Un nombre español en el paisaje norteamericano
El viajero ha visitado muchos de los países europeos, y su corazón se ha alegrado cuando ha visto siquiera el nombre de su tierra, o algún lugar de ella, en esos amables territorios de vecinos a los que debemos agradecer, en su mayor parte, la leyenda negra de España. Recuerda cuando un italiano le enseñó, en Lecce, el monumento más querido por la ciudadanía: un edificio renacentista levantado por Carlos V. O el nombre de Bailén en el Arco del Triunfo del Sr. Bonaparte, como victoria del que los franceses llaman sin complejos «L’Empereur» (como solo tuvieron uno, no hace falta numerarlo). Qué más quisieran ellos; le dimos tal zurra que su héroe nacional tuvo que venir expresamente a toda pastilla, abandonando sus campañas europeas y, a la postre, acelerando su caída y derrota final. Por supuesto, nadie reconoció este hecho después.
Sin embargo, el viajero no deja de sorprenderse cuando es él el que aprende sobre la historia de España al leer los nombres de sus paisanos aquí, en EE. UU. Nombres que en la península no merecen ni una estatua ni una calle aquí dan nombre a ciudades o a regiones enteras. La primera vez que le sucedió esto fue en 2016 cuando, atravesando los gélidos y desolados territorios del norte de Utah paró a descansar unos minutos en un mirador por encima de una presa. Allí había una estatua, magnífica y solemne, erguida en toda su presencia de bronce. Jamás había oído antes el nombre escrito en ella: Escalante.
(Dicho sea de paso: el impulso inicial de estas páginas procede, además, de la información expuesta en el History Colorado Center de Denver, donde la expedición de Domínguez y Escalante y la cartografía de Bernardo de Miera y Pacheco han conquistado reconocimiento y una presencia más amplia: su merecida inclusión en la exploración, representación y disputa del Oeste norteamericano (History Colorado Center, s. f.). Esa exposición es la que impulsó este trabajo).
El mes de julio de 1776 resultó de lo más interesante para Norteamérica. Por un lado, el 4 de julio el Congreso Continental declaró la independencia de las colonias (aunque se aprobó en votación dos días antes) en Filadelfia, iniciando una guerra casi civil que terminaría con la formación de los actuales Estados Unidos de América. Por otro, a miles de kilómetros de distancia y sin tanta trascendencia histórica, salían de Santa Fe un puñado de exploradores que trataban de encontrar un paso a las costas del Pacífico, estableciendo una ruta terrestre que conectara el límite norte de Nueva España con las colonias que el Imperio poseía en las costas de ese océano. Esa expedición se conoce como la expedición de Domínguez-Escalante, dirigida por los franciscanos Francisco Atanasio Domínguez (ca. 1740-1803), mejicano de nacimiento, y Silvestre Vélez de Escalante (1749-1780), cántabro de La Herrería, en el municipio de Treceño. La marcha partió de Santa Fe, Nuevo México, el 29 de julio de 1776, es decir, apenas veinticinco días después de la soflama revolucionaria anglosajona.
¿Cuál les suena a ustedes de entre ellas: el comienzo del viaje o la proclamación de independencia quizás? Pues eso…
Nueva España, California y el tablero imperial de 1776
A la sazón, la expedición de Escalante, que es como mejor se la conoce y que menciona a su principal protagonista, quería enlazar Santa Fe (Nuevo México) con Monterrey, en lo que actualmente es la costa californiana. La capital más antigua de Norteamérica, Santa Fe, se encontraba situada en el territorio de Santa Fe de Nuevo México, que abarcaba la totalidad del actual Estado de Nuevo México, la mayor parte de Texas (el extremo occidental), partes sustanciales de Colorado, Utah, Nevada (estos dos últimos, formando el «país de los yutas») y Arizona, además de pequeñas secciones de Oklahoma, Kansas y Wyoming. Pero la Corona también incluía como territorios propios desde el río Misisipi hasta las Montañas Rocosas (actuales Estados de Kansas, Nebraska, Wyoming y Montana), con una capital administrativa en San Luis. Es decir, la «Luisiana», un extenso territorio que Francia cedió a España en 1762.
Monterrey, capital de la Alta California, poseía ya varias fundaciones franciscanas, la más importante de las cuales era, precisamente, San Francisco. La intención de la Corona española era la de encontrar a toda costa un camino para avituallar estas colonias tan alejadas de la capital, sobre todo en lo que se refiere a la costa noroeste del Pacífico (desde el punto de vista norteamericano), ya que necesitaba afianzar su presencia en los territorios pacíficos para poder reclamarlos legalmente. El caso es que un pajarito les había dicho a los hispanos que Rusia andaba trasteando con sus barcos balleneros y con cazadores de focas por los territorios de San Lorenzo de Nutca, es decir, por lo que en la actualidad es la costa de la Columbia Británica (Canadá) —incluyendo la isla de Vancouver—, así como los Estados norteamericanos de Washington y Oregón. Pero este territorio, a la sazón tan español como Teruel o Soria, no limitaba al norte con «terra incognita». En 1790, el oficial Salvador Fidalgo desembarcó en varios puntos de Alaska (como, por ejemplo, en la península de Kenai o la isla de Hinchinbrook), celebrando ceremonias formales de soberanía. Bautizó esos lugares con nombres como Puerto de Bodega y Quadra o Puerto de Valdés (origen de las actuales ciudades de Valdez y Cordova, en Alaska). Todo este inabarcable territorio estaba en juego, porque ya entonces los eslavos estaban tratando de afanarse tierras que no les correspondían. Qué cosas, la verdad, que Rusia intente apropiarse de Estados que no son propios con la vaga excusa de «nuestra nación los necesita»…
Pues la idea era conectar por tierra para abastecer las misiones, presidios y ciudades que se estaban asentando más y más al norte, y para las cuales no había personal suficiente. El Imperio español era tan enorme que le faltaba gente para habitarlo, y esa es una de las razones por las cuales se nombraban como «ciudadanos» españoles a naciones indígenas enteras, pueblos y tribus que no tenían ni idea de qué era España, ni falta que les hacía. Pero que siendo «ciudadanos» de nuestro país, podían acreditar ante potencias extranjeras que la presencia hispana confería régimen de propiedad del territorio en disputa.
Por supuesto, ni el padre Domínguez ni el padre Escalante estaban al tanto de este fin «último» y, aunque el objetivo de la tournée era establecer un camino de conexión, mucho más primó en sus almas el deseo de evangelización y de dar a conocer la doctrina de la Iglesia entre los nativos. En 1776 había otras preocupaciones en el panorama mundial, y no solo la independencia de las colonias británicas, sino que por aquel entonces se sentaban las bases del capitalismo con la publicación de La riqueza de las naciones (de Adam Smith), James Watt comenzó con esos endiablados inventos de las máquinas de vapor (aplicados al ferrocarril y a la industria textil), y un jovencísimo músico componía obras de un esplendor incomparable en Salzburgo, con apenas veinte años; se apellidaba Mozart.
Con este panorama, es obvio que lo que hicieran o dejaran de hacer un puñado de locos, guiados por su fe o por cualquier otra razón más material, realmente importaba poco a las naciones que ya medraban a la sombra de un Imperio español desgastado, consumido por las deudas, y más fachada que sólidos muros frente a los británicos o los franceses.
La idea era encontrar una ruta terrestre hasta la misión de Monterrey, en California. Entre las autoridades coloniales españolas circulaba con bastante entusiasmo —y quizá con más esperanza que cartografía fiable— la convicción de que, al noroeste de las montañas de Nuevo México, debía de correr un gran río capaz de conducirlos casi directamente hasta el océano Pacífico. Descubrirlo habría sido mucho más que una comodidad para viajeros con buenas botas: permitiría a España reforzar sus líneas de suministro, asegurar mejor su reivindicación sobre la región y abrir una ruta comercial hacia los asentamientos costeros del Pacífico, cuya posición empezaba a resultar tan estratégica como vulnerable.
Como hemos mencionado, establecer contacto con la costa pacífica permitiría no solo abastecer aquellas colonias, que por entonces eran todavía poco más que misiones avanzadas, sino ir tejiendo poco a poco una red de asentamientos que uniera la ciudad de México con el norte de California. La operación tenía, por supuesto, una lectura práctica, política y económica: reforzar la reivindicación española sobre unas tierras fértiles en el plano político, acercarse y utilizar las redes comerciales indígenas ya existentes en lo económico y, cómo no, mantener bien abierta la esperanza de encontrar lugares de extracción de metales valiosos en lo práctico, léase «oro», que en aquella época ejercían sobre las autoridades coloniales una atracción casi magnética. De hecho, Escalante dejó constancia en su diario de tierras ricas en madera, pastos abundantes y acceso fiable al agua. También se detuvo en señalar las extensas praderas, la abundancia de caza y el potencial agrícola de unos territorios donde, conviene recordarlo, la agricultura no era precisamente una novedad para sus habitantes nativos. Además, esos posibles enclaves de nueva colonización podían funcionar como una región colchón frente al avance de otras potencias europeas, siempre tan interesadas en aparecer por el horizonte justo cuando España empezaba a sentirse relativamente cómoda.

La extensión de los desiertos, la extrema altitud de las montañas que debían atravesar, el desconocimiento de aquellas tierras y otras nimiedades por el estilo no arredraron jamás a estos expedicionarios. La fe guiaba a los frailes y les otorgaba un profundo sentido de propósito. Domínguez y Escalante estaban convencidos de que su misión contaba, por supuesto, con la bendición y la protección de la voluntad divina, que en estos casos siempre venía muy bien como brújula suplementaria. Pero, sobre todo, la gente con creencias, piensa el viajero, lo que más tiene es energía, es fuerza, es paciencia para lograr los objetivos. No es el fanatismo, que es una creencia impuesta. Es la vivencia de unos ideales que, por buenos, justos y bellos, se quieren compartir con el resto de los seres humanos.
Armados con esa fe, predicaron la palabra de su Dios con la esperanza sincera de llevar el cristianismo a los pueblos indígenas que consideraban paganos. Desde su punto de vista, no convertir a alguien a la fe de Cristo equivalía a abandonarlo a un sufrimiento eterno en las llamas del infierno, de modo que la misión tenía para ellos un carácter urgente y sagrado.
Otros, sin embargo, confundieron este propósito espiritual con una autorización bastante terrenal para imponer sus creencias por la fuerza, recurriendo a abusos y castigos contra los nativos indígenas. Pero ni la violencia ni la coerción lograron borrar unas culturas que, aún hoy, muestran una extraordinaria capacidad de resistencia y adaptación, en muchos casos convertidas en modelos vivos de sincretismo entre el cristianismo recibido y las religiones ancestrales.
Mapas, fantasías y territorios antes de la expedición
Por supuesto, el trabajo de cartografiar el centro y el oeste de Norteamérica comenzó casi al mismo tiempo que su exploración, porque una cosa es perderse gloriosamente y otra muy distinta no dejar constancia gráfica del extravío. Un buen ejemplo es el mapa de 1687 elaborado por Vincenzo Coronelli (1650-1718) y Jean-Baptiste Nolin (1657-1708), conservado en la colección de mapas de Wesley Brown. En él se representaba por primera vez, para el público europeo, la región comprendida entre el valle del río Grande y Taos, y su imagen del Nuevo México condicionó durante casi un siglo la visión europea de aquel territorio. Resulta llamativo que, aunque la zona del valle del río Grande estaba ya densamente habitada por multitud de naciones nativoamericanas, el espacio que la rodea aparezca en el mapa prácticamente vacío: una ausencia muy cartográfica, muy europea y, desde luego, muy cómoda para quien prefería imaginar el territorio antes que reconocer a quienes ya vivían en él.





Los destinos que los expedicionarios buscaban más allá del horizonte condujeron a los españoles hacia territorios que, para ellos, eran todavía casi por completo desconocidos; es decir, justo el tipo de lugar donde la geografía y la imaginación solían viajar en la misma carreta. En aquellas tierras se situaba la leyenda de Teguayó, una región fértil, abundante en caza y metales preciosos que, según se decía, estaba habitada por una misteriosa tribu de hombres barbados. Otra historia hablaba del lago Copala, al norte de Nuevo México, donde reyes dorados gobernaban grandes ciudades, porque puestos a imaginar un lago remoto, mejor hacerlo con monarcas resplandecientes incluidos. Domínguez y Escalante encontraron, en efecto, pueblos indígenas con barbas abundantes —algo que les llamó poderosamente la atención— y acamparon junto a un lago rico en recursos. Lo que no encontraron, por desgracia para los amantes de los tesoros fáciles, fueron grandes ciudades ni soberanos cubiertos de oro. Aun así, creyeron haber identificado Teguayó y el lago Copala. Aquella tierra, vinculada al pueblo timpanogos, corresponde hoy al entorno del Utah Lake; y el nombre Timpanogos, asociado tradicionalmente a expresiones como «agua que cae» o «agua que canta», acabaría designando también uno de los lugares naturales más espectaculares de Utah: la cueva de Timpanogos, una gruta tan hermosa que, vista con buenos ojos, compensa la ausencia de reyes dorados.
Tanto la legendaria tierra de Teguayó como el supuesto lago Copala aparecen en la cartografía de la época, porque ninguna buena fantasía geográfica alcanzaba plena madurez hasta que alguien la dibujaba con toda solemnidad sobre un mapa. En 1795, por ejemplo, John Russell y John Reid incorporaron ambos elementos a un mapa general de Norteamérica. Poco después, hacia 1796-1797, Georges-Henri-Victor Collot trazó otro mapa en el que Sierra Nevada y las Montañas Rocosas se fusionaban, por error, en una sola cordillera, mientras que el nacimiento del río South Platte aparecía situado incorrectamente cerca de Santa Fe. No debe extrañarnos demasiado: muchos de aquellos primeros exploradores y cartógrafos trabajaban a partir de conjeturas, relatos indirectos y lo que el terreno dejaba ver desde la distancia, que no siempre era mucho y casi nunca era suficiente. Así, los errores podían instalarse cómodamente en los mapas durante décadas, hasta que otro cartógrafo los corregía gracias a que alguien, con más botas que imaginación, se había atrevido por fin a cruzar aquellas tierras y dejar testimonio directo de lo que realmente había allí, aparte de mucha imaginación frustrada.
La expedición y sus hombres: diez personas y un cartógrafo excepcional
El 29 de julio de 1776 la expedición partió de Santa Fe rumbo a California. La componían solo diez hombres, de los cuales cuatro eran peninsulares, cinco nativos o mestizos, y solo un criollo (descendiente de españoles y nacido en América). Por el camino se les sumarían hasta cinco integrantes en diferentes turnos, que actuaron de exploradores esporádicos o de intérpretes locales. Los cuatro españoles, qué casualidad, procedían todos de Cantabria, y entre ellos se encontraba Bernardo de Miera y Pacheco, el que de facto ostentaba la mayor jerarquía y ascendencia entre los expedicionarios civiles.
Bernardo de Miera y Pacheco (ca. 1713-1785) era soldado, con suficiente experiencia, pero no estaba en la expedición contratado con ese perfil. Su misión fue la de cartografiar el territorio a explorar. Como cartógrafo también había demostrado su maestría, y por ello que se le reclamara para esta misión. Su veteranía en ambas lides ya se remontaba a 1747, cuando sirvió como ingeniero y cartógrafo en la ofensiva general conocida como la «campaña del padre Menchero», contra los apaches jicarilla y del territorio del río Gila, amén de contra los invencibles comanches, armados con rifles vendidos por espías franceses (Kessell, 1979).
Se le ha descrito como… «quizás el más prolífico e importante cartógrafo de la Nueva España» (Cramaussel, 2000; Miera y Pacheco, 1758), pero también dominó una amplia panoplia de materias: «artista, cartógrafo, agrimensor/topógrafo, santero —tallista de arte religioso— y capitán del Real Cuerpo de Ingenieros Militares español» (Hewitt, Reinhartz & Reinhartz, s. f., p. 5). Pero Bernardo de Miera y Pacheco no fue simplemente cartógrafo, ni siquiera «solo» artista o explorador. Según el New Mexico Museum of Art, destacaba en astronomía, cartografía, matemáticas, geografía, geología, geometría, tácticas militares, comercio, ganadería, enología, metalurgia, idiomas, iconología, iconografía, liturgia, pintura, escultura y dibujo. Dicho de otro modo: si en el Nuevo México del siglo XVIII surgía un problema, había bastantes posibilidades de que Miera supiera medirlo, dibujarlo, calcularlo, negociarlo, defenderlo, bendecirlo o convertirlo en una talla de madera. No es extraño que se le recuerde como una figura verdaderamente renacentista en pleno mundo colonial. Pocas biografías permiten usar con tanta justicia la palabra «polímata». El bueno de don Bernardo fue uno de esos genios que abundan en la historia de su propia tierra, pero que, como todos ellos, ha pasado a un inmerecido olvido, sin mayor reconocimiento o memoria. Nada que ver con el exquisito trato que reciben figuras como mínimo discutibles, pero a las que todos admiran y conocen, no solo dentro de su mundo anglosajón o franco, sean estos Drake, Enrique VIII o María Antonieta.


El viajero reflexiona sobre estos hechos, que no dejan de sorprenderle por más que se tropiece una vez y otra con ellos en su peregrinar norteamericano. Y le extraña el número de los componentes de la expedición, liderada a la postre por dos frailes: diez personas. En estos momentos, donde el deambular hispano por las Américas goza de tanta mala fama, piensa si diez componentes son los necesarios para comenzar una carrera de conquistas y sometimiento nativo, y si el liderazgo de dos curas principia como la mejor dirección para esta despiadada, cruel y agresiva empresa. Se cometieron tropelías, cierto. Pero nada que gane en la comparación con las campañas de exterminio al norte de las borrosas fronteras de Nueva España poco después de esta época, o con los desmanes que todavía hoy, en presente perfecto, se perpetran en Chiapas o las selvas amazónicas. Que el viajero cree que ya ha pasado suficiente tiempo como para aceptar que cada palo debe aguantar su vela. Y que ya está bien de señalar los errores del pasado para intentar ocultar los del presente.
El bueno de don Bernardo iba armado peligrosamente con un cuadrante y una brújula, instrumentos con los que realizaba sus agresivas mediciones del terreno y seguía el progreso de la expedición «paramilitar» con precisión. A pesar de su interés científico, que no conquistador, sus mapas sirvieron para profundizar en Norteamérica. Gracias a ellos se definieron asentamientos coloniales, rutas de comunicación y circuitos comerciales durante generaciones. Su obra combinaba el detalle meticuloso del técnico con la sensibilidad del artista: documentaba ríos, montañas, distancias, caminos y asentamientos indígenas, pero no lo hacía desde una mirada exclusivamente colonial. Aunque los primeros mapas, como los elaborados por Miera y Pacheco, no solo ayudaron a los colonos de toda nación y raza a interpretar el paisaje; también respaldaron políticas expansionistas, facilitaron el crecimiento territorial y reforzaron las reclamaciones imperiales. Destacaban los recursos, la geografía útil y las posibilidades de ocupación, pero, tristemente, rara vez reconocían la soberanía indígena sobre aquellos territorios. Así, el Oeste aparecía representado como un inmenso espacio disponible, casi esperando educadamente a ser reclamado por quien llegara con suficientes papeles, escolta y convicción. Dicho de otro modo: «se venden parcelas en el paraíso»; los habitantes previos, por supuesto, no figuraban en la letra pequeña.

Cartel de 1910 del Departamento del Interior de los Estados Unidos anunciando la venta de «tierras indígenas». La imagen se incluye aquí como contrapunto posterior a la lógica de apropiación y parcelación territorial. Exposición del National Museum of the American Indian, Nueva York. Foto del autor.
El otro poder de la frontera: los comanches
Los territorios españoles del norte del Pacífico no eran los únicos territorios amenazados. Por el este se derramaba, imparable, una nueva potencia con características muy distintas a todas las que España había tenido que enfrentar hasta entonces: los comanches.
Procedentes del ámbito shoshone de las Rocosas y transformados radicalmente como nación mediante la adquisición del caballo a finales del siglo XVII, los comanches descendieron hacia las Grandes Llanuras meridionales empujados por una combinación de oportunidades y presiones: caballos, búfalos, comercio, enemigos al norte (principalmente blackfeet y crows, a su vez enemistados entre sí) y un mundo nuevo que se abría ante ellos a velocidad de galope. En ese avance, quienes acabarían perdiendo terreno fueron sobre todo los apaches de las Llanuras.
El «Pueblo Serpiente», cuyo poderoso imperio se extendía hacia el este, controlaba vastos territorios y limitaba la expansión europea —francesa y española— y, más tarde, también la estadounidense. Al llegar a las planicies centrales y meridionales de Norteamérica, encontraron un recurso al que supieron sacar partido como nadie: el caballo. Sus mustangs se convirtieron en arma de guerra, fuente de alimento ambulante y, en caso de necesidad extrema, hasta en reserva de agua, porque un comanche podía beber el contenido del estómago de un caballo muerto para no morir deshidratado; no era precisamente una bebida isotónica, pero salvaba vidas. Con ellos formaron una de las caballerías ligeras más temibles de todos los tiempos. En una época en la que cargar un mosquete podía llevar casi un minuto, un guerrero comanche era capaz en el mismo intervalo de tiempo de disparar varias flechas con rapidez, precisión y potencia, incluso ocultándose en el flanco del caballo, bajo el cuello, sujeto al lomo únicamente con las piernas.
En otro momento hablaremos del imperio comanche, cuya disolución no se debió a una sola causa, sino a una combinación devastadora de epidemias (viruela), presión militar (conocimiento del territorio, el revólver Colt), pérdida de recursos (búfalos), conflictos internos (nunca fueron un pueblo unido bajo un solo liderazgo) y transformaciones demográficas (las mujeres comanches acudían a pelear con sus maridos, y ello afectaba a la viabilidad del embarazo); porque ni siquiera los mejores jinetes que nunca hubo en las Grandes Llanuras podían cabalgar indefinidamente contra la maquinaria expansiva de los nuevos Estados y su potencia demográfica (Hämäläinen, 2014). En su momento de máximo esplendor, entre mediados del siglo XVIII y mediados del XIX —con una presión especialmente intensa en las décadas de 1830 y 1840—, la «Comanchería» no fue un reino con fronteras dibujadas a tiralíneas, sino una inmensa zona de dominio móvil, ocupada por numerosas bandas comanches que se toleraban entre sí. Su núcleo abarcaba el oeste de Texas, el Llano Estacado, el Panhandle tejano, el este de Nuevo México, partes de Oklahoma, el sureste de Colorado y el suroeste de Kansas; pero su radio de acción llegaba mucho más lejos, desde Nuevo México y Texas hasta el norte de México. Era un imperio de jinetes, no de murallas: donde terminaba el mapa estable empezaba el galope.

El viajero piensa en la naturaleza, donde muchas veces, en realidad casi siempre, no es el más fuerte el que vence y prospera a la larga. Como especie, sobrevive la que mejor aprovecha los recursos y mantiene una tasa de expansión más alta (reproducción + colonización). Lo del más fuerte es una invención social anglosajona, no de Darwin…
De Santa Fe al río Dolores: el inicio del camino
En cualquier caso, aquella peligrosísima tropa de aventureros —peligrosísima, entiéndase, para los mapas en blanco y para la tranquilidad de sus superiores— partió de la ciudad de Santa Fe el 29 de julio de 1776. Naturalmente, sus integrantes ignoraban por completo lo que estaba ocurriendo en el panorama mundial: mientras ellos buscaban una ruta a pie que conectara Nueva España con las misiones californianas, al otro lado del continente se estaban dando los primeros pasos para conformar el Estado más poderoso de nuestra época. Tampoco parece probable que les quitara el sueño lo que pensaríamos de ellos dos siglos y medio después. La expedición atravesó el río Ánimas cerca de la actual Durango y alcanzaron primero la zona del río Mancos —el antiguo San Lázaro o Río de los Mancos— y, unos días después, el río de Nuestra Señora de los Dolores, el actual Dolores River, que suena bastante menos penitencial en los mapas modernos. Allí, acampados en el punto donde el río gira hacia el norte, Escalante subió a una colina cercana y dejó anotada una observación de enorme interés arqueológico: «Hubo antiguamente una población pequeña, de la misma forma que las de los indios del Nuevo México, según manifiestan las ruinas que de intento registramos» (Vélez de Escalante, 1776, entrada del 13 de agosto).

La mente del viajero deambula a menudo por estos vericuetos del pasado, entre situaciones, azares y coincidencias que danzan unas con otras hasta desembocar en el presente, aunque sus sombras muchas veces oculten o desdibujen su propio origen. Si nos centramos ahora en la expedición, llegaremos al verano de 1776.
Las condiciones eran extremas: unas veces les faltaba el agua; otras, por el contrario, los empapaba la lluvia y corrían el riesgo nada teórico de ser arrastrados por una riada. Y las riadas en esta zona de Norteamérica no son precisamente una broma líquida: en último término, son una de las fuerzas responsables de esculpir valles y gargantas tan profundos como los del Colorado o el Green River, paisajes que casi no encuentran paralelo en otras partes del mundo. Aun así, Domínguez y Escalante siguieron adelante entre cañones tortuosos, mesetas, montañas y obstáculos que parecían diseñados por alguien con muy poco interés en facilitar el tránsito de frailes españoles… o de cualquier otro occidental. (Vélez de Escalante, 1776).
Bibliografía
Alzate y Ramírez, J. A. de. (1768). Nuevo mapa geográfico de la América Septentrional [Mapa].
Bolton, H. E. (Ed. y trad.). (1950). Pageant in the wilderness: The story of the Escalante expedition to the Interior Basin, 1776. Utah Historical Society.
Brooks, J. F. (2002). Captives & cousins: Slavery, kinship, and community in the Southwest borderlands. University of North Carolina Press.
Coronelli, V. M., & Nolin, J.-B. (1688). Le Nouveau Mexique appelé aussi Nouvelle Grenade et Marata, avec partie de Californie, selon les mémoires les plus nouveaux [Mapa]. París.
Cramaussel, C. (2000). El mapa de Miera y Pacheco (1758) y la cartografía de la Nueva Vizcaya. Estudios de Historia Novohispana, 22, 79–103.
Dellenbaugh, F. S. (1908). A canyon voyage: The narrative of the second Powell expedition down the Green-Colorado River from Wyoming and the explorations on land, in the years 1871 and 1872. G. P. Putnam’s Sons.
De Fer, N. (1705). Carte de la Californie et du Nouveau Mexique [Mapa]. París.
Disturnell, J. (1847). Mapa de los Estados Unidos de Méjico: Según lo organizado y definido por las varias actas del Congreso de dicha República, y construido por las mejores autoridades [Mapa]. J. Disturnell. Library of Congress, Geography and Map Division.
Gonzales, M. (2014). The genízaro land grant settlements of New Mexico. Journal of the Southwest, 56(4), 583–602. https://doi.org/10.1353/jsw.2014.0029
González, T. (1802). Carta esférica del Reino de México [Mapa].
Hämäläinen, P. (2014). The Comanche empire. Yale University Press.
Hewitt, P., Reinhartz, J., & Reinhartz, D. (s. f.). Historic maps as teaching tools: A curriculum guide for grades 5–8. New Mexico History Museum / Fray Angélico Chávez History Library.
History Colorado Center. (s. f.). Exposición sobre la expedición Domínguez-Escalante y la cartografía de Bernardo de Miera y Pacheco [Exposición museográfica]. History Colorado.
Humboldt, A. von. (1811). Atlas géographique et physique du Royaume de la Nouvelle-Espagne [Atlas]. París.
Jennings, K. (2012, 29 de mayo). Ken Jennings shows us the last river to be added to the U.S. map. Condé Nast Traveler.
Kessell, J. L. (1979). Appendix V: Bernardo de Miera y Pacheco, mapmaker. En Kiva, cross, and crown: The Pecos Indians and New Mexico, 1540–1840. National Park Service, U.S. Department of the Interior.
Melish, J., Vallance, J., & Tanner, H. S. (1820). Map of the United States of America: With the contiguous British & Spanish possessions [Mapa]. John Melish. Library of Congress, Geography and Map Division.
Miera y Pacheco, B. de. (1758). Map which Don Francisco Antonio Marín del Valle, Governor and Captain General of this kingdom of New Mexico, ordered drawn [Mapa].
Miera y Pacheco, B. de. (1778). Plano geográfico de la tierra descubierta por los PP. Domínguez y Escalante [Mapa].
National Museum of the American Indian. (s. f.). Indian land for sale [Material expositivo]. Smithsonian Institution.
New Mexico Museum of Art. (s. f.). Defining the colonial world: Don Bernardo de Miera y Pacheco, explorer, scientist, santero and more [Exposición]. Santa Fe, Nuevo México.
Powell, J. W. (1875). Report on the exploration of the Colorado River of the West and its tributaries: Explored in 1869, 1870, 1871, and 1872. Government Printing Office.
Smith, B. S. (1994). The 1872 diary and plant collections of Ellen Powell Thompson. Utah Historical Quarterly, 62, 104–131.
Vélez de Escalante, S. (1776). Diary and itinerary. En H. E. Bolton (Ed. y trad.), Pageant in the wilderness: The story of the Escalante expedition to the Interior Basin, 1776 (pp. 133–239). Utah Historical Society. American Journeys, AJ-106.
Vélez de Escalante, S., & Domínguez, F. A. (1976). The Domínguez-Escalante journal: Their expedition through Colorado, Utah, Arizona, and New Mexico in 1776 (F. A. Chávez, trad.; T. J. Warner, ed.). Brigham Young University Press.



















