
Un año más nos encontramos en el mes en el que, desde que lo proclamara la UNESCO, se celebra el Día Mundial de la Filosofía.
Desde hace años, Nueva Acrópolis se ha unido a esta celebración, como respuesta natural a la propia identidad: la de una escuela de filosofía.
Aunque Nueva Acrópolis promueve la vida filosófica para cada día del año, no deja de ser relevante que se haya destacado por la UNESCO un día para poner de relieve la importancia para el desarrollo humano de la filosofía. Desde entonces, cada año, Nueva Acrópolis ha dedicado, uniéndose a esta celebración, algún tema de reflexión e interés para aquellos que indagan sobre la vida.
Este año el tema escogido es la ciencia y la filosofía, dirigiendo la mirada a esa expresión de la búsqueda de respuestas y conocimientos propios del ser humano.
No diremos que, en un origen, ciencia y filosofía nacieron juntas como respuesta al asombro que suscita mirar y querer comprender, sino que ambas eran una en el afán de encarar la búsqueda de sabiduría.
Con el tiempo, la indagación de los fenómenos y sus leyes se llamó ciencia, quedando la filosofía como una eterna pregunta de los porqués, del sentido. Ambas se alejaron en cierto modo de su origen, que entendía que el conocimiento era integral o no era real conocimiento.
Reflexión y método, filosofía y ciencia, indagación de lo pequeño y de lo sublime, del cielo y de la tierra, de lo aparente y de lo profundo, del fenómeno y del noúmeno, del mundo objetivo y del subjetivo… todo ello constituye la misteriosa escala que el hombre se ha atrevido a recorrer.
¿Por qué?, ¿para qué?, ¿cómo?, ¿hacia dónde?, responden a la innata esencia del ser humano, a la necesidad de conocerse y conocer el cosmos-vida del que forma parte. Ese ser humano al que no le basta con sobrevivir, sino que necesita hacerlo con sentido.




















