Diciembre 2020

Mala farma, de Ben Goldacre

Escrito por  Sara Ortiz
Mala farma, de Ben Goldacre Mala farma, de Ben Goldacre

Mala farma es un libro para la divulgación de la ciencia médica y la denuncia de la mala praxis en la industria farmacéutica. Con un lenguaje asequible y de forma documentada, desvela el sufrimiento y las muertes causados por unas empresas y un sistema sanitario a los que confiamos nuestra salud.

El autor, Ben Goldacre, doctor en Medicina y Psiquiatría, se une a otros médicos de renombre, como Peter C. Gotzsche o Allen Frances, que también han escrito sendos libros, Medicamentos que matan ¿Somos todos enfermos mentales?, para constituir un «yo acuso público» frente a la manipulación de la opinión pública.

Sinceramente preocupado por el futuro de la ciencia médica y su praxis, el autor estudia críticamente la actuación de las empresas farmacéuticas que ofrecen formación académica interesada y parcial a los médicos, realizan ensayos con sesgos metodológicos e interpretativos y ocultan las pruebas cuyo resultado no es favorable a la comercialización de un medicamento. El libro demuestra que «los tests de los fármacos los llevan a cabo quienes los fabrican con ensayos mal diseñados sobre un número de participantes reducido, con metodología errónea, exagerando beneficios y ocultando o distorsionando datos no favorables» (Goldacre, 2012, pos 35). Pero no es un ataque exclusivo a este sector industrial; también analiza los fallos en todo el sistema y propone soluciones y sugerencias para mejorarlo.

El primer capítulo va a la causa del problema, la falta de datos correctos. Los ensayos clínicos son una práctica habitual, pero si no se llevan a cabo debidamente o no se publican, son perjudiciales. Y esta es la situación actual que muestra Goldacre, en la que la inteligencia no nos libra del error, porque partimos de mala información.

Un primer problema es que solo llegan a publicarse la mitad de los ensayos, y los que tienen resultados negativos tienen el doble de probabilidades de desaparecer. Ya Francis Bacon explicó en 1620 que muchas veces nos engañamos al recordar solo las ocasiones en que algo dio resultado, olvidando los fracasos. Así la evidencia sufre un sesgo cuyo objetivo, cuando no peca de ingenuidad, es maximizar los beneficios económicos o curriculares. Los ensayos publicados son casi siempre positivos. Pero, en medicina, esta actitud trae graves problemas. Goldacre cuenta que, como médico, perjudicó a un paciente porque los efectos secundarios de un medicamento no se publicaron.

La ocultación de datos de ensayos clínicos, además, defrauda el convencimiento implícito y explícito que tienen los voluntarios de los ensayos de que los datos se utilizarán para mejorar el tratamiento de futuros pacientes. Los contratos no pueden tener restricciones o cláusulas «mordaza» que impidan su publicación.

Datos incorrectos

Un segundo problema son los datos incorrectos. Destaco un trabajo de 2010 relativo a cinco clases principales de fármacos, que demuestra que el 85% de los estudios financiados por la industria son favorables al fármaco, frente al 50% de los financiados por el Gobierno. En ocasiones, los ensayos están mal diseñados, comparados con dosis inadecuadas de otros medicamentos, terminados antes de tiempo en cuanto arrojan datos aceptables. Uno de los muchos ejemplos que documenta es la historia del Tamiflu. La empresa Roche usó argumentaciones espurias para lograr comercializar en exclusiva con los Gobiernos. Este medicamento ha representado un enorme gasto mundial sin que se hayan demostrado las evidencias de su efectividad.

Otro problema es que los organismos oficiales de control supeditan el bienestar de los pacientes a los intereses comerciales de las farmacéuticas, no entregando los ensayos para una revisión sistemática. La tardanza intencionada de la EMA (European Medicines Agency) en la entrega de los ensayos de dos medicamentos para adelgazar generó situaciones tan angustiosas que hacen difícil continuar con la lectura del libro. En 2009 se retiró uno de esos fármacos, el rimonabat, debido al aumento del riesgo de problemas psiquiátricos y suicidios.

El segundo capítulo se centra en el proceso de desarrollo de un fármaco. Dejando de lado las pruebas con animales, que quizás merecería un capítulo o un libro aparte, se focaliza en las pruebas con seres humanos. El autor se pregunta quiénes son esos valientes altruistas con fe ciega en la ciencia y en los organismos reguladores de los ensayos que se ofrecen como voluntarios. Las pruebas las realizan las organizaciones de investigación clínica a personas «sin techo», o en países donde la mano de obra es más barata y/o la legislación más laxa, sin comités deontológicos o necesidad de «consentimiento informado». Justamente aquellos países que no podrán permitirse pagar esos fármacos y beneficiarse de sus bondades.

El tercer capítulo trata de los organismos reguladores encargados de autorizar la comercialización del fármaco y las presiones que sufren por parte de la industria. Sobornos, amistades que se establecen para conseguir prebendas, conflictos de intereses, funcionarios y políticos contratados por las farmacéuticas en cargos de consejero delegado para pagar los favores hechos en sus cargos públicos, etc. Lo terrible es que ningún caso llega a los tribunales. Además de cuestiones técnicas sobre la normativa para las autorizaciones, donde en muchas ocasiones solo hay que demostrar que un fármaco es mejor que nada, sin tener en cuenta efectos adversos.

En el cuarto capítulo nos desmonta la imagen de que la investigación es siempre de alto nivel, con mucha rigurosidad y todos los avances disponibles a su servicio. Se incurre en irregularidades básicas, tanto de metodología como de análisis, tanto por exagerar los beneficios como por restar importancia a los efectos adversos observados. De entre los errores metodológicos, está el escoger pacientes «ideales» en lugar de «reales», es decir, que no presentan los riesgos de la enfermedad que trata el medicamento.

Los errores de análisis tienen que ver con la versatilidad de la estadística. Aun recopilando datos de resultados legítimos, los resultados varían en función de cómo se agrupan, de los umbrales que se escogen; incluso, como apunta el autor, hay tratamientos que mejoran según el día de la semana en que había nacido el paciente. El buen humor del autor es el contrapunto necesario para datos tan crudos.

Publicidad

El capítulo cinco, dedicado al marketing, es el más extenso. ¿Cómo convierten las farmacéuticas a gente con molestias en enfermos crónicos? Con publicidad. El proceso llamado medicalización es vender la idea de que un problema complejo es una enfermedad tratable con fármacos. Hay páginas web que, con diez preguntas, diagnostican el nivel de riesgo de una enfermedad. Se sabe que la gente consulta cada vez más en Internet para evitarse tener que esperar la conclusión del médico, quien, por cierto, para poder dar su diagnosis ha tenido que formarse durante más de cinco años. Los pacientes solicitan la medicación anunciada, con el grave riesgo que ello supone. La publicidad directa del consumo de fármacos se ha ido prohibiendo en casi todos los países. Para superar este obstáculo, las farmacéuticas sustituyen la publicidad directa por publicidad encubierta en películas, entrevistas a actores, etc.

¿Alguna vez os habéis preguntado cómo decide el médico lo que debe recetar? ¿Conoce todos los medicamentos que hay en el mercado, sus bondades y efectos secundarios? ¿Tiene un eficiente algoritmo que contrasta la inmensa base de datos con nuestro historial y nos ofrece el más adecuado? No. Aquí entra la figura del visitador médico. Ben Goldacre es muy crítico con ellos; están preparados por el departamento de publicidad para convencer a los médicos de que receten sus medicamentos, para lo cual tienen la consigna de entregar obsequios de diversa índole (objetos, comidas, viajes...). Goldacre sugiere obligar a médicos, revistas y asociaciones a sacar a la luz a quienes les financian, porque dice irónicamente que «la luz solar es un gran desinfectante». El paciente debe saber si su médico es independiente y fiable.

La otra fuente de formación del personal sanitario es la misma que la población en general, publicidad engañosa en revistas y medios audiovisuales. Que los artículos en revistas los redacten empleados de las farmacéuticas nos recuerda a los famosos que buscan quien les escriba sus biografías, y esta «autoría mercenaria» se oculta bajo el aspecto de trabajo académico.

En el epílogo se responde a la pregunta: ¿qué puede hacerse ante esta situación que expone la salud a tantos riesgos? La industria farmacéutica necesita, además de buenas personas, una reglamentación adecuada. Por supuesto, hay que enmendar los delitos pasados para contrarrestar los daños que se están causando. Médicos y académicos que oculten datos deben ser suspendidos formalmente de su profesión.

El autor apoya su esperanza en la revolución social y nos pide a cada uno de nosotros el control de la práctica médica, interrogando y cuestionando a médicos, políticos y asociaciones de enfermos y denunciando las malas praxis que conozcamos. A pesar de que esto es mucho trabajo para el ciudadano, si alguien tiene derecho moral a pedírnoslo es Ben Goldacre después del trabajo de investigación y divulgación realizado. No es utópico, porque se dirige a aquellos suficientemente interesados como para llegar al final del libro. Por mi parte, si alguna vez soy paciente, pediré el certificado de registro público del ensayo en el que participe, el nombre del responsable y la garantía escrita de que será publicado antes de un año una vez concluido. No es tan difícil.

El perjuicio que la medicina causa hoy en día a la sociedad es equivalente, como mínimo, a los beneficios que conlleva. El autor pretende con su libro informar y proponer soluciones para disminuir esos perjuicios. No trata de inventar teorías conspiratorias ni pierde la fe en las personas; confirma que hay buenas intenciones, pero también mucha ignorancia acerca de la problemática de los protocolos. Siguiendo a Olivé (2004), los medios para alcanzar los fines deben ser racionales y esto es lo que falta en este sistema de ensayos clínicos. Como dice el autor, «las historias particulares nos obligan a cuestionarnos la integridad de los individuos implicados, unas enfadan y otras entristecen». El autor quiere «un mundo donde médicos y académicos puedan sentirse activamente optimistas de colaborar con la industria farmacéutica».

Todos vamos en el mismo barco: por muy rico que se sea, es imposible innovar de la noche a la mañana un nuevo fármaco o comprobar sus efectos adversos; lleva más tiempo y cuesta más dinero que el que uno pueda tener. Los médicos más caros del mundo son tan ignorantes como cualquiera, no pueden sortear los obstáculos de un sistema deteriorado. Y hay muchas enfermedades de las que todavía no sabemos el mejor tratamiento; la medicina necesita de medicamentos, y las empresas pueden producir fármacos excelentes, pero mientras no logremos desterrar la avaricia del mundo, necesitamos sistemas justos como los que propone Goldacre, que puedan corregir las debilidades de aquellos que no pueden resistirse a conseguir sus bienes con prácticas corruptas. Esta es la política comprometida con la moral y, como dice Sandel (2018), esta política es la que entusiasma y da esperanza.

Bibliografía

Goldacre, Ben (2013). Mala farma. Barcelona: Paidós.

Olivé, León (2004). El bien, el mal y la razón. México: Paidós.

Sandel, M. J. (2018). Justicia. ¿Hacemos lo que debemos? Barcelona: Penguin Random House.

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