Historia — 1 de marzo de 2023 at 00:00

El poder civilizador de la traducción

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poder civilizador de la traducción

Siempre que se busca entender a cualquiera de las antiguas civilizaciones que han pasado por la historia de nuestro mundo, los puntos que se suelen mirar tienden a ser los más habituales: arte, organización política, desarrollo y expansión militar, territorio geográfico, relación con lo sagrado, vida cotidiana… Son aspectos por supuesto importantes, pero hay todavía otro factor en el que estamos poco habituados a pensar, que es el factor lingüístico.

Solemos ver esto más como una curiosidad literaria, un dato suelto en el que rara vez reparamos más tiempo del que nos tomó leerlo. En el Imperio romano se hablaba latín. Los incas hablaban quechua. Punto. No necesitamos más. Pero si nos paramos a mirar un poco más en detalle estos dos ejemplos, veremos que en el Imperio inca también se hablaban las lenguas aymara, mochica, puquina o cacán entre muchas otras, y que el latín que hablaban el Senado y los nobles de la ciudad de Roma era muy distinto al latín que hablaba el pueblo llano, el cual tenía mucha mezcla entre el latín culto y las lenguas autóctonas que se hablaban antes de la llegada de las cohortes romanas.

Una persona observadora se dará cuenta fácilmente de que, frente a semejante diversidad de lenguas, en algún momento fue necesario un sistema común, una forma de entenderse; de lo contrario, es completamente impensable que los pueblos ibéricos pudiesen llegar a negociaciones con los romanos, o que los griegos intercambiasen conocimiento con Egipto, o que algunos vikingos se convirtiesen al cristianismo, por citar algunas situaciones de partes distintas del mundo. Esta herramienta existió, y todavía existe. Recibe el nombre de «traducción».

La traducción es algo que hoy damos por sentado. Forma parte de nuestra vida cotidiana sin que apenas nos demos cuenta de ello, porque se encuentra presente en prácticamente cada detalle de todo cuanto hacemos en nuestro día a día, si ello implica algún tipo de lenguaje. Las series o películas que vemos, los libros que leemos, los electrodomésticos que usamos, incluso los medicamentos que tomamos al enfermar… si provienen de otro país, con otra lengua diferente, es casi seguro que habrán pasado por algún proceso de traducción.

Pero, a pesar de la innegable presencia de este arte, poco reparamos en él. A los estudiantes que se forman en la carrera de traducción se les instruye para que esto sea así, ya que una traducción se considera bien hecha cuando no se nota que el texto final es una traducción. Es decir, la figura del traductor queda como esa mano en la sombra, que ha hecho posible la transmisión sin que se note su presencia. Ocurre hoy, y ocurrió también en la Antigüedad. Aun así, la traducción ha ejercido una gran influencia en el moldeamiento del mundo y la sociedad tal y como la conocemos hoy en día. ¿Qué tal si nos detenemos un momento a analizar esa influencia?

(Breve) historia de la traducción

¿Dónde podríamos situar el origen de la traducción? Muchos estudios señalan que, muy probablemente, las primeras interacciones que se produjeron entre distintas lenguas eran totalmente orales. Esta práctica de traducción oral, hoy en día recibe el nombre de interpretación (nada que ver con la práctica artística teatral). Por lo tanto, no hay registros escritos. El lenguaje escrito surgió como una forma de dejar constancia de cosas importantes, como el comercio, la historia, las tradiciones y creencias religiosas… Solo las civilizaciones más asentadas y avanzadas usaban la escritura para temas cotidianos.

Uno de los primeros ejemplos de ello que encontramos en la historia es el pueblo fenicio, que dejaba registrados en tablillas de arcilla, mediante diversos códigos de escritura, los inventarios de mercancías y bienes, y el precio pactado entre ambos comerciantes, al más puro estilo de los contratos de compraventa actuales. Si recordamos que el comercio del pueblo fenicio se movía principalmente por mar, es fácil visualizar una escena en la que dos mercaderes de distintas nacionalidades negocian este intercambio, con un traductor actuando como intermediario de la transacción entre ambos.

Avanzando en el tiempo, nos encontramos con que los romanos tradujeron al latín varias obras griegas de filósofos, matemáticos, dramaturgos, escritores y poetas, con el fin de agregar estos conocimientos a las vastas bibliotecas romanas. Esto permitió que, siglos más adelante, algunos monasterios medievales pudiesen recuperar, y en algunos casos traducir a las lenguas vernáculas, varios de los tomos de Aristóteles o Platón, entre muchos otros autores cuyas ideas, de otro modo, hubiesen quedado irremediablemente perdidas. En este punto del tiempo es donde situaríamos la legendaria Escuela de Traductores de Toledo, de la cual hablaremos más adelante. La Ilustración, movimiento surgido en el siglo XVII, demandaba una gran cantidad de libros de todos los campos: novela, poesía, ciencia, filosofía, metafísica…, necesidad que el colectivo de escritores e investigadores franceses y españoles (los lugares donde surgió este movimiento y donde más fuerza tuvo) no alcanzaba a abastecer completamente. Nuevamente tenemos traductores trabajando sin descanso para traer las obras de todos los rincones del mundo y ponerlas a disposición de estos intelectuales. Podríamos hablar a continuación del más famoso hallazgo traductológico de todos los tiempos, la Piedra de Rosetta, pero también le dedicaremos un apartado especial más adelante. Para no caer en redundancias innecesarias, diremos solamente que esta piedra fue la llave que nos ha permitido empezar a entreabrir la caja de misterios que en aquel entonces era el antiguo Egipto (hoy sigue siendo un misterio, pero mucho menos).

A partir de este momento, en que la industrialización empezó a emerger, la historia nos muestra que las ideas y métodos que nacían en un lugar del mundo se propagaban rápidamente a muchos otros países, como demuestra el gran impulso que experimentaron varias ramas de la sociedad de la época: las ideas del comunismo y socialismo soviéticos, las instrucciones para fabricar vías y locomotoras a vapor, los sistemas de trabajo organizados en cadena de Henry Ford, los avances en la medicina… por nombrar algunos.

Es fácil, pues, observar el papel que han tenido los trasvases de conocimiento de un idioma a otro en la formación del mundo tal como lo conocemos hoy. Una buena traducción resulta indispensable para que un mensaje llegue intacto desde un hablante de la lengua A a otro de la lengua B. Traducir bien no solo hace llegar el mensaje de forma que pueda ser correctamente entendido: también habilita al receptor para que, a su vez, pueda difundir las mismas ideas en su propia lengua. Una mala traducción, por contra, puede volver imposible la recepción del mensaje. O aún peor, hacer que el mensaje se transmita mal y la idea que obtenga el receptor sea errónea. Solo pensemos en los prospectos de algunos medicamentos, o en las instrucciones de algunos aparatos electrónicos que tenemos hoy en día, que se han realizado mediante motores de traducción automática sin una revisión posterior. Veamos el galimatías que resulta, lo difícil de leer y de seguir que son sus instrucciones. Apliquemos ese mismo principio a cualquier conocimiento antiguo y probablemente entenderemos cómo fue posible que muchos autores fuesen malinterpretados, o poco entendidos, hasta que sus textos originales han sido revisados.

Para terminar este apartado, nos gustaría lanzar una reflexión final al lector: si traducir bien perpetúa conocimientos, y traducir mal los modifica, a veces de forma irreparable, ¿qué le ocurre a un saber que no queda traducido?

Un mundo moldeado a partir del contacto de lenguas

Hemos nombrado algunos ejemplos muy señalados en la historia en los que la traducción jugó un papel protagónico en uno u otro sentido. Vamos ahora a analizar, un poco más en detalle, estos ejemplos y otros más, de distintas partes del mundo y distintos momentos de la historia de la humanidad.

La Piedra de Rosetta

Piedra de la Rosetta
Piedra de la Rosetta

Sin duda, es uno de los más famosos vestigios históricos de toda la historia de la arqueología. Cuando hablamos de hallazgos del Egipto antiguo, a muchos se les viene a la mente la famosa Piedra de Rosetta, descubierta por Champollion el 15 de julio del año 1799. Es famosa la obsesión que tenía Napoleón Bonaparte con el antiguo Egipto. No se sabe, a nivel de la historia reconocida oficialmente, qué estaba buscando exactamente Napoleón, o por qué, pero lo cierto es que su ocupación militar, que duró tres años (1798-1801), entre luchas contra los ingleses en tierras egipcias y asirias, trajo consigo un gran número de excavaciones en el desierto egipcio que revelaron grandes hallazgos. Si bien la fortuna no sonrió demasiado a los franceses en lo militar, sí que obtuvieron un gran éxito: un capitán del ejército francés, Pierre-François Bouchard, descubrió la piedra de Rosetta mientras realizaba trabajos de excavación para reforzar una zona defensiva en la ciudad de Rashid (Rosetta), a unos 80 kilómetros de Alejandría.

Esta piedra contiene el mismo texto escrito en tres idiomas:

* Jeroglíficos, los cuales habían sido indescifrables hasta ese momento.

* Demótico, el idioma que usaban los egipcios del pueblo llano para su vida cotidiana, del cual se conservaban algunas pocas claves:

* Y el denominado griego clásico, el cual sí era conocido ampliamente.

Hay que recordar al lector que el idioma de los jeroglíficos, en la época en la que está datada esta piedra, se sabe que solamente era utilizado por los nobles y los sacerdotes del reino egipcio, ya que era la lengua reservada a aquellos que hablaban con y en nombre de los dioses. Por lo tanto, ya era un lenguaje restringido en sí mismo, cosa que dificultaba sobremanera descifrarlo.

Gracias a que uno de los textos estaba escrito en griego, se pudo entender plenamente el contenido y deducir, al identificar los nombres propios, que el texto era el mismo, aunque en tres versiones diferentes (una por cada idioma). La Piedra de Rosetta, una vez analizada y descifrado su contenido, y según explica el Museo Británico, data del año 196 a. C. Se trata de un decreto dictado por un consejo de sacerdotes para honrar al joven rey Ptolomeo V en el primer aniversario de su reinado, cosa que explica que esté escrita tanto en el lenguaje de los reyes (jeroglífico) como en el del vulgo (demótico), y también en griego, probablemente para que los extranjeros pudiesen leerlo y ser partícipes de su mensaje.

El hecho de hallar las tres escrituras juntas, conformando un mismo mensaje, permitió hallar claves para descifrar los crípticos jeroglíficos egipcios. Hay que destacar la labor de Jean-François Champollion, lingüista francés que en el año 1822 osó desterrar la idea establecida de que los jeroglíficos seguían un sistema de ideogramas, muy similar a los idiomas orientales (hablaremos más sobre esto un poco más adelante), y por ello pudo descubrir que, al menos en lo que a nombres propios se refiere, los jeroglíficos tienen una correspondencia alfabética; es decir, un símbolo representa un sonido. Publicó en 1824 todos sus descubrimientos en su libro Précis du système hiéroglyphique des anciens Égyptiens («Resumen del sistema jeroglífico de los antiguos egipcios»).

A partir de los nombres propios, se pudieron descubrir las similitudes semánticas entre el texto demótico y el griego, rellenando con el segundo los agujeros que se tenían acerca del primero. Una vez estuvo claro el mensaje en el texto demótico, a través de una titánica labor de comparación, sustitución, arreglos gramaticales… los estudiosos consiguieron una aproximación al código que permite entender una parte del sistema de comunicación a base de jeroglíficos. Decimos una parte, porque el sistema está lejos, hoy en día, de ser comprendido en su totalidad. Quedan todavía muchas lagunas inexploradas en el gran misterio que constituye el antiguo Egipto, pero no cabe ninguna duda de una cosa: lo que conocemos hoy, es gracias al descubrimiento de la Piedra de Rosetta, y a la gran labor de lingüistas como Champollion.

Tabla fonética realizada por Champollion - Fuente British Museum
Tabla fonética realizada por Champollion – Fuente British Museum

Expansión romana

El Imperio romano es una época histórica muy bien conocida por todos. La expansión territorial que experimentó desde su nacimiento en el año 753 a. C. hasta su fin, con el que comenzó la Edad Media en el año 476 d. C, es algo que nunca deja de sorprender.

Cuando quiere uno investigar cómo Roma llegó a ser lo que era, verá en enciclopedias y artículos numerosas alusiones a la gran eficacia de los ejércitos romanos y a las grandes dotes tácticas de sus generales. Será muy fácil hallar listas detalladas de la mayoría de las batallas que entablaron los romanos en toda Europa: contra quién lucharon, si perdieron o vencieron, quién encabezaba el ejército… incluso qué táctica se usó. Esta persona, pues, cuando imagine a los romanos pensará en un pueblo eminentemente bélico, que logró dominar Europa mediante guerras continuas.

Si bien es cierto que los romanos fueron un pueblo que concedió una gran importancia a lo militar, recientemente han surgido estudiosos que, en vista de las excavaciones realizadas, han llegado a la conclusión de que los romanos podrían haber conquistado nuevas tierras con la pluma, además de con la espada.

Es el caso del arqueólogo Nicola Terrenato, que en su libro The Early Roman Expansion to Italy («La expansión de la Roma temprana hacia Italia») expone el caso de algunas excavaciones que se han realizado en ciudades que fueron conquistadas por los romanos, supuestamente, a punta de lanza. Terrenato afirma que en estas ciudades que, según la historia tradicional, fueron saqueadas y destruidas por la guerra, se han encontrado evidencias de que la nobleza y las costumbres locales siguieron en vigor aun después de anexionar la población al territorio romano. Esto es chocante, porque cuando un pueblo somete a otro, lo habitual sería que el sometido perdiese toda su tradición y cultura para adoptar la del conquistador, como ha ocurrido tantas veces en la historia.

La lógica invita a deducir que, si el poblado fue efectivamente adherido a Roma pero no vio alteradas sus costumbres ni modo de vida, necesariamente tuvo que haber un proceso de diálogo, de negociación entre los mandatarios locales y los emisarios romanos.

Viajemos momentáneamente a otro continente. El profesor Jorge Ángel Livraga, en su artículo Los incas y su filosofía moral, establece una comparación entre los romanos y el pueblo inca, en relación con el concepto de sociedad que buscaban. Parece ser que ambas civilizaciones perseguían la idea de un solo imperio, un reino unificado. Un ejemplo más de este paralelismo lo encontraríamos en la red de caminos que romanos e incas tendieron en sus respectivos territorios: casi todos los caminos que construyeron unos y otros aún perduran hoy en día gracias a su maestría constructora, y se sabe que todos los caminos conducen al corazón de sus respectivos imperios: Roma y Cuzco.

Otro punto común, según este artículo del profesor Livraga, estaría en esta forma de conquista y expansión. Cito textualmente:

«Había carreteras que unían distintos pueblos, pero esos pueblos incluso tenían idiomas diferentes, costumbres diferentes y deidades diferentes, si bien todas estaban unificadas a través de cierto culto solar. […]

Los incas, además, tenían un sentido económico de la vida. Ellos consideraban los pueblos diferentes, pero creían que se podían unificar. Tuvieron algunos avances realmente asombrosos; por ejemplo, hacían maquetas de sus construcciones antes de construirlas. Hacían pequeñas maquetas de un puente, de una construcción, y solían presentarlas a los pueblos que querían anexionar; les hablaban de las comodidades, les explicaban bien sobre una mesa cómo iba a funcionar todo, ya que la maqueta era funcional. […] Ahora, si les entendían, si el pueblo estaba a una altura cívica como para poder entender el trabajo de civilización, directamente los incas los asociaban a su Imperio y su rey se convertía ahora en un Curaca, o sea, se convertía en un Jefe de Estado inca. En caso de que esos pueblos, por su estado de salvajismo, no aceptasen esos diagramas de civilización, entonces penetraban por la fuerza. Y aun penetrando por la fuerza, solían respetar todas las costumbres y solían respetar las normas, siempre y cuando se aceptase este sistema social de trabajo, este sistema común donde todos podían estar».

Parece ser que los romanos tenían un sistema similar al descrito por el profesor Livraga en el artículo de los incas: se presentaban mediante emisarios en los pueblos o ciudades que querían anexionar a sus territorios, les exponían las ventajas de unirse a Roma en materia de economía, tecnología, protección, etc. Si el pueblo aceptaba, pasaba a ser romano de facto. Si no, Roma entraba con su ejército.

¿Qué tiene que ver todo esto con la traducción? Una pequeña reflexión hará que el lector se dé cuenta de que, tanto en el caso de los incas como en el de los romanos, las poblaciones a las que llegaban estaban muy alejadas de lo que podríamos llamar su «tierra madre». Por tanto, los idiomas que se hablaban en los pueblos y comunidades «candidatos» a ser conquistados, es lógico pensar que serían distintos del latín o del idioma inca. El propio profesor Livraga cita este punto en su artículo.

Sería necesario, pues, para esta práctica de negociación y diálogo, que algún conocedor de las lenguas en contacto quedase como intérprete entre ambos bandos, traduciendo las promesas de un bando y las condiciones del otro, a fin de facilitar un acuerdo que sería inalcanzable sin el citado intérprete. ¡Cuánto debemos aprender de estos dos antiguos pueblos, que solo usaban la fuerza cuando se demostraba ser necesario y no como primer y único recurso!

La ciencia árabe que llegó a Europa: Escuela de Traductores de Toledo

En este breve y acelerado resumen, no podemos dejar de hablar de la Escuela de Traductores de Toledo, la cual operó durante la Baja Edad Media (siglos XI hasta XV, aproximadamente).

En esta época, Europa estaba atravesando un momento de expansión cultural: algunas guerras terminaron, había innovaciones tecnológicas, como el molino de viento o nuevos tipos de arado que supusieron un aumento de la producción agrícola, surgían las primeras universidades y centros de saber independientes de los monasterios (fue en esta época en la que se fundaron las universidades de Oxford y Salamanca, entre otras), y el estilo gótico empezaba a cobrar fuerza.

En España, la llamada Reconquista llegó a su fin. El anterior califato de los Omeyas había traído una gran cantidad de conocimientos que los musulmanes se esforzaron por recuperar de la perdida Biblioteca de Alejandría. Gracias a ese tesoro de cultura, y a técnicas como el papel chino y la encuadernación en piel árabe, España fue pionera en la producción de libros. Todavía sería un trabajo completamente manual: falta aún mucho para la invención de la imprenta de Gütenberg, pero aquellas nuevas técnicas de escritura y encuadernación hicieron posible la producción de muchos más libros.

Tras expulsar a los líderes musulmanes, quedaron, como muchos sabemos, varias localidades y zonas por toda la península en las que los cristianos convivían con musulmanes que se quedaron, y con judíos que ya habitaban antes estas tierras. Un gran ejemplo de esta convivencia fue la ciudad de Toledo. En esta ciudad, el rey Alfonso X intentó crear un lugar que fuese un referente, una prueba de que las tres culturas podían convivir en armonía y paz. Fue en este contexto histórico y sociocultural donde nació la Escuela de Traductores de Toledo.

El obispo de Toledo, llamado Ramón de Sauvetat, ya en el año 1143 hacía grandes esfuerzos por que se tradujesen cientos de textos griegos, que estaban en árabe, además de cientos de comentarios a las grandes obras de los filósofos clásicos, desconocidos en Europa. También se traducían tratados matemáticos, astronómicos, alquímicos…, realizados por pensadores persas e hindo-iranios. La capacidad de difusión hispana permitió que este legado llegara a las entonces muy pobres universidades europeas. La Iglesia católica, aunque nos parezca increíble, llevó a cabo una importante labor de apoyo y mecenazgo a través del propio obispo Sauvetat, quien fomentó la venida a Toledo de estudiosos extranjeros como Gerardo de Cremona, llegado desde la lejana Lombardía. Otros traductores peninsulares que colaboraron con la Escuela de Traductores fueron Ibn Daud, Domingo Gundisalvo, Juan Hispalense o Marcos de Toledo. Entre estos y otros nombres, vemos autores y sabios de origen judío, mozárabe, árabe o castellano, como puede apreciarse por sus apellidos. Así pues, todo el conocimiento que se había almacenado en las bibliotecas árabes, desconocido para Europa, se unió a varios tratados teológicos y filosóficos provenientes del pueblo judío, dentro del cual había grandes estudiosos de la Grecia clásica. Obras de sabios como Aristóteles, Avicena, Fibonacci o Galeno han tenido eco en la historia gracias a que un grupo de eruditos de distintas procedencias lo tradujo, haciendo posible su comprensión, copia y expansión a muchos otros lugares.

Solo este ejemplo es suficiente para hacerse una idea de la estrecha relación existente entre la traducción y la cultura: cuanto más traduce un pueblo desde otras lenguas hacia la suya propia, más se enriquece culturalmente, desarrolla mayor tolerancia y respeto por la diversidad del pensamiento humano y se vuelve más proclive a la convivencia, que, como sabemos, si es bien vivida puede llevarnos a situaciones de concordia bellísimas y extremadamente enriquecedoras espiritualmente.

Importancia del lenguaje escrito: nacimiento del sistema de escritura japonés

Vamos ahora al otro extremo del globo terráqueo. Los pobladores de las antiguas islas del Sol Naciente hablaban una lengua propia, un japonés arcaico. Por sus propias razones, no vieron la necesidad de plasmar esta lengua por escrito. Sin embargo, aproximadamente en el siglo I d. C., la situación cambió con la llegada de visitantes chinos. Según se dice, estos traían consigo espadas, espejos y otros objetos con su nombre escrito en ellos, y los eruditos japoneses empezaron a sentirse atraídos por la idea de un lenguaje escrito, con lo que comenzaron a aprender la escritura del idioma chino. Más adelante, aproximadamente en el siglo IV, los japoneses parecieron comprender la utilidad de plasmar sus ideas por escrito, a raíz de la llegada de muchos textos de temática filosófica, budista y taoísta provenientes, de nuevo, de China.

Página del libro Kojiki, Museo de la Universidad de Kokugakuin
Página del libro Kojiki, Museo de la Universidad de Kokugakuin

En lugar de inventar desde cero un sistema de escritura, los japoneses optaron por usar los mismos símbolos que los chinos empleaban, llamados «kanji». Así, en el año 712 d. C. encontramos el primer libro (al menos el primero que se conserva) que está escrito en japonés, pero con caracteres chinos. Su título es Kojiki, y se trata de una recopilación de mitos y leyendas de la tradición japonesa. El propio libro hace mención a una recopilación más antigua todavía, que fue destruida por el fuego. Se aprecia en este libro cómo la totalidad del texto está escrito en caracteres chinos, con pequeñas notas sobre su significado o pronunciación junto al ideograma correspondiente.

Tras copiar el sistema de escritura chino, ocurrieron los problemas lógicos que surgen al intentar escribir un idioma usando las reglas y vocabulario de otro: los significados no encajaban y había una gran parte del idioma japonés que era difícil de representar, por lo que, tras una serie de reformas a lo largo de los siglos, se llegó al sistema que Japón usa hoy en día. No explicaremos aquí los detalles de la compleja gramática japonesa, pero para el lector curioso, baste saber que el japonés utiliza dos sistemas escritos:

* Los Kanji puros, ideogramas que se emplean para escribir conceptos o ideas (nombres, verbos, adjetivos, etc).

* Un alfabeto silábico que se usa para complementar los Kanji con los sufijos, partículas y añadidos que el idioma utiliza para la flexión verbal, pronombres, etc. De este hay dos versiones, una con trazos curvos y suaves, la más habitual, llamada «Hiragana», y otra con trazos más angulosos, empleada para transcribir palabras extranjeras, llamada «Katakana».

Es a partir de ese momento en la historia cuando podemos seguir el rastro de dinastías, tratados, movimientos militares, vida cotidiana… del antiguo Imperio japonés. Todo lo que había hasta ese momento, al no contar con un sistema de escritura donde plasmarlo, se quedó en tradiciones orales… que se perdieron irremediablemente en el tiempo, salvo aquellas recogidas en el mencionado libro Kojiki. Sirva este ejemplo para ilustrar la pregunta que hicimos al lector en la introducción de esta monografía. Esto es lo que ocurre cuando un pueblo no deja registro escrito de su historia: esta historia se pierde sin remedio.

Conclusión

En la búsqueda del ser humano por adquirir el conocimiento que le permita conquistarse a sí mismo, cualquier avance que un individuo logre, lo va a querer transmitir generosamente a otros. La transmisión del conocimiento que resulta de utilidad, tanto en lo material como en lo espiritual, es precisamente lo que facilita que el ser humano progrese en su eterno buscar, y la herramienta que empleamos para esa transmisión es, por supuesto, el lenguaje.

Buscamos la sabiduría en las palabras, historias y experiencias de nuestros padres cuando somos pequeños, y de nuestros Maestros cuando buscamos crecer interiormente. ¿No resulta maravilloso poder acceder al conocimiento, no de nuestros padres o abuelos, sino de decenas, o incluso cientos, de generaciones anteriores a nosotros? De igual manera, ¿no resulta también maravilloso acceder a aquello que los antiguos hombres de lugares distantes del mundo pueden enseñarnos? El lenguaje escrito y su traducción hacen que esta tarea sea posible.

Gracias al trabajo de incontables traductores a lo largo de la historia, tenemos acceso a las palabras de sabios como Platón, Confucio, Zoroastro, Quetzalcoatl, Avicena y tantos otros: gente que, por no ser españoles ni de nuestra época, sería imposible conocer de otro modo. La traducción es una ventana a lo antiguo y, en la misma medida, es un puente hacia el futuro, pues lo que queda escrito es susceptible de ser releído por generaciones por venir. Y, si bien la importancia de la traducción es relevante en el flujo de la historia hacia el pasado y hacia el futuro, no lo es menos en nuestro propio presente.

Bibliografía

Material informático

https://theconversation.com/la-escuela-de-traductores-de-toledo-el-eslabon-perdido-de-la-historia-de-la-cultura-europea-160934

https://es.glosbe.com/es/sa/amor (Diccionario español-sánscrito, entrada de la palabra “amor”).

https://www.newtral.es/descubrimiento-piedra-rosetta/20190715/

https://enciclopediadehistoria. C.om/baja-edad-media/

http://www.historiayarqueologia. C.om/2019/06/el-arte-de-la-negociacion-romana.html – Artículo “El arte de la negociación romana”

https://biblioteca.acropolis.org/los-incas-y-su-filosofia-moral/ –Artículo “Los Incas y su filosofía moral”

https://www.youtube.com/watch?v=9_m3TEsz_kQ&ab_channel=Japon%C3%A9sconNipponismo – “¿Cuál es el ORIGEN de los KANJI de JAPÓN?”

https://es.wikipedia.org/wiki/Kojiki

https://es.wikipedia.org/wiki/Imperio_incaico

https://eldefinido.cl/actualidad/plazapublica/6692/Fin-de-un-mito-Los-esquimales-nunca-tuvieron-40-nombres-para-la-nieve/

https://www.biginfinland. C.om/palabras-para-nieve-fines/

Material físico

La Piedra de Rosetta. Editorial Nueva Acrópolis, 1997.

«Apuntes socioculturales de historia de la traducción: del renacimiento a nuestros días». Miguel Ángel Vega Cernuda. Artículo publicado en la revista Hyieronimus Complutensis del Centro Virtual Cervantes, Universidad Complutense de Madrid; n.º 4 y 5 (junio de 1996-junio de 1997).

Jeroglíficos egipcios. W. Budge, Editorial Humanitas, 1990.

Mis abuelos los indios pieles rojas. William Camus, Editorial Labor S.A., 1988.

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