
El historiador holandés Johan Huizinga, en su fantástico libro Homo ludens, expone cómo el hecho de jugar, incluso en el mundo animal, rompe unas barreras insólitas. En el momento en que el juego supera la simple supervivencia y la necesidad, estamos hablando de algo con un poder especial. Lo paradójico parece ser que justamente aquello que engrandece al juego es el hecho de que se trata de algo superfluo.
En Homo ludens se define al juego como un ejercicio de libertad. A un niño se le puede dar permiso de ir jugar, pero nadie lo puede obligar.
Esta muestra de expresión de voluntad inusitada, universal, cargada de pureza y que al mismo tiempo conlleva la creación de un estricto nuevo orden no es exclusivamente humana. Palabras como el sánscrito kridati definen tanto el juego de los animales, el juego infantil, el juego adulto y, por igual, el «agitarse de hojas al viento o el alegre chapoteo de olas suaves contra las rocas».
Pero ¿cómo y por qué juegan los seres que juegan?
Los animales
Llama la atención que los animales también jueguen. La realidad es que todas las especies superiores, cuando son cachorros, crías o pichones, practican sus habilidades futuras mediante el juego: la caza, el ataque, la defensa, el acecho, el trabajo en equipo, normas de nutrición y de arreglo personal o el simple curiosear que les permite conocer el mundo.
Sin embargo, si el juego es vital en el proceso de desarrollo, casi podríamos esperar que los animales dejaran de jugar en la adultez. O que criaturas como los invertebrados, donde mantis religiosas o arañas son capaces de comerse a sus hermanos y hermanas prácticamente recién nacidos no necesiten jugar. Pero la ciencia ha descubierto que a veces hasta las máquinas de matar necesitan un respiro…
El juego animal no solo desarrolla destrezas motoras, sino también habilidades sociales. Los animales afianzan las relaciones y fortalecen los vínculos. Atemperan su intensidad, aprenden a comunicarse y encuentran su sitio dentro del grupo al que pertenecen. Algunos estudiosos catalogan el juego animal de justo (un perro de mayor tamaño puede «dar ventaja» a otro más pequeño para mantener su interés y que de esa manera puedan seguir jugando).
Etólogos como Mark Bekoff hablan de moralidad y cultura animal cruciales en la convivencia grupal. Mark publicó, junto a la filósofa Jéssica Pierce, el libro Justicia salvaje, que nos regala un ramillete de conmovedores ejemplos de empatía, cooperación y juego limpio. Es interesante que, cuando Johan Huizinga hace una descripción detallada de la forma en que el mundo mágico del juego se rompe (es tan frágil como una burbuja de jabón) en el momento en que alguien infringe las reglas, ese aguafiestas (en alemán spielverderber «estropeajuegos») merece un castigo. No nos preguntamos por qué no juega: si es que no sabe o que no puede, pues en cualquiera de los dos casos, es incapaz de reconocer que nunca debió intentarlo siquiera. Un animal que sabe jugar, respeta las reglas; y está claro que la vida cotidiana necesita de ellas.
En youtube abundan vídeos de animales tocando piano (pulpos, gatos, perros, loros), o reaccionando a la música (como las tiernas grabaciones de Paul Barton dando conciertos para elefantes). Podríamos imaginar que es una interpretación antropocéntrica decir que los animales disfrutan; sin embargo, la respuesta final la tiene la zoomusicología, una ciencia interdisciplinaria que estudia la música y los patrones organizados (estéticos) del sonido en animales. Combina musicología, zoología y un campo extenso llamado zoosemiótica, que a su vez estudia los sistemas de comunicación y las señales utilizadas por los animales. Desde los años 70 han visto la luz publicaciones capaces de sorprendernos, como el estudio de campo de Roger Payne que descubrió leyes de rima, ritmo y estructura coral en los cantos de las ballenas jorobadas. Roger grabó un vinilo con las canciones para que la mayor cantidad de personas escuchara a los cetáceos y logró su objetivo, la gente que se enamoró de estos sonidos apoyó la iniciativa que en 1982 prohibió la caza de ballenas en todo el mundo.
Se ha estudiado el juego en abejorros (se les dan pelotas a rodar como puede apreciarse en el vídeo de youtube Do bumble bees play?). Los abejorros tenían la opción de ir a buscar alimento a través de dos cámaras: una vacía y otra donde estaban las pelotas de colores. Según la personalidad del abejorro, las interacciones con la cámara de las pelotas varió desde una sola a ciento dieciesiete veces en el mismo individuo. Previo a esta experiencia, ya en la misma Universidad (Queen Mary en Londres) habían entrenado a los abejorros para lanzar penaltis contra un pequeño marco. También se han realizado experiencias con moscas de la fruta, hormigas y abejas.
Entre los mamíferos adultos es entrañable el juego (en ocasiones participan especímenes ancianos): luchas simuladas entre leones marinos, carreras de caballos con mordiscos, o los juegos de persecuciones entre lobos, distintas especies de monos, delfines, perritos de la pradera y guepardos, por mencionar algunos.
Los juegos con juguete son familiares para quienes comparten la vida con un animal doméstico, desde perros y gatos hasta loros. Sin embargo, en la naturaleza, sorprenden los pases de ramas o piñas que practican algunas aves rapaces. O la especie de rugby que juegan los delfines con pelotas de algas. A las nutrias les gusta deslizarse en pendientes como si se tratara de toboganes. Gracias a la destreza de sus extremidades delanteras son hábiles manipulando objetos. Además, tienen la particularidad de una piel suelta que forma pliegues; como si se tratara de los bolsillos de un niño, la nutria guarda momentáneamente comida y herramientas. Lleva consigo siempre su piedra favorita para abrir los mejillones, que suele usar también como pelota para hacer malabares o lanzamientos.
Las aves se recrean en juegos aéreos, las golondrinas y vencejos organizan carreras de obstáculos. Las gaviotas surfean en el aire, permanecen girando en círculos sobre corrientes y se van cediendo el turno para entrar y salir del remolino. En el grupo de los peces, los saltos fuera del agua parecen ser la expresión favorita de placer lúdico-deportivo. La mantarraya Mobula destaca porque, en sus competiciones, los saltos alcanzan hasta tres metros de altura.
Además de la estudiada propiedad del juego de liberar el estrés, se le suele asociar la molécula dopamina, el neurotransmisor que nos motiva a «hacer cosas». Esta sustancia nos permite anticipar aquello que está por llegar como si levantara las orejas cuando se aproxima una experiencia nueva.
La dopamina no es exactamente la hormona del placer (de hecho, también se libera dopamina cuando vivimos experiencias desagradables o incluso estresantes). En cantidad exagerada, tal vez puede impulsarnos a buscar siempre algo nuevo de manera constante, pero en un nivel óptimo, la dopamina ayuda al cerebro a aprender y concentrarse. Las ráfagas repentinas de dopamina invitan al cerebro a enfocarse, que algo emocionante esté por ocurrir es una invitación a poner atención (la pieza cómica Vals del error, creada por el bailarín y coreógrafo norteamericano Jerome Robbins es un pequeño regalo para el cerebro). Desde este punto de vista bioquímico, algunos estudiosos especulan que el juego es una herramienta evolutiva. La palabra evolución significa desenrollar, desarrollar algo. Podríamos señalar que es interesante que esta dopamina activada por el juego dependa de la voluntad; sin embargo, la realidad es que pasa así con todas las herramientas, no basta tenerlas, el secreto para que funcionen es utilizarlas.
Los humanos
El juego está intrínsecamente unido a la cultura, la danza, la música, la poesía y la literatura, las artes circenses y el amor. Hasta los juicios pueden tener el aroma de competiciones, como también ocurre en la ciencia y en la guerra (Huizinga dice que cuando se violan las reglas del juego en las relaciones entre los pueblos «se cae en la barbarie»).
En Homo ludens se enumera como características del juego:
a. Se desarrolla dentro de unos límites de tiempo y espacio concretos. Tiene una duración y requiere un tablero o campo de juego. En la epopeya hindú Mahabharata se llama a esa sagrada llanura el campo del deber y, según se explica más adelante, existe más bien en nuestra mente antes que en un lugar físico. De hecho, es la mente quien ha delimitado el escenario mediante trazos geométricos (cuadriláteros, círculos, laberintos o cruces, principalmente)
b. Sus reglas son absolutas y obligatorias; sin embargo, se han aceptado de forma libre previamente.
c. La acción de jugar guarda un fin en sí misma. Y si existe un móvil, este es parte del propio juego. En cuanto a premio, puede tratarse de cualquier elemento: «una copa de oro, una joya, la hija de un rey, diez centavos, la vida del jugador o el bienestar de toda la tribu».
d. Jugar va acompañado de un estado de «tensión» (recordemos la dopamina), de alegría y la conciencia de ser de una forma distinta de aquella que somos en la vida cotidiana. En el juego nos disfrazamos, somos capitán o vaquero, peleamos bajo la bandera del verde o del azul. Rugimos, giramos, intercambiamos complicados juegos de manos o hemos de recitar fórmulas en apariencia sin significado pero que todo el mundo reconoce.
Dado que los cultos religiosos poseen características semejantes, Huizinga los cataloga de juegos sacros. Recurriremos a ilustrar con un ejemplo ya extinto, como los rituales de iniciación europeos masculinos. En el paso de adolescente al nivel siguiente (ya sea de guerrero o de chamán) a manera de una tenebrosa gymncana o de un scape room pero en una caverna de verdad, las vicisitudes de la vida adulta se representaban recorriendo pasajes peligrosos. La aventura recuerda al muchacho la muerte simbólica de su anterior estado, y a medida que va superando las pruebas, su conciencia se hace cargo de que nunca más será un niño. La tesis de Julio González-Alcalde describe ritos mediterráneos de los conocidos como hombres-lobo. En este caso, el sacerdote o Maestro Lobo usaba literalmente un disfraz. En ese momento se le exigía ser un lobo y debía representar su papel. El lobo simboliza el alma de los muertos y es custodio de los mundos subterráneos o interiores.
De regreso a la urbe y a nuestro siglo, el filósofo peruano Pablo Quintanilla, dice que el juego de roles permite al niño el desarrollo de niveles de conciencia importantes que le serán necesarios en el mundo adulto:
- Objetividad: cómo son las cosas.
- Subjetividad: cómo yo las veo.
- Intersubjetividad: cómo los demás las ven.
En este caso, trabaja en un nivel más complejo de lo que podemos imaginar un niño que juega a ser un dinosaurio (y al mismo tiempo sabe que no lo es), y que no espera que los demás crean que lo es. Si en ese momento, alguien lo trata como a un dinosaurio, el divertido desconocido le da la vivencia de una metarrepresentación de segundo nivel («yo sé que tú sabes que esto es un juego y, sin embargo, he aquí a los dos: haciendo como si fuera verdad»).
Pioneros estudiosos en la psicología infantil como Melanie Klein, explican que el niño utiliza el juego como una herramienta de gestión de sus propias emociones y procesos. A través del juego, puede comprender el mundo sin perder seguridad o poner en evidencia sus carencias. En el juego, el niño rectifica cosas que ha hecho mal en la vida real, repara sus errores, profundiza sus motores y los de los demás.
Un niño entiende el bien y el mal fuera de sí mismo cuando juega y disecciona su mundo interno casi sin darse cuenta. El niño que juega en el suelo, el niño que juega con agua, al que no se le regaña por ensuciarse, que pinta sus sueños, que canta y que corre, que respeta reglas, que enfrenta la derrota, que es magnánimo en el triunfo, que comparte los juguetes. Un niño que juega con sus adultos será de mayor mucho más completo y psicológicamente sano que si no lo ha hecho. Si además tomamos en cuenta que Jean Piaget (a comienzo del siglo XX) descubrió que casi todas las preguntas que plantea un niño de seis años tienen carácter cosmogónico (¿quién hace llover?, ¿dónde se fabrica el viento?, ¿por qué nos persigue la luna?), el juego tal vez no le dé las respuestas, pero, por supuesto, abrirá el camino para que se siga preguntado siempre y no pierda nunca esa curiosidad natural, ese asombro que hace al ser humano buscar el conocimiento que le falta.
En la biografía de Leonardo da Vinci, Giorgio Vasari nos muestra a un artista que se divierte gastando bromas a sus aprendices, disfrazando de dragón a un lagarto para lucir en los bailes, haciendo los decorados de fiesta de Ludovico Sforza, o construyendo autómatas y máquinas de trucos. Leonardo jugó con todos nosotros dejándonos paradojas imposibles, como su modelo de tanque militar (con ruedas que no avanzan) o acertijos visuales como la sonrisa de la Gioconda, que tiene la propiedad de que según a dónde se dirija la mirada, se produce un efecto distinto. Si le miramos los ojos (o un sitio lejano), parece más alegre que si estudiamos su sonrisa frente a frente.
Está claro que no podemos relacionar directamente el juego a la genialidad de Leonardo. Pero lo que sí podemos afirmar es que el hecho, en apariencia tan prosaico, de jugar, hasta ahora es común a un conjunto de seres tan amplio que va desde los insectos hasta los genios.
Bibliografía
Huizinga Johan, Homo ludens. Alianza Editorial, S.A. Madrid, España. 2000
https://igualdadanimal.mx/blog/el-juego-en-los-animales-un-acto-de-placer-o-supervivencia/
https://www.qmul.ac.uk/sbbs/news/items/first-ever-study-shows-bumble-bees-play.html
https://www.reachlink.com/es/consejos/tdah/la-ciencia-de-la-dopamina-por-que-fracasan-en-realidad-los-trucos-mentales-mas-populares/
https://medium.com/tangibit-studios/the-secret-of-leonardo-da-vincis-interactive-masterpiece-cadfa66141a4
https://expertoanimal.elperiodico.com/las-nutrias-tienen-bolsillos-26816.html




















