Culturas — 1 de septiembre de 2021 at 12:00

La última aventura de Ulises: Dante y la Odisea

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Ulises: Dante y la Odisea

«Considerad cuál es vuestra progenie: hechos no estáis a vivir como brutos, mas para conseguir virtud y ciencia» (vv. 118-120, Canto XXVI del Infierno, la Divina comedia).

En el canto XXVI del Infierno, Dante, acompañado del poeta Virgilio, se adentra en el círculo VIII, el de los falsarios y embusteros. Luego de haber hecho sus habituales alusiones políticas tanto a la corrupción de Florencia como a sus rivales políticos, observa, envueltos en una misma llama, a Ulises y Diomedes.

Recordemos que anteriormente, en el canto IX del Infierno, Dante nos ha avisado de que hay en su obra un sentido profundo y doctrinal según el cual la interpretación literal de sus palabras sería un error, y que para conocer el significado profundo de su doctrina se debe ir más allá. A este respecto, Apuleyo, en su novela esotérica escrita en el siglo II d. C., El asno de oro o las Metamorfosis, cuenta que el iniciado en los misterios de Isis levantaba su velo para ver la verdad más allá de las meras apariencias.

Asimismo, en otra de sus obras, el Convite, nos declara que todas las escrituras, y no solo las sagradas, pueden y deben interpretarse según cuatro sentidos, a saber, literal, alegórico, moral y anagógico, siendo el último aquel por el cual podemos ver realidades y acontecimientos en su significación eterna, entendiendo que lo que vemos acontecer o se nos cuenta es la sombra terrestre de un arquetipo o modelo celeste. De esta forma, Dante, al escribir la Divina comedia, no busca solo desarrollar la doctrina eclesial sobre el destino del alma después de la muerte, sino también la transmisión de enseñanzas morales y alegorías, así como un sentido poético o anagógico (del griego poiesis, producción o creación) a su magna obra.

Por otro lado, no podemos separar al poeta de su época y de su lugar. Dante escribe y vive a caballo entre los siglos XIII y XIV, cuando la Iglesia católica se halla en el esplendor de su poder dominando territorios, conciencias y voluntades y extendiendo su influencia por todas las ramas de la sociedad sin dar pie a la libertad de conciencia ni muchísimo menos a interpretaciones doctrinales que se alejen de la lectura oficial de las sagradas escrituras propuesta por la curia romana, so pena de destierro, cárcel o la misma muerte en la hoguera por medio de la Inquisición.

Todo esto debe tenerse en cuenta si queremos interpretar la obra de Dante en un sentido filosófico y no solo quedarnos con el placer estético, pues ya hemos visto que se puede interpretar en varios sentidos y que no todo es claro o manifiesto en su poema, pues si así lo fuera no quedaría lugar para la inspiración poética ni para el sentido anagógico, y se perdería la intuición del arquetipo.

Así pues, Dante y Virgilio se adentran en el círculo VIII, siguiendo un camino difícil, pues para avanzar por él necesitan usar los pies y las manos para no tropezar y caer por los numerosos escollos y piedras que se encuentran. Recordemos que este círculo es el de los falsarios, los que no respetan su palabra, los que por la mentira hacen todo falso e inseguro, volviendo difícil el tránsito diario en la existencia por la falta de confianza.

De esta forma, Dante nos hace entender metafóricamente que debemos ser veraces y rectos en nuestro comportamiento diario, tanto en las cosas grandes como en las pequeñas. Incluso al ver el espectáculo de las llamas ardientes donde se consumen los embusteros, tiene que agarrarse a una roca para no caer al precipicio que se abre ante él. Los falsarios arden eternamente consumidos por el fuego provocado por las mentiras que dijeron y las trampas que hicieron durante su vida en la Tierra. Unas de las llamas atrae su atención, y le pregunta a su mentor quiénes son; este le dice que se encuentra ante las almas de Ulises y Diomedes, que tantas hazañas realizaron juntos en la guerra de Troya, tales como la del robo del paladión, o la artimaña del caballo de madera para introducirse en la ciudad y conquistarla.

Ulises era el prototipo del falsario en la Antigüedad clásica, pues gracias a sus astucias y artimañas se logró tomar la ciudad, animando continuamente a sus camaradas de armas para que no se desanimasen ni cejasen en su esfuerzo, logrando finalmente la victoria. Sin embargo, para volver a su reino de Ítaca tarda más de diez años, pues el dios Poseidón, protector de Troya, le obliga a pasar por múltiples pruebas y vicisitudes para regresar al hogar. En la simbología tradicional, el mar y Poseidón, su regente, representan las pasiones. Así pues, su vuelta a Ítaca dura diez años no por el capricho de un dios, sino por tener por guía las pasiones y el afán de aventura, que como veremos causará su perdición final.

Una vez reconquistado su reino, antes de volver al hogar debe viajar a pie con un remo al hombro hasta que en algún lugar le pregunten qué hace cargado con un aspa de molino (ya que no reconocen el remo, es decir, no reconocen los instrumentos ni las artes de navegación; es decir, desconocen el mar). Por lo tanto, Ulises habría llegado al lugar donde las pasiones ya no existen, al empíreo celeste.

Muy posiblemente, Dante no habría leído la Odisea, ya que no conocía el griego. Sin embargo, tendría conocimiento de Ulises gracias a las Metamorfosis de Ovidio o a la Eneida del mismo Virgilio, que con total seguridad habría leído y estudiado. Entonces Dante le pide a su mentor Virgilio hablar con ellos; este se lo concede, pero le pide que reprima su lengua. Dante no debe hablarles directamente, pues «se mostrarán esquivos, por ser griegos, a tus palabras» (v. 75). No parece que sea por un problema de lenguaje, como algunos comentaristas señalan. Más bien hay que interpretar el inmenso respeto que tiene Dante al gran viajero de la Antigüedad, Ulises, pues este ha realizado múltiples periplos mientras que aquel apenas está comenzando su viaje de ultratumba. Entonces, como muestra de respeto, se comunicará a través de Virgilio. Hasta este último les pide permiso diciéndole si merece hablarles, «por haber escrito altos versos en el mundo» (vv. 82-83).

Entonces Ulises le cuenta que su «ardor interno por conocer el mundo y el vicio y la virtud de los humanos» (vv. 97-99) pudo con el amor filial y el cariño al hogar y a su esposa, de manera que, con un simple barco y unos pocos fieles que nunca le dejaban, se lanza a recorrer el mundo traspasando las columnas que erigió Hércules «para que el hombre más allá no fuera» (v. 109). Para cruzarlas y darles ánimos a sus hombres, les arenga brevemente con los versos que encabezan este artículo, de manera que ni él mismo, nos cuenta Dante, hubiera podido ya detenerlos.

Debe tenerse en cuenta que Dante probablemente se inspiraría para su fábula en la leyenda de la Antigüedad que situaba la fundación de Lisboa en los viajes realizados por Ulises durante su odisea, así como en la existencia de unas Islas Afortunadas (hoy conocidas como islas Canarias) en el océano Atlántico.

Así pues, cruzan el estrecho de Gibraltar y se dirigen al poniente, orientándose siempre hacia la izquierda, es decir, hacia el sur. Ven cinco veces apagarse y encenderse la luna (es decir, viajan durante cinco meses), notando que las estrellas que les guían son extrañas, pues las usuales en el norte apenas se les hacen visibles sobre el horizonte. Finalmente, avistan una montaña, «cual nunca hubieran visto monte alguno» (v. 135). Se alegran de la visión, pero un torbellino de agua se levanta y golpea el barco haciéndolo girar tres veces en las aguas y, finalmente, a la cuarta lo engulle tragándose a todos sus tripulantes. En el primer canto del Purgatorio, Dante nos hará saber que esta misteriosa montaña es el mismo Purgatorio, situado en las antípodas del mundo y estando vedado su pie a los mortales.

Nótese el conocimiento que tiene Dante de la esfericidad de la Tierra, conocimiento que no era común en su época, pues las enseñanzas oficiales aprobadas por la Iglesia decían que el mundo terrestre era plano. Confirma la esfericidad del orbe el cambio del cielo estrellado en el hemisferio sur, así como las informaciones geográficas, pues nos dice que este hemisferio esta cubierto de agua, y la ciencia moderna corrobora que las cuatro quintas partes de las tierras emergidas se encuentran en el hemisferio norte.

Ciertos exégetas de la Divina comedia hacen hincapié en que Ulises ha sido castigado por su orgullo de querer conocerlo todo, y está condenado en el infierno por su afán desmedido de conocimiento y aventura, ya que Dante sí pisará y atravesará la montaña del Purgatorio guiado y aleccionado por su mentor Virgilio, siguiendo las indicaciones que le dio Beatriz, la amada fallecida de Dante y su guía en el último cántico del poema, el del Paraíso. Recordemos que el mismo Dante era teólogo… y que tenía que plegarse a las creencias de su tiempo.

El poeta lisboeta Fernando Pessoa, más de quinientos años después y haciéndose eco de una frase del romano Pompeyo («navegar es necesario, vivir no es necesario»), supo captar, en el siguiente poema, el verdadero espíritu que animó a Ulises, el espíritu de superación, de conocimiento y experiencia para transmutarla en sabiduría.

Para terminar, espero animar al lector a comenzar la lectura de la Divina comedia, invocando previamente, eso sí, a la musa Polimnia, la de los cantos sagrados y la poesía sacra, la que seguro que inspiró a Dante su inmortal obra.

Navegantes antiguos tenían una frase gloriosa:

«Navegar es preciso; vivir no es preciso».

Quiero para mí el espíritu de esta frase, transformada

la forma para casarla con lo que yo soy; vivir no

es necesario; lo que es necesario es crear.

No cuento gozar mi vida; ni en gozarla pienso.

Solo quiero tornarla grande, pese a que para eso

tenga que ser mi cuerpo y mi alma la leña de ese fuego.

Solo quiero tornarla de toda la humanidad; pese a que para eso

tenga que perderla como mía.

Cada vez más así pienso. Cada vez más pongo

en la esencia anímica de mi sangre el propósito

impersonal de engrandecer la patria y contribuir

a la evolución de la humanidad.

Es la forma que en mí tomó el misticismo de nuestra raza.

 

Fernando Pessoa

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