Septiembre 2020

Bizancio, la olvidada de Occidente

Escrito por  Sony Grau Carbonell
Bizancio Bizancio

Cuando estudié parte de la obra de Julián Marías Historia de la filosofía, me extrañó mucho el silencio del autor sobre la franja histórica, de casi un milenio, de la filosofía bizantina y sus filósofos. Creo que con una marginación injusta. Por ello, dada mi fuerte vinculación familiar con Grecia, tomo este trabajo como un homenaje reivindicativo de Bizancio, la joya usurpada de la Hélade.

Bizancio logró reconstruir, durante casi mil años, el helenismo. Eso sí, con un concepto diferente del hombre en la existencia. Para ellos, era una theocracía cristiana. Konstantinópolis, la ciudad de Constantino (polis = ciudad), se convirtió en la urbe más importante culturalmente y también en una potencia comercial de la época. Poderosa y abierta hacia el Próximo Oriente, unió tres grandes influencias con Egipto y Siria, que formaron, según el profesor Luis S. Fernández, la llamada macrocefalia.

Es tarea difícil compendiar tan gran etapa histórica en unas páginas. Pero intentaré acercar al lector a varias y destacadas características del Imperio bizantino, esperando con ello acuciar la curiosidad de saber más sobre el tema. Para ello, empezaré por el principio, que es el mejor modo de empezar.

Fundación de Bizancio

El 11 de mayo del año 330 d. C. es cuando se puede considerar la fundación, por el emperador Flavio Valerio Aurelio Constantino, del territorio griego como sede del Imperio romano de Oriente, trasladado desde Roma y cuya capital fue llamada Constantinopla, aunque anteriormente se la llamaba Bizancio («antigua ciudad»), nombre que pasó a denominar al Imperio. Esta antigua ciudad fue fundada por los griegos procedentes de Megara, situada en Tracia, en el estrecho del Bósforo. Durante varios años se sucedieron dos emperadores posteriores a Constantino: Joviano, durante solo un año y Valentiniano durante quince años. Ambos monarcas fueron emperadores de Occidente. Posteriormente, el emperador Teodosio I el Grande (347-395) fue responsable de prohibir oficialmente el paganismo y proclamar el cristianismo como religión del Estado en todo el Imperio (edicto de Tesalónica), hecho determinante después de que Constantino permitiera la libertad de culto a los cristianos. Teodosio concedió a sus dos hijos el Imperio: la parte oriental para Arcadio y la occidental para Honorio.

Flavio Arcadio (377-408), hijo mayor, nacido circunstancialmente en Hispania durante el exilio paterno, antes de subir al trono imperial fue nombrado augusto a los seis años, y al morir su padre, le sucedió como emperador de Oriente con solo dieciocho años. Muy diferente a su progenitor, el joven era de carácter débil y se dejó manipular y dirigir por Rufino, el anterior prefecto pretorio del padre, el cual cometió grandes abusos, por lo que posteriormente fue asesinado por orden imperial. Eudoxia, la joven esposa de Arcadio, llegó a ser nombrada augusta y fue madre del futuro Teodosio II (408-450) que, este sí, gobernó con su esposa con acierto y prosperidad.

Con Marciano (450-457), finalizó la dinastía teodosiana y la época fundacional.

Los casi mil años del Imperio bizantino son de prolijos acontecimientos históricos, difíciles de compendiar en este artículo. Mi intención no va más allá de hacerle un pequeño homenaje y reconocimiento por el olvido de que ha sido víctima por parte de la otra mitad, la occidental, una civilización común que ramifica su influencia a través de los milenios y deben reconocerse mutuamente unidas.

Filosofía bizantina

En cuanto a filósofos bizantinos, hay que reconocer la importancia de las principales escuelas filosóficas griegas, que, pese a su clausura, dejaron un sedimento en los filósofos bizantinos. Un ejemplo es Focio, del siglo IX, que solucionó y actualizó con suma inteligencia el llamado «dilema de los universales» que propusiera Porfirio en el s. III; de este modo, se adelantó trescientos años a las teorías y disquisiciones medievales de Occidente. Destacado fue también Aretas de Cesarea (ss. IX-X); Miguel Pselo, muy célebre en Constantinopla, donde fue denominado cónsul de los filósofos y erudito en Platón; Juan Italo (s. XI), que reconoce el realismo de los estoicos y se opone a la teoría del realismo de Platón postulado por Arístides de Atenas. Y muchos otros, aunque, no todos, tuvieron que defender los saberes filosóficos de la Grecia clásica, pese a ser cristianos bizantinos.

Justiniano mosaico san vitale

Mujeres bizantinas

Desde siempre, la mujer ha vivido adaptada, voluntariamente o forzada, al sometimiento varonil de padres y esposos. Pero, también, esta circunstancia ha despertado la agudeza femenina para captar mejoras en su vida cotidiana e incluso cotas de poder. Así ocurría en la sociedad bizantina. Desde la humilde sierva, la humillada cortesana, la doncella virtuosa y la madre de familia, que era muy respetada y valorada como regidora de su casa, todas ellas tuvieron que intentar beneficiarse de un imperio rico y poderoso como era Bizancio, pero que aún relegaba a la mujer al gineceo y a la autoridad del esposo, que disponía de su vida en caso de adulterio. Esto cambió gracias a una mujer, Teodora, esposa del emperador Justiniano, el artífice del código que lleva su nombre y que promulgó leyes amplias y liberales para su época. En estas nuevas leyes, se suavizaba la pena en caso de adulterio femenino permitiendo una previa investigación. En general, la mujer bizantina de familia ilustre tuvo una actividad en la política, la cultura y la religión, muy singular y destacada para la época con respecto a otros lugares, llegando a ostentar cargos importantes.

Hubo otras mujeres que tuvieron poder, bien como emperatrices, o bien como consortes, como Helena, de origen humilde, esposa de Constantino Cloro y madre de Constantino, que la elevó al rango de augusta y dio nombre a la ciudad de Helenópolis cuando Constantino fue emperador. También cabe destacar a las emperatrices Pulkeria (399-453), Irene (797-802), Prosopia (811-13), Zoe (1042), Teodora (1054-56) o Eudoxia (1204).

Bizantinos en el Renacimiento

Su gran papel en el humanismo renacentista fue iniciado por Bernardo Massari y Leoncio Pilato, procedentes de Calabria, que pertenecía entonces a la cultura de Bizancio. Su empeño didáctico fue enseñar lengua griega, para así poder acceder y divulgar los textos clásicos. Con posterioridad, destacaron muchos otros, de los que hay que resaltar al griego Demetrio Calcocondilas, profesor de filosofía griega y platónica y Juan Argilópulo, renacentista sabio griego que potenció la filosofía griega en Italia. Todos ellos entre numerosos eruditos de múltiples facultades: gramáticos, poetas, músicos, astrónomos, arquitectos, artistas, científicos, teólogos y políticos. La migración de sabios bizantinos tuvo un impacto en la eclosión del Renacimiento, que llevó a la Europa occidental una gran parte de la cultura griega olvidada en el Medievo oscuro y recuperada gracias a estas migraciones de eruditos, a raíz del saqueo de los cruzados en 1204 y también, definitivamente, ante la caída de Bizancio en1453. Hasta el propio J. Marías reconoce, en su obra Historia de la filosofía, que «los humanistas, los pensadores de la Academia platónica de Florencia, fundada en 1440; todos los empapados del caudal clásico procedente sobre todo del Imperio bizantino en ruinas, desde Lorenzo Valla a Luis Vives, se proponen, en primer término, desechar la escolástica y renovar la filosofía de los antiguos. Sin embargo, olvidan que la escolástica estaba fundada, en buen parte, en los escritos platónicos y neoplatónicos».

Existe cierta teoría de que parte de Europa occidental conoció la cultura clásica gracias a eruditos árabes, aunque realmente eran sirios y persas de centenaria cultura, ya decadente, poco que ver con la raza árabe y sus costumbres primitivas del desierto. No hay que olvidar que Bizancio agrupó tres grandes influencias culturales, como ya hemos visto, y que los Omeyas de al-Ándalus procedían de Persia. Pero, como políticamente habían sido conquistados por el islam, pasaron a ser musulmanes arábigos para el mundo occidental, pero no cultural.

Caída de Bizancio

El 29 de mayo del año 1453, después de inútiles esfuerzos por levantar un cuerpo, ya cadáver, que agonizaba tiempo atrás, los bizantinos fueron derrotados y expulsados de su milenaria Hélade por las huestes otomanas, enemigos poderosos en fuerza, coraje y avaricia ante el botín riquísimo de Constantinopla. Pero los enemigos habían sido gestados en casa. Desde antiguo, los que debían defenderles o aliarse fueron fuego amigo que propició su destrucción. Desde la invasión musulmana en el 633 como guerra santa contra los infieles persas y bizantinos, se debilitó al ya debilitado Bizancio y el emperador Heraclio perdió sus dominios en Asia. Más de dos siglos después (867), gracias a un joven macedonio de origen humilde y gran temperamento y habilidad llamado Basilio, logró resurgir el bienestar del imperio, siendo coronado como fundador de la dinastía macedonia, que duró hasta 1057. Él logró poner fin al cisma, levantado para lograr la relación positiva con Occidente; pero tras su muerte volvieron a enfrentarse.

Entrada de Roger del FLor en Constantinopla

Las causas de este enfrentamiento entre Oriente y Occidente son, según el profesor J. A. Molero, de tres tipos: étnica, religiosa y política. La primera, por la animadversión natural entre orientales y occidentales. La segunda, por el enfrentamiento del poder eclesial entre Roma y Constantinopla, cuyos representantes alegaban que el romano solamente podía ser primus inter pares, y fue agudizado por tesis enfrentadas sobre el calendario litúrgico y un sinfín de dogmas evangélicos distintos. Esto terminó con la excomunión mutua que presentaron ambas partes; en Roma, el 24 de julio de 1054, en nombre del papa León IX, recién fallecido y a cargo del cardenal Huberto de Silva, y el 25 de julio del mismo año por el patriarca Miguel I Cerulario, que excomulgó al cardenal. Desde entonces, ambas se denominan Iglesia católica de Oriente e Iglesia católica de Occidente. La tercera fue política, sencillamente cuestión de poder económico y primacía oriental del Imperio romano frente a los nuevos aires carolingios de los francos en Occidente. Décadas después, la entrada en Constantinopla de los componentes de la IV Cruzada (1204), instigados por los intereses económicos de Venecia, recibidos como salvadores y sufridos como conquistadores, propició el abuso de poder de estos, el pillaje y el saqueo, que tuvieron que sufrir los bizantinos durante tres días. El historiador de los cruzados Villehardouin escribió: «Nunca se pudo tomar botín tan enorme»; y Nicolás Mesarite, historiador bizantino: «Los musulmanes fueron más benévolos que estos hombres con la cruz en la espalda». Ambos fueron testigos de la situación.

Las intrigas cortesanas, las luchas internas por alcanzar el poder, la relajación moral, la irreflexión de la política, así como las absurdas e intelectuales disquisiciones filosófico-religiosas, tan bizantinas… o sea, la decadencia, llevó a ser considerado Bizancio una presa fácil para depredar. Como en el poema de Kavafis, lamentablemente: «pero los bárbaros (savia nueva), no han llegado… ya no quedan bárbaros…» (...)

«Qué es lo que esperamos, / reunidos en la plaza pública? / Los bárbaro llegan hoy. / ¿Por qué tal inacción en el Senado? ¿Por qué están sentados los senadores sin pasar leyes?/ Porque los bárbaros llegarán hoy. / ¿Qué nuevas leyes podrían los senadores pasar? / Cuando los bárbaros lleguen, ellos harán la leyes. / ¿Por qué se levantó nuestro emperador tan temprano, y está sentado en la puerta principal de la ciudad, sobre el trono, agitado, llevando su corona? / Porque los bárbaros llegarán hoy. / Y el emperador los espera para recibir a su jefe. / De hecho, se ha preparado para entregarle un pergamino. / En él están escritos muchos títulos y nombres de honor. / ¿Por qué han salido los cónsules y los pretores llevando hoy sus rojas togas bordadas?; / ¿por qué llevan brazaletes salpicados de amatistas, y anillos de brillantes esmeraldas que refulgen? / ¿Por qué portan costosos bastones tallados magníficamente en plata y oro? / Porque los bárbaros llegarán hoy, y esas cosas deslumbran a los bárbaros. / ¿Por qué no vienen los dignos oradores como de costumbre para hacer sus discursos, decir lo suyo? / Porque los bárbaros llegarán hoy; y ellos se aburren con la elocuencia y las disertaciones. / ¿Por qué esta súbita inquietud y confusión? / (Cuán solemnes se han vuelto sus caras.) / ¿Por qué se vacían rápidamente las calles y plazas, / y vuelven todos a sus casas, tan pensativos? Porque la noche está aquí pero los bárbaros no han llegado. / Algunas personas llegaron desde las fronteras, y dijeron que ya no quedan bárbaros».

«¿Y qué será de nosotros ahora sin los bárbaros? / Esa gente era una posible solución».

 

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