Filosofía — 23 de septiembre de 2026 at 00:00

Enseñanzas de la Carta a Marcela, de Porfirio

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Carta a Marcela Porfirio

Cuando Porfirio escribió su Carta a Marcela, nubes tempestuosas se cernían en el horizonte de la historia. Un mundo, el Imperio romano y una mentalidad que bien podemos llamar «clásica» por un lado, con signos de decadencia, y en alza todo un conjunto de nuevas creencias y valores incompatibles con la antigua visión. El tiempo, antes cíclico, fue quebrado en dos, con un antes de la llegada de Cristo y un después. El aceite y el agua de ambos convivían pero no se podían mezclar. Eclecticismo, amplitud religiosa, fortaleza, responsabilidad individual, construcción esforzada para las futuras generaciones sobre la base de la virtus, generosidad, búsqueda de la honra y de la fama, mística heroica, sentido ecológico de la vida y el mundo, valor de la ley, por un lado. Fin de los tiempos (y, por lo tanto, inutilidad de ningún esfuerzo civilizatorio de cara al futuro), abandono a Dios, sumisión, estrechez de miras (fin de la vocación verdaderamente filosófica) y fanatismo, culto, por veces obsesivo a la humildad y a la pobreza, sentido de la gracia que exime del esfuerzo por crear, disolución de jerarquías en la sabiduría y el gobierno (solo los obispos pastorean al pueblo de Dios, sencillos e indefensos como ovejas), ascetismo y búsqueda del martirio como mística. Dos mundos destinados a no entenderse y uno de ellos ya tambaleándose en su cansancio existencial.

Porfirio mismo se embanderó en la visión antigua frente a las nuevas corrientes cristianas y escribió uno de los tratados más eruditos y demoledores contra ellas (como haría el pitagórico Celso y más tarde el emperador filósofo Juliano), texto que evidentemente no ha sobrevivido.

Como dice la genial H. P. Blavatsky, las últimas campanadas de los Misterios habían sonado ya en tiempos de Julio César, con la destrucción de Alexis y Bibractis, y —a pesar de personajes heroicos casi divinos como los estoicos Séneca y el emperador Marco Aurelio, o el mismo Plotino y su maestro, Amonio Sacas, fundador de la escuela ecléctica de Alejandría—su llama ardía débilmente.

La filosofía de Porfirio, como discípulo de Plotino, es heredera de esta llama de los Misterios, y esto se hace evidente al estudiar su Carta a Marcela, una síntesis de enseñanzas a su esposa y discípula, en el amable y bello modelo epistolar, como las Cartas de San Pablo o las de Séneca a Lucilio o a su madre Helvia.

El que sean estas enseñanzas herederas de una misma luz y «sabiduría de todos los tiempos» hace que encontremos exactas semejanzas con otros textos, algunos tan distantes como el Bhagavad Gita hindú o La voz del silencio del budismo tibetano.

Son joyas filosóficas que aún pueden guiar nuestra senda, y saciar, como fuente de vida, la sed del alma. Tal es el valor de las obras clásicas, contra las que el tiempo nada puede; resisten sus embates como una roca en medio de la tempestad. Los autores clásicos son refugio y amparo de almas, y su saber es siempre de pura actualidad. Cuando el fundador de la escuela estoica, Zenón de Citia, preguntó qué debía hacer para vivir del mejor modo, el oráculo respondió: «estar en contacto con los muertos», o sea, con las enseñanzas que no mueren.

Examinemos algunas de estas enseñanzas en la Carta a Marcela.

Igual que existen los hijos del cuerpo y de la atención debida para que crezcan, también están los «hijos del alma». Como los primeros son amamantados por la leche materna, los segundos lo son por la sabiduría. Arde la vida de los primeros, y el alma de los segundos. Los padres velan por que los hijos estén a salvo y no se pierdan en los caminos del mundo, y los maestros por que brille su nombre secreto y avancen en las sendas internas, dando, asimismo, luz al mundo. Es de este modo como oímos al gran Maestro decir: «¿no sabéis que sois la sal de la tierra y la luz del mundo?» y «dejad que los muertos entierren a los muertos», pues vuestros pies huellan otras sendas.

Es muy interesante toda la cosmovisión de dioses, daimones, héroes y mortales en el mundo clásico y en este libro. Las fuerzas de la necesidad están regidas por daimones. Insiste en que debemos apaciguar a los daimones, o sea, los que rigen nuestro temperamento y todo aquello que nos sucede. Son los barrotes de la jaula de necesidad en que está el alma, y la Filosofía, con mayúsculas, está ahí para que su poder sobre esta sea cada vez menor. Aunque también en el sentido de Plotino, daimon es el mismo ser interior o destino que impulsa, guía y ampara al alma humana para su realización en esta vida. Recordemos la escena impactante de la vida de Plotino, descrita por Porfirio, en que un mago egipcio llegó a Roma y era capaz de evocar y hacer presente el daimon de quien lo solicitase. Al hacerlo con Plotino vio que era un dios mismo.

Bella metáfora en esta Carta de «la tragicomedia de esta vida», en que el guion está trazado, pero cómo actuamos en él depende de nuestra voluntad y conocimiento.

Llama también la atención la alusión al héroe Filoctetes, uno de los antiguos compañeros de Hércules, herido casualmente por la mordedura de una serpiente al ir camino de Troya, en la nave de Ulises. El hedor fue tan insoportable que tuvieron que abandonarlo en una isla desierta. Ignominia para un camarada de armas. Hasta que supieron por el oráculo que, sin las flechas de Hércules que él llevaba, no podría ser ganada la guerra de Troya, Y Ulises mismo, que lo abandonó, tuvo que convencerlo para que volviera con ellos. Identifica a Filoctetes con el alma caída en la materia y envenenada por ella. Ulises hace aquí de daimon, pues es el designado para engañarle y abandonarle en la encarnación, pero quien le trae de nuevo a las barcas de los héroes, llegado el momento y tras gran sufrimiento y purificación en la vida material (isla desierta), pues la cualidad neta de la vida material es «el río de las cosas que arrastran», como la filosofía budista definió también la corriente del samsara, que impide llegar a «la otra orilla», el Nirvana de la plenitud incondicionada.

Otra de las verdades o joyas de esta carta es el «per aspera ad Astra» romano. Solo a través del esfuerzo y las dificultades se puede ascender la montaña de la realización. Mejor las cadenas de hierro que nos alertan dolorosamente de nuestras faltas que las de oro, que nos enamoran de ellas y deseamos ser esclavos del placer. Sufrir es necesario, dice, para alcanzar la virtud. Así lo hicieron todos los héroes. La comodidad y el placer nos mutilan, enseña Porfirio, y pensar que ya hemos avanzado mucho en la senda y que no es necesario ya el esfuerzo es un veneno de ensoñación para el alma. Platón decía que «somos dioses pero lo hemos olvidado». Que lo hemos olvidado es porque hemos caído en la materia, y el único modo de retornar a casa y recuperar esta naturaleza divina es liberarnos de toda atracción de la materia. La fantasía de haber llegado o estar cerca arruina al alma y su poder ascendente. En el simbolismo budista esto es representado por la liebre. Ella es el «hundimiento sutil» (la falta de viveza o claridad mental) y simboliza una trampa insidiosa donde la mente está concentrada y aparentemente tranquila, pero ha perdido intensidad, lo que conduce a un estado de somnolencia o sopor.

Y sentimos los vientos de un futuro Espinoza o Giordano Bruno cuando dice que «Dios está presente en todas partes y de manera absoluta», y se le honra haciéndose sabio y practicando con esa conciencia divina actos de justicia. El sabio mismo es una estatua divina que se aproxima al misterio de lo que está siempre más allá (trascendente) y más en lo íntimo (inmanente). Qué semejante al Bhagavad Gita cuando en él, Dios (Krishna) menciona que «entre todos los sacrificios, el que me es más grato es el de la sabiduría». Toda acción que no culmine en sabiduría abre las puertas al dolor o al abismo. Y del mismo modo que en el Mahabharata y en el Bhagavad Gita combaten en la llanura de los Kurus los ejércitos del bien y del mal, y este campo de batalla es la conciencia humana, el sabio prepara su castillo interior para la bondad y belleza de Dios, y el malvado para acoger fuerzas oscuras, daimones perversos que sirven a las fuerzas disolventes de la materia. Ya lo dijo el sabio Sri Ram: están los constructores de pirámides y los destructores, las fuerzas que permiten la salud y las que se oponen a ella para hacer que lo material se reintegre a lo material.

En toda obra y en toda acción, Dios está como observador y vigilante, dice Porfirio. En el Bhagavad Gita, el Espíritu (Purusha) es el «vigilante del espacio», y en la mística egipcia, Dios, como Osiris, es representado por el jeroglífico del ojo sobre el trono, siendo el trono la naturaleza manifestada, el asiento de los poderes celestes. Y a Dios no se le debe suplicar nada que no sea necesario más allá de las puertas de la muerte. ¡Asombrosa y poderosa afirmación! Ni fama, ni honra, ni bienes materiales, ni siquiera salud, pero sí aquello que debe resplandecer, ahora en vida y después en lo invisible, como virtudes celestes, estas que la tradición budista figuró como las joyas de los Bodhisatvas, aquellas fuerzas espirituales con las que, al trabajar, se forjan las virtudes celestes en el corazón humano, y que la tradición medieval caballeresca asoció a las armas del caballero, o sea, del consagrado a la Justicia de Dios: la espada de la voluntad. «El escudo es la pureza del caballero, el resguardo de su virtud…, la lanza es la verdad, el yelmo la vergüenza, la loriga es castillo y muro contra los vicios y faltas; el puñal es la misericordia; la túnica es la capa formada por los muchos trabajos cumplidos y por cumplir; y la insignia o divisa es lo que representaba y distingue a ese símbolo viviente que es el caballero»1. Pues con estas insignias y armas mágicas sí que se cabalga y avanza más allá del umbral de la muerte, y son válidas solo ante los ojos de Dios y de la mirada espiritual del ser humano.

Continúa Porfirio diciendo que no es necesario hacer la súplica a Dios antes de tiempo, «sino cuando Dios te muestra la recta súplica que está en ti». La mejor pregunta es la que hace la sabiduría misma en la voz del discípulo y a la que responde la sabiduría con la voz del maestro. Como afirma el Bhagavad Gita hindú: «Dios mismo es la ofrenda, es el ofrendante, y es a quien ofrenda», y el corazón humano es donde tal misterio se verifica. El corazón del sabio es donde esta ofrenda es perfecta y pura, porque nos dice en su Carta a Marcela, que «el único sacerdote es el sabio». Y si la «verdadera filosofía» es necesaria, es porque «el pensamiento inspirado por Dios, convenientemente afirmado, une a Dios». La filosofía no está, como dijeron después los padres de la Iglesia, sometida a la teología, sino que ella misma es teología.

Y frente a las pseudofilosofías que proclaman un nihilismo que adormece el alma humana y le trae irremediablemente la desesperanza, nos dice Porfirio que no podemos huir de la verdad, que es una, y que sale a la luz en un buen argumento. Nos dejaremos, insiste, vencer por quien dice la verdad y es testigo moral de ello, o sea, que con él y su verdad trae la belleza, la bondad y lo que eleva al alma humana. Y no nos dejaremos seducir con los que parece que dicen verdad pero que mienten, y la prueba es que son testigos de la maldad, y fácilmente sentimos que arruinan la obra de lo más luminoso construido en el interior. Por sus frutos los conoceréis, dijo el Santo, cuando aún no dominemos la ciencia de los rectos argumentos y de la sabiduría desnuda. Los falsos testigos nunca son válidos. Qué pena que hayamos perdido la ciencia de los juristas de Córdoba, en el periodo omeya, que solo aceptaban testigos después de un proceso moral de selección en que se preguntaba a todos los que le conocían de siempre. Quién eres, a dónde vas está trazado casi unívocamente en de dónde vienes.

Otra de las enseñanzas de los Misterios y que después la filosofía va a repetir una y otra vez es que «todo es mental» (una de las llamadas leyes del Kibalión) y que, por lo tanto, la mente humana recibe la luz de la divina como en un espejo. En los Misterios de Eleusis, nos revela Jinarajadasa, en la famosa «cesta sagrada» se contenían los «juguetes de Dionisos», y entre ellos el espejo, pues la faz divina (Macroprosopus en la tradición hebrea) se refleja como en un espejo en la naturaleza, en todos sus siete planos de conciencia, y en el alma humana (la pequeña faz, el microprosopus). Y aunque fuera impío y secreto en aquel tiempo revelar de forma abierta estas verdades de los Misterios, se contienen por medio de alusiones en la filosofía de Platón, y de Plotino y de Porfirio, como después en la matemática y teúrgia de Jámblico (discípulo de Porfirio) y de Hipatia.

Y sin embargo, todo lo asociado a los Misterios divinos y a su filosofía, debe ser mantenido en un círculo de almas selectas, que no vayan a malinterpretar o abusar por ignorancia y maldad de estas enseñanzas, o como los sofistas, hacer de ellas su «modus vivendi», de enriquecimiento y soberbia personal. Hablar abiertamente de Dios es vanagloria, dice Porfirio, y no debemos profanar estas verdades con discursos ante la multitud, en las calles, pues «el mejor discurso sobre Dios son los actos gratos a Dios» y «no manches lo divino con simples opiniones humanas».

Sin entrar en detalles, que luego haría con abundancia su discípulo Jámblico en su libro Los Misterios egipcios, dice que la validez de los ritos se fundamente en que «lo semejante va a lo semejante», y en el lenguaje de los símbolos de la naturaleza y de la matemática y geometría sagrada se puede establecer una afinidad con lo divino, aunque la mejor afinidad es la de la mente inspirada por su luz. Cuando el compañero de Porfirio, Amelio, recriminó a su maestro Plotino por qué no asistía a las ceremonias públicas de ofrenda a los dioses, le respondió que elevando su mente se hallaba en su compañía.

Sigue la naturaleza, afirmaron los estoicos, y también Porfirio dice que somos puros y hacemos lo justo y necesario si no pervertimos la voz de la naturaleza, los límites que impone. De ahí la necesidad de la abstinencia y purificación para saber qué es realmente necesario. Solo arrancándose de la dependencia de lo material podemos renacer, como el niño que nace es arrancado del amnios en que ha vivido hasta ese momento en el vientre materno, o la mariposa del capullo de seda en que ha realizado esta transustanciación. Metáforas semejantes usó el Bhagavad Gita cuando enseña: «Como una llama rodeada por el humo, como un espejo cubierto de polvo, como el feto envuelto en el amnios, así es el alma ocultada por el deseo. La sabiduría se ve cercada por este eterno enemigo del sabio que es el deseo, como una llama insaciable».

«Todo lo que se desborda al margen de la naturaleza es maldito y mortífero», dice Porfirio en esta Carta. «Ayuda a la naturaleza y trabaja con ella, y la naturaleza te mirará como uno de sus creadores y obedecerá», dice el libro místico Voz del Silencio. El filósofo, como el verdadero médico, sigue la naturaleza, restablece la armonía perdida, su paz, porque es imposible que el dominado por las pasiones sea libre y, nos recuerda Porfirio, es mejor morir que destruir el alma por falta de fuerza interior. Esta es la religión-filosofía natural, la verdadera pietas o vínculo entre lo divino y humano (así la define Cicerón en Los deberes, el recto cumplimiento de los deberes con los dioses), pues su fundamento, aquello que define su verdad es el amor a los seres humanos. Religión, de religare es todo aquello que una las almas humanas a través del amor y la concordia. Lo que las separa, como el odio y el fanatismo, nunca será verdadera filosofía ni verdadera religión, pues «quienes han alcanzado una vida sensata conocen a los dioses y son reconocidos por los dioses que conocen».

Y la filosofía llama a las almas que quieren vivir acordes con estos principios, como el clarín llama a la batalla al que está despierto y no quiere sucumbir ante el enemigo.

1 De Jorge Ángel Livraga, en su libro Magia, religión y ciencia para el tercer milenio. Volumen II, pág 40. Editorial Nueva Acrópolis.

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