Sociedad — 1 de septiembre de 2021 at 12:00

Comentarios a la Monarquía de Dante, Libro I

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Monarquía de Dante

En 1311 el escritor Dante Alighieri, también conocido como «el poeta supremo», escribió De Monarchia, un tratado en el que expondría sus ideas políticas y que es un reflejo de su filosofía, a caballo entre el pensamiento medieval y el floreciente Renacimiento. A pesar de que normalmente escribía en italiano —no en vano es considerado el padre de este idioma—, esta obra fue escrita en latín, tal vez con la intención de favorecer su difusión y hacer llegar su contenido a gran parte de los intelectuales de la época.

La obra, que fue escrita durante su exilio en Rávena, está dividida en tres libros. En el primero, expone la necesidad de una monarquía universal autónoma e independiente que garantice la unidad y la paz, bajo la dirección de un gobernante único que él llama monarca. El segundo está dedicado a la defensa de la legitimidad del derecho al Imperio. Y en el tercero y último afirma que la autoridad del monarca es divina y que no está sujeta al papa, retomando así una idea, la de la separación Iglesia-Estado, que se originó a principios del siglo XI con el Cisma de Oriente. El Renacimiento, del que Dante es precursor, se encargaría de hacer resurgir este concepto que se consolidaría más tarde, durante la época de la Ilustración.

La corrupción e intrigas que imperaban entre la clase gobernante de su época —de las que él mismo fue víctima— sirven como acicate para que Dante exponga, en esta obra, las cualidades que debería tener un buen gobernante. El ideal de Dante sobre el político ideal, que sería por encima de todo un servidor del pueblo, se asemeja en muchos aspectos al rey filósofo de Platón o al hombre Ju de Confucio.

Así como en el ideal político de Confucio el orden es la piedra angular en la que descansa toda la sociedad de individuos y hace que el Gobierno se vuelva innecesario al ser, cada individuo, capaz de gobernarse a sí mismo; en la Monarquía de Dante encontramos la idea de que primero es necesario gobernarse a uno mismo para poder, después, gobernar a los demás: «Quien está más capacitado para gobernar es el que mejor puede disponer a los otros, pues en toda acción lo que ante todo procura el agente, ya sea por exigencia de su naturaleza, ya voluntariamente, es reproducir su propio modo de obrar»[1]. Y esta forma de relacionarse con los demás, basada en la ética y la justicia, es la que reconoce como propia del monarca[2]: «Quien quiera conducir óptimamente a los demás, que se conduzca él de la mejor manera posible. Pero únicamente el monarca puede estar muy bien dispuesto para gobernar»[3].

Para el maestro Kung[4], el gobernante debe ser el más apto, el más virtuoso, aquel que sepa actuar en todo momento con el don de la oportunidad para así despertar en los ciudadanos el sentido de la autoconciencia. O sea, el gobernante es aquel que sabe crear un escenario ideal para que cada uno dé lo mejor de sí mismo. En términos semejantes se expresa Dante cuando afirma que «el monarca es quien puede estar mejor dispuesto para gobernar, pues es quien entre todos conserva con mayor firmeza el juicio y la justicia, virtudes ambas que convienen de modo principalísimo al legislador y al ejecutor de la ley»[5].

Como escenario ideal para el desarrollo de una sociedad justa y equilibrada, Dante expresa en su Monarquía que es necesaria la paz y la tranquilidad para que el ser humano se realice: «El género humano se encuentra en mayor libertad y felicidad en el sosiego y tranquilidad de la paz»[6], insistiendo en que solo mediante la paz el ser humano podrá realizar su propia obra. «La paz universal es el mejor medio para nuestra felicidad»[7], asevera el filósofo.

De monarquia dante
Carlomagno coronado

Para Dante es necesario que exista justicia en una sociedad, pues considera que es el camino para un buen gobierno. De nuevo encontramos un paralelismo entre el Li –el ideal político de Confucio— y la Monarquía de Dante, pues este defiende que una sociedad será más ordenada cuanto más poderosa sea en ella la Justicia. Como definición, Dante afirma que «la justicia (…) consiste en una cierta rectitud, o en una regla que rechaza lo incorrecto venga de donde venga»[8], si bien señala que puede la justicia encontrar oposición en la voluntad cuando esta no se despoja de sus apetitos (deseos). Para evitar tentaciones y que el ejercicio de la justicia pueda verse ensombrecido, el monarca (gobernante) debe ser un hombre justo y libre de deseos, ya que estos «fácilmente desorientan la razón de los hombres. Donde no hay objeto que pueda ser deseado es imposible que exista apetito, porque eliminado aquel, este no puede subsistir»[9].

Del mismo modo que Dante nos alerta sobre los peligros de dejarnos llevar por los deseos, ya que estos nos impiden actuar con justicia, también nos indica dos caminos para plasmarla: el amor recto y la caridad. Con respecto al amor, dice el poeta que «quien pueda tener el amor recto en grado máximo, puede albergar mejor en él a la justicia»[10], pues la ennoblece y perfecciona. Y en cuanto a la caridad y en contraposición a los apetitos (o deseos) que pretenden otros fines, afirma: «La caridad, en cambio, se dirige a Dios y al hombre, despreciando todo lo demás; busca, en consecuencia, el bien del hombre. Y, siendo el mayor entre todos los bienes del hombre el vivir en paz (…) y consiguiéndose esto, sobre todo y de manera especial por la justicia, la caridad será la que fortalezca a la justicia, tanto más cuanto ella sea más vigorosa»[11].

Dante defiende la libertad como camino a la felicidad, estableciendo esta libertad en el libre albedrío del ser humano y haciendo hincapié en que solo es libre aquel que basa sus elecciones en algo ajeno a sus apetitos (deseos): «Si el juicio es movido, de cualquier modo que sea, por el apetito que lo previene, no podrá ser libre, porque no es por sí mismo, sino que, como un cautivo, es arrastrado por otro. Esta es la razón de por qué los brutos no pueden tener juicio libre, porque su juicio siempre va precedido del apetito»[12].

También afirma el filósofo italiano que el fin de toda sociedad humana es la adquisición de conocimiento porque todo cuanto existe tiene una finalidad: «Está claro, por consiguiente, que la perfección suprema de la humanidad es la facultad intelectiva. Y como esta facultad no puede ser actualizada total y simultáneamente por un solo hombre (…) tiene que haber necesariamente en el género humano multitud de hombres por los que se actualice realmente esta potencia»[13].

Otra de las ideas que encontramos en este tratado es el concepto de unidad como motor para el buen funcionamiento de una sociedad. Dante sostiene que la unidad de los seres humanos es fuente del Bien mientras que el mal es la pluralidad, una idea que nos remite a la filósofa y escritora rusa Helena Petrovna Blavatsky cuando alerta sobre los peligros de la separatividad. Aunque hay que entender esta pluralidad dentro del contexto en que Dante la situaba: para el filósofo, ser, unidad y bondad se suceden, siendo el ser la potencia máxima que precede a la unidad y esta, a su vez, a la bondad. Cuanto más alejado se esté de la unidad, menos bondad existe, por lo que la pluralidad, que es lo opuesto a la unidad, no puede ser fuente de bien, sino todo lo contrario.

De monarquia Dante
Cristo corona a María

Además de unidad, Dante afirma que una sociedad necesita concordia, siendo esta «el movimiento uniforme de muchas voluntades»[14]. La voluntad es, por tanto, la raíz de la concordia. Para el poeta, una sociedad «concorde» es aquella en la que las voluntades de sus individuos se mueven hacia un mismo fin. Es decir, para que exista concordia tiene que haber unión real entre los individuos, un punto de encuentro entre la diversidad: «El género humano es una especie de concordia cuando se encuentra perfectamente, porque así como un solo hombre cuando se encuentra en perfectas disposiciones de alma y de cuerpo es una forma de concordia, y lo mismo una casa y una ciudad y un reino, así también lo es todo el género humano; luego el mejor estado del género humano depende de la unidad que se da en las voluntades»[15].

A lo largo de todo este primer libro, encontramos continuas referencias a que el gobernante debe tener, ante todo, una actitud de servicio. Pero no puede ser un servidor más, sino el «servidor de todos»: «No son los ciudadanos para los cónsules, ni los pueblos para el rey, sino al contrario, los cónsules para los ciudadanos y el rey para su pueblo; porque, del mismo modo que no se hace el gobierno para las leyes, sino más bien estas para aquel, así también los que viven de acuerdo con la ley no se ordenan al legislador, sino que más bien es este el que está en función de aquellos»[16].

Dante, como antes otros grandes filósofos como Platón o Confucio, basa el ideal de la política en la virtud, el orden, la unidad y la autoconciencia. La premisa de que una sociedad justa comienza primero con individuos justos se hace realidad en este tratado. No importa qué nombre se le dé al gobernante: monarca, Ju o rey-filósofo; lo verdaderamente importante es que este reconozca en la política una misión y un deber. En una sociedad como la nuestra, donde los gobernantes no se preocupan por el bien público ni por el pueblo, sino por enriquecerse a sí mismos y que ponen por encima del bien del Estado el bien de sus partidos, con lo cual, el ideal al que sirven no es el bien general, sino el particular de cada uno, llama poderosamente la atención el pensamiento de Dante cuando afirma que «quien instruido en la doctrina política no se preocupa de contribuir al bien de la república, no dude de que se halla lejos del cumplimiento de su deber»[17].

[1] Pág. 28, cap. XIII, Libro I. Monarquía, editorial Tecnos.

[2] Término semejante al Aristos griego o al hombre Ju de Confucio.

[3] Pág. 28, cap. XIII, Libro I. Monarquía, editorial Tecnos.

[4] Como también es llamado Confucio.

[5] Pág. 28, cap. XIII, Libro I. Monarquía, editorial Tecnos.

[6] Pág. 21, cap. IV, Libro I. Monarquía, editorial Tecnos.

[7] Ídem.

[8] Pág. 25, cap. XI, Libro I. Monarquía, editorial Tecnos.

[9] Pág. 26, cap. XI, Libro I. Monarquía, editorial Tecnos.

[10] Ídem.

[11] Ídem.

[12] Pág. 27, cap. XII, Libro I. Monarquía, editorial Tecnos.

[13] Pág. 21, cap. III, Libro I. Monarquía, editorial Tecnos.

[14] Pág. 30, cap. XV, Libro I. Monarquía, editorial Tecnos.

[15] Ídem.

[16] Ídem.

[17] Pág. 19, cap. I, Libro I. Monarquía, editorial Tecnos.

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