Mayo 2008

La Dama del Cerro

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La Dama del Cerro


Los santos… Así nos llamaron los primeros campesinos que nos vieron cuando mis hermanos y yo afloramos de las ruinas de nuestro santuario en un cerro de Albacete, en la tierra que nosotros vivimos ibera y vosotros vivís española. “¡Mira, santos!”, dijeron cuando otras Damas y yo misma, y Caballeros, surgieron de la tierra removida. Y así se llamó el lugar: el Cerro de los Santos.



No soy santa, sino Dama Oferente. Estoy en un lugar sagrado donde curaban sus males los enfermos sumergiéndoles en los pozos de aguas bendecidas. Hoy simplemente diríais que son manantiales sulfato-magnesiados. No: es agua sagrada. Yo lo sé. Yo llevé allí mis ofrendas a los dioses. Ellos infundían la therapeia a los sacerdotes.

Ellos os curaban.

Nosotros, los Oferentes, los que íbamos a propiciar al dios o a agradecerle sus curaciones, no le entregábamos sangre, ni flores, ni cosa alguna perecedera: le donábamos lo que llamáis exvotos, en piedra, para que fuese eterno el regalo como eterno era nuestro agradecimiento. El fiel nos daba su ofrenda. Y nosotras, las Damas, lo entregábamos al dios. No eran sólo ofrendas por curaciones, sino por la llegada de la pubertad, el matrimonio, el triunfo en la guerra… Por eso hay en el Cerro caballitos de metal, y aros de pactos, y vasos de libaciones.

Soy importante porque soy constancia milenaria del único rito ibero verificado con absoluta certeza. Los iberos fuimos misteriosos, nos conocéis poco, vosotros, descendientes de Indíbil y Mandonio. Y a ello se une la arrasada que hicieron nuestros enemigos los romanos. Dioses os quedan pocos en el recuerdo y en los escritos: Endovélico, Noctiluca…

A ellos iban nuestras ofrendas en los santuarios de la Iberia, la Ophiusa, la Sepharad… Nombres todos de una misma tierra, la sagrada España que os legamos.

Los artistas nos retrataron hermosas, dignas, hieráticas, majestuosas, ornadas de nuestras mejores galas, casi todas portamos un vaso en nuestras manos. El Cerro de los Santos es santuario del elemento agua, y con él se ofrecía libación. Al mismo tiempo es representación del oferente en el momento mismo de su catarsis. Es el alma en nuestras manos, camino de Dios.

Imagíname. Tan concentrada en mi sagrado cometido, con el tocado que va a pasar al traje regional español, en procesión hacia el témenos, con tu alma en el vaso que presento a mi dios, a tu dios. Elevo mis manos con él, en ofrenda. Desde el fondo de la Historia, desde el fondo de la España inmortal, elevo mi copa.

Por Iberia. Por Endovélico. Por tus raíces.

Mª Ángeles Fernández

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