Naturaleza — 1 de mayo de 2022 at 00:00

Naturaleza constructora: nidos de barro

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nidos de barro

«Soplaré y soplaré…»

Al igual que en el cuento de los tres cerditos, las aves cuentan entre sus filas con albañiles que han descubierto que una casa de ladrillo es más sólida que una de madera o paja. El representante más conocido de este grupo es la golondrina, aunque nuestros cielos también se pueblan de aviones y vencejos, incluso en mayor número, que también recurren a esta técnica. Existen multitud de especies relacionadas con estos nombres comunes, pertenecientes a varios géneros.

Estos pájaros alfareros recogen barro bolita a bolita de la orilla de charcos y arroyos, que mezclan con su saliva, y que pegan debajo de algún saliente, roca, alero o en grietas. Poco a poco, el nido adquiere su característica forma de semiesfera, con una entrada superior por donde la hembra penetra. En el interior de este iglú de barro invertido, la golondrina elabora un lecho de liquen, plumas o pelos, suave, donde se criará su nidada. Lo normal es que estas aves aniden en colonias más o menos numerosas, que colaboran cuando algún otro pájaro despabilado intenta aprovecharse de la construcción para instalarse en tan cómoda y fresca casita de barro. Se ha visto a veces que cuando un intruso, un gorrión, por ejemplo, penetra en el interior de un nido de vencejos, aviones o golondrinas, la colonia entera acude a castigar al invasor. Pegote a pegote, estos pájaros ciegan la entrada, emparedando en el interior del nido al osado que, ilusamente, pensó en apoderarse de tan confortable y segura morada.

Algunos nidos de vencejos son tan exiguos que no permiten ni siquiera el peso del ave incubadora. En esos casos, el vencejo se ase a la pared o rama de donde el nido, con unas paredes casi del grosor de un papel, pende. Eso sí. Los huevos son tan preciados que no corren riesgo de pérdidas. En casi todas estas situaciones, utilizan su saliva para, literalmente, cementar los huevos al fondo del nido.

Como curiosidad, los nidos de golondrina con los que los orientales fabrican su famosa sopa no están construidos estrictamente por golondrinas, sino por salanangas (Collocalia inexpectata). Estas aves anidan en paredes rocosas de grutas y acantilados de casi imposible acceso, y construyen sus pequeñísimos nidos con una saliva espesa que se adhiere a las rocas y que solidifica, endureciéndose al secarse. En ocasiones, esta saliva está mezclada con cierto tipo de algas. Para apoderarse de estos nidos, los chinos recurren a los servicios de acróbatas profesionales.

 

Un nido de lujo

No obstante la capacidad constructora de vencejos y golondrinas, hay un pájaro que los supera en calidad y cantidad de producción. Nos referimos al hornero (Furnarius rufus) de América del Sur.

nidos de barro

El nido es construido en otoño, y ambos miembros de la pareja intervienen en su edificación. Durante esa época las glándulas salivales de estos pájaros se hipertrofian, funcionan más, utilizando esa saliva para cementar los materiales utilizados. Acarrean con sus picos el barro, al que le agregan raíces y hierba seca. Así van dando forma al nido esférico, parecido al horno de un panadero, de donde toman su nombre común. De unos 30 cm de diámetro, estas viviendas solo tienen una entrada, por la que se pasa a una especie de sala de espera. A continuación, y en espiral, el pasadizo se estrecha, para impedir accesos no deseados, y desemboca en la cámara de cría.

Para su emplazamiento eligen, por lo general, lugares visibles: ramas gruesas de árboles, postes y techos. Aunque se conservan durante dos o tres años, cada temporada construyen uno o dos nidos nuevos, a veces uno encima del otro, como un edificio. Los nidos abandonados son disputados por ratoneros, jilgueros, golondrinas y gorriones, que, sin tan hábiles capacidades, saben apreciar lo bueno de la vida.

 

Expertos en energías alternativas

No hemos acabado con las aves, pero sí con los extraordinarios constructores de nidos. Y es que, además de conocimientos específicos de ingeniería, arquitectura, albañilería, aerodinámica, resistencia de materiales, química, adhesión y fraguado, hay aves que entienden de termorregulación, y sus nidos resultan dignos de mención no por su estructura, sino por sus propiedades termoquímicas.

Dentro de las Galliformes existe una familia, los Megapódidos, que son expertos en utilizar fuentes de calor alternativo para incubar sus huevos. Distribuidos por Australia, Nueva Guinea, Indonesia y Polinesia, son aves de relativo gran tamaño, que rondan los 50 cm. Todas se caracterizan por la construcción de nidos donde depositan sus huevos para ser incubados, no por el calor de los progenitores, sino por fermentación, el calor del sol… e incluso aprovechan el calor residual de la actividad volcánica. Todo unos expertos en geotermia.

La especie mejor estudiada es el megapodio ocelado (Leipoa ocellata), ave que habita en el matorral árido de eucaliptos de Australia. Aves muy territoriales, los machos trabajan en el montículo hasta once meses al año, aunque la puesta se realice en primavera y verano.

El nido consiste en una depresión que  se rellena con materia orgánica, sobre la que se deposita arena y grava. La capa de humus, al pudrirse, genera el calor que este ave aprovecha. Hacia julio, cuando la temperatura en el interior del montículo alcanza los 30ºC, el megapodio retira la capa de arena y excava una cámara en la materia orgánica en fermentación. Los huevos son depositados de septiembre a enero, cada varios días. Entonces la puesta se vuelve a recubrir con gravilla, y el macho monta guardia alrededor de su futura generación.

Es loable la fidelidad de estas aves hacia su nidada. No hay suceso que lo haga abandonar su vigilancia, nada ni nadie logra echarlos, y a intervalos regulares puede comprobarse cómo introduce en el interior del montículo su pico, experto termómetro que se encarga de detectar que la temperatura sea exactamente de 35ºC. Si por lo que sea aumenta, el megapodio abre toberas de refrigeración desde la capa orgánica hacia el exterior. Si, por el contrario, la temperatura idónea no se alcanza, nuestro pájaro añade materia vegetal al nido para que su putrefacción aporte los grados necesarios.

El maleo de las Célebes (Macrocephalon maleo) utiliza un sistema más prosaico, pero no menos efectivo. En la estación de cría, abandona la húmeda selva que constituye su hábitat y se desplaza incluso 30 km hasta las playas de negra arena volcánica. Por encima del nivel de la pleamar, la hembra excava un agujero por cada huevo que piensa depositar, y los cubre con este oscuro material. El calor del sol se encarga de hacer el resto.

El megapodio de Freycinet (Megapodio freycinet) es el campeón de este grupo de constructores. Sus nidos son los más grandes, llegando a alcanzar los 11 m de diámetro y los 5 m de altura. Estas enormes acumulaciones de tierra y materia vegetal alcanzan, como es de suponer, los pies de varios árboles. La temperatura es regulada en los 30-35ºC, dependiendo del tiempo que hace que se efectuó la puesta.

Un montículo grande puede ser utilizado por tres o cuatro parejas, aunque solo una lo hace cada vez. En esta ocasión, macho y hembra comparten la tarea de elevar esta colosal construcción, trabajo que realizan durante todo el año. Con sus patas y, sobre todo, fuertes picos se encargan de mantener limpios los alrededores del nido. En una ocasión se constató a un macho de un kilo de peso acarreando una piedra de 6,9 kilos… Los montículos se usan durante tantos años seguidos que muchos de ellos son utilizados como testigos arqueológicos de los incendios habidos, gracias a las capas de carbón dispuestas en sus distintos estratos.

 

Al amor de la lumbre

Los megapodios que viven en Nueva Bretaña y las islas Salomón ponen sus huevos en masa en suelos calentados por fenómenos volcánicos. Como el suelo apto para esta operación es escaso, la densidad de nidos es elevadísima, hasta de un nido por cada 20 m2. Las corrientes térmicas subterráneas y los gases volcánicos proporcionan los 34ºC necesarios para la incubación.

Es lástima que el exquisito esmero que estas aves proporcionan a sus huevos no se extienda al cuidado de su prole. De hecho, nada más nacer, el polluelo de megapodio tiene que excavar la galería que, como a Edmundo Dantés, le llevará al exterior del nido y al comienzo de su vida, completamente solo. Son jóvenes extraordinariamente precoces que se esconden rápidamente en el matorral que rodea el nido y que, caso verdaderamente insólito entre las aves, pueden volar a las pocas horas de edad.

 

¿Estudias o diseñas?

Antes de abandonar el rico mundo de las aves constructoras, vamos a abordar el último caso que no destaca ni por su estructura ni por el mecanismo del funcionamiento del nido. Señalemos algunas aves que, a nuestro juicio, merecen figurar en este artículo sobre animales especiales por su carácter fabril, simplemente… por su gusto artístico.

Los tilonorrincos son, sin duda, los artistas más notables del mundo de las aves. Los machos construyen elaboradas estructuras decoradas con objetos de los más variados colores y procedencia: frutas, bayas, hongos, latón, trozos de plástico, flores, minerales… Todo tiene cabida en esta parcela que únicamente posee la función de lugar de cortejo. La hembra construirá el nido, muy discreto, en un lugar aparte.

Conocidos también, por este afán paisajístico, como pájaros jardineros o de glorieta, despejan un terreno, generalmente en el claro de un bosque. En el centro arman una especie de casa con ramitas y pajas, que algunos de estos decoradores naturales llegan a acicalar como auténticos profesionales de la pintura. Recogen pigmentos naturales (resinas, polen, barros, etc.) que untan en sus coquetos terrenitos, con el pico o con alguna rama usándola como si fuera un pincel. Increíble. La mezcla hecha con tierra y ceniza es, pues, amasada y extendida con un poco de algodón o liquen. El resto del terreno lo adornan con objetos de colores y brillantes; pueden ser caracoles, flores u objetos de plástico, si están cerca de un centro urbano. Al lugar invitan a hembras y a otros machos, realizando reuniones y danzas. Aunque deben tener mucho cuidado con los invitados. No es extraño que algún macho despabilado hurte, de manera descarada, algún objeto que sea el que, según sus cánones, encajará a la perfección en ese rincón de su propia parcela, que aún no ha quedado completamente a su gusto.

Estudios recientes vienen a demostrar que este arte no es «por instinto». Se trata simplemente de aprendizaje. Los tilonorrinco machos jóvenes comienzan con parcelas pobres, que poco a poco mejoran, a medida que ganan experiencia con el trabajo y observando las glorietas de algunos vecinos con más éxito entre las damas.

Rechonchos, con fuertes pies y picos pesados, de un tamaño que va desde el de un estornino al de una corneja, estos pájaros resultan muy efectivos a la hora de encandilar a su pareja. O más bien, deberíamos decir parejas, dado que los machos expertos sacan todo el provecho que pueden al tiempo invertido en la fabricación de sus jardines. La mayoría son todo lo promiscuos que las ocasiones les brindan, y se aparearán con tantas hembras como puedan atraer a este apartamento de soltero. Una vez cubiertas, el tilonorrinco no quiere saber nada más, y la hembra marchará a algún lugar escondido a encargarse de la puesta, incubación y cría, completamente sola.

También es muy curioso que los tilonorrincos más adúlteros sean los más longevos. Tardan siete años en adquirir su coloración adulta y, al menos en el caso de los tilonorrincos satinados (Ptilonorhynchus violaceus), los nidos son usados durante casi cincuenta años.

 

Pelos y piel

Terminado nuestro rápido vistazo dentro del reino de las aves —esperamos que con alguna sorpresa—, toca ahora adentrarnos en el no menos complejo mundo de las habilidades de los mamíferos. No obstante, deberemos decir que para ellos habrá poco espacio. No porque carezcamos de ejemplos, sino porque quizás sean los más conocidos, y ahondar en lo ya visto no es la intención del artículo.

Verdaderamente, los cerebros y comportamientos de los mamíferos son los más complejos, aparentemente, del mundo animal. Pero eso no debe llevarnos a engaño. No hay nada que un mamífero haga, que no encuentre su paralelo en algún representante de otro grupo.

 

Mañosos por naturaleza

Por ejemplo, el uso de herramientas, algo completamente impensable en la biología decimonónica, se descubrió entre los chimpancés primero, y después en solo otro representante mamífero, la nutria marina. El hombre dejó de ser el único en manipular su medio ambiente para utilizarlo a conveniencia, y eso significó, forzosamente, un replanteamiento —otra vez— de qué es lo que realmente nos define como humanos.

Efectivamente, los chimpancés gustan de completar su dieta con proteínas animales, la mayoría de las veces termitas. Recientemente, muy recientemente, se ha comprobado que organizan partidas de caza en grupo, con estrategias y celadas a los pobres colobos que les suelen servir de alimento, y por los cuales literalmente se pirran. Pero las termitas están más a mano en la selva donde viven, y el esfuerzo por conseguirlas es menor. Ahora bien, para llegar al interior de sus termiteros, no pueden utilizar ni sus dedos, ni sus lenguas, más aptos para otros usos. La solución la encontraron, no se sabe ni cómo ni cuándo, utilizando ramitas.

No es la única forma en que los chimpancés (Pan troglodytes y P. paniscus) fabrican y utilizan herramientas. De hecho, estos simios emplean muchos más instrumentos para resolver más problemas que ningún otro animal conocido… aparte de nosotros mismos. No solo son capaces de imitar conductas humanas, caso comprobado también entre los orangutanes, gorilas y algún otro mono, como clavar puntillas con un martillo, utilizar un peine o un cepillo de dientes para higienizarse. Tribus enteras de chimpancés en libertad son capaces con asiduidad de fabricar utensilios con los que afrontar las vicisitudes de sus vidas diarias.

En general, los útiles fabricados por chimpancés salvajes pueden clasificarse en tres grupos: varitas, martillos y esponjas. Aunque otros animales, que mencionaremos a continuación, son capaces de realizar algo parecido, el chimpancé difiere sensiblemente de ellos en que modifica las herramientas a su gusto, para conseguir adaptarlas a su función, cosa que hacen antes de utilizarlas. Manipulan y trabajan con ellas como si tuviesen una idea preformada de qué tipo de instrumental precisan.

Las varillas, las herramientas más empleadas, sufren antes de ser usadas dos y hasta tres manipulaciones en más del 90% de las ocasiones. Varias clases de comidas son las que se obtienen a raíz del uso de las varillas. Por ejemplo, los chimpancés preparan unas varas suaves y resistentes con ramas de 60 a 70 cm de largo, que introducen en el nido abierto de las hormigas legionarias. Las hormigas empiezan a trepar por ellas, y se las comen antes de que tengan ocasión de que les piquen. Para saquear los termiteros, pelan tallos herbáceos, que son más flexibles, y se adaptan mejor al interior de los termiteros. Al hacerlo, los termes soldados muerden la hierba y quedan enganchados el tiempo suficiente para que el chimpancé se los coma. Las varas rígidas también son empleadas para agrandar hormigueros y llegar a las hormigas melíferas, que saborean con sumo deleite, o a las arbóreas. Algunas poblaciones utilizan las varillas para extraer mejor el tuétano de los monos que cazan, cosa que no saben hacer otros grupos de chimpancés.

Los martillos y yunques suelen ser troncos y ramas —aunque también piedras de tamaño y forma adecuados—, cuya longitud ajustan los animales para lograr un empleo más eficaz. Resultan muy útiles para chascar nueces o acceder al interior de huesos robustos. Boesch había comprobado en sus observaciones que los chimpancés recogen piedras grandes distintas (cuarzo, granito y otras) y las llevan donde crecen los árboles que producen las nueces (de la especie Panda oleosa). Luego, recogen las nueces y las sitúan sobre una raíz de árbol (el yunque), que golpean con una piedra (el martillo). La tecnología es necesaria porque estas nueces son muy duras. Un chimpancé puede llegar a abrir cien nueces en un día y está demostrado que las crías tardan hasta siete años en aprender esta técnica.

El instrumento de uso más curioso es quizás la esponja. Realizada con cortezas u hojas masticadas, son utilizadas para beber, y, caso muy interesante, para el acicalamiento personal.

No son solo herramientas lo que usan. Quizás tengan en exclusiva dentro del reino animal el manejo de armas. Los machos adultos gustan de exhibirse, en solitario o en sus partidas guerreras o de caza, mediante el lanzamiento de palos, ramas y piedras de hasta 4 Kg de peso. En una de estas «exhibiciones» de fuerza, pueden llegar a arrojarse hasta cien piedras, y otros individuos deben cuidarse mucho de no resultar golpeados. Durante un episodio de caza, fueron vistos verdaderos misiles: un macho golpeó a un jabalí desde cinco metros de distancia, asustándolo tanto, que le hizo huir, y el chimpancé pudo capturar sus crías para comérselas.

Si queremos buscar algo semejante, hay que hacerlo en un animalito más simple que un simio. Se trata de un tipo de pinzón de las Galápagos. Este pajarillo, poco más grande que un gorrión, se alimenta de los insectos xilófagos (que se alimentan de madera) que tiene que atrapar con un pico rechoncho, cónico, completamente inapropiado para esta cuestión. Tampoco se sabe ni cómo ni cuándo, pero para ello utilizan espinas. Arrancan púas lo suficientemente largas, que sujetan fuertemente entre su pico, y con las que hurgan meticulosamente en las galerías donde se mueven los gordos gusanos de los que se alimentan, que suelen vivir confiados a buen recaudo dentro de algún tronco semipodrido.

 

Terapia de grupo

Conviene ahora señalar un experimento bastante interesante realizado con unos macacos japoneses. Para estudiar su comportamiento, se les suministró batatas, granos y otros alimentos, que fueron depositados en las playas donde habitan. Los monos apreciaron el regalo, y rápidamente engullían todas las viandas, a pesar de la incomodidad de hacerlo con las mismas completamente embadurnadas de arena. Pero hubo uno más listo que los demás. Un ejemplar, hembra para más datos, aprendió a coger las batatas y a llevarlas a la orilla del mar, donde las olas se encargaban de dejarlas limpias, y sazonadas con un regustillo salado que las hacían más apetecibles. Con los granos tuvo que utilizar otro método. Comprobó que el batir del agua dispersaba las semillas, y se perdían en el mar. Entonces inventó otro camino para no llenarse la boca de tierra. Excavaba agujeros que se llenaban con el agua del subsuelo. Allí introdujo los granos, y tranquilamente pudo degustarlos, limpios y bien sazonados. Poco después toda la banda de macacos utilizaba el mismo sistema. Lo curioso vino luego. Alcanzado cierto número de ejemplares que aprendieron una determinada técnica, en este caso el lavado de la comida, otras bandas de monos de islas cercanas, que jamás tuvieron contacto con el grupo objeto del estudio, comenzó a hacer lo mismo desde la primera vez que los investigadores suministraron el alimento.

Este curioso fenómeno se conoce como el de «población crítica». Sin saber por qué, si un grupo de individuos suficientemente numeroso de alguna especie animal aprende algo nuevo, inmediatamente congéneres suyos, que nunca han tenido contacto con ellos, adquirirán también la nueva técnica, aunque no la hayan practicado jamás. Quizás la idea del «alma grupal» entre las especies animales, que sostiene la doctrina esotérica, no sea tan descabellada, al fin y al cabo.

No hemos terminado con los mamíferos. Sígannos en esta apasionante aventura y descubrirán más secretos de, por ejemplo, nutrias y castores.

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