por lo tanto, es natural que los que tan poca importancia dan a la vida humana en sus frecuentes y a menudo inicuas guerras, desprecien por completo las agonías mortales de la creación bruta, sacrifiquen diariamente millones de vidas inocentes e inofensivas; y si bien somos demasiado epicúreos para devorar tajadas de tigre o chuletas de cocodrilo, no han de faltarnos ni tiernos corderos ni faisanes de plumaje dorado… Y no es cosa que debe causar gran maravilla el que el duro europeo se burle del dulce indo, el cual se estremece ante la mera idea de matar una vaca, o que se niegue a simpatizar con el budista y el jaina, en su respeto por la vida de todas las criaturas sensibles, desde el elefante al mosquito. Pero, si el comer carne se ha convertido en una necesidad vital, o sea la defensa del tirano entre las naciones occidentales; si es necesario que en cada ciudad, pueblo y aldea del mundo civilizado coma una multitud de víctimas y sea diariamente sacrificada en templos dedicados a la deidad denunciada por san Pablo y “adorada por hombres cuyo Dios es su vientre”; si todo esto y mucho más no puede ser evitado en nuestra edad de hierro, ¿quién puede presentar la misma excusa en favor del sacrificio de animales por deporte? La pesca y la caza, la más fascinante de todas las diversiones de la vida civilizada, son ciertamente, las más censurables desde el punto de vista de la filosofía oculta; las más pecaminosas a los ojos de los fieles pertenecientes a aquellos sistemas religiosos que son producto directo de la doctrina esotérica: el brahmanismo y el budismo. ¿Está acaso fuera de toda razón el que los seguidores de estas dos religiones, las más antiguas que hoy existen, consideren el mundo animal, desde el enorme cuadrúpedo hasta el insecto infinitamente pequeño, como hermanos más jóvenes por ridícula que la idea parezca a un europeo?».

Y sigue diciendo: «Sin embargo, por exagerada que la cosa pueda parecer, cierto es que pocos de nosotros somos capaces de representarnos, sin estremecernos, las escenas que tienen lugar todas las mañanas a primera hora en los innumerables mataderos del mundo que llaman civilizado y aun aquellas que tienen lugar durante la época de la caza. No ha despertado todavía el primer rayo de sol a la naturaleza dormida cuando en todas partes se preparan miríadas de hecatombes para saludar al astro del día. Jamás regocijó al Moloch pagano el grito de agonía de sus víctimas tanto como el lastimero gemido que en todos los países occidentales suena a manera de prolongado himno de sufrimiento a través de la naturaleza entera, todos los días desde la mañana hasta la tarde. En la antigua Esparta, de cuyos austeros ciudadanos ninguno era, por cierto, insensible a los delicados sentimientos del corazón humano, un muchacho, convicto de atormentar a un animal por diversión, fue condenado a muerte, por ser su naturaleza demasiado vil para que se le permitiera la vida. Mas en la civilización europea, que progresa rápidamente en todo salvo en virtudes cristianas, la fuerza es hoy día sinónimo del derecho. La costumbre, por completo inútil y cruel, de cazar por mera diversión aves y animales de todas las especies, en ninguna parte es llevada a efecto con más fervor que en la hoy protestante Inglaterra, en donde las misericordiosas enseñanzas de Cristo han ablandado escasamente los corazones humanos (…); desdichada y dura es la suerte de los pobres animales, convertida en fatalidad implacable por la mano del hombre. El alma racional del ser humano parece nacida para convertirse en asesina del alma irracional del animal; en el pleno sentido de la palabra, y desde el momento en que la doctrina cristiana enseña que el alma de los animales muere con su cuerpo… Contémplese aquella otra desgracia de nuestra época culta: hoy las científicas casas de matanza, llamadas salas de vivisección… Según Paul Bert: “Hoy la vivisección es una especialidad en la cual la tortura, científicamente economizada por nuestros académicos carniceros, es aplicada durante días, semanas y hasta meses enteros a las fibras de una misma víctima. Se emplean todas y cada una de las variedades de armas; se verifican análisis ante un auditorio sin piedad…”».

Seguramente H. P. B. se horrorizaría al ver cómo hemos evolucionado con las macrogranjas y cómo hacemos vivir hoy en día a los animales: ¿viven las vacas en prados verdes?, ¿se crían las terneras acompañadas de sus madres?, ¿retozan los cerdos en el barro de una explotación? La respuesta es no. La realidad de la industria de la carne es grotescamente distinta, la verdad que se esconde detrás de los muros de las granjas y mataderos es un infierno difícil de digerir.

En nombre de la ciencia se maltrata a los animales, llegando a límites de verdadera tortura.

«¡Gloria a nuestros hombres de ciencia! Ellos han sobrepujado a todas las anteriores formas de tortura, y son ahora y seguirán siendo de un modo absoluto e incontestable, los reyes de la angustia artificial y de la desesperación (De la Resurrección et du Miracle)».

  1. P. B. llama a la reflexión cuando dice: «¿Por qué debe ser el homicidio considerado como el crimen más horrible contra Dios y la naturaleza, y el asesinato de millones de criaturas vivientes mirado meramente como una diversión?».

Lejos de nuestra vista, desvinculados de la bandeja de carne troceada que compramos en el supermercado, cada año se da muerte en nuestro país a más de:

  • 3.500.000 vacas
  • 14.000.000 de ovejas
  • 2.000.000 de cabras aproximadamente
  • 75.000.000 de cerdos
  • 50.000 caballos
  • 57.000.000 de conejos
  • 1.340.000.000 de aves

Para criar a todos esos millones de seres, la industria ha creado un sistema de producción en el que los animales son tratados como cosas que ni sienten ni sufren, son una pieza más dentro del engranaje de una monstruosa cadena de una industria donde ni la empatía ni la asistencia veterinaria individualizada tienen cabida y en la que prima la rentabilidad sobre los intereses de los animales.

Apenas han salido de su cascarón, los pollitos pasan por una cinta transportadora en la que los machos son seleccionados y lanzados vivos a una trituradora, por el único motivo de que no son útiles a la industria del huevo. Se descartan como si lo que pasara por la cinta fueran tomates que no superan el control de calidad. Estos pequeños seres recién nacidos sufrirán una horrible muerte perfectamente regulada por ley: «por medios mecánicos (aplastamiento) o con una trituradora que disponga de cuchillas de rotación rápida».

Los pollos y gallinas son seres sensibles, curiosos y muy sociables. Les gusta pasar el día acicalando sus plumas, escarbando y picoteando, tomando el sol o dándose baños de arena. Su comportamiento natural será completamente negado. Nunca verán la luz del sol, nunca pisarán otra cosa que la rejilla metálica de la jaula, no podrán moverse en el limitado espacio correspondiente para cada uno, equivalente a un folio de papel. Las gallinas más débiles enfermarán y agonizarán lentamente sin asistencia veterinaria. Las que sobrevivan, después de un año o año y medio de confinamiento, disminuirán su nivel de producción de huevos y dejarán de ser rentables para el ganadero, que las enviará al matadero. Igualmente, los pollos serán enviados al matadero tras un rápido y artificial proceso de engorde, tan solo al mes y medio de nacer.

Los cerdos son sometidos a dolorosas mutilaciones nada más nacer. La legislación permite que durante los primeros siete días de vida y sin hacer uso de anestesia, se recorten los caninos de los lechones, se les ampute el rabo y se castre a los machos. Las jaulas de gestación en las que las cerdas pasan el tiempo que dura su embarazo y el parto, las mantienen permanentemente inmovilizadas, impidiéndoles siquiera darse la vuelta. Cuando dan a luz, las madres no pueden ni acercarse a sus lechones. Pese a que, en libertad, una madre construiría un lecho donde dar a luz cómodamente a sus bebés, la ley es clara y rotunda: las cerdas deben disponer de tiempo suficiente antes del parto para adaptarse al sistema de confinamiento.

Para que las vacas produzcan leche, son inseminadas de forma artificial reiteradamente, en un ciclo continuado de embarazos. Tras el parto las terneras recién nacidas son dolorosamente separadas de las madres, suministrándoles productos que reemplazan la leche materna. Tras unos meses de engorde, serán enviadas al matadero para convertirse en carne.

Toda esta mentalidad deviene de la idea de que el alma del hombre sube hacia arriba y el de los brutos cae hacia abajo…, si bien, mucha gente cree que el animal no tiene alma, lo que nos viene desde las reflexiones de san Agustín y más tarde defiende Descartes. Si vemos a los animales como máquinas y no como seres vivos sintientes, es fácil utilizarlos y dejar aparcada nuestra conciencia sobre el dolor que producimos y, como nos recuerda H. P. B., el retraso que provocamos en su evolución con muertes tempranas innecesarias. La mayoría de los cristianos se han olvidado de que los cristianos primitivos, durante los primeros siglos, jamás tocaron carne para alimentarse, ya que el mandato de la Biblia les dice claramente, refiriéndose a los vegetales: «a vosotros (hombres) aquello servirá para alimento» (I,29). Tertuliano, en una de sus cartas, escribe: «A nosotros no se nos permite ni presenciar, y ni aun siquiera oír el relato de un homicidio, los cristianos, que rehusamos probar platos en los cuales puede haber sido mezclada sangre animal».

Hoy en día, que sabemos que genéticamente somos casi idénticos a la mayoría de los mamíferos superiores, en algunos casos hasta en un 98%, ¿no es vanidad pensar que somos una creación especial? Hoy es esta idea y no otra la que justifica el abuso indiscriminado de los animales.

Con respecto a la idea cartesiana, H. P. B. apunta: «No es necesario recordar al lector que Descartes consideraba al animal viviente solo como un autómata, “un reloj bien construido, con su cuerda”. Por lo tanto, el que acepte la teoría cartesiana acerca del animal tiene que admitir, al mismo tiempo, las opiniones de los materialistas modernos porque, desde el momento en que un autómata es capaz de sentimientos tales como el amor, la gratitud, etc., y está dotado sin ningún género de dudas de memoria, todos estos atributos deben ser —como el materialismo enseña— propiedades de la materia. Pero si el animal es un autómata, ¿por qué no lo es el hombre? Las ciencias exactas, la anatomía, la fisiología, etc., no encuentran la menor diferencia entre los cuerpos de ambos y ¿quién sabe —pregunta Salomón con justicia— si el espíritu del hombre ha ido hacia arriba algo más de lo que ha ido el del animal? Así pues, encontramos al metafísico Descartes hoy tan inconsecuente como cualquiera».

«(…) El hombre está dotado de razón; el niño, de instinto; y el animal joven da más señales que el niño de poseer ambas cosas. A decir verdad, todos los que discuten este problema saben tan bien como nosotros que así es. Si los materialistas se niegan a confesarlo, es por orgullo, negando el alma tanto al hombre como al animal, no quieren admitir que este último se halla dotado de inteligencia como ellos mismos, aunque en un grado infinitamente menor…».

«(…) No es la escritora de estas líneas tan inocente que vaya a creer que todo un Museo Británico, lleno de obras contra la alimentación carnívora, producirá el efecto de detener a las naciones civilizadas en la construcción de mataderos, o les hará renunciar a sus bistecs y pavos de Navidad. Pero si estas humildes líneas pueden hacer comprender a unos cuantos lectores el verdadero valor de las nobles palabras de san Pablo, y con ello dirigir seriamente sus pensamientos hacia todos los horrores de la vivisección, entonces la escritora se dará por contenta. Porque, ciertamente, cuando el mundo se sienta convencido —y no podrá evitarse que llegue algún día a tal convicción— de que los animales son criaturas tan eternas como nosotros mismos, la vivisección y otras torturas permanentes, diariamente infligidas a los pobres animales, obligarán a todos los Gobiernos, después de dar lugar por parte de la sociedad en general, a una explosión de condenas y amenazas, a poner fin a estas prácticas bárbaras y vergonzosas».

Podemos ver la claridad con la que habla esta filósofa del siglo XIX, aunque, como bien predijo, no logró producir efectos inmediatos, ya que hoy en día seguimos sacrificando para el placer de nuestros estómagos. Solo en España, 850 millones de animales al año son maltratados en «macrogranjas», hacinados en espacios donde muchos de ellos no tienen ni un día de movimiento libre hasta el día de su ejecución, que en muchos casos es en su más temprana edad, como los corderos lechales, impidiendo su natural evolución, en una especie de tortura sin igual en la historia de la humanidad. No podemos mirar a otro lado, es un deber del hombre consciente el «luchar por causas justas y difíciles» y esta, quizá, sea una de las más terribles de nuestra época.

Los mataderos son el último eslabón de un sistema que cría, explota y mata en tiempo récord a cientos de millones de animales al año. Pollos, terneras, corderos, lechones… Ninguno de ellos ha llegado al fin de su esperanza de vida. Por el contrario, son todos tan jóvenes que su edad de sacrificio no se calcula en años, sino en meses.

respeto animal

Estamos habituados a escuchar las ofertas del supermercado sin pararnos a pensar que un cordero lechal es un bebé lactante de pocos días de vida, que un cochinillo es un cerdo lactante que ha sido sacrificado a los veintiocho días de nacer, o que la ternera no es el nombre de un tipo de carne, sino un animal recién separado de la madre, al que se ha llevado al matadero sin haber podido disfrutar de la compañía de su madre ni por un instante.

La muerte está sistematizada en procesos industriales en los que prima la rapidez.

En la Unión Europea se autorizan varios métodos para matar animales según la especie, todos ellos igual de angustiosos y estresantes. A los pollos se les electrocuta sumergiéndoles en tanques de agua electrificada, para posteriormente colgarles boca abajo y rebanarles el cuello hasta que se desangren. Los ritmos de sacrificio son tan rápidos que ni siquiera se hace de forma manual, existen para ello rebanadoras de cuellos automáticas.

A los cerdos se les puede gasear con CO2 o electrocutar con pinzas para luego colgarles y desangrarles. Pese a que se ha demostrado que los sistemas de asfixia con gases inertes son agónicos para los animales que lo experimentan, la propia legislación también ha concluido que es muy costoso para la industria implementar nuevos métodos de muerte.

Con las vacas se utiliza una pistola de perno cautivo para dispararles entre los ojos, hasta dejarlas inconscientes y posteriormente colgarlas de un gancho por una pata trasera procediendo a su desangrado y descuartizado. El Real Decreto que regula la matanza de animales describe la infinidad de métodos para matar a cada animal, a cual más espantoso, ninguno exento de angustia y sufrimiento.

Hay una realidad, muchas veces ignorada en campañas y debates sobre ganadería, y es que las granjas y los mataderos existen porque hay gente que demanda carne, por lo que se hace necesaria una reflexión madura, honesta y sincera. Nos toca tomar decisiones.

No es cuestión de hacer sentir mal a nadie, pero sí responsable: tú puedes tomar decisiones que contribuyan a ser parte de la solución. Puedes hacerte consciente de las consecuencias del consumo de carne y reducirlo paulatinamente. Todos hemos empezado por dar un primer paso y acabar formando parte de una creciente corriente de personas que constituyen la solución.

Si quieres saber más puedes ver:  https://asociacionempatia.es/articulo/la-solucion-esta-en-tu-plato/

 

[1]    Artículo contenido en Escritos ocultistas, publicado por editorial Nueva Acrópolis (Madrid, 1984) y, anteriormente, en la revista Sophia en 1894. Traducido del volumen III de la Theosofic Publications Society.

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