
Nacido el 10 de noviembre de 1493 con el nombre de Teofrasto, en Einsiedeln, región de Zúrich (Suiza), Paracelso fue el único hijo de Elsa Oschner y de Wilhelm von Hohenheim. Su padre ejercía la profesión de médico y también se dedicaba al estudio de la alquimia. Su madre, empleada en el convento de Nuestra Señora de la Ermita y gran piadosa, se encargó de inculcarle una fe inquebrantable en Dios, que Teofrasto manifestó durante toda su vida.
Su madre murió cuando él tenía una edad muy temprana y fue su padre quien se encargó de su cuidado y su educación de una forma admirable, uniendo lo útil y lo agradable. Su padre acostumbraba a llevarse a su hijo cuando visitaba a sus pacientes, lo que permitía a este sacar provecho de los largos paseos al aire libre, con lo que entró muy pronto en contacto con la naturaleza, a la que más tarde llenó de alabanzas, calificándola de gran laboratorio y exaltando de ella su propia luz, superior a la del sol.
Paracelso se fue familiarizando con todas las actividades que su padre realizaba, como recorrer los antiguos bosques de alerces que delimitaban la ruta de Bleiberg, en las pendientes de Dobratsch, para observar los minerales en sus diversos aspectos y las transformaciones que experimentan después de su extracción. Su padre tenía un pequeño laboratorio donde realizaba un gran número de experimentos, con lo que él estuvo en contacto desde muy pequeño con algunos rudimentos de la química antigua (alquimia), por lo que es fácil adivinar cierta predestinación en el futuro de Paracelso.
Llegado el momento, su padre lo mandó a la famosa escuela de los benedictinos del monasterio de San Andrés, en Lavantha. La instrucción religiosa que recibió animó su creencia en un Dios de amor trascendental, principio único del origen de todo, pero también en un Dios profundamente inherente a la naturaleza y, como consecuencia, al hombre. La vida interior de Teofrasto se desarrolló muy pronto. El encuentro con el obispo Eberhard Baumgertner, que también era alquimista, contribuyó a ello.
Pronto mostró un carácter turbulento pero ávido de conocimientos, en el que ya se podían percibir los inicios de una fuerte personalidad. Comenzó después los estudios oficiales y desde los catorce años estuvo como estudiante nómada en las universidades europeas de mejor reputación. Tras sus estudios superiores en la escuela de Basilea, obtuvo su diploma de bachiller en Viena. Después decidió ir a Italia y, en el año 1513, se inscribió en la Universidad de Ferrara, de la que saldría en 1516 con el diploma de doctor en Medicina, Doctor in utraque medicina, siguiendo la fórmula utilizada en el norte de Italia.
Teofrasto von Hohenheim se había convertido en Paracelsus unos años antes, en Basilea, donde existía la costumbre entre los estudiantes de latinizar su nombre. Puede que este nombre venga de un famoso médico de la Antigüedad, nacido en el siglo de Augusto y calificado como Cicerón de la Medicina por la pureza de su estilo. También es posible que el seudónimo Paracelso tenga su origen en el propio patronímico de Hohenheim, que significa «el traslado de la morada o del hogar a las nubes espirituales».
Se convirtió en precursor de la farmacopea llamada galénica; fue el primero en conceder gran importancia al estudio de la anatomía, en una época en la que nadie hubiera podido dedicarse a la disección de cadáveres. Fue el único maestro de anatomía durante doce siglos. Su obra descansaba sobre bases prácticas y teorías curiosamente trazadas y alejadas del sistema aristotélico.
Después de su paso por diferentes universidades durante sus estudios, sus viajes iniciáticos le llevaron hasta el Tirol, a trabajar en las minas y en los laboratorios de los Fueger en Schwaz, para perfeccionar su conocimiento de los minerales, su extracción y su posterior tratamiento. Allí, Paracelso se incorporó al trabajo abrumador de obreros y mineros. Pronto se hizo amigo de Segismundo Fueger, que lo integró en su grupo de alquimistas. Paracelso adquirió tales conocimientos que decidió comenzar la redacción de un tratado titulado La Archidoxia Mágica. Escribió lo siguiente: «La alquimia no consiste en hacer oro y plata; su objetivo es producir las esencias soberanas y emplearlas luego para curar las enfermedades».
Su permanencia en Schwaz fue muy prolífica pero solo duró diez meses. Después, Paracelso tomó su bastón de peregrino y decidió recorrer toda Europa en busca de nuevos conocimientos. Él nos dice: «Un doctor tiene que ser un viajero, puesto que es necesario investigar el mundo. Las experiencias no son suficientes. La experiencia tiene que verificar lo que puede ser aceptado y lo que no. El saber es la experiencia».
Se le considera precursor, iniciador y fundador del Renacimiento; en pleno auge de este. En el momento en que Lutero presentaba las tesis que marcaban el inicio de la Reforma, Paracelso retomaba su camino comenzando por la península ibérica, impregnándose de la influencia de la medicina árabe. Desde Lisboa embarcó hacia Inglaterra siguiendo las huellas del monje alquimista Roger Bacon. En 1519 estalló la guerra en los Países Bajos y decidió dirigirse al frente y ponerse al servicio de la Armada holandesa. Ejerció de médico cirujano y hay que decir que su experiencia clínica estaba revestida de todo su valor. Más adelante escribiría: «Los enfermos deberían ser los libros del médico».
Fue recorriendo diferentes guerras que estaban sucediendo en ese momento histórico, que le aportaron la experiencia necesaria dentro de la medicina. Además, fue atesorando conocimientos de esoterismo, de la cábala, la alquimia y la magia. También era adepto del maravilloso mundo de los espíritus elementales de la naturaleza. Recibió de uno de sus maestros, Jhannes Tritemius, conocimientos que le permitieron dominar la astronomía, la astrología, la farmacia y lo que hoy se podría llamar medicina psicosomática.
Trataba enfermos mentales y físicos a la vez. Podríamos decir que es precursor de la medicina psicosomática. Fue pionero en la botánica y la mineralogía. Paracelso hablaba de los metales y los semimetales, que para él eran los que estaban en esa frontera entre el reino del metal y el reino que está inmediatamente después, que es el vegetal. Clasifica como semimetales a las piedras preciosas, y también al bismuto, al mercurio, al hierro…
Fue el gran iniciador de la bioquímica, precursor de la metaloterapia y de la homeopatía. Decía que lo bueno y lo malo eran una unidad, que iban siempre juntos, y que lo malo se curaba con lo bueno, y que aquello que parecía bueno y en algunos casos generaba enfermedades, tenía su otra cara de la moneda que era lo malo, que, utilizado en pequeñas proporciones, curaba las enfermedades. Estos son los principios que regirán la homeopatía.
También fue precursor evidente del electromagnetismo, que aprendió de su maestro Trithemius, e iniciador de disciplinas que están al borde de lo científico y paranormal, como por ejemplo la telepatía. Todo esto estaba coronado por la teología, el conocimiento de Dios o todo lo que se refiere a lo divino. Tanto profundizó que, según se sabe, de lo único que fue profesor, fue de teología.
Siempre trabajó para la curación, para aliviar el sufrimiento a los enfermos. Decía que la alquimia debía ser para el médico, para el sabio, para el filósofo, para aquel que buscaba la verdad, una fórmula para el alivio del sufrimiento del ser humano. Decía que la alquimia era una ciencia que buscaba aquellas esencias, o quintaesencia, que con su poder podían curar todas las enfermedades.
Su mayor insistencia allí donde iba era que el ser humano tuviera entre sus características la virtud y la moral. Una de sus mayores motivaciones para ser médico era la necesidad humana de que un enfermo necesitaba un médico.
Paracelso, en el año 1524, regresó a Villach. Allí volvió a vivir con su padre unos meses hasta que llegó el verano y se marchó a Salzburgo. Estaba comprometido con los mineros y los campesinos contra el poder del lugar. No dudaba en comprometerse en la lucha social, contra la injusticia que iba encontrando en su camino, siempre en nombre de los principios morales y espirituales. Fue cambiando de ciudad constantemente, durante su estancia en Basilea, le llamó Johannes Froben, un gran amigo del filósofo humanista Erasmo, al que diagnosticó de gota, cálculos renales y litiasis biliar. Consiguió curarle y Erasmo le mostró su gratitud consiguiendo que el Senado de Basilea lo llamase a finales del año 1526 para ofrecerle un puesto en la universidad.
Aunque era un ferviente católico, Paracelso compartía las preocupaciones sociales y progresistas de los reformadores, que veían en él al Lutero de la medicina, por ser poseedor de métodos originales extremadamente eficaces. Sus detractores utilizaban esta expresión, pero con un carácter peyorativo. Las autoridades no tardaron en manifestar su hostilidad hacia Paracelso y pronto se convirtió en la oveja negra de sus colegas.
Debido a sus polémicas declaraciones públicas, en 1528 se vio amenazado por un arresto inminente y tuvo que abandonar Basilea de forma precipitada.
Se instaló un tiempo en Alsacia y allí encontró una época de tranquilidad; todos lo admiraban como si fuera el propio Esculapio. Estaba orgulloso de su fama ante casos desesperados, en los cuales trabajaba para aliviar sus males. Después siguió haciendo camino por diferentes ciudades; sin embargo, su reputación le precedía como médico excéntrico de mal carácter. Nunca se conformaba, con lo que siguió lanzando desafíos de curación, consiguiendo lo que se proponía, avivando así el odio de sus envidiosos colegas.
Sometió sus escritos a la corte de censura que se había instituido unos pocos años antes, en 1523. De esta forma intentaba asegurarse la autorización que le permitiría imprimir sus textos. Pero llegó un momento en que se prohibió la impresión de cualquier escrito suyo. Bajo la presión de la Facultad de Leipzig, el consejo de Nuremberg había decidido intervenir contra el médico, que se sublevaba constantemente frente a lo que consideraba como peligrosas equivocaciones por parte de sus colegas. Totalmente contrariado ante esta decisión, se quedó en Beratzhausen para continuar, a pesar de todo, con la redacción de sus obras. Incluso comenzó con la redacción de un tratado de orden teológico que trataba sobre la Interpretación del salterio de David.
Así pues, al médico y al ocultista le sustituía el filósofo teólogo, asumiendo una dimensión que era también esencial en el hombre genial que era Paracelso. Su elevada moral fue lo que provocó el gran odio y la persecución a la que estuvo sometido durante los últimos años. Su filosofía, su pensamiento, su mentalidad, algunos autores la nombran como neoplatonismo. Su ideología está marcada por el maestro Platón. Paracelso decía que el pensamiento de todo ser humano debe estar precedido por una idea, que es la existencia de Dios en todas las cosas; decía que Dios existe en toda la naturaleza y también en el alma de los animales, y esto no lo inventó Paracelso, esto es platónico.
«La razón es unidad, que todas las artes residen en el hombre, aunque no se hagan aparentes todas ellas, y el despertar de cada hombre las pone de manifiesto. El ser enseñado no es nada, todo está en el hombre esperando ser despertado».
Paracelso está enterrado en Salzburgo; murió allí el 24 de septiembre de 1541. Todos sus bienes, que eran pocos pero no despreciables para su época, absolutamente todo, se lo dejaba en herencia a los pobres. Destacado precursor del Renacimiento, dio paso a una renovación profunda en la historia del ser humano. Paracelso sentía como un artista y pensaba como un filósofo, y por eso supo hermanar las leyes de la naturaleza con las leyes del hombre.
Una vez más hemos podido corroborar cuán importante es bucear en la historia y en aquellos personajes que nos precedieron. Son ellos los que nos enseñan continuamente sobre los grandes valores, la fuerza, el valor, la constancia; son ellos los que nos ayudan a recorrer el camino con sus tropiezos, porque ellos también encontraron muchas piedras en su camino, pero nadie ni nada les detuvo, aunque escrito está que lo intentaron.
Durante toda la historia de la humanidad vinieron hombres dispuestos a dar todo por el ser humano; sin embargo, vinieron otros a entorpecer ese camino, pero al fin y al cabo de todos aprendemos. Es gratificante este recorrido por la vida de Paracelso porque nos podríamos identificar con su afán de ayudar a todo aquel que lo necesitaba, sobre todo aquellos que estén vinculados al mundo de la medicina.
Demos las gracias a Paracelso por toda su generosidad y porque todo lo que nos dejó nos da la esperanza que necesitamos para seguir cada uno en el camino que nos hemos trazado.
Bibliografía
Paracelso, médico-alquimista. Patrick Rivière. Editorial De Vecchi.
Medicina para el cuerpo y para el alma. Dr. Antonio Alzina. Editorial NA.
















