
Cuando en 1925 apareció en Inglaterra la primera versión occidental de La historia de Genji, los críticos y escritores europeos quedaron impactados por esta novela japonesa, comparable en calidad con los grandes clásicos occidentales, teniendo en cuenta además que fue escrita hace mil años, y que su autora era una mujer.
Murasaki Shikibu era hija de Fujiwara Tametoki, un letrado y literato, quien se preocupó de que su hija fuese bien instruida. Murasaki fue notable aún siendo niña, cuando era capaz de leer libros que incluso los jóvenes mejor educados encontraban difíciles.
Su infancia no fue feliz, pues su madre murió poco después de su nacimiento, seguida en poco tiempo por su hermana mayor, de quien ella dependía. Poco después, contrae nupcias con un noble de una familia de similar clase social. En unos pocos años, su esposo, Fujiwara no Nobutaka, también moriría, dejándola con una hija. Fue en este contexto adverso en el que Murasaki escribió El relato de Genji.
En La historia de Genji, Murasaki Shikibu, dama de la corte imperial, realiza un retrato minucioso de una sociedad refinada, culta, auque también un tanto vacía y frívola. Murasaki no se detiene, pues, en ensalzar ese modo de vida, ya que, a medida que avanza la novela, esta va madurando, a la par que ella misma va profundizando en las motivaciones de todo lo que le rodea y, de la mano del pensamiento budista zen, desvela lo superficial de la vida cortesana, así como la fragilidad de las mismas emociones humanas, contrastándolas con la belleza de la naturaleza y enfrentando el aparente refinamiento aristocrático con los sufrimientos y miserias de los personajes. La obra relata la vida del príncipe ficticio Hikaru Genji («príncipe brillante») y de sus descendientes. Comienza con el nacimiento de este, fruto de la relación entre el emperador Kiritsubo y una dama de la corte, y continúa con las aventuras amorosas de Genji, su ascenso en la corte, su posterior exilio y su retorno.
Los retratos psicológicos son ricos en matices; los personajes femeninos que aparecen en la vida de príncipe Genji son también descritos de forma individual, con sus refinamientos aristocráticos, sus talentos en las artes de la música, dibujo, poesía y amor por las bellezas de la naturaleza, en contraste con sus propios sufrimientos y precarias situaciones.
Todo ello refleja una hondura de pensamiento, una capacidad de observación, de penetrar en el alma de las personas, un alma culta, sensible, de esmerada educación, llena de amor por la belleza de la naturaleza y del arte, deseosa de plasmar todo un mundo interior, logrando, como decimos al principio, una de las primeras novelas propiamente dichas, en un tiempo en que, no lo olvidemos, Europa estaba sumergida de lleno en la Edad Media, las pocas personas que sabían leer y escribir se dedicaban a copiar, el teatro había desaparecido y la literatura consistía en los cantares de gesta que relataban hazañas guerreras más realistas o fantásticas. Habría que esperar unos tres siglos hasta los trovadores, y aun hasta los albores del humanismo, hasta un Bocaccio, Dante, Petrarca, Chaucer, para encontrar algún tipo de texto literario que no fuera religioso o guerrero; y aún dos siglos más hasta la primara novela «moderna», el Quijote. Por tanto, se puede decir que estamos ante una precursora, adelantada al mismo Cervantes.
Pero no se limita solo al retrato costumbrista: a través de sus personajes, Murasaki deja traslucir su mundo interior, incluso sus motivaciones, el porqué de su arte:
«(…) Pero tengo una teoría propia acerca de lo que es este arte de la novela y cómo nació. Primero, no consiste sencillamente en que el autor haga una narración de las aventuras de otra persona. Por el contrario, la novela surge porque la propia experiencia del narrador acerca de hombres y cosas, ya sea en bien o en mal —y no solamente lo que él mismo ha pasado, sino también los hechos que no hizo más que presenciar o que le fueron contados—, le produjo una emoción tan arrebatadora que no podría tenerla encerrada más tiempo en su corazón. Muchas veces, algo de su propia vida o de lo que le rodea le parece al escritor tan importante que no puede soportar que quede en el olvido. Jamás deberá llegar el día —piensa— en que los hombres no sepan esto. Esa es mi idea de como surgió este arte.
Evidentemente, pues, el describir solo lo que es bueno y bello no es lo que concierne al arte del narrador. Por supuesto que a veces su tema será la virtud y entonces podrá jugar con él como le parezca. Pero justamente no es lo menos probable que le hayan impresionado numerosos casos de vicio e insensatez del mundo que le rodea, y con respecto a ellos tiene exactamente los mismos sentimientos que con respecto a las acciones superlativamente buenas con que tropieza: son importantes y hay que guardarlas en las trojes. Así, todo, sea lo que fuere, y cuanto suceda en esta vida terrenal y no en algún país de hadas que escapa a nuestro alcance.(…)».
A través de Genji, Murasaki nos revela su pensamiento. Para ella, la novela no es solo entretenimiento, no es solo un deleite, su función no es puramente estética: tiene un fin moral. Es el libro de la vida, en el que es necesario el registro no solo de lo bueno; precisamente, son los malos momentos los que (por desgracia) más nos enseñan (recordemos las enseñanzas del Buda, el dolor como vehículo de conciencia), y nuestra mente dual funciona por la oposición de los contrarios: reconoce lo bueno en función de lo malo, lo bello en función de lo feo, lo justo por lo injusto… Y lo malo y lo feo son necesarios, incluso, para que aprendamos a reconocer y valorar lo bueno y bello. Y esa es tarea del escritor: dejar constancia para que generaciones posteriores puedan beneficiarse de esas enseñanzas.
Puede pensarse que esa es también la función de los que escriben la historia; sin embargo:
«(…) Historias comunes son solo meros registros de eventos, y generalmente son tratados de una sola forma. No dan una visión interior del verdadero estado de la sociedad. Esta, sin embargo, es la verdadera esfera en la que principalmente moran las novelas. Las novelas son, ciertamente, ficciones, pero no siempre representan puras invenciones; siendo estas sus únicas peculiaridades, que en ellas los escritores frecuentemente desarrollan, entre numerosos personajes reales, el mejor cuando desean representar el bien, y el más extraño cuando desean entretener».
Es decir, por un lado está la historia como registro de hechos; y por otro, la novela: la recreación de esos hechos, que no tiene por qué guardar absoluta fidelidad con los hechos a los que alude, pero que sí puede reflejar mejor la «intrahistoria». La historia no solo se construye de grandes hazañas: está también esa historia cotidiana del día a día, que a los historiadores oficiales normalmente no interesa. Y no olvidemos que la historia que nos llega procede de los cronistas o historiadores que en ese momento o en la posterioridad escribían bajo determinados condicionamientos políticos, ideológicos, etc.; y esos condicionamientos les hacían resaltar determinados aspectos o sucesos y, en cambio, soslayar otros que no convenían a sus fines. De esta manera, en la ficción encontramos una mayor libertad de movimientos y una mejor capacidad de reflejar esa «visión interior del verdadero estado de la sociedad».
Con estas palabras, Murasaki define a la perfección lo que es el oficio de escribir. O más que oficio, vicio nefando, casi un exorcismo, de todo un mundo interior, de situaciones y hechos, reales o imaginados, que han impresionado al autor y que, por tanto, considera importantes y dignos de ser contados, ya sean malos o buenos, da lo mismo. De lo que se trata es de dar testimonio, de aprender, en suma, y no importa que sean puras invenciones, pues, como dicen los sabios, quién sabe si lo imaginado no es más real que lo que consideramos como realidad. En este sentido, imaginación y realidad, novela y vida, serían una sola cosa.















