Culturas — 1 de febrero de 2022 at 00:00

Molière: 400 años haciéndonos reír

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Molière

Se reconoce a cuatro «grandes» del teatro moderno, que nos hacen deleitarnos con su genialidad: Calderón, Shakespeare, Lope y Molière; de ellos, si tenemos que elegir a un genio de la comedia, la farsa y la tragicomedia, sin duda sería Molière.

Este año se cumplen 400 años del nacimiento de Jean-Baptiste Poquelin, nombre verdadero de Molière y comediante de Luis XIV, el Rey Sol. Molière reflejó en sus obras las nuevas costumbres más relajadas de las normas sociales y de galantería (que el rey quería imponer y que la corte asumió con rapidez: la urbanidad y la galantería, la forma de tratar el amor, el derecho de la mujer a elegir marido y a no ser casada por intereses económicos familiares). Estas críticas se pueden ver en obras como Tartufo (carga contra la hipocresía religiosa, por lo que fue prohibida durante cinco años), Don Juan, El burgués gentilhombre, El médico a palos, etc. Molière escribe en verso, casi todos sus personajes son de su época y su diálogo es natural a la vez que ingenioso.

Comenzó a utilizar el nombre de Molière posiblemente para evitar la deshonra que podía suponer para su padre tener a un actor en la familia, ya que ser actor, durante muchos años, fue una profesión denostada, llegando incluso a prohibirse que los actores pudieran ser enterrados en terreno sagrado. Se relacionó con el círculo del filósofo epicúreo Pierre Gassendi y de los libertinos Chapelle, Cyrano de Bergerac y D’Assoucy. En 1643, fundó L’Illustre Théâtre.

Moliére

En 1650 tuvo la oportunidad de presentar obras ante el rey Luis XIV, el cual se aburrió ante su tragedia, pero la farsa le divirtió. El dramaturgo descubrió que tenía más talento para la comedia y así comenzó a aumentar su reputación.

Se dice que, en el texto dramático, en su desarrollo, la tragedia va del bien al mal y la comedia del mal al bien (una comedia como El avaro de Molière comienza mal y termina bien). La comedia consiste en deshacer todo lo que comienza mal. Aristóteles insiste en que en la tragedia los personajes no son ni totalmente buenos ni totalmente malos, y se suele obtener una compensación kármica inmediata. Lo que nos estremece es que una persona que no es mala sufra… El hombre conoce el bien y el mal, pero tiene fuerzas opuestas que nos hacen equivocarnos (el error, «amantia»). El reconocimiento de ese error suele darse también en los textos trágicos («anagnorisis»), que suele ser el momento de máxima tensión. Molière maneja estos conceptos magníficamente, llevándonos a un clímax donde la farsa se convierte en una delicia.

Recordemos que la raíz de los verbos creer y crear provienen del mismo origen. En tanto que creamos un personaje creemos en él. Sin necesidad de pensar que somos lo que hemos creado, Molière crea sus personajes en situaciones absurdas, pero consigue que sean totalmente creíbles, demostrando una genialidad fuera de lo común.

Su vida terminaría encima de un escenario en 1673, cuando estaba representando El enfermo imaginario. Vestía de verde en aquel momento y desde entonces se dice que trae mala suerte que los actores vistan este color.

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