Historia — 1 de julio de 2023 at 00:00

Los cátaros ¿herejía cristiana o religión dualista?

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Los cátaros

Allá por los primeros años del siglo XI, aparecieron por los caminos, campos y ciudades de Occitania unos extraños personajes que se llamaban a sí mismos los «elegidos», los «buenos hombres» o los «buenos cristianos», si bien la Iglesia oficial y los inquisidores los denominaron, con intención burlesca, «cátaros» (del griego Kataroi, ‘puro’) y también «perfectos». Por el ejemplo de su vida ascética, tan en contraste con la que llevaban los clérigos de la época, fueron conquistando para su doctrina a los habitantes de esta región meridional de la actual Francia, gobernada entonces, aunque no en su totalidad, por los condes de Toulouse, si bien bajo el señorío feudal del reino de Aragón.

Aunque este sea el nombre que más se usa en la actualidad, los cátaros fueron conocidos también con otros muchos. Se les llamó «albigenses», en relación con la ciudad de Albi, ganada para su modo de entender el cristianismo, aunque no más que otras poblaciones occitanas. El nombre de «búlgaros» lo que intenta resaltar es que las raíces de su doctrina hay que buscarlas en Bulgaria, patria de los bogomilos, dualistas como ellos. La denominación «publicanos» parece una corrupción de paulicianos, correspondiente a los dualistas de Armenia. El epíteto «patarinos» puede ser una grosera simplificación en la que se incluía a todos los herejes de la segunda mitad del siglo XII. Otros apelativos tienen un sentido más restrictivo, como es el de «tisserands», por el predicamento que tenían entre los tejedores y también por haber ejercido este oficio los buenos hombres; «albaneses», de la ciudad italiana de Albano; «concorenses», de Concorezzo, población italiana también. Hay más, pero no aporta mucho el citarlos.

En las páginas que siguen se van a desarrollar los posibles antecedentes y orígenes de esta forma religiosa, así como su historia desde sus inicios en el siglo XI hasta su final a principios del siglo XIV; por último, se expondrá la doctrina que impregnó los actos de sus integrantes. Para ello, los numerosos autores que han escrito sobre el tema se han basado en general en las mismas fuentes, que son de cuatro órdenes. El primero, los tratados de los polemistas católicos como Ecberto de Schönau, Alain de Lille, Joaquín de Fiore, Durán de Huesca, etc. En segundo lugar, estarían los escritos redactados por cátaros o por personas que lo fueron en algún momento de su vida, principalmente el Liber de Duobus Principiis, la Cena secreta y el Ritual cátaro. La tercera fuente la constituyen las disposiciones conciliares y los registros inquisitoriales, de los que uno de los más famosos es el del obispo de Pamiers J. Fournier. En último lugar, se hallan las crónicas que hacen referencia a la represión de la herejía en el mediodía francés; son las obras de Pedro de Vaux-de-Cernay, Guillermo de Puylaurens o Guillermo de Tudela, entre otros.

 

Antecedentes y orígenes

Sin obviar que el catarismo fue una reacción frente al cristianismo tal como se practicaba por sus representantes en aquella época, esta religión no surgió de la nada en el Languedoc, sino que tiene unos antecedentes que nos pueden servir para conocerla mejor.

Si dejamos aparte su base cristiana, el modo más simple de definir el catarismo es diciendo que se trata de una forma religiosa que cree en la existencia de dos principios que dan origen al mundo: el principio del bien y el del mal. Es decir, no es monoteísta ni politeísta, sino dualista. Por ello nos facilitará su compresión el conocimiento de las llamadas religiones dualistas.

El dualismo, la necesidad de cuestionar la existencia de un solo Dios como creador del universo, viene dado por la presencia del mal en la creación. Puesto que existe el mal y este no puede proceder de un Dios infinita y absolutamente bueno, ya que entonces dejaría de serlo, tiene que coexistir con él otro Dios, otro principio del que proceda el mal omnipresente en el cosmos.

La primera religión dualista que nos es más conocida surgió en la meseta irania, en los tiempos en los que estaba habitada por los medos al sur y por los persas al norte. Allí, en el siglo VI antes de nuestra era, Zoroastro fundó el zoroastrismo como evolución del mazdeísmo anterior. Esta religión propugna que en el mundo manifestado (no antes) existe una continua lucha entre el bien y la luz, representados por Ormuz, y el mal y las tinieblas, representados por Arhimán, estando el destino del hombre en juego y siendo la doctrina predicada por Zoroastro la que enseña el camino de salvación.

Dentro del mundo judío, los esenios tuvieron claras influencias zoroastrianas, que se evidencian cuando plantean la oposición luz/tinieblas, maestro de la verdad/profeta de la mentira y en algunas de sus formas rituales.

Los gnósticos, tanto dentro del ámbito judío como del cristiano, presentan matices dualistas. Para ellos existe un Ser infinito e invisible que, por constante emanación, da lugar a los eones, que son seres en los que predomina la luz sobre las tinieblas, y que habitan el mundo del espíritu o Pleroma. La última emanación la constituye el Demiurgo o Inteligencia Creadora, en el que hay un equilibrio entre la luz y las tinieblas, quien es el encargado de crear el cosmos. A este cosmos es adonde caen las almas o chispas espirituales de los hombres, que quedan atrapadas en un cuerpo material. Como los hombres por sí mismos son incapaces de escapar de la materia, necesitan de un ser espiritual superior que los redima, es decir, que los ayude a salir de la cárcel de su cuerpo. Este ser divino que reintegra al alma al mundo pleromático del que procede es Jesucristo, quien, con el ejemplo de su vida, nos indica el camino a seguir. Asimismo, esta separación de la materia es favorecida por la gnosis o conocimiento de lo divino que propugnan los gnósticos.

Si el zoroastrismo fue la primera doctrina dualista, será el maniqueísmo el que pase a identificarse en el futuro como sinónimo por excelencia de dualismo.

La vida y pasión de Manes, Mani o Maniqueus, que sus discípulos quisieron asimilar a la de Jesucristo, discurre en el siglo III d. C., concretamente entre el 216 y el 277, desarrollándose en el Imperio de los partos sasánidas, siendo uno de sus emperadores, Sapor I, el principal valedor de Manes.

El maniqueísmo intentó conseguir una especie de sincretismo religioso partiendo de una base cristiana, a la que añadió importantes elementos de la religión zoroástrica y del budismo. De hecho, se presentaba como una superación y aun una culminación de las tres religiones citadas.

La doctrina maniquea potenció hasta sus últimos extremos el dualismo, representado por el mundo de luz, el espíritu y el mundo de tinieblas, la materia; considerando que ambos principios eran de igual poder. El cosmos, y el hombre dentro de él, eran el resultado del atrapamiento por las tinieblas de la materia de chispas de luz procedentes del luminoso mundo del espíritu. La misión de Manes y de los maestros que le precedieron, Zoroastro, Buda, Jesús, consiste en mostrar al hombre, y a través de él a los seres inferiores, el camino y la gnosis que facilita el escape de la oscuridad y la reintegración en la luz.

Los maniqueos alcanzaron una gran expansión tanto por Occidente, donde persistieron hasta el siglo VI, como por Oriente, donde dejaron su huella incluso hasta el siglo X, concretamente en Egipto. La influencia que tuvieron en Armenia se deja ver en otra religión dualista: el paulicianismo.

Los paulicianos, creyentes en la existencia de dos principios y en la creación del mundo terrestre por los demonios, tuvieron su implantación principal en Armenia durante los siglos VIII y IX, llegando a crear un Estado semiindependiente. En el año 872 sufrieron una severa derrota a manos del emperador bizantinoa Basilio I, a partir de la cual fueron dispersados, llegando, se supone, una parte de ellos hasta los Balcanes, donde a partir de entonces se desarrolló una nueva forma de dualismo: la de los bogomilos.

El bogomilismo llegó a identificarse con su patria original, Bulgaria, donde alcanzó la categoría de una religión auténticamente nacional, subsistiendo hasta el siglo XII, si bien acabó por comprometerse con el cristianismo ortodoxo bizantino. Su doctrina la conocemos principalmente por las acusaciones de las que fue objeto por parte del cristianismo oficial. Estas se basaban en su antitrinitarismo; la negación del bautismo y de la eucaristía, lo que también hicieron posteriormente los cátaros; la oposición al culto de las imágenes; el dualismo radical, que le hacía ver la creación como obra del principio del mal; y el rechazo de buena parte de los libros sagrados cristianos.

El cómo estas religiones dualistas pudieron influir en la aparición y posterior desarrollo del catarismo sigue siendo motivo de amplia controversia. Es posible que la mayor influencia la constituyera el bogomilismo. No obstante, no sería la doctrina cátara la primera manifestación de dualismo en Occidente. Durante el siglo IV d. C., se desarrolló en la península ibérica y parte del sur de Francia, Aquitania principalmente, el priscilianismo, movimiento dualista creado por Prisciliano de Ávila bajo la influencia, ente otras, de Marco, el gnóstico egipcio. Asimismo, hay que resaltar también la implantación que tuvieron los maniqueos en la Europa Occidental hasta el siglo VI.

Como más adelante se desarrollará, los cátaros, a pesar de que algunos autores lo nieguen, creían en la reencarnación como medio de perfeccionamiento para poder conseguir la vuelta al mundo del espíritu. Pero ¿cuál puede ser el posible origen de esta creencia? Pueden haber utilizado dos fuentes. Por un lado, el budismo, que, como ya se ha dicho, fue incluido por los maniqueos en su sincrética religión. Por otro, pudieron estar influidos por el druidismo, que tuvo uno de sus focos de implantación en la región del Garona, al igual que los cátaros posteriormente. Pero los «buenos hombres» no solo compartían con los druidas la creencia en la transmigración de las almas; también aceptaban la práctica de suicidios sagrados.

Casi sin ninguna duda, el punto más delicado y el que ha suscitado y suscita más controversias en lo referente a los antecedentes y orígenes cátaros es su relación con el cristianismo. Para unos, el catarismo, al igual que el valdinismo, contemporáneo y coterráneo suyo, es una herejía más dentro las muchas que han surgido dentro del cristianismo. Para otros, sin embargo, se trata de una religión aparte de la cristiana, pero que tiene con ella elementos en común y también otros que la separan. Así, consideran que la figura de Cristo es fundamental en sus creencias, pero niegan rotundamente que fuera un verdadero hombre. Jesús, puesto que es hijo de Dios, su mensajero, no pudo tener ninguna relación con el mundo de la materia. Para los cátaros su encarnación es únicamente simbólica. Por lo que se refiere a la misión de Jesucristo, esta consistía en revelar a los hombres que, adorando al Creador, ese personaje terrible que describe el Antiguo Testamento, en realidad era a Satanás al que rendían culto sin saberlo. Nuestra Señora tampoco fue jamás una mujer de carne y hueso, sino solo un símbolo: el de la Iglesia que acoge en ella la palabra de Dios.

Consideran, en franca oposición con el cristianismo, que el credo, en tanto que atribuye a Dios la creación del mundo material, comete un tremendo error del que se derivan muchos más. Rechazan los sacramentos, considerando especialmente la eucaristía y el matrimonio como dos monstruosidades. El primero porque pretende encerrar a Dios en un trozo de materia, y el segundo porque su objeto es la procreación, que precipita a las almas a las desdichas y limitaciones de este mundo.

De los puntos que comparten ambas formas de entender la religión, los más importantes son dos. En primer lugar, la admisión de la validez de los Evangelios, principalmente el de san Juan. En él, Cristo aparece menos como un personaje histórico que como el Verbo eterno de Dios, luz del espíritu enviada a las tinieblas de la materia. En segundo lugar, la aceptación de la veracidad del Apocalipsis al anunciar la destrucción del mundo material y la instauración del reino del Espíritu Santo o Paráclito.

 

Historia

Las primeras noticias sobre los cátaros (para algunos, los precátaros) en la actual Francia se remontan al año 1002, cuando dos canónigos de la iglesia de Sainte-Croix-d’Orleans fueron conducidos a la hoguera con ocho de sus correligionarios, bajo la acusación de catarismo. La quema de «buenos hombres» se repite en Orleans en 1017 y en Toulouse en 1022.

Menos de cincuenta años después, un obispo bogomilo venido de Bulgaria, Nikita, visita las comunidades cátaras occitanas y reúne un concilio en Saint-Felix-de-Caramen, cerca de Toulouse.

A partir de entonces, los «buenos hombres» empiezan a afianzarse en Occidente. Así, encontramos focos cátaros en Francia (Chalons, Arras, Aquitania, Orleans y, fundamentalmente, el Languedoc); Italia (Rávena, Concorezzo, las regiones del Po y el Apenino, Bagnolo, Vicenza, Spoletto y Orvieto-Vitervo); Alemania (Valle del Rhin, Bonn, Colonia y Maguncia) y España (fundamentalmente en la corona de Aragón, como es fácilmente explicable por las estrechas relaciones entre los reyes de Aragón y los condes de Toulouse; pero también en Burgos, Palencia y León, ciudades situadas a lo largo del Camino de Santiago).

Sin embargo, a pesar de esta expansión geográfica, es en el país occitano, sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XII, donde el catarismo va a ahondar más sus raíces. La influencia de su modo de ver el cristianismo impregnó el modo de vida de las diferentes clases sociales, incluyendo los aspectos políticos y artísticos, siendo importante en este sentido, aunque también controvertida, su relación con el movimiento de los trovadores.

Pero ¿por qué la doctrina cátara se desarrolló principalmente en Occitania?

La cultura y la política occitanas estaban por entonces impregnadas de un espíritu de tolerancia desconocido en otras partes. La sociedad no estaba dividida en castas cerradas y el burgués podía acceder a la nobleza al igual que el villano a la burguesía. Toulouse, la capital, era por entonces la tercera ciudad europea en importancia, por detrás de Roma y de Venecia. En las ciudades de la zona, los «capitouls», jefes elegidos por los ciudadanos cada año y medio sin posibilidad de reelección, representaban el elemento tradicional de la libertad heredada de sus antepasados. La intensa actividad comercial, superior en aquel tiempo a la del resto de Europa, permitía unas mejores comunicaciones y facilitaba los intercambios comerciales.

En la región, el clero católico, además de ser más ignorante que los cátaros, estaba más aislado del resto de la sociedad. La Iglesia católica seguía siendo la mayor potencia terrateniente. Por ello, se había enajenado la simpatía tanto de los campesinos, a los que agobiaba a fuerza de impuestos, como de los burgueses, que habían obtenido con su oposición la libertad de negociar y las franquicias municipales, y también de la nobleza, a la que hacía la competencia y por la que era despreciada. Contrariamente a la Iglesia, que condenaba el préstamo a interés por considerarlo usurario, los cátaros lo consideraban como perfectamente legítimo (lo que no concuerda con su desprecio a todo lo material), hecho que le valía la consideración de un capitalismo por entonces naciente.

No debemos olvidar tampoco la importancia que tuvo en el desarrollo de esta forma religiosa la gran actividad cultural propiciada por los trovadores en aquel tiempo y lugar. En efecto, el tema principal de la literatura trovadoresca era el amor cortesano o «minne», que excluía toda idea de amor corporal o de matrimonio con la dama amada. La minne representa la unión de las almas, mientras que la relación carnal y la conyugal es la unión de los cuerpos, visión que comparten con los cátaros. No debemos olvidar que durante la época de las persecuciones los trovadores ayudaron a los albigenses.

Por último, un aspecto importante a tener en cuenta para poder comprender el prestigio que alcanzaron los «buenos hombres» es la tolerancia de la que hacían gala. Mientras que el clero católico pretendía imponer a los fieles una moral rigurosa, de la que ellos mismos eran un mal ejemplo, los cátaros, por el contrario, se guardaban bien de prescribir a sus seguidores una forma de vida tan estricta como la que ellos practicaban.

A partir de la segunda mitad del siglo XII, en lo que atañe a la historia del fenómeno cátaro hemos de centrarnos principalmente en la postura que adoptaron frente a él tanto los reyes de Francia como la Iglesia católica. En este sentido, se pueden diferenciar tres fases en la forma de actuación. Un primer periodo correspondería al uso preferente del diálogo y la confrontación doctrinal. Abarcaría toda la segunda mitad del siglo XII y primeros años del XIII. La segunda fase iría desde 1225 hasta 1256, fecha de la caída de Queribus, y respondería al uso de la vía militar en la solución del problema albigense. La tercera y última fase se extendería por la segunda mitad del siglo XIII y los primeros años del XIV, correspondiendo al uso de la Inquisición para barrer los residuos del catarismo.

 

La vía del coloquio (1165-1208)

En 1165, en la ciudad de Lombers, se produjo el primer intento de diálogo entre cátaros y obispos católicos, con el que no se alcanzó ningún resultado.

En 1178, el papa Alejandro III envió una misión al Languedoc con la intención de presionar a Raimundo V, conde de Tolosa, quien no colaboró para someter a Roger II, vizconde de Carcasona y Beziers, uno de los principales protectores de los albigenses.

En el concilio de Letrán, convocado por el ya citado Alejandro III y celebrado en 1179, se condenó, entre otras herejías al catarismo.

Enrique de Clairvaux, cardenal-obispo de Albano, en 1181, depuso al metropolitano de Narbona, Poncio, acusándolo de escasa energía en la persecución de los cátaros. Tres años después, el papa Lucio III, en el concilio de Verona, ratificó la condena a los albigenses.

En 1194 muere Raimundo V y le sucede su hijo Raimundo VI, mucho más favorable a los «buenos hombres» que su antecesor.

Entre 1202 y 1208 se producen diversos coloquios, así como otros medios pacíficos de persuasión, entre ellos la predicación. Predicaron el legado pontificio Pedro de Castelnau junto a otros monjes cistercienses y los sacerdotes españoles Diego de Osma y Domingo de Guzmán.

Este periodo culmina con dos hechos. En 1207, Pedro de Castelnau excomulga a Raimundo VI, lo que fue corroborado por el papa Inocencio III. Posteriormente, el 15 de enero de 1208, el legado pontificio es asesinado por un escudero de Raimundo VI, aunque es muy probable que el conde no fuera el instigador del crimen. A partir de estos acontecimientos, cualquier intento de solución pacífica del problema cátaro fue descartada.

 

La cruzada albigense (1208-1256)

Se convocó por Inocencio III en 1208, aunque no se inició hasta 1209. Se la encomendó como legado papal al monje cisterciense Arnaldo Amaury o Amalric, abad de Citeaux (Cister). Contó con la ayuda militar del rey de Francia Felipe Augusto, quien reunió en Lyon un ejército de 20.000 caballeros y 200.000 infantes —cifra que parece exagerada— bajo el mando de Simón de Monfort. Llegados los cruzados al Languedoc, pusieron cerco a la ciudad de Beziers, consiguiendo acceder a ella solo por un descuido de sus defensores. Lo ocurrido después tuvo caracteres de auténtica hecatombe. «Matadlos a todos, que Dios ya sabrá distinguir quiénes son los suyos», es la respuesta que se atribuye a Arnaldo Amaury (otros creen que la dijo Simón de Monfort) ante las preguntas de algunos jefes militares dudosos de la actitud a adoptar ante la población sometida. Consecuencia de ello fue que todos los habitantes de la ciudad —20.000 según algunos autores y siete u ocho mil según otros— fueron asesinados, sin diferenciar a los cátaros de los católicos.

La masacre de Beziers hizo cundir el pánico en toda la Occitania, no otra era la intención de los cruzados. Pero no fue la única barbaridad a modo de escarmiento que realizaron las tropas franco-papales; hay más ejemplos. En la primavera de 1210, el más sanguinario de los cruzados, Simón de Monfort, tomó la ciudad de Bram. Escogió a cien de sus habitantes y mandó sacarles los ojos y cortarles la nariz, los labios y las orejas; a todos menos a uno que lo dejó solo tuerto y lo puso en cabeza de la fila que formó. De este modo, los encaminó hasta el castillo de Cabaret, que pretendía conquistar. Como era de esperar, los castellanos se rindieron sin oponer resistencia.

Tras lo sucedido en Beziers, el vizconde de Narbona se apresuró a tomar medidas contra los albigenses de su feudo, y el vizconde Raimundo-Roger de Trencavel aprestó a defender su ciudad, Carcasona. Su sitio fue mucho más duro para los cruzados y solo la falta de provisiones consiguió que sus habitantes entregaran la ciudad. El vizconde fue hecho prisionero y sus feudos pasaron a ser propiedad del cruel y fanático Simón de Monfort.

Las caídas de Beziers y Carcasona trajeron como consecuencia la capitulación de las principales ciudades occitanas, pero no así la de una serie de pequeñas fortalezas que, con su tenaz resistencia, dieron lugar a la llamada «guerra de los castillos».

La alarma ante la actitud de los cruzados supuso un problema para el rey aragonés Pedro II. El soberano, a pesar de ser católico intachable y debido a los vínculos feudales y de parentesco que lo unían a los señores occitanos, no pudo hacer oídos sordos a las continuas peticiones de ayuda de Raimundo VI. Por este motivo, se dispuso a intervenir en apoyo del Languedoc.

El 12 de septiembre de 1213, delante de la ciudad de Muret, tolosanos y aragoneses se enfrentaron a los cruzados. Estos obtuvieron una victoria completa, con la pena adicional de que Pedro II fue muerto en el combate. En los meses siguientes, Narbona, Tolosa, Foix y Comminges caían en manos del ejército papal sin apenas esfuerzo.

A la muerte de Inocencio III, en junio de 1216, Raimundo VI y su hijo, que habían huido, retornaron a sus feudos. Una rebelión general, de católicos y cátaros unidos, provocó la expulsión de los ocupantes de Toulouse. En junio de 1218, Simón de Monfort trató de recuperar la ciudad y murió en el empeño.

En 1226, Luis VIII, rey de Francia, emprendió el total sometimiento de Occitania. En los años sucesivos, los representantes reales se encargarían de mantener el orden, de perseguir la herejía y de lograr que los señores occitanos fueran fieles a los dictados de París y a la monarquía de los Capeto. En enero de 1243, el conde Tolosa, desde 1222 Raimundo VII, y otros gobernantes de la zona se sometieron a los dictados de Luis IX, nuevo rey francés.

Desde el punto de vista político, los cátaros habían perdido el apoyo de la nobleza gobernante. Militarmente, ofrecieron resistencias aisladas en lugares de difícil acceso. Uno de estos fue Montsegur, situado en el corazón de los Pirineos del Ariege. Esta pequeña ciudad fortificada era, según la teoría de Fernand Neil, un templo solar que se convirtió en el principal «domus hereticorum» cátaro, y en el que, según suponía el nazi Otto Rhan, podría haber estado custodiado el grial. Montsegur, al mando de Pierre Roger de Mirepoix y de Raymond de Perelha, resistió hasta el 6 de marzo de 1244 y, tras su rendición, fueron quemados doscientos cátaros, entre ellos cincuenta «perfectos», en el llamado «camp dels cremats». Pero ni el actual castillo de Montsegur ni el resto de los llamados «castillos cátaros» (excepto el de Foix) son los que ocuparon los «buenos hombres», sino los que mandó construir el monarca francés como línea defensiva contra el vecino reino de Aragón. En 1249 moría Raimundo VII de Tolosa y sus bienes pasaban a su hija, casada con Alfonso de Poitiers, hermano del rey de Francia. Este hecho terminó de ligar el Languedoc a la corona francesa. En 1255 caía el castillo de Queribus, último bastión cátaro. Tres años más tarde, Jaime I de Aragón suscribía con Luis IX el tratado de Corbeil, mediante el que los monarcas aragoneses renunciaban a cualquier pretensión en Occitania.

 

La Inquisición

La llamada Inquisición Pontificial se promulgó el 8 de febrero de 1232 mediante una bula del papa Gregorio IX. Pretendía —y consiguió— ser una fuerza investigadora y perseguidora de la herejía al servicio del pontificado, pero sin estar sujeta al control de los obispos ni de los nobles ni de los reyes. Se creó principalmente para luchar contra los cátaros, ya que el sumo pontífice consideraba que la Inquisición Episcopal, ya existente y en manos de los obispos —occitanos en este caso— no ponía el suficiente celo en la persecución de los herejes. La nueva modalidad inquisitorial fue encomendada a las órdenes mendicantes, en especial a los dominicos u orden de los predicadores, que santo Domingo de Guzmán había fundado en 1215 como consecuencia de su contacto con los cátaros del Languedoc.

Desde el momento de su aparición, la Inquisición jugó un papel determinante en la represión de los albigenses, llegando incluso a torturarlos y a quemarlos. Además, será la encargada de erradicar los resabios del catarismo a partir de 1256.

En la segunda mitad del siglo XIII, el fenómeno cátaro deja de ser urbano y nobiliario y pasa al mundo rural, concretamente a la zona pirenaica. Las razones son varias. Por un lado, las montañas eran un buen escondite para los herejes huidos de la Inquisición. Por otra parte, la fuerte presión de los diezmos de la Iglesia en la zona provoca un acendrado anticlericalismo. Por último, la forma de transmisión cultural a través de la casa (domus) y de padres a hijos, facilita la conservación de la herejía de generación en generación. Las ciudades, en cambio, pasarán a ser dominadas en poco tiempo por la acción inquisitorial de los dominicos, que, sin embargo, no llegaron a implantarse en las zonas montañosas.

Los principales mantenedores y defensores del catarismo en los Pirineos fueron los hermanos Authié, principalmente Pierre. A pesar de todo, la Inquisición terminó consiguiendo el control de estas zonas, pudiendo llevar a la hoguera a Pierre Authié en la aldea de Montaillou en 1311. No obstante, no fue la última víctima de los inquisidores. Hay que esperar a 1321, fecha en la que fue quemado en Villerouge-Termenès Guillaume Bélibaste, el último perfecto cátaro atrapado por los inquisidores. Muchos cátaros cruzaron los Pirineos para refugiarse en Cataluña, donde, en contacto con el catolicismo hispánico, sufrirían una desculturización que, unida a la dispersión geográfica, contribuiría a la disolución de sus creencias, por lo que estas no sobrevivieron más allá de 1400.

 

Doctrina

Los cátaros, como ya se ha escrito, son dualistas en el sentido de que afirman que existe un Dios bueno, creador del mundo celeste y espiritual, y un creador malo, Satanás, que, partiendo de la nada o de una materia coexistente con él, creó el mundo terrestre o sensible, al que designaban con el nombre de «corruptibilia». Es por esto por lo que en el centro de la doctrina albigense se sitúa la lucha entre los dos principios opuestos del bien y del mal, de la luz y de las tinieblas, del espíritu y de la materia. Según se desprende de la lógica dualista, puesto que el mundo es malo e injusto, no puede ser obra de un Dios infinitamente bueno y justo, sino de un demiurgo, un espíritu maligno, aunque inteligente: Satanás, el «gran arrogante». La «caída» coincide así con la creación del mundo. Pero al final de los tiempos, la parusía, la llegada del Paráclito, un enviado del Dios bueno, significará el triunfo del espíritu sobre la materia, con lo que dejará de existir el mundo manifestado.

Si nos centramos en el hombre, se halla en relación con ambos mundos contrapuestos. Su cuerpo, que es materia, lo une al mundo malo; pero en ese cuerpo se encuentra aprisionada una chispa de luz divina, su espíritu, que ha de ser liberada por medio del ascetismo y de la iniciación; esta última, en el caso de los cátaros más evolucionados, los perfectos. Por tanto, la vida del hombre en el mundo terrestre es un periodo de prueba y de penitencia. Mediante ellas, el espíritu cautivo se prepara para ser digno de volver a integrarse en el mundo divino del que procede. La estancia en la Tierra se debe a la condena por una falta, un pecado inicial, que no es colectivo para todos los humanos, sino producto de un error individual de cada chispa divina cometido en el cielo antes de la «caída», si bien no se especifica en qué consiste.

Como a lo largo del tiempo que dura una vida terrestre el espíritu humano difícilmente habrá logrado su máxima perfección, no podrá volver al cielo del que procede. Como los cátaros no creen que existan ni el infierno ni el purgatorio, sino que sitúan a estos en la Tierra, necesitarán de nuevas vidas para alcanzar el grado de perfección suficiente para volver a unirse a la divinidad; es decir, precisarán de la reencarnación. Por medio de ella, el justo conseguirá cuerpos cada vez más livianos, o, dicho de otro modo, se reencarnará en seres menos ligados a la materia y más evolucionados, acercándose así a la salvación. El pecador, por el contrario, irá revistiéndose de cuerpos cada vez más pesados, más degradados, reencarnándose, en casos límite, en la forma de un animal.

Consecuencia de su modo de entender la vida terrena es su ideal ascético. Practicaban un ascetismo riguroso, adusto, pero en total consonancia con su doctrina. Puesto que la creación es mala, es malo multiplicar las criaturas. Dar vida es hacer la desgracia de las nuevas almas que se precipitan en la materia; nada puede, por lo tanto, santificar la obra de la carne. El matrimonio es absurdo, y ensalzar la creación, criminal. Por ser impuro lo que procede de la creación, los cátaros no comerán ni carne ni huevos ni productos lácteos. Su dieta era a base de vegetales y de pescado, ya que, según ellos, estos se reproducen sin cópula. Por último, no poseen nada en propiedad, para así hallarse desprendidos de los bienes miserables de este mundo.

No obstante, llevados por su gran tolerancia, los albigenses no exigían a todos sus fieles que practicaran el ascetismo que se ha expuesto. A los «simpatizantes» solo se les pedía que escuchasen la predicación y que practicasen el «melhorament» (el mejoramiento), que consistía en arrodillarse ante el paso de un perfecto pidiéndole la bendición y la absolución. Los «creyentes», además, debían practicar la caridad, la humildad, el perdón de las ofensas y, sobre todo, la veracidad. Se les instruía en el secreto del «Pater», que han de recitar cada vez que coman o beban. Los cátaros creían que el Pater había sido la plegaria de las almas antes de la caída, que una vez precipitadas en la materia habían perdido la potestad de decirla y que su recitación era como un primer paso hacia la reintegración. Pero el creyente, antes de recibir la sagrada oración, debía someterse durante meses a las mismas prohibiciones que los perfectos. Además, los creyentes han de practicar de vez en cuando la confesión pública o «apparelhament».

Pero lo que hace del creyente un «investido», un «perfecto», es el único sacramento del catarismo, el «consolament». Para poder recibirlo, los aspirantes debían ser iniciados. A través de la iniciación se les iba revelando de un modo progresivo y según su grado de aprovechamiento espiritual, una doctrina esotérica que, como tal, era mantenida en secreto por los investidos. Sus libros sagrados incluían, como ya se ha dicho, el Libro de los dos principios, de clara inspiración maniquea, y La cena secreta, en el que el apóstol Juan pregunta a Jesucristo, quien le revela que su nacimiento, su bautismo y su crucifixión son símbolos de significado esotérico. Además, la iniciación cátara comprendía el conocimiento de técnicas de éxtasis para separar el alma del cuerpo, que parecen semejantes a las del yoga hindú.

El consolament era llamado así porque confería al creyente lo que san Juan llamaba el Paráclito. Para los albigenses, este no era lo mismo que el Espíritu Santo de los cristianos. Más bien se referían a ese espíritu enviado por el Dios bueno para liberar el alma del hombre de su cuerpo. Para los cátaros, este sacramento se oponía al bautismo cristiano. Además, significaba la ordenación del iniciado, que, desde ese momento, tenía la facultad de absolver los pecados, expulsar a los demonios y dar a su vez el consolament. Llevaba consigo tantas y tan pesadas obligaciones, como ya se ha indicado, que, por lo general, solo se administraba a la hora de la muerte a aquellos fieles que no tenían una vocación a toda prueba. El perfecto, el miembro del clero cátaro, a diferencia del clero católico, no está consagrado, es decir, no puede bendecir, ni absolver, ni consolar a los fieles si se encuentra él mismo en estado de pecado.

Para los albigenses, el hecho de recibir el consolament se consideraba un acto trascendente. Conscientes del grado de compromiso que implicaba, decidieron crear una especie de sustituto, la «convinenza». Los creyentes deseosos de recibir el sacramento, pero a los que su estado les conducía a hacer el mal, por ejemplo, los hombres de armas, podían hacer ante un perfecto una simple declaración de intenciones. Hecho esto, se les transmitía el consolament a la hora de su muerte, incluso si estaban sin conocimiento. Pero si salían con vida, no quedaban ligados por el voto, a menos que se comprometieran de nuevo. Y, si bien se rogaba para que lo hicieran, no se ejercía sobre ellos la más mínima presión en este sentido.

Por último, queda en el ritual cátaro una situación que, dado su carácter definitivo, ha llamado mucho la atención de los autores que se han ocupado de esta doctrina religiosa. Se trata de esa forma de suicidio ritual que los albigenses han denominado «endura».

Se podría pensar, dada la visión pesimista del mundo manifestado que sostenían, que era un modo rápido de librarse de su cuerpo y de una vida a la que no tenían el más mínimo apego. Nada más lejos de la intención de los escasos perfectos que practicaron la endura. Para ellos, era un paso que se precisaba dar cuando se había llegado a un nivel evolutivo espiritual tal que ya no se podía seguir avanzando estando atado a un cuerpo material.

Lo normal era que, al practicar la endura, no se llegara a la muerte, sino que se realizara un ayuno prolongado de unos dos meses de duración. Pero cuando se practicaba hasta sus últimas consecuencias, se realizaba de cinco formas distintas: por un prolongado ayuno; abriéndose las venas; sumergiéndose de modo alternativo en baños de agua caliente y fría (así morían de congestión pulmonar); arrojándose a un precipicio y, por último, envenenándose.

Concluye aquí la exposición del fenómeno cátaro tal como se ha desarrollado. Ahora bien, ¿podemos afirmar que se trata de una religión dualista aparte de la cristiana o, más bien —como tienden a opinar los historiadores modernos—, solo es una más de las muchas herejías que han proliferado en el cristianismo? No me atrevería a dar una respuesta concluyente.

Si bien es cristiana porque cree en Cristo y acepta postulados que la acercan a la Iglesia oficial —aunque con reparos—, también se puede relacionar con las doctrinas dualistas que han sido expuestas en este escrito, sobre todo con los bogomilos. Y es que la tentación dualista a la hora de explicar la existencia del bien y del mal, de lo material y espiritual en el universo, es demasiado fuerte. Se halla tan arraigada en la mente humana que es difícil obviarla de nuestra visión del mundo manifestado. De hecho, aunque resulta difícil defender un dualismo radical, con la existencia de dos principios corresponsables del universo, podemos aceptar que el mundo, el cosmos, es dual en su existencia, si bien no en su esencia, y ello hace que los hombres tiendan a adoptar una actitud dualista al enfrentarse a su realidad.

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