
«La realidad es demasiado compleja y extensa para poder ser abarcada en su conjunto. Así que, para funcionar en nuestra vida cotidiana, necesitamos puntos de referencia simbólicos; funcionan como sencillos mapas y están construidos con una materia prima muy especial: son los mitos» (Agustín Sánchez Vidal).
«En efecto, me parece que los hombres no se dan absoluta cuenta del poder del amor, ya que si se la dieran, le habrían construido los más espléndidos templos y altares, y harían en su honor los más solemnes sacrificios.
Ahora, por el contrario, nada de eso se hace, porque debería hacerse antes que cosa alguna, pues el amor es el más filántropo de los dioses, en su calidad de aliado de los hombres y de médico de los males cuya curación aportaría la máxima felicidad al género humano» (Diálogo de Aristófanes en El Banquete de Platón).
El mito
Entendemos por mito la fábula o ficción alegórica que encierra en el fondo una verdad, generalmente de orden espiritual, moral o religioso. Son relatos que quedaron en el inconsciente colectivo de las generaciones transmitiéndose de una época a otra. Su característica esencial es que son narraciones heredadas que vienen de atrás y siguen más allá. Nos exponen la actuación de los grandes dioses y héroes, que tienen sus efectos en el mundo. Nos hablan de los grandes enigmas. Están más allá de lo real y ofrecen una explicación de la realidad. Esta explicación simbólica tiene que ver en muchos casos con las creencias religiosas, lo que también nos explica por qué subsisten en una sociedad como la nuestra, y es que las mitologías tienen mucho que ver con el fondo religioso de los pueblos.
Los antiguos sacerdotes y filósofos no revelaban la verdad a los profanos, escondían las enseñanzas mistéricas en los mitos. Macrobio decía: «La Verdad no vino al mundo desnuda, sino en imágenes». Estos pueden haberse camuflado en nuestras sociedades modernas, pero distan mucho de haber sido erradicados. Entre otras cosas, porque la ciencia está lejos de hacerse cargo de cuestiones tan trascendentes como el amor, la belleza, el bien, el mal…
Los relatos mitológicos conectan nuestro intelecto con la cotidianidad. Según Mircea Eliade, son una realidad y hay que contar con ella, no solo como imagen del pasado, sino también como técnica del hombre moderno utilizada para renovarse y percibir lo eterno. Estas narraciones son empleadas por Platón para difundir algunos conceptos, sin necesidad de explicar abiertamente sus ideas, aquellas reservadas exclusivamente para el ámbito de la Academia, evitando así revelar sus enseñanzas a personas poco aptas para recibirlas. El uso del mito es un indicio más de un saber que no puede o no quiere ser expresado. También hoy en día, cuando decimos, por ejemplo, que algo nos sirve como hilo de Ariadna, o si afirmamos que tal o cual empeño ha sido una odisea, nos encontramos con que el lenguaje corriente es, en cierto modo, una mitología que un día estuvo viva y resultó tangible.
En definitiva, estos relatos vienen desde el fondo de los tiempos, siguen siendo válidos y, como todo lo atemporal, tienen una misma cualidad: siempre miran al futuro.
Ya en Grecia empieza la oposición del discurso lógico y las narraciones míticas con el nacimiento de la racionalidad científica y religiosa. Hay que elegir entre realidad y ficción. La razón excluye la ficción, pero la verdad no se deja encerrar en el único lenguaje de la razón conceptual.
Platón utilizó un lenguaje nuevo, dotó a la verdad de demostraciones rigurosas y, aunque demostró su desconfianza hacia los poetas, incluyó la ficción en sus discursos con relatos míticos. Los recupera del pasado y los rehace según las necesidades de su exposición, creando un nuevo género: los mitos platónicos, que no se confunden con la mitología griega, ni con las leyendas conocidas de otros autores clásicos.
Los incluyó en sus obras para expresar ideas abstractas, ofreciéndonos imágenes para hablar de temas más allá de lo concebible por nuestra razón, como por ejemplo, la verdad, la virtud, la justicia, dónde va el alma después de la muerte, etc. El discurso mítico sirve al interlocutor de Sócrates para comprender las grandes cuestiones metafísicas y, de paso, para que nosotros, los lectores, podamos entender aquello que se encuentra a la vez aquí y más allá del discurso posible de la filosofía.
Hemos escogido aquellos que se podrían agrupar alrededor de un eje temático del cual queremos hablar en este trabajo: el alma humana y su liberación espiritual a través de su ciclo de vida. Podremos ver así que Platón no es solo un matemático como nos lo han mostrado las tradiciones racionalistas universitarias, sino que es ante todo un metafísico, para el que existe un más allá que se puede razonar y con el que se familiariza el alma a través de sus discursos poéticos. Él no elige entre logos y mytos, los complementa para expresarse de una forma poética tan bella que nos permite afirmar que es tan gran poeta como filósofo.
El amor
Según el mito del amor que se desarrolla en El banquete de Platón, el hombre, en su orgullo, quiso destruir el orden universal, alterar la jerarquía de los seres y rivalizar con los dioses. Zeus debilitó al hombre, este fue expulsado del paraíso, de su plenitud, y está condenado a la separación. Así explica Aristófanes cómo la humanidad se separó en hombres y mujeres. Uno se transformó en dos, de un todo nos hemos convertido en dos partes, extraño el uno del otro, y al mismo tiempo, atraídos el uno por el otro, sintiendo nostalgia y buscando continuamente nuestra parte que falta.
El amor nace de esta carencia y de este recuerdo; si las dos mitades se encontraran, ¡qué alegría! Si el dios herrero les propusiese soldarlas juntas, ellas aceptarían, realizando así el deseo más secreto, el anhelo más íntimo, y de esta forma se curaría para siempre la naturaleza humana de su enfermedad fundamental: la nostalgia de sus orígenes. De alguna manera, estamos castigados a aspirar solo con añoranza a aquello que hemos perdido, estamos condenados al amor.
A través de El banquete sabemos cuál es el pensamiento de Platón acerca de la filosofía y es que el amor a la sabiduría, la filosofía, no es más que una búsqueda hacia lo que aún no poseemos, o que una vez lo poseímos y lo hemos perdido. El mito de la caverna, en la República, evoca esta lenta ascensión hacia la luz del conocimiento, de la verdad y del bien.
Pero si hay una ascensión es porque primero hubo una caída y también un olvido. Anteriormente conocimos este saber y ahora lo hemos perdido, pero algo percibimos, y buscamos ese recuerdo, sentimos en nuestro interior que necesitamos recuperar aquello que ya no tenemos; eso es lo que llamamos amor a la sabiduría. Así, la filosofía es, según la interpretación de Geneviève Droz: primero carencia, conciencia de una carencia, y después, utilización de los recursos para colmar la carencia.
La concepción platónica del amor se halla en las palabras de Diotima de Mantinea, personaje de El banquete que le revela a Sócrates todo sobre el misterio del amor: es de destacar que, al hablar del amor, Platón no lo hizo por boca del sabio Sócrates sino por la de esta mujer, supuestamente sacerdotisa, queriendo quizás rendir homenaje a aquellas jóvenes doncellas que dedicaron su vida al culto de la diosa del amor, Afrodita. Así, sabemos por Diotima que el amor es bastante más que la unión entre dos seres; su unión no es la finalidad ideal, sino que sería el engendrar a un tercero: un hijo, un pensamiento, una obra. El amor es «concepción en la belleza, según el alma y el cuerpo», es fecundo, creador. Lejos de encerrar a dos seres en una hipotética unidad, la de un pasado perdido, invita a la separación, conduce a lo inédito y asegura mediante el engendramiento el paso de la mortalidad a la inmortalidad.
Al final del coloquio, habla Sócrates y cuenta a todos lo que le enseñó acerca del amor Diotima, cuyas palabras fueron para él una verdadera revelación, pareciendo así un joven discípulo ante su Maestra y dando al gran misterio del amor la solemnidad y el carácter místico que merece. A lo largo del Banquete se exponen los temas por los diferentes invitados de forma erudita, se usan la retórica y las narraciones burlonas, pero con Sócrates, entramos en el corazón del misterio, habla la filosofía. Sin la doctrina del amor, nos dice Platón, no se podría entender la teoría de las Ideas. El filósofo pertenece a ese linaje de seres medianeros entre el mundo de las ideas y el de las cosas, cuya misión es poner en comunicación ambos mundos.
Del precioso mito del amor, se extrae la conclusión de que este no es mortal ni inmortal, ni indigente ni opulento, ni ignorante ni sabio, es un término medio que participa de estos contrastes sin confundirse con ninguno de ellos y, por ser un término medio entre la ignorancia y el saber, el amor es como un filósofo. ¡Y qué mejor ejemplo de filósofo que el divino Sócrates! Siempre se comentó que existe una sorprendente semejanza entre la descripción de Eros y el retrato de Sócrates que esbozará Alcibíades en la tercera parte del diálogo. Este retrato de Eros-Sócrates es al mismo tiempo el retrato del filósofo, porque como Eros, Sócrates no es ni guapo ni feo, sino seductor y encantador; es pobre y va descalzo, pero siempre a la búsqueda de enriquecimiento interior; es inocente, pero hábil cazador de verdades. Por su misterio es un daimon, es el mediador entre los hombres y los dioses. Para Alcibíades, Sócrates es un verdadero mago que embruja a las almas por medio de la palabra.
El deseo de la sabiduría es un Eros, un «arrebato» que nos saca fuera de nosotros mismos y nos transporta allende el ser. La filosofía tiene principio de verdad en este arrebato y nos lleva al abismo insondable de una verdad que está más allá del ser.
En el Fedro, Platón explica el amor de forma diferente al de El banquete. Aquí el amor se ve como una de las formas más divinas del delirio (manía), que es una forma de locura, pero de carácter divino. Es más hermosa la locura que procede de la divinidad que la cordura que tiene su origen en los hombres. Platón, en su elogio de la locura de amor, dice: «Nosotros, por nuestra parte, hemos de demostrar que los dioses se proponen la máxima felicidad de aquellos a quienes conceden tal locura; la demostración no convencerá sin duda a los habilidosos, pero convencerá a los sabios».
No podemos dejar de reconocer que la teoría del amor platónico ha influenciado totalmente en la historia de la filosofía, desde Platón hasta nuestros días. Los ejemplos son infinitos, sería imposible nombrar a todos los filósofos y escritores que se han inspirado en sus libros. León Hebreo escribió Diálogos de amor, obra que se tradujo a un gran número de lenguas por toda Europa, y, según la opinión de Marcelino Menéndez y Pelayo, es «el monumento más notable de la filosofía platónica en el siglo XVI, y aun lo más bello que esa filosofía produjo desde Plotino acá». León Hebreo estudia extensamente las correspondencias astrológicas y médicas entre el cosmos y el microcosmos.
Los siete planetas tienen una especial relevancia para las siete cavidades de la cabeza. Después de desarrollar el tema en el sentido literal, alegórico y analógico, explica con amplitud no igualada por otros escritores varios mitos de dioses paganos. Refiere la doctrina platónica del año cósmico, confirmada por los astrólogos, o la teoría de la revolución de los astros, que tanto juego dará en las obras de Giordano Bruno. Los diálogos de amor inspirarán a Cervantes al escribir El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, cuyo protagonista nos dirá en repetidas ocasiones que su amor por Dulcinea es de los llamados platónicos.
El amor es el más viejo de los dioses, pues cuando comenzó a formarse el universo, ya estaba allí como una fuerza de cohesión y forma parte del Logos o Inteligencia Divina, que se manifiesta como una fuerza universal a través de varias expresiones, siendo la sabiduría una de ellas, manifestada a su vez en energía vital desde el punto de vista humano y material.
Esa fuerza que se manifestó desde el principio y a la que Platón llama el más viejo de los dioses fue el viejo Eros. Un Eros anciano, sin rostro, del que no tenemos representaciones; pero esa fuerza desciende, recorre el universo en todos sus niveles y se va plasmando como idea, aparece ante nuestros ojos simbolizada en Afrodita o Venus. Todos hemos visto esos bellísimos cuadros donde la representan saliendo del mar, reflejo de las aguas primordiales. Pero quien más se acerca a nosotros es su hijo, un Eros menor, al que conocemos como Cupido, ese niño travieso y simpático que lanza flechas para unir los corazones de los seres humanos y enredar sus destinos.
Eros es hijo de Poros (recursos), la significación de este nombre, ‘camino’, ‘vía’, nos remite a la idea de una naturaleza inventiva y astuta, siempre al acecho, buscando. Poros es aquel que siempre sabe encontrar los medios, los caminos para obtener el objeto deseado. Ha sido concebido por Penia, pobre mendiga que aprovechó el pesado sueño de Poros para unirse a él, esperando obtener algún alivio a su miseria. Todo su ser es carencia, sin los medios para colmarla; pobre, indigente, vive errante sin techo ni ley.
Cuando nosotros hablamos del amor, no lo hacemos inspirados por el viejo Eros, ni por los filósofos clásicos. Tenemos una concepción del amor muy pobre; por eso nos ocasiona tantos problemas y preocupaciones, porque nos quedamos atrapados en las cosas corpóreas.
También nos habla Platón de dos Afroditas: una celeste, superior, sagrada: la Afrodita Urania, que tenía sus templos, sus cultos y sus misterios. La otra Afrodita, la que se conoce como Pandemus, rige la generación, la que nos enseña que hay una perpetuación en la naturaleza. Diotima revela a Sócrates: «Hay en efecto, una vía a seguir para llegar a la contemplación de lo Bello mismo, un camino recto. Pero el encontrarlo requiere una iniciación, pues las cosas superiores del amor forman parte de los Misterios. Esta iniciación es un ascenso que se realiza a través de diferentes grados:
Primero: el amor a la belleza corporal (que comprende dos momentos, amor a un cuerpo bello determinado y amor a la belleza corpórea en general).
Segundo: amor a la belleza de las almas, es decir a la belleza moral (que encuentra su expresión en los quehaceres y en las reglas de conducta de los hombres).
Tercero: amor a los conocimientos. (En este grado el amor se desprende ya de la servidumbre de los seres humanos concretos).
Cuarto y supremo: amor a lo bello en sí, que se ofrece de súbito cuando se ha recorrido adecuadamente el camino anterior en todas sus etapas. Es como la revelación de algo maravilloso a lo cual se ordenan, como a su fin, todos los grados anteriores. Esta belleza superior es, en una palabra, la Idea misma de lo Bello.
Alegoría del carro alado
Habíamos citado anteriormente el delirio de amor. Para comprender este delirio hay que percibir la naturaleza del alma y, para ello, Platón utiliza el mito del carro alado. Hablar del alma no es fácil, sería necesaria una ciencia divina; por eso, con una analogía simbólica, la imagen nos da una idea aproximada más fácil de entender, ya que nuestra inteligencia emocional se mueve con dificultad por estas esferas.
Nos instruye indicando que el alma se divide en tres partes, dos corceles y un auriga, las cuales deben estar armonizadas bajo el control superior de la razón (el auriga). En el caso de los dioses, los corceles son excelentes y el auriga desempeñaría fácilmente su tarea; en cambio, para los hombres los corceles son de razas diferentes, y uno de ellos, desbocado y reacio, amenaza constantemente con comprometer el equilibrio y hacer volcar el carro. El auriga sabe dónde va, pero tiene la pesada obligación de dominar al corcel reacio y, al mismo tiempo, dirigir al conjunto.
Las almas bien equilibradas y bien dirigidas por el auriga no tienen ningún problema para elevarse hasta los confines del cielo y contemplar las realidades que están más allá de la bóveda celeste, «del otro lado»; allí tendrán el privilegio de percibir las «esencias» en su esplendor inmaterial e inmutable, las Ideas en su eterna verdad, el Absoluto en su pureza. Sus aurigas podrán alimentarse de ellas, atiborrarse hasta la saciedad y, después, adentrarse de nuevo en el cielo, morada habitual de los dioses y de las almas. Tenemos así la imagen de lo que les acontece a las almas elevadas. Estas avanzan en procesión para alimentarse en el banquete divino, en un orden perfecto que preside, sin duda, el Alma del Mundo.
Pero las almas de los hombres comunes, aunque todas deseen seguir y aspiren a elevarse, muchas son perjudicadas por los caprichos de su caballo indómito; empujones, confusiones, tumultos: las alas se estropean, los carros se vuelven más pesados y acaban cayendo. El alma toma un cuerpo y, al reencarnarse, no recuerda aquello a lo que había tenido acceso con más o menos dificultades. Así se olvida toda la gama cualitativa de los destinos humanos. Existirá una gran diferencia entre el que contempló la Verdad, y por ello pasará su vida enamorado de la sabiduría o de la belleza, y aquel que, al no percibir la verdad, tuvo que contentarse con la opinión, y en este mundo estará condenado a amar solo mentiras y poderes ilusorios.
De la calidad de nuestra visión allá arriba (la de nuestras almas) depende la calidad de nuestra existencia en este mundo y, para empezar, nuestras posibilidades de reminiscencia, pues todo conocimiento es, a fin de cuentas, un reconocimiento, y todo saber, un reencuentro.
Sócrates afirma que buscar y aprender es recordar, es decir, encontrar en uno mismo, en su propio interior, un saber ya presente. En el Fedón la reminiscencia es parte integrante de una delicada argumentación dialéctica, y sirve de segunda prueba a la inmortalidad del alma. En el Fedro, el pasaje inmediato después del carro alado nos habla de la reminiscencia como una existencia preempírica del alma en contacto con las Esencias absolutas y las Realidades en sí. A este texto mítico podemos añadir el Teeteto, que, sin nombrarlo de manera explícita, evoca la reminiscencia mediante la alusión bien conocida a la labor del alumbramiento del alma, que acaba por dar a luz la Verdad de la que está encinta.
Merece la pena buscar. La enseñanza no es la transmisión de un saber del exterior hacia el interior, sino el redescubrimiento que hace uno mismo y en el interior de sí mismo de verdades enterradas y olvidadas. El saber es posible y todos pueden acceder a él, incluso el analfabeto, si es dirigido por un buen guía y es tenaz en su voluntad.
El conocimiento está dentro de nosotros, pero está dormido y hay que despertarlo. El amor es uno de los medios para redescubrirlo, porque la vista de una belleza sensible despierta y reactiva la emoción estética y provoca el recuerdo de la verdadera belleza. El enamorado está como poseído por un entusiasmo casi divino. Si desgraciadamente el delirio se apropiase de un alma mal preparada o corrompida, esta no recordará nada. Pero si, por el contrario, alcanza un alma que ha contemplado mucho, lo sensible será motivo de recuerdos maravillosos. En el amor más ardiente y en el entusiasmo más loco, tienen lugar los reencuentros con las realidades de «allá arriba». Lamentablemente, estos momentos privilegiados están lejos de ser comunes a todos, porque ciertas almas han visto, otras han «entrevisto» y otras, al tomar cuerpo, se saciaron del olvido.
En el Menón se comenta que incluso las almas más ciegas podrían, bajo condiciones favorables, acceder al saber. Parece que la función pedagógica del diálogo gira en torno a que vale la pena buscar, ya que el saber es posible y alienta el esfuerzo intelectual. En el Fedro se abre un abanico de diversos comportamientos pasionales y la desigualdad entre los modos de existencia. Se llega a la conclusión de que tan solo las almas rectas y valerosas, y en particular aquellas que se han entregado con entusiasmo a la filosofía, tienen alguna posibilidad de acceder a un saber, que de todas formas solo puede ser parcial. El Fedro es bastante más que una indicación confiada a la reflexión filosófica; es una invitación apremiante a la elección de la filosofía como modo de existencia.
La falta de amor y de entusiasmo en el alma del hombre provoca desesperación y angustia. La lectura de Platón es una exhortación a que el hombre crea en el destino humano, a que busque la verdad en la vida y a que sienta alegría al encontrarla en las pequeñas cosas.
La alegoría de la caverna
Es el más célebre de los mitos platónicos. Sin embargo, es más bien una alegoría, ya que su significado es ampliamente explicado por su autor a través de imágenes, diferente al mito, el cual tiene un significado implícito que hemos de descubrir o percibir. Siguiendo la voz popular hablaremos de ella como de un mito.
Si fuéramos deshojando el mito de la caverna como si de una bella flor se tratase, nos daríamos cuenta de que, en lo más profundo e invisible, se halla la esencia de nuestra propia existencia, la esencia de la vida. Aquí se concentra lo más profundo del pensamiento platónico. En la caverna, Platón recrea una serie de imágenes descriptivas dotadas de una gran fuerza, mostrando la gran pluralidad de aspectos del pensamiento filosófico. Las ideas platónicas son enseñanzas que permanecen a través del tiempo y siempre están vigentes; por eso se las llama atemporales, porque tratan de abordar el principio de racionalidad, que constituye el núcleo de nuestra identidad como seres humanos.
Este mito siempre ha sido una fuente inagotable de inspiración para artistas y filósofos de todos los tiempos. Incluso en la actualidad, seguimos bebiendo de sus ideas a través de nuevos textos que se basan en su razonamiento. Notables best-sellers como El mundo de Sofía (Jostein Gaarder), Más Platón y menos Prozac y Pregúntale a Platón (ambas de Lou Marinoff), no hacen más que contribuir a la teoría de que el pensamiento filosófico es un inestimable conjunto de herramientas útiles ante la diversa y compleja problemática del hombre actual.
Platón nos ofrece una de sus más importantes enseñanzas: la diferenciación entre el mundo sensible y el mundo inteligible. Para nosotros, todo aquello que nos rodea tiene una realidad tangible. Si vemos un gran árbol, desde el punto de vista materialista, el árbol empezaría y acabaría en lo que nosotros podemos percibir de él. El Maestro nos señalaría una diferencia primordial: la esencia del árbol no está en lo que vemos, sino en el arquetipo o Idea de árbol, es decir, que el mundo sensible (el mundo que percibimos a través de los sentidos) es solo una burda copia del mundo inteligible (accesible a través de la razón); por ello, la única realidad verdadera está en el mundo de las Ideas.
Como todo lo manifestado, el ser humano también participaría de esta dualidad, de tal forma que seríamos un habitante de estos dos mundos: el cuerpo, perteneciente al mundo sensible y mortal, y el alma, procedente del mundo inteligible e inmortal. Nuestra esencia como seres humanos no pertenece a este mundo material, sino al mundo inteligible; por ello nuestra alma está prisionera en un cuerpo que anhela el mundo del cual procede y al que tiende tras la muerte. El cristianismo recogería esta imagen a través del símbolo de la cruz, donde se refleja la tragedia humana de nuestra condición: el hombre dividido entre el cielo y la tierra, reflejado también por Leonardo da Vinci en su obra conocida como El hombre de Vitrubio.
Según Platón, la desesperada condición del hombre no debe ser sinónimo de resignación. No estamos eternamente condenados, y, superadas las pruebas del desligamiento de las ataduras, existe una solución, una liberación a través del conocimiento. Es aquí donde sin duda reside el mayor interés de este mito alegórico, en el corazón mismo de las preocupaciones esenciales de Platón, y tres imágenes fuertes pueden ser retenidas como otras tantas pistas para una reflexión: la cautividad, la visión (liberación) y el retorno.
Si contemplamos la imagen de la caverna, veremos que los hombres que están en el interior de esta no son conscientes de que viven en el engaño, son despreocupados e ignorantes, son cautivos y no lo saben. Uno de ellos percibe la claridad y quiere salir. Al ver que hay «otro mundo», algo cambia en su interior, siente el dolor que causa el abandonar el mundo conocido, el renunciar a las costumbres de siempre. Pero, a medida que avanza por el sendero, la claridad va aumentando y, al contemplar la luz, esta le deja ciego en un principio. Todos estos cambios hacen que el hombre sufra y provoca en él resistencia y rebelión. Es penoso el esfuerzo de ascender, símbolo del aprendizaje, cuesta mucho pasar del «se dice» al «yo pienso».
Seguidamente, veremos que el hombre que asciende lo hace superando el mundo de los objetos sensibles, los ha reconocido e identificado, por ello abandona la caverna y sigue subiendo por el sendero escarpado, va hacia la luz que proviene del sol. El camino es duro y, por tanto, asciende lentamente, va dejando en él antiguas y cómodas ilusiones, costumbres que ahora comprende que no tenían sentido, tiene que vaciarse, va en busca de la verdad, tiene mucho que aprender. Empezará por las ciencias abstractas: geometría, aritmética, astronomía; ahora comprendemos por qué Platón, según dice la leyenda, recomendaba en un cartel que estaba en la puerta de su Academia «No entre aquí quien no sepa geometría», porque estas ciencias son como una gimnasia para el alma, a la cual preparan y fortalecen para asimilar después el mundo de las Ideas.
El hombre, cuando ha coronado la cima después de un gran esfuerzo personal, no debe quedarse a saborear su victoria; el recuerdo de sus compañeros, que aún viven en la ignorancia y la mentira, le conmueve, y por amor vuelve a la caverna. Al entrar en ella se ciega nuevamente, pero esta vez es por la oscuridad, ya que él viene de una zona luminosa y, al querer liberar a los hombres contándoles las verdades que ha reencontrado, recibirá burlas, sarcasmos y amenazas. Recordemos que el mismo Sócrates fue asesinado por los atenienses, y tantos otros a través de la historia como Giordano Bruno, Miguel Servet, así como los que fueron perseguidos y encarcelados: Galileo, Erasmo, etc., por la estupidez y la suficiencia de aquellos que no quieren entender nada.
Esta vuelta al mundo sensible para liberar a sus compañeros está reflejado en varios mitos. También Wagner lo refleja en su Tannhaüser, cuyo personaje, al volver del palacio de Venus, canta: «¡Oh vosotros, pobres mortales, los que nunca conocisteis el amor!». Y también lo refleja Cervantes en Don Quijote, cuando se va de la cómoda casa de los duques para ir a ayudar al mundo socorriendo a los huérfanos.
Habla constantemente de ceguera y visión, tinieblas y luz, percepción de falsas realidades y contemplación de las realidades verdaderas. El alma ha visto antes de encarnarse, y esta visión preempírica inducirá al recuerdo de sus capacidades en este mundo y, por tanto, al saber. Quizá todo esto de la visión y de la ceguera lo entendamos mejor con la interpretación alegórica de la fábula de Tiresias que cuenta Callímaco: «por haber mirado a Diana desnuda: que significa Belleza arquetípica, fuente de toda sabiduría auténtica», Tiresias se volvió ciego, perdió la vista corpórea pero recibió el don de la profecía, de la vista incorpórea. Asimismo Cupido, con los ojos vendados, simboliza la visión interna.
El recuerdo o reminiscencia para Platón es algo esencial, se fundamenta en la relación directa entre conocer y recordar, es decir, que trataríamos de ir trayendo a la memoria las ideas que el alma ha ido captando antes de quedar prisionera en el mundo sensible. Todo ello supone algo trascendental: la inmortalidad del alma.
El retorno a la caverna nos ofrece un mensaje: el hombre que adquiere conocimiento, adquiere el deber de educar a otro, porque con la educación comienza la política. Sócrates lo sabía bien cuando en su apología afirmaba ser el único ateniense que «había practicado la verdadera política», aquella que tiene la vocación de modificar la ciudad modificando al ciudadano. Es así como filosofía, pedagogía y política han estado íntimamente ligadas. Este pensamiento —muchas veces ha sido mal entendido y a menudo olvidado por los filósofos de la historia— tiene un mensaje esencial en el platonismo: la filosofía no es ni evasión, ni reclusión, ni ruptura; por el contrario, es toma de conciencia del mundo y de la historia, es la entrega de uno mismo para el bien de los demás.
La caverna, hoy
La caverna, como toda narración simbólica, puede tener diferentes claves de comprensión, y en una de ellas significa «aquello que está fuera del tiempo». Por eso podemos interpretar este mito en la actualidad cuando habla de nuestro mundo y de nuestra trágica condición como comunidad, un mundo artificial de realidades del que solo percibimos la apariencia, la sombra, el eco. La ilusión es total pero confortable, estamos acostumbrados a recibirlo todo del exterior, no hay más que atenerse a la opinión reinante, a los conocimientos de oídas, a las modas o a las ideas preconcebidas.
Nacemos bajo la influencia de una cultura establecida, con unas ideologías predeterminadas, un lenguaje, unas costumbres… Y nosotros, encadenados a nuestra sociedad, vemos cómo van desfilando ante nuestros ojos unas sombras. ¿Acaso no es un desfile de apariencias la televisión? Las imágenes publicitarias con las que nos bombardean diariamente están diseñadas para hacernos pensar que ciertos productos son indispensables para nuestro bienestar o felicidad; la propaganda política nos impone que democracia es sinónimo forzoso de libertad. Incluso el propio cine se ha convertido en un instrumento de adoctrinamiento cultural y político.
La civilización actual está presa del condicionamiento, de la intoxicación mental, y está doblemente encadenada: primero porque es víctima, y después porque ignora aquello de lo que es víctima. Esta es una forma mucho más efectiva y sutil de manipulación social que una coacción directa, ya que nos hacen creer que elegimos libremente cuando en realidad hacemos lo que los amos de la caverna quieren que hagamos. Más esclavo aún que el esclavo es el esclavo que se cree libre. Así, el esclavo se cree libre porque grita lo que quiere, no así el hombre libre, el filósofo, el que se «esclaviza» con gusto a las leyes del universo, que son las suyas propias.
Como vemos, han pasado los siglos pero no ha desaparecido la caverna. Hoy funciona como ha funcionado siempre que lo han necesitado los ocultos promotores de este engendro. Pero ¿quién puede emprender esta tarea ingrata de desligar a un prisionero de sus cadenas, obligándole a andar hacia el pequeño muro y mirar los objetos de los que hasta ahora solo había visto las sombras?
Según explica en el citado diálogo Sócrates a Glaucón, la caverna es el mundo material, y los presos son la humanidad en conjunto. El hombre liberado es aquel que ha logrado transferir su conciencia de la oscuridad a la luz, de lo irreal a la realidad, de la angustia existencial a la conciencia despierta. Es el individuo en cuanto a idea y unidad. Pero el personaje de este mito, además de ser filósofo armonizador de sí mismo, es el filósofo político, que vuelve al mundo para transferir su experiencia.
Las masas, engañadas y esclavizadas, aman sus cadenas, toman por realidad las sombras, y creen realmente que tienen libertad de elección porque, alzando su voz, eligieron un jefe entre los encadenados. Pero ¿qué libertad es la que nos condiciona tan solo a la esclavitud? Platón nos habla de una comparación: dice que si un grupo de personas, circunstancialmente, tuviese que tripular una nave y, aunque inexpertos, eligiesen a uno de ellos para que hiciese de capitán, al no saber este más que el resto, y si además varios capitanes se disputasen el mando, la embarcación naufragaría y se ahogarían todos. Seguramente, si entre ellos hubiese habido algún marino y lo hubieran elegido, se habrían salvado. Pero ¿quién convence a la multitud de que en realidad lo es? Ante los ojos del resto, aparecería como un atentado a la igualdad de derechos y el privilegio injusto de una minoría.
Si consideramos que aquel que pretende ser médico o abogado, o aprender cualquier otro oficio, se pone a practicar bajo el consejo de un profesional, para dirigir un Estado, lo más propio y sensato sería buscar al más hábil y sabio para ello, y no improvisar entre los que nada saben. Se pretende que un hombre que tal vez no puede reglamentar su propia economía, sepa elegir el nivel de vida de millones de hombres; que quien no sabe educar a sus hijos, regule la educación de un país, y que el que no puede dominarse a sí mismo, domine a un Estado. Platón, con una profunda visión, considera la política como una ciencia y no como un improvisado acertijo.
Hoy más que nunca, necesitamos a ese filósofo-político que salga a la luz del sol y nos muestre los errores y las falsas sombras. Que nos enseñe que la libertad es conocimiento, es orden, es la capacidad de tomar determinaciones responsables que llevan a un fin. Que la libertad viene del alma, que se reconoce como inmortal y sabe que su destino tiene mucha más amplitud que las simples peripecias de la vida física. Resulta más útil la indicación de un solo sabio que la vociferación de mil ignorantes. Solo de este modo nuestra sociedad logrará desatarse de las terribles cadenas en las que se encuentra inmersa y podrá vivir el ideal de Estado a través de los sabios dirigentes, de los verdaderos políticos.
La caverna de Platón en el cine moderno
Existen extraños parecidos entre la caverna imaginada por Platón y el cine moderno. Como sucede en el «espectáculo de sombras» de la caverna, también nos sentamos en la oscuridad traspasados por imágenes extraídas de la realidad. Inconscientemente, cada vez que entramos en un cine estamos recreando el pensamiento de Platón, y siempre podemos pensar, desde el punto de vista platónico, que el cine es como un refugio de la realidad, un lugar donde podemos dirigirnos para escapar del mundo exterior, para perdernos en el engaño, la ilusión y la fantasía.
En gran cantidad de producciones cinematográficas hemos encontrado reminiscencias puramente platónicas, y más concretamente las que se refieren al mito de la caverna. El ejemplo más claro lo hallamos en una de las películas más taquilleras de los últimos años: Matrix. El argumento refleja un mundo dominado por máquinas que se han rebelado contra los seres humanos. Los nuevos amos del mundo mantienen retenidos y esclavizados a los hombres, haciéndoles creer que cada uno de ellos decide y disfruta de su propia existencia, pero esta existencia no deja de ser una falsa realidad. El líder de los rebeldes, Morfeo (Lawrence Fishburne), llamado como el dios romano de los sueños, se dirige a Matrix para reclutar a Neo (Keanu Reeves), proponiéndole despertar de su ilusión. En la película se aprecia constantemente la referencia a la dualidad de Platón: un cuerpo explotado energéticamente, mientras que su mente vive una realidad virtual. También vemos que el traidor entre los rebeldes, Cypher (Joe Pantoliano), engaña a sus compañeros porque anhela escapar de la dura realidad, para volver a las comodidades irreales de Matrix. Él es como aquellos entre los prisioneros de Platón que se sienten desconcertados cuando sus ilusiones son alteradas, y son más felices si se les deja en su estado original encadenado.
El conformista, de Bertolucci, utiliza la imagen de la caverna de Platón para comentar los engaños del fascismo. El protagonista, Marcello Clerici, habiendo bajado las persianas y convertida la oficina de su antiguo profesor de filosofía en un lugar parecido a la caverna, recuerda cómo el profesor compara a los prisioneros de la caverna con los habitantes de la Italia fascista, cegados por la propaganda.
En La naranja mecánica, de Stanley Kubric, el personaje principal, Alex (Malcom Macdowell), es sometido a un lavado de cerebro cinematográfico. Aquí la fuerza esclavizadora es un condicionamiento psicológico al servicio del Estado.
Otras proyecciones donde se muestran estas influencias serían El show de Truman (Peter Weir) o The game (David Fincher).
De lo que acontece al alma después de la muerte no es Platón el único filósofo quien habla; ya Homero, en el canto XI de la Odisea, describe la estancia de los muertos en el Hades. Encontramos las mismas ideas en Hesíodo en los poemas órficos y en la mística pitagórica.
Aprendemos que el alma es inmortal, que reencarna en diferentes formas humanas; después de la muerte, el alma es juzgada y sancionada en el Hades, en donde el alma «permanece», y después renace tras haber escogido un nuevo modelo de existencia, aunque parece que este es un «momento muy crítico». Y sobre todo, aprendemos que la justicia rige en el momento de juzgar sus actos, ningún alma escapa a ella, sea la de un gran rey, un tirano, un potentado o un hombre político. Así pasamos de la vida a la muerte y de la muerte a la vida.
El conocer por nuestra parte de «estas andanzas» del alma nos llena de serenidad y de esperanza, pues es bueno saber que tendremos más existencias donde aprender de nuestras experiencias y de que no todo termina en el momento de nuestra muerte, pues una vida es poco para que el alma abarque todo el saber humano. Tener conciencia de estos conocimientos condiciona nuestro comportamiento aquí «abajo», en la materia o en la cueva, pues al alma, según el Fedón, «no le queda otra salvación y escape de males que hacerse lo mejor y más sensata posible».
El mito de Er
El mito donde nos habla Platón acerca de lo que le acontece al alma en el más allá es el mito de Er, un soldado que cayó herido en batalla. Al recoger los cadáveres para cumplir con los ritos funerarios, su cuerpo tenía la apariencia de que estaba muerto, pero no mostraba los naturales signos de corrupción. Despertó en la pira en el momento en que iban a quemarlo; mientras, el alma estuvo doce días separada de su cuerpo, en el reino de los muertos y, al despertar, contó lo que vio allí.
Er había vuelto porque había sido perdonado excepcionalmente y escogido por los jueces para ser mensajero del más allá entre los hombres. Las almas podrán escoger sus destinos con conocimiento de causa: vida breve o larga, oscura o ilustre, todas con su parte de penas y alegrías, de éxitos y de infortunios. Algunos se dejan seducir, fascinados por el brillo engañoso de una vida lujosa o soberana; otros eligen en función de sus costumbres, etc. Finalmente pasan por el río Leteo y pierden todo recuerdo. Así las almas, olvidando sus vidas anteriores y todo lo que han vivido más allá, las sentencias, las purificaciones y la elección del destino, caen sobre la tierra y toman su cuerpo.
El mito de Er nos habla de la relación entre el destino y la libertad. Numerosos escritores clásicos griegos (Homero, Hesíodo, Esquilo), hablan del destino siempre dirigido por los dioses. El estoicismo compara el destino con un director de teatro que distribuye a cada cual su papel. Solo Platón cambia el mito diciendo que hay libertad humana para escoger de forma consciente y razonada. Las suertes existen antes de la elección, los modelos ya están claramente definidos, escritos hasta en sus más mínimos detalles. Además hay muchos destinos, muchos más que almas, para que todas puedan elegir. Por ello están propuestos como posibilidades de existencia y no impuestos como exigencias obligadas. El hombre elige su modo de vida con conocimiento de causa, es responsable de sí mismo, la elección es decisiva, irreversible, pero es capaz de responder de las consecuencias de su elección y de asumirla durante una vida entera.
Todo depende de la calidad de reflexión de cada uno, del juicio prudente que sopesará los pros y los contras, apreciará los detalles en función de un conjunto, pondrá en la balanza las ventajas y las desventajas. También dice que muchas almas se equivocan y las causas son reveladoras: precipitación excesiva de juicio, trampas de la seducción, peso de la costumbre, reacciones pueriles. Los hombres pagarán caro el haber pensado poco, rápido y mal. Elegir bien, he ahí la cuestión. Y apreciamos que esto tiene consecuencias: el destino ya no es esa fuerza trascendental abrumadora que decide por nosotros, para nosotros y a pesar de nosotros. Tenemos libre albedrío.
Pero ahora sabemos que, si hacemos el mal, somos los únicos culpables, los dioses son inocentes de nuestras equivocaciones. Nuestros destinos solo alcanzan a una vida, el guión está escrito, pero no la manera de interpretarlo.
La elección es importante, ya que no se puede cambiar. Se hace en el más allá, pero esta elección se manifestará en los esfuerzos de cada día, en cada instante del presente aquí en la tierra. La virtud es lo único que necesitamos en nuestros actos y nuestro comportamiento; esto es lo que decidirá la calidad de la vida que llevamos en este mundo. Cada cual tendrá más o menos virtud según si la honra o la descuida. La elección realizada en el más allá determina el esquema de una vida, no su calidad espiritual, que en sí es el resultado de la responsabilidad individual: una cosa es ver cómo se escoge el destino de un artesano o un escritor y otra, cuidar el uso virtuoso o no de su situación.
Una vez más Platón hace un canto a la racionalidad: la que actúa antes de la elección para escoger con inteligencia, la que siempre tiene que ejercer a lo largo de la vida para salir victorioso de las muchas vicisitudes. La libertad humana, según Platón, se manifiesta como una razón atenta y vigilante que dirige todos los momentos en nuestras vidas. Calderón de la Barca en El gran teatro del mundo reflejaría también esta parte del mito de Er.
Er habla de forma simbólica de unas esferas que son ocho en su totalidad, cuenta de sus colores y movimientos y nos dice que sobre cada uno de los círculos hay una sirena que gira con él y emite siempre su voz en el mismo tono, pero del conjunto de aquellas ocho voces resulta un solo acorde perfecto; también habla de la Necesidad, y de sus hijas, conocidas como las parcas o las moiras, que ajustan sus voces al acorde de las sirenas. Pero mejor escuchemos a Platón:
«Láquesis canta las cosas pasadas, Cloto las presentes, tocando a intervalos el huso con la mano derecha, le hace describir la revolución exterior; de igual modo Atropo, con la mano izquierda, impulsa los círculos interiores, y Láquesis, ya con la mano derecha, ya con la izquierda, va tocando sucesivamente el primero y los otros círculos.
Tan pronto como llegaban las almas, debían presentarse ante Láquesis. Una especie de adivino las hacía formar en fila y después, tomando del regazo de Láquesis unas suertes y modelos de vida, subía a un alto estrado y decía: “He aquí la palabra divina de la virgen Láquesis, hija de la Necesidad: almas pasajeras, vais a comenzar una nueva carrera de índole perecedera y entrar de nuevo en un cuerpo mortal. No será un daimon quien os elija, sino vosotras quien elegiréis vuestro daimon. La que salga por suerte la primera escogerá en primer término la vida a que habrá de quedar ligada por la Necesidad. Pero la virtud no está sujeta a dueño y cada cual podrá poseerla en mayor o menor grado según la honre o la desdeñe. Cada cual es responsable de su elección. ¡La divinidad no es responsable!”».
Como vemos, es un lenguaje simbólico y misterioso donde las parcas, en su morada olímpica, hilan y tejen incansablemente; ellas son las obreras del destino, asisten a la farsa efímera de la vida en el escenario de la Tierra. Como diosas del destino, las hilanderas de Hesíodo presiden los tres momentos culminantes de la vida humana: nacimiento, matrimonio (procreación) y muerte.
Estas hilanderas están reflejadas en el cuadro de Velázquez, quizás diciéndonos que no solo rigen el destino de los hombres, sino también el de los dioses, pudiendo apreciar en un tapiz, al fondo de la imagen, el mito de Atenea y Aracné. También inspiraron a Rubens en su cuadro Las parcas, hilando el destino de María de Médicis, siglo XVII, Museo del Louvre. O a Goya en su cuadro El Destino o las tres parcas, Museo del Prado. Y tantos otros pintores famosos.
En la filosofía, la férrea ley del destino se convierte en el modelo por el cual el macrocosmos del universo y el microcosmos humano deben regir su acción. Heráclito, al igual que Platón, afirma que todo en el mundo ocurre según la Necesidad. Grandes escritores clásicos como Catulo, Virgilio y Horacio hablan de las parcas y las describen como «dispensadoras del destino».
Platón enseña tradiciones antiguas a través de sus mitos. Sabemos que estuvo en Egipto varios años; quizás aprendió allí todo lo que nos ha contado sobre las esferas en el mito de Er. Hoy sabemos que, en la Italia del Renacimiento, Ficino tradujo los textos del Poimandres en 1471, atribuido a Hermes Trimegisto, donde se habla de estas esferas y del viaje del alma a través de ellas. También se mencionan en el Libro de los Muertos egipcio, en el capítulo de las Puertas, como rituales de Iniciación de entrada a corporaciones artesanales o grupos profesionales. En el conjunto de la recitación, Ani declara sucesivamente que:
Tiene el poder de levantarse.
Es poseedor de la sabiduría.
Ha armonizado los contrarios.
Es poseedor de la vida.
Es reconstructor del cuerpo sagrado.
Es poseedor del ojo sagrado.
Su deseo de alcanzar epotpteia: la visión divina en la barca de Ra.
Las parcas son también citadas por Aristóteles, Dionisio el Areopagita, Dante en su Divina comedia, Isidoro de Sevilla, Robert Fludd, Pico de la Mirándola, etc., solo por nombrar algunos. Clemente de Alejandría identificaba a Er con Zoroastro. Quizás lo hiciese para subrayar que el origen del mito es oriental, pues el relato sobre lo que vio en el más allá es uno de los mitos de mayor contenido mistérico de las doctrinas platónicas referentes a la inmortalidad del alma y a nociones de astronomía esotérica. Las ideas caldeo-iranias, pertenecientes a un cierto mazdeísmo heterodoxo, se manifiestan asimismo en el mito de Er.
Con las esferas tenemos otra representación de la bajada y ascenso del alma, ya que estas formarían una especie de escala; al nacer el alma y descender del mundo celeste va pasando por las diferentes esferas; en la versión hermética, cada planeta corresponde a determinada potencialidad del alma: Mercurio a la inteligencia, Venus al deseo, etc. Así, el ser humano es un microcosmos que contiene en pequeño las mismas energías que el macrocosmos. Recordemos la famosa frase hermética: «Así es arriba como es abajo». El alma adquiere estas potencialidades en su viaje descendente desde que sale de las regiones celestiales a través de las esferas planetarias y surge a la vida en la Tierra, naciendo en un cuerpo humano. Durante la vida, ese ser humano trabaja esas potencialidades del alma para que emerjan como virtudes; al morir, el cuerpo queda en la tierra y el alma asciende; si se ha purificado, vuelve a su lugar de origen; de lo contrario, el viaje ascendente se vuelve difícil.
Estas corrientes de pensamiento penetraron en la teología cristiana: el alma transita por las esferas planetarias, lo que la llevará hasta Cristo. Este viaje del alma se conocerá en la ortodoxia católica con el nombre de Purgatorio. La cristianización del esquema pagano consistió solamente en poner a Cristo en sustitución del Ánima Mundi de Platón. Santa Teresa de Ávila debió de llegar a ese mismo conocimiento, pues cifra también en siete el número de «moradas» del alma humana.
El significado de matar al dragón que vemos, por ejemplo, en la leyenda de san Jorge, o en las leyendas de los caballeros medievales, o en mitos antiguos como el de Horus, es romper la sujeción a los ciclos del mundo manifestado, escapar a la resonancia con las esferas planetarias, o sea, a las pasiones, y trascender la sucesión de subidas y bajadas del cielo a la tierra permaneciendo definitivamente en aquel.
La ley de las correspondencias
Todos estos conocimientos del alma van más allá y han influido en lo que hoy llamamos medicinas alternativas y complementarias, pues se dice que cada esfera planetaria, por correspondencia, influye en el hombre. El cuerpo nos lo da la Tierra; el alma, las esferas planetarias; y el espíritu lo dan las estrellas fijas.
Edward Bach se basaba en estos conocimientos al relacionar algunos de sus remedios, conocidos como flores de Bach, con la astrología. Él señala como causa fundamental de la enfermedad el actuar contra la «Unidad», expresada en siete facetas: orgullo, crueldad, odio, egoísmo, ignorancia, inestabilidad y codicia, pasiones negativas que corresponden también a los planetas y deben transmutarse. Mientras el ser humano no supere ciertas situaciones o «pruebas» a las que le somete la vida, esta repite las mismas situaciones y es por ello por lo que vienen las enfermedades.
En la cultura mesopotámica tenemos construcciones simbólicas conocidas con el nombre de «zigurats», torre escalonada de siete plantas que simbolizaba una montaña cósmica con siete alturas, vinculadas con los siete cielos o planetas móviles, los cuales ya conocemos. Cuando el sacerdote escalaba esos siete niveles, lo que estaba haciendo simbólicamente era ascender en busca de los dioses hasta la cima del universo.
Boticelli famoso pintor italiano inspirado por las ideas platónicas, pintó tres famosos cuadros que tienen una continuidad. en el de La primavera refleja la armonía de la creación, y pinta a sus personajes mitológicos en correspondencia con las ocho esferas planetarias y con los ocho tonos de la octava musical.
Ficino fue quizá uno de los más grandes admiradores de Platón; es, sin duda, quien más trabajó en la divulgación de su obra en el Renacimiento, y quien inspiró a personajes de la época como Boticelli. Pensaba Ficino que, si la humanidad aprendiera la filosofía platónica, volvería de nuevo la Edad de Oro. Fundó la academia platónica en Florencia, donde celebraban el día del nacimiento y la muerte de Platón, que la tradición había fijado el día 7 de noviembre, reuniendo un círculo de personas que veían la posibilidad de renovar al hombre, la vida religiosa y social volviendo a las doctrinas genuinas. Ficino escribió, basándose en Platón: «Lo que hace del amor la actividad mediadora del universo es la naturaleza recíproca de la relación que el amor establece entre Dios y el mundo. No solo es el mundo quien tiende hacia Dios y en esta tendencia se forma, sino que es Dios mismo quien ama al mundo. El hombre no podría amar a Dios si Dios mismo no lo amase».
Escribe F. J. Chacón: «Maxwell, Euler y Planck, en el siglo XIX, descubrieron, inspirados por la conjunción Urano-Neptuno de 1872 (la siguiente ha sido en 1993) que la luz, el sonido y muchísimas formas de manifestación energética son ondas, y que algunas energías no necesitaban aire para viajar». ¿Es la música de los planetas una de ellas?
La fotografía infrarroja ha revelado la naturaleza real de la energía de la eclíptica, o plano que recorren los planetas en sus órbitas, visible en estas bajas frecuencias como un camino de luz gris perla, idéntico al que describiera Platón en el mito de Er, en su libro la República.
Si la música de las esferas es de naturaleza infrarroja, es decir, infraacústica, de una frecuencia enormemente baja, el oído humano no podría oírla ni soñando, aunque existiera. (Excepto quizás en algunos estados de trance o experiencias post mortem, con una especie de «oído astral», como en el caso del soldado Er o algunos meditadores).
En el mundo infantil también han penetrado las ideas platónicas. Muchos cuentos tradicionales recogen antiguos mitos, donde se reflejan una serie de símbolos que representan el bien y el mal, y están encaminados a educar a las «pequeñas almitas». Los niños son tan agradecidos que, cuando se les cuenta un cuento, y se les introduce en el mundo mágico de las ideas representado a través de imágenes maravillosas a su nivel, solo con verles las caritas, se nos revela la alegría de sus almas por «rememorar» tales hechos.
Tomemos como ejemplos el cuento de Blancanieves y los siete enanitos, que recoge tradiciones sumerias y persas. Recordemos el mito de Inanna, cuando esta desciende a los infiernos, símbolo de la pluralidad, al igual que el bosque, donde se encontrará con el tribunal de los siete Anunaki, equivalentes a los siete enanitos, cada uno con su carácter. Y el de La bella durmiente: en ambos cuentos la protagonista es la imagen del alma caída en la materia; después de una serie de aventuras, sufrimientos y penalidades, llega el príncipe de lejanas tierras y al besarla la despierta a una realidad superior. En los cuentos infantiles se hallan guardados una gran cantidad de símbolos imprescindibles para el estudio psicológico de la humanidad.
El tema de las esferas es muy amplio, se podría hablar mucho de ellas; ponemos unos ejemplos solamente para constatar cómo ha influido Platón a través de los tiempos.
Epílogo
Queremos expresar con estas líneas, ahora dirigidas a Platón, nuestro agradecimiento a todos los grandes seres, los que nos ayudan con su experiencia a encontrar la llave secreta que da el conocimiento, y empujar así con un leve soplo, como el de un beso de amor, el mágico velo de Isis, para encontrar las llaves de la vida que nos llevan a la alegría de reencontrar nuestra esencia como buscadores del conocimiento, y a comprender la culminación de nuestro destino.
«Querido Platón: Mucho tiempo ha pasado desde que, al lado de tu amado Sócrates, forjaste el sueño dorado de fundar una Nueva Academia. Fue allí, en la casa del filósofo, donde volcaste con amor las perlas de sabiduría recogidas del milenario Egipto, perlas que todavía brillan con fuerza en nuestro mundo occidental. En aquella hermosa Atenas siempre viviste con la esperanza de liberar al ser humano de las cadenas de la ignorancia. Si desde tu mundo celeste puedes observar los albores de este nuevo siglo XXI, verás que la humanidad sigue inmersa en la oscuridad de la caverna. Pero nadie mejor que tú, que sufriste en propia carne el rechazo y la incomprensión de aquellos que no quieren ver, sabes que la naturaleza humana es siempre la misma.
»No creas que tu ardua labor ha sido en vano; afortunadamente lograste abrir una importante brecha en la oscuridad del mundo, por donde nos llega el reflejo constante de un anhelado sol. Todavía seguimos nutriéndonos de tus enseñanzas, las cuales han dejado una huella inestimable para todos aquellos que, algún día, deseamos alcanzar la sabiduría.
Nos llena de gozo pensar que, en pequeña medida, también somos tus discípulos y que en el actual momento histórico, podemos ser los portadores del fuego de la sabiduría que tan generosamente nos trajiste del mundo de los dioses. Una sabiduría que está impregnada de amor, de energía y de vida. Nada sería más grato para nosotros que convertirnos en verdaderos seres humanos que despertasen en los hombres del futuro el valor de vivir los ideales de Belleza, de Justicia, de Bien y de Verdad.
Por ello, querido Platón, gracias por recordarnos una vez más que no somos fruto del azar o la casualidad, y que pertenecemos a una interminable cadena en la que sabios como tú, lo dieron todo por amor a los demás.
Ojalá que la luz de tu sabiduría siga siendo como hasta ahora, antorcha inextinguible a través de la historia. Que siempre tengamos presente que nuestro origen y destino está en el cielo estrellado, en el mundo donde se forjan los grandes ideales. Que nunca dejemos de recordarte y de decir: “Siempre Platón… y su elección de la filosofía como modo de existencia”».
Bibliografía
Actualidad de Platón. Manuel J. Ruiz. Revista Esfinge, febrero 2005.
El amor platónico, conferencia de Delia S. Guzmán.
El mito del eterno retorno. Mircea Eliade. Ed: Alianza-Emecé.
Glosario teosófico. H. P. Blavatsky. Ed: Kier S.A.
Hoy Vi. Delia S. Guzmán. Ed: N.A.
Los mitos platónicos. Geneviève Droz Editorial Labor, S.A.
Simbolismo de los cuentos infantiles, Juan Manuel de Faramiñan Gilbert. Revista N.A.




















