Invocación a Dionisos
¡Oh Dionisos, el dos veces nacido. Tú, quien tienes por padre y madre al Rey de los Cielos, invoca al Coro de los tiempos para que canten las glorias y penurias de los hombres!
¡Tú, Señor que nos ofrendaste la realidad desposeída de espacio y tiempo! ¡Tú, que nos legaste el saber sin dolor en la propia piel! ¡A tus pies nos postramos rogando que inspires cordura a nuestro corazón y a nuestra mente!
Nació Esquilo en Eleusis (525-456 a. C.) y fue iniciado en los antiguos Misterios de esta ciudad. Combatió en las batallas de Maratón, de Salamina y de Platea y, a semejanza de nuestro eterno Cervantes, sentía un gran orgullo de su actuación como soldado. Esquilo perteneció a la generación brillante que derrotó a los persas entre el 490 y el 480 a. C., tanto que en su epitafio, que el mismo escribió, quiso dejar testimonio de su valentía.
La versión que nos llega de su muerte en época romana es un tanto enigmática. Se dice que un águila, que había atrapado a una pesada tortuga, la dejó caer sobre su cabeza creyendo que era una piedra. Pero puede que este relato tenga connotaciones simbólicas y haga mención velada a la transgresión del voto de silencio en relación con los Misterios de Eleusis.
A su genialidad debemos el legado de la única trilogía que nos ha llegado del teatro de la Antigüedad, la Orestíada.
La Orestíada; el pacto y la sangre
La Orestíada está formada por tres tragedias: Agamenón, Las coéforas y Las euménides, y la gran celebridad del genial Esquilo se debe en parte a que es a él a quien pertenece la única trilogía que ha llegado hasta nuestros días completa. La tetralogía a la que pertenecía tenía también una comedia que era la que se representaba al final y ayudaba al auditorio a volver a la realidad más prosaica, tras el inmenso impacto que significaba para el espectador participar en estas obras. Por desgracia, no ha permitido el destino que está comedia se conservase.
La representación de estas tetralogías tenía una duración de doce horas. Normalmente, la obra comenzaba al amanecer y terminaba al atardecer, de sol a sol. Y, como metáfora del amanecer de la vida al atardecer, el espectador vivía realmente una vida al contemplar el espectáculo. Al ponerse el sol, terminaba la trilogía con una comedia de carácter ligero que hacía de intervalo entre el espectáculo impactante que había impresionado el alma de los participantes y las nuevas experiencias cotidianas a las que los ciudadanos tenían que volver.
La intención del teatro mistérico era pedagógica. No se iba al teatro a entretenerse sino a purificarse, a atisbar desde el ojo de la cerradura cuáles eran las motivaciones de los dioses; a comprender cómo se encadenan las causas y los efectos de lo que nosotros llamamos vida; a tener una experiencia real de las implicaciones que tiene el comportamiento de los hombres y de cómo afecta este a todo el mundo que le rodea. El teatro era el lugar de una ceremonia donde se producía la famosa catarsis, que, en griego, significa ‘purificación’.
El espectador era un participante activo de esa representación y se veía profundamente afectado por aquello que estaba contemplando. No solo impresionado sentimentalmente, sino que afectaba su mente y su mismo espíritu. El teatro se convertía en experiencia destilada para el espectador.
Nos conmueve profundamente imaginar cómo sería esa Grecia del siglo V a. C., donde se hacían representaciones a las que acudían todos los ciudadanos. Nos sobrecoge pensar que tuvieran tal conocimiento acerca de la psicología humana y que fueran capaces de impactar en la experiencia colectiva.
Pero asomémonos por un momento a la única trilogía que nos ha llegado del teatro clásico, de la mano del gran Esquilo.
Tres tragedias: Agamenón, Las coéforas y Las euménides
No es Agamenón el gran héroe de la guerra de Troya, si se considera la presencia magnífica de Aquiles entre los griegos o de Héctor entre los troyanos.
Pero como Agamenón es el jefe de las huestes de los griegos, es protagonista del Nóstos, el género de la literatura griega antigua que centra su trama en el regreso de los héroes griegos por mar a sus tierras patrias después de la destrucción de Troya.
Agamenón es el planteamiento del nudo dramático que tendrá su intensidad máxima en la segunda tragedia, Las coéforas, y el desenlace en Las euménides.
La segunda de las tragedias se titula Las coéforas, que significa ‘plañideras’, fero en griego es ‘llevar’ y Coe es el tributo que se ofrenda a las tumbas, las libaciones, los llantos.
La tercera parte de la tragedia se titula Las euménides; su nombre significa ‘apacibles, bien dispuestas’ y se está refiriendo a las furias, las erinias, quienes, en la mitología griega, son personificaciones femeninas de la venganza, que perseguían a los culpables de ciertos crímenes. El uso de esta antífrasis, al referirse a las vengadoras como las apacibles, nos muestra la bella mentalidad antigua, que se refería a las fuerzas desfavorables de la naturaleza dirigiéndose a ellas con un lenguaje amable, rogando así su clemencia.
Podemos observar este mismo fenómeno al llamar océano Pacífico al más proceloso de los mares, o al referirnos al Ponto Eusino (‘mar hospitalario’) a esa parte del mar Mediterráneo ya en Oriente conocida por su inclemencia.
Se nos muestra en la obra a los héroes griegos volviendo a casa tras la conquista de Troya. Sin embargo, vamos a tener noticia de que en esta conquista se ha incurrido en una hybris, un exceso, un pecado, una ruptura del orden moral grave que va a acarrear lógicas consecuencias.
Agamenón vuelve a casa con parte de su botín, la hija del rey Príamo, Casandra, quien posee el don de la profecía y va a ser consciente en todo momento de la tragedia que se cierne sobre el rey y sobre ella misma. Casandra, una princesa, una mujer consagrada, debe plegarse a la voluntad del conquistador. Su don profético solo intensificará la magnitud del drama. Todo lo sabe y nada puede hacer por evitarlo, ya que la sacerdotisa del dios Apolo carga con la maldición de que nadie crea sus certeras predicciones. Su cautiverio y la destrucción de Troya han sido anunciados por su boca, clamando el peligro del caballo de Troya sin que nadie atendiera sus súplicas.
Hay diálogos de un gran ingenio en la obra, en los que Casandra vaticina, pero quienes están a su alrededor no comprenden sus palabras o se burlan de ella.
Casandra sabe que, dentro del palacio, Clitemnestra, la esposa de Agamenón, y Egisto, su amante, esperan al rey en palacio para asesinarle a hachazos. Ella, rehén del rey, será asesinada a continuación.
La figura de Casandra es majestuosa. Ella siente en este terrible momento más piedad por la futilidad de los hombres que por su inminente asesinato: «¡Ay de las empresas de los hombres mortales! Cuando van bien, se pueden comparar a una sombra; y, si van mal, con aplicar una esponja mojada se borra el dibujo. Esto, mucho más que aquello, me inspira compasión».
Nos advierte Casandra: los grandes reyes, los palacios, aquello que parece mover los designios de los hombres solo es una sombra que ven los demás, el resto menos que nada. Solo permanece la justicia del universo restableciendo la armonía, lo demás es solo polvo que se llevará el viento.
Los hilos del destino: los pactos de la sangre
Podemos imaginarnos a los espectadores sentados en esos bellos anfiteatros que los griegos construían en parajes naturales logrando una sonoridad excelente, situados a menudo al lado de grietas en la tierra que procuraban efectos especiales que envidiarían hoy en día nuestros cineastas por el ingenio que demuestran.
Pero la catarsis como purificación comenzaba cuando el argumento de la obra teatral hacía comprender al espectador los hilos que habían motivado las actuaciones de los agonistas (los actores). La palabra protagonista procede del término griego que significa ‘luchador’, es decir, los personajes luchaban contra el destino (como el que agoniza lucha con la muerte), con una corriente que a menudo habían puesto en marcha sus antecesores y que se mostraba en su comportamiento como pulsiones de un actuar que parecían no poder evitar.
El espectador adquiría la experiencia vivida de que nuestras faltas tienen consecuencia en nuestros hijos y en los hijos de nuestros hijos, en nuestros conciudadanos, en las casas que habitamos, en la naturaleza que nos rodea. La naturaleza del hombre es social en su esencia y no existe la posibilidad de pecar a escondidas, ni de que nuestras acciones nos atañan solo a nosotros.
Una magnífica lección que, como consecuencia, ampliaba el marco de conciencia y de responsabilidad de los espectadores. Y no solo eso: cuanto mayor era el rango de la persona que cometía la falta, las consecuencias, las redes que quedaban contaminadas por su acción, eran mucho mayores.
Como el ser humano se asoma a los mismos paisajes mentales, vemos esta idea del dolor que atraviesa el tiempo y los espacios en un hermoso fragmento de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez:
«Tan pronto como José Arcadio cerró la puerta del dormitorio, el estampido de un pistoletazo retumbó en la casa. Un hilo de sangre salió por debajo de la puerta, atravesó la sala, salió a la calle, siguió en un curso directo por los andenes disparejos, descendió escalinatas y subió pretiles, pasó de largo por la Calle de los Turcos, dobló una esquina a la derecha y otra a la izquierda, volteó en ángulo recto frente a la casa de los Buendía, pasó por debajo de la puerta cerrada, atravesó la sala de visitas pegado a las paredes para no manchar los tapices, siguió por la otra sala, eludió en una curva amplia la mesa del comedor, avanzó por el corredor de las begonias y pasó sin ser visto por debajo de la silla de Amaranta, que daba una lección de aritmética a Aureliano José, y se metió por el granero, y apareció en la cocina donde Úrsula se disponía a partir treinta y seis huevos para el pan.
–¡Ave María Purísima! –gritó Úrsula».
Naturalmente, el comprender la motivación de la acción de los protagonistas no justificaba sus comportamientos excesivos, pero sí hacía consciente al espectador del afluente lejano que había puesto en funcionamiento el correr de las aguas, que con el tiempo se podía transformar en un torrente terrible, y de la misma forma, les advertía acerca de cómo los pensamientos, los sentimientos, los rencores, las deudas que el ser humano contraía siempre eran saldadas por el destino.
El odio de Egisto y Clitemnestra
Pero ¿por qué Egisto y Clitemnestra odian al rey Agamenón y desean asesinarle?
Vamos a conocer que Egisto y Agamenón son primos hermanos. Atreo es el padre de Agamenón y Tietes, el padre de Egisto.
Atreo y Tiestes, incitados por su madre, habían asesinado a un hermano que tenían solo de padre para impedir sus posibilidades de acceso a la sucesión del trono.
Huyen y son acogidos por el soberano de Micenas, quien decide que los hermanos le sucedan en el trono turnándose anualmente en el gobierno. Estalla la guerra entre los hermanos, que no quieren respetar este pacto de alternancia, y además, Atreo descubre que su hermano es el amante de su esposa. El hermano traicionado decide no decir nada pero secuestra a los hijos varones de Tiestes, los mata y se los sirve a su hermano en un banquete, quien inconscientemente devora a sus propios hijos.
Al quedar sin descendencia, Tiestes consulta al oráculo, que le vaticina que la única manera de tener otro hijo es cometiendo incesto con su propia hija.
Egisto es el producto de esta abominación y, así, el espectador comprende cómo el odio, el horror y el deseo de venganza corre por las venas de Egisto. La culpa de Atreo, el hybris, el infame asesinato de los pobres infantes cometido por él, llega como una secuela hasta Agamenón y este terrible augurio dictado en su sangre se suma a su propia hybris por el incesto cometido por su padre yaciendo con su hija, por los excesos cometidos en la guerra de Troya y por la humillación cometida contra la princesa troyana, la sacerdotisa Casandra.
Por su lado, también tiene Clitemnestra motivos para odiar a su esposo Agamenón, ya que cuando el jefe de los griegos salía hacia Troya y el viento amainado impedía a sus naves realizar la expedición, conminó al cielo a favorecerle con vientos propicios e hizo juramento de sacrificar a su propia hija Ifigenia (en algunas versiones se sacrifica efectivamente a Ifigenia, y en otras, Artemisa, apiadada, sustituyó en el sacrificio a la joven por una cervatilla).
Artemisa había requerido también este sacrificio por una culpa contraída por Agamenón, quien había matado a una cierva en una arboleda sagrado y se había jactado de ser el mejor cazador.
Es decir, al espectador le quedaba absolutamente claro que todos acaban pagando lo que deben; que la armonía que rompemos los seres humanos con el exceso de nuestros actos tiene que ser restablecida mediante la actuación de la justicia.
La primera tragedia termina con el asesinato de Agamenón y de Casandra y con la toma ilícita del poder por parte de Clitemnestra y de Egisto, lo que anunciaba grandes desastres, porque las manos manchadas de sangre del gobernante harían derramar esta sangre de un modo invisible en todos los ciudadanos. Es decir, nos enseñaban que el gobernante estaba indisolublemente unido a los gobernados y, así, las faltas del gobernante caían sobre el pueblo, al ser juntos una unidad de destino.
Es Orestes el protagonista de Las coéforas, el punto culmen de la trilogía. Orestes es el hijo de Agamenón y Clitemnestra y hermano de Electra. En escena aparece la tumba de Agamenón, y Electra, poseída por el ansia de venganza, se ve impelida por un impulso que domina todo su ser a vengar la muerte terrible de su padre en manos de su madre.
Aparece Orestes, quien había sido enviado fuera para educarse e ignora las circunstancias terribles bajo las que ha muerto su padre. Rinde honores ante la tumba de su padre y deja como ofrenda un rizo de su cabello. Tras esto, se esconde al ver llegar a las plañideras.
Al frente de las coéforas, aparece Electra, cuyo deseo de venganza se ve enardecido porque su padre se le aparece en sueños reclamando el resarcimiento. Ella hace votos ante la tumba para que el hado traiga de regreso a su hermano Orestes para que pueda vengar el crimen cometido.
Orestes sale de su escondite y aparece ante Electra, pero han pasado diez años desde que Orestes se fue y, por lo tanto, los hermanos no se conocen. Sin embargo, una vez que están frente a frente se produce la anagnórisis, el reconocimiento, un recurso narrativo que consistía en el descubrimiento por parte de un personaje de la identidad de un ser querido o de otro personaje, oculta para él hasta el momento y que tiene fuertes implicaciones filosóficas.
La anagnórisis era el momento en el que alguien descubría la verdadera identidad del ser humano que tenía delante o la suya propia. Es el reconocimiento.
Es decir, en ese momento algo de la esencia de ese personaje se le revela y, al reconocer la condición oculta, que como una potencia ese personaje tenía en su interior, se desplegaba un poder. Los personajes creen ser una cosa, pero el destino les enfrenta con pruebas que despiertan su identidad real, su verdadero ser.
El momento del reconocimiento era de un gran patetismo, y el espectador se sentía a su vez impelido a descubrir la identidad oculta que también latía en su interior.
Los personajes murmuraban al ser interno del espectador: «Creéis ser unos, pero en realidad sois otros».
La escena del reconocimiento en Las coéforas es de una gran belleza:
ORESTES.- Pide a los dioses que tan felizmente acojan tus demás votos como estos.
ELECTRA.- Pues ¿qué he obtenido de la voluntad de los dioses?
ORESTES.- Viendo estás a los que tanto tiempo ansiaste.
ELECTRA.- Pues ¿sabes tú quién es el mortal que deseo?
ORESTES.- Sé que esperas a Orestes con ardor.
ELECTRA.- ¿Y en qué se han cumplido mis anhelos?
ORESTES.- Orestes soy: no busques amigo mejor.
ELECTRA.- ¡Oh, extranjero! ¿Es que quieres tenderme un lazo?
ORESTES.- Contra mí mismo en tal caso lo tendería.
ELECTRA.- Quieres, tal vez, burlarte de mis penas.
ORESTES.- De las mías burlárame entonces.
ELECTRA.- ¡Así pues, eres Orestes! ¡Con Orestes estoy hablando!
[Sabe Orestes que debe reparar el crimen de su padre, pero también es consciente de que si comete ese crimen contra natura se verá perseguido por las erinias, por las furias vengadoras que ya no le permitirán vivir en paz].
ORESTES.- No; ciertamente, el todopoderoso oráculo de Loxias no me hará traición, él, que me ha mandado afrontar este riesgo, incitándome a ello en voz alta, y amenazándome, hasta helar mi corazón ardiente, con terribles desdichas si no vengaba la muerte de mi padre en sus asesinos, matándolos como mataron, y los castigaba por haberme arrebatado mis bienes. Dijo que entonces sufriría y me agobiarían males horribles. Anunció que a los mortales les abrumarían cuantas calamidades hay que pagar a las Erinnis irritadas, y que, por mi parte, me vería presa del mal que roería mis carnes, devoraría con sus dientes feroces mi naturaleza primera, me volvería decrépito y me blanquearía el cabello. Y profetizaba otros asaltos de las Erinnis, por la sangre de mi padre, y que él flecharía su mirar flamígero desde el fondo de las tinieblas; porque el dardo sombrío que lanzan los muertos, cuando los padres han sido presa del crimen, y la rabia y los terrores nocturnos agitan, turban y arrojan al miserable de la ciudad con látigo de hierro. No le es lícito al hombre mancillado participar de la crátera y de las libaciones vertidas. Rechazado se ve de los altares por la oculta ira de su padre; nadie le acoge; todos le desprecian, y muere, mucho después, sin amigos y consumido por un destino lamentable y horrendo. Ciertamente, hay que dar fe a tales oráculos. Aun sin creer en ellos, cumpliera yo mi propósito.
Decidido a afrontar su destino, asesina a su madre Clitemnestra y a su amante Egisto.
Es esta obra el desenlace de la trilogía. Comienza con una escena impactante, ya que Orestes se encuentra perseguido por las erinias, las furias que le castigan por haber cometido un crimen que atenta contra la naturaleza, asesinar a la propia madre.
Sabe bien Orestes la magnitud de su culpa y acude a la pitonisa para consultar al oráculo de Delfos si puede eludir de alguna forma el castigo que sabe que merece.
En el templo de Apolo, en Delfos, se situaba la pitia frente a una piedra de mármol que representaba el ombligo del mundo, el lugar en el que el cielo se comunicaba con la tierra y, por lo tanto, era posible la profecía.
En el prólogo, la sibila se horroriza al observar cómo Orestes es perseguido por criaturas terribles. La descripción de las erinias es escalofriante:
«Entro en el santuario ornado de coronas, veo a un hombre sacrílego sentado en el ombligo del mundo, a un suplicante, con las manos manchadas de sangre, con una espada desenvainada y un ramo de olivo de las montañas envuelto en tiras de lana blanca. Todo claramente me lo explico. Ante ese hombre duerme un espantoso cortejo de mujeres sentadas en tronos. No diré que son mujeres, sino, más bien, gorgonas. Ni siquiera con las gorgonas he de compararlas. Una vez las he visto, pintadas, arrebatar la comida de Fineo. Pero estas mujeres no tienen alas, son negras y horribles. Roncan con resoplido feroz, y sus ojos vierten lágrimas horribles, y sus vestiduras son tales que nadie llevará otras semejantes ante las efigies de los dioses o bajo el techo de los hombres. ¡Nunca vi raza semejante! Jamás tierra alguna pudo vanagloriarse de criar hijos tales sin merecer lamentables calamidades…».
Aumenta el patetismo de la escena cuando aparece el espíritu de la madre asesinada incitando a las erinias a que castiguen al matricida:
EL ESPECTRO DE CLITEMNESTRA (a las Erinnis que duermen).- ¿Dormís? ¡Ea! ¿Para qué dormir? Olvidada por vosotros, sola entre todos los muertos, yo, que maté, voy errante por entre las sombras, detestada y cubierta de oprobio. Os lo digo, atormentada estoy por mi crimen, y yo, que tantos males espantosos he padecido por parte de los que me eran muy caros, no tengo dios que se irrite y me defienda, aunque manos impías y parricidas me hayan degollado. ¡Mira estas llagas, míralas en espíritu! Oíd lo que os dice mi alma. ¡Despertad, diosas subterráneas! ¡Soy yo, es el espectro de Clitemnestra quien os llama!…
Orestes, desesperado por la persecución de las erinias, se refugia en el templo de Atenea y, abrazado a la estatua, le suplica el final de su castigo.
Orestes debe ser juzgado y los dioses determinarán qué sentencia merece.
A continuación, aparece en la obra de Esquilo un proceso judicial que, como veremos, es el antecedente de las formas que hoy día se siguen en nuestros tribunales actuales.
El jurado lo dirige Atenea, quien comienza el proceso y le da la palabra al coro, que tiene el papel del letrado de la acusación que interrogará al procesado:
ATENEA.- A vosotras os cumple hablar primero. Doy comienzo a la causa. El acusador ha de comenzar y exponer el asunto.
CORO DE LAS EUMÉNIDES.- Muchas somos, en verdad, pero hablaremos brevemente. Respóndenos tú, palabra por palabra. Dinos, ante todo: ¿has dado muerte a tu madre?
ORESTES.- La maté, no lo niego.
CORO DE LAS EUMÉNIDES.- En esta lucha, mírate ya caído una vez por cada tres.
ORESTES.- Antes de haberme derribado alardeas.
CORO DE LAS EUMÉNIDES.- Sigue contestando. ¿Cómo la mataste?
ORESTES.- Contesto: con mi mano le hundí esta espada en la garganta.
CORO DE LAS EUMÉNIDES.- ¿Quién te impulsó y aconsejó?
ORESTES.- Los oráculos de este dios. Él aquí lo atestigua.
CORO DE LAS EUMÉNIDES.- ¿El Adivino te impulsó a matar a tu madre?
ORESTES- Hasta aquí no me arrepiento de ello.
CORO DE LAS EUMÉNIDES.- Cuando se te condene, de otro modo hablarás.
ORESTES.- Tengo mis esperanzas. Mi padre me ayudará desde el fondo de la tumba.
CORO DE LAS EUMÉNIDES.- ¡En muertos fías, tú que mataste a tu madre!
ORESTES.- Manchada estaba por dos crímenes.
CORO DE LAS EUMÉNIDES.- ¿Cómo? Díselo a tus jueces.
ORESTES.- Dio muerte a su marido y dio muerte a mi padre.
CORO DE LAS EUMÉNIDES.- Vives, y ella, muriendo, expió su crimen.
ORESTES.- Pero ¿cuando vivía la perseguisteis?
CORO DE LAS EUMÉNIDES.- No era de la sangre del hombre que mató.
ORESTES.- ¿Y yo era de la sangre de mi madre?
CORO DE LAS EUMÉNIDES.-¡Cómo! ¿No te llevó bajo su cinto, matador de tu madre? ¿Renegarás de la sangre carísima de tu madre?
ORESTES.- ¡Sé testigo, Apolo! ¿No la maté legítimamente? Porque no niego que la maté. ¿Piensas que su sangre fue legítimamente derramada? Habla, para que se lo diga a estos».
Orestes arguye en su declaración que ha sido incitado al matricidio por el dios Apolo, quien comparece en el juicio y ratifica su declaración cargando contra las furias que persiguen a Orestes:
APOLO.- ¡He de hablaros, Jueces venerables instituidos por Atenea! Soy el Adivino, y no he de engañar. Nunca en mi trono fatídico dije de hombre, de mujer o de ciudad nada que Zeus, padre de los Olímpicos, no me haya mandado decir. Acordaos de tener mis palabras en lo que valen y de obedecer a la voluntad de mi padre. No hay juramento que sea superior a Zeus.
CORO DE LAS EUMÉNIDES.- ¿Zeus, por lo que dices, te había dictado el oráculo con el que mandaste a Orestes que vengase la muerte de su padre, sin respeto a su madre?
APOLO.- No da lo mismo ver a una mujer degollar a un valiente honrado con el cetro, don de Zeus, y a quien no han traspasado las flechas lanzadas desde lejos, como las de las amazonas. ¡Escúchame, Palas! Escuchadme también vosotros, que venís a juzgar en esta causa. ¡Al volver de la guerra, de donde traía numerosos despojos, ella le recibió con palabras lisonjeras, y en el momento en que, habiéndose lavado, iba a salir del baño, le envolvió en amplio velo y le hirió, teniéndole inextricablemente impedido! Tal ha sido la suerte fatal de aquel hombre venerabilísimo, del Jefe de las naves. Digo que tal ha sido, para que la mente de los que juzgan en esta causa sienta la mordedura.
CORO DE LAS EUMÉNIDES.- A Zeus, según tus palabras, más le irrita el asesinato de un padre que el de una madre. Pero él mismo cargó de cadenas a su anciano padre Cronos. ¿Por qué no añadiste esto a lo que has dicho? Vosotros, ya le oísteis; por testigos os tomo.
APOLO.- ¡Oh, alimañas, las más abominables de todas, aborrecidas por los dioses! Pueden romperse cadenas; remedio hay para ello y medios innumerables para libertarse de ellas; pero cuando el polvo ha absorbido la sangre de un hombre muerto, ya no puede volverse a levantar. No ha enseñado mi padre encantamientos que lo consigan, él, que, por encima y por debajo de la tierra, manda y lo pone todo en movimiento, y cuyas fuerzas son siempre iguales.
CORO DE LAS EUMÉNIDES.- Pero ¿cómo has de defender la inocencia de este hombre? ¡Mira! Después de haber vertido la sangre de su madre, su sangre propia, ¿podrá vivir en Argos en la casa de su padre? ¿En qué altares públicos sacrificará? ¿Qué fratría le dará lugar en sus libaciones?
APOLO.- Esto diré, mira si hablo bien. No es la madre quien engendra al que se llama hijo suyo; no es ella sino la nodriza del germen reciente. El que obra es el que engendra. Recibe la madre el germen, y lo conserva, si place a los dioses. He aquí la prueba de mis palabras: puede haber padre sin madre. La hija de Zeus Olímpico me sirve aquí de testimonio. No se ha nutrido en las tinieblas de la matriz, porque diosa ninguna hubiera podido producir tal hija…
Termina el proceso dictaminando Atenea sentencia en favor de Orestes, ya que el argumento que dicta Apolo es definitivo. Hay un designio superior a los propios dioses que ha obligado a Orestes a vengar de esta manera el crimen de su madre y esto está por encima de los dioses olímpicos.
Así concluye la trilogía del genial Esquilo.
Hemos querido asomarnos con estas líneas a la obra dramática de Esquilo en el contexto del teatro mistérico y del mundo de la Antigüedad, que mostraba un conocimiento excelso acerca de la psicología humana, y que era capaz de impactar en la conciencia colectiva de un pueblo, instruyéndole acerca de las leyes de la naturaleza que rigen el destino de los hombres y cómo al actuar en contra de esta armonía se rompía un equilibrio que la ley exigía fuese restablecido.
Tal manifestación del arte, que impactaba el alma del espectador mediante una belleza sublime de las formas, ha generado una herencia que ha llegado hasta nuestros días, siendo el teatro griego no solo la cuna del teatro occidental, sino una de las cimas más altas que ha alcanzado el espíritu humano. Sean los griegos honrados por ello.
Norwood, Gilbert. Greek Comedy. Taylor and Francis Group, 2022.
Livraga, Jorge Á. El teatro mistérico en Grecia I. La tragedia. Ed. Nueva Acrópolis, 1987.
Esquilo. Tragedias. Ed Gredos. Madrid, 1986.
Al hilo del tiempo. Ernesto de la Peña. 5 de abril de 2018. (Archivo de Vídeo). YouTube. Agamenón. https://www.youtube.com/watch?v=CnDZTt2LYQM





















