
Sobre el vasto tapiz de la naturaleza surge el reino de los hongos, soberano e insondable. Actualmente, la biología otorga a los hongos una estructura propia. Aun siendo vegetales, su esencia evolutiva los acerca misteriosamente al linaje de los animales.
Lo cierto es que hoy en día los hongos pertenecen al denominado reino Fungi, donde actúan cual guardianes silenciosos de un universo oculto. Y, aunque se conocen unas cien mil especies, se intuye la existencia de un número diez veces mayor. Misteriosos, aguardan en la penumbra para revelarnos verdades por descubrir.
Pero ¿qué es un hongo? La inmensa mayoría de gente nos los describirá como una especie de paraguas diminuto, un tronquito adornado con un pequeño sombrero, emergiendo en otoño como susurro de la tierra. Pero, bajo esta apariencia efímera, late y habita lo más poderoso y misterioso de este ser vivo: el micelio, la raíz viva, la red filamentosa que atraviesa el subsuelo tejiendo conexiones que trascienden lo visible.
El esporóforo es el fruto del hongo, aquello que recogemos en los bosques dorados durante el otoño y que tan sabrosamente preparamos como alimento.
De sus esporas ligeras y sutiles que caen al suelo, nacerán nuevos micelios que darán nacimiento a un nuevo ciclo.
El tamaño de los hongos es variable, siendo algunas especies invisibles para nosotros, como es el caso de las levaduras.
La sabiduría tradicional nos recuerda que todo en la naturaleza tiene su razón de ser. Cada ser vivo ocupa su lugar, donde todos se ayudan, se sostienen en una armoniosa danza.
Así, está demostrado que la inmensa mayoría de plantas mantienen una estrecha relación con los hongos desde hace millones de años, y que la supervivencia del mundo vegetal —y por extensión, del mundo animal— no hubiese sido posible sin la existencia de los hongos, misteriosos seres y buenos amigos que sostienen la existencia misma de la vida.
La fotosíntesis, milagro solar, es una función básica llevada a cabo por los vegetales, los cuales transforman la energía luminosa en carbono. Y aquí surge esa colaboración encantadora. Los hongos, incapaces de capturar la luz por sí solos, reúnen en su micorriza un tesoro de nutrientes esenciales. Y se produce el prodigio en forma de intercambio: el hongo recibe los azúcares y aminoácidos que tanto anhela y, a la par, otorga a la planta protección inquebrantable contra virus, bacterias y cualquier agresor.
El micelio se convierte en escudo y espada. La simbiosis que se genera es estrategia biológica, pero ¡qué enseñanza de fraternidad y qué forma de evocar y recordar que la verdadera fuerza nace de dar y recibir, con mucho de humildad y escasa vanagloria.
Efectuándose un intercambio, el hongo obtiene el carbono necesario y este garantiza protección a las plantas contra potenciales agresores. Esta defensa la garantiza el micelio. Tal colaboración se llama simbiosis.
Pero lo apasionante no acaba aquí, sino que empieza ahora. El micelio, compuesto por hifas filamentosas, se entrelaza con las raíces de las plantas y conforman un sinfín de conexiones que se extiende por hectáreas, convirtiendo el subsuelo en una suerte de cableado vivo, una inteligencia colectiva que detecta, transmite y coordina información entre todas las plantas conectadas. Esta malla natural posee la capacidad de localizar y transportar información a todas las plantas. Hace millones de años, la naturaleza ya inventó un internet primordial.
No queda aquí la labor que lleva a cabo el micelio. Digiere toda la celulosa de los vegetales muertos, transformando la muerte en vida fértil, organiza la distribución de agua y nutrientes esenciales para las plantas, coordina la resistencia a sus enemigos comunes (gérmenes, patógenos), es el gran arquitecto subterráneo, el tejedor invisible que mantiene el equilibrio del bosque entero.
La micoterapia: el don curativo de los hongos
Durante el siglo XIX, algunos hongos fueron utilizados contra la tuberculosis y para contener hemorragias.
Fue en 1928 cuando la importancia de los hongos, dentro de la medicina, cobró especial relevancia. Un investigador, Alexander Fleming, encontró la toxina penicillium, extraída del moho de un hongo, capaz de combatir infecciones bacterianas, salvando millones de vidas.
Posteriormente, otra sustancia derivada de un hongo, la ciclosporina se mostraría como el primer inmunosupresor, aplicándose en las técnicas de trasplante de órganos.
Los beta D-glucanos y otros principios activos de los polisacáridos se han mostrado muy útiles como aliados en la quimioterapia. La crestina procedente del kawaratake ha mejorado notablemente los resultados en pacientes sometidos a extirpación gástrica, mientras que sus extractos han aumentado las tasas de supervivencia a diez años en casos de cáncer de mama, tras padecer cáncer. Así mismo, el extracto de kawaratake aumenta la tasa de supervivencia en cánceres más agresivos.
Las micorrizas no solo nutren; generan sustancias que protegen a las plantas de patógenos. ¿Acaso no podrían actuar también como protectoras contra los patógenos humanos? Investigaciones llevadas a cabo han demostrado que el kawaratake es el hongo más inmunoestimulante y un potente antiviral.
Respecto a las enfermedades inflamatorias crónicas y autoinmunes, como la gota o la poliartritis reumatoide, se han investigado los beneficios del hongo Aspergillus fumigatus, el cual contiene un componente de la membrana, llamado GAC de potente efeto antiinflamatorio.
Otro hongo, el Phelinus linteus, posee la capacidad de reducir la inflamación intestinal y articular.
Los micelios cultivados sobre cortezas son los más beneficiosos, al estar impregnados de polifenoles nobles —apigenina, quercetina, rutina, o betulina—, sustancias naturales que son altamente antioxidantes, antitumorales, antiinflamatorias y antiinfecciosas.
Pero, cuidado con comer hongos si no sabemos su procedencia. Lo ideal es recogerlos nosotros en bosques limpios y entornos naturales o, en su defecto, saber que los que compramos ofrecen garantías de salubridad. El peligro es que pueden contener quitina, una sustancia que convierte a setas y champiñones en «depósitos» de radiactividad, metales pesados y pesticidas.
Puestos a buscar los beneficios de los hongos, usemos preferentemente el micelio mismo, que permanece casi inmune a tales venenos y conserva intactos sus principios activos. Cultivarlos sobre madera o extraerlos en forma purificada es el camino más aconsejable.
Muchos pueblos primitivos tomaban el psilocybe para potenciar la espiritualidad y la creatividad, y combatían la depresión mediante estados expandidos de conciencia.
En los años 60, sustancias psicodélicas derivadas de hongos iluminaron mentes y corazones y, aunque más tarde fueron prohibidas, hoy algunos psiquiatras, con rigor y respeto, exploran las psilocibinas como aliadas para trastornos obsesivo-compulsivos, en el alivio del dolor vascular facial y en la prevención de sus crisis devastadoras.
¿Por qué poseen los hongos tan variadas virtudes? Porque son maestros de la supervivencia. Incapaces de huir de sus depredadores, desarrollaron a lo largo de su evolución una serie de estrategias para defenderse. Sintetizaron moléculas tóxicas, concentraron sabiduría química como quien, sitiado en una fortaleza, transforma la necesidad en genialidad. Son ejemplo vivo de que la verdadera fuerza nace de la quietud y de la inteligencia creativa.
Entre los hongos que revelan sus dones curativos destacan el kawaratake, el mesima, el reishi, el maitake, el shitake, el cordyceps, el pleurotus en forma de ostra y el hongo blanco. Cada uno se comporta como mensajero de la Madre Naturaleza.
Cuando regresemos al campo, además de los árboles poderosos, de porte majestuoso o de estilizada figura y las verdes briznas de hierbas danzantes con sus hermosas flores, tratemos de adivinar entre la umbría, la espesura, o al abrigo de algún tronco ajado y añejo, algún hongo o grupo de ellos. Humildes y esquivos, bajo su figura cómica y su sombrerito inocente, late uno de los más bellos ejemplos de entrega y fraternidad que la tierra haya concebido.
Gracias, hermanos hongos, y gracias a nuestra Madre Naturaleza, que vela por todos sus hijos.
Qué maravillosa, qué profunda y qué sagrada es la vida. En cada micelio invisible late la promesa de que, si aprendemos a conectarnos como ellos, la humanidad podrá sanar, unirse y florecer en armonía.




















