Historia — 25 de mayo de 2026 at 00:00

Un muro en el desierto

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Un muro en el desierto

Apenas soy ya unos adobes mal encajados; pero hace 2600 años que resisto todos los vientos del desierto. Me construyó Justiniano, como cuartel vigilando el Éufrates. Albergué las tropas romanas que protegían la frontera, y fui testigo de batallas, de largas rondas de la guardia, de suspiros de los hombres que recordaban a sus familias tan lejanas.

Guardé armas y armaduras, miedos y exaltaciones, dolores y risas, reuniones de guerreros bebiendo ante la hoguera, hermandades de espadas y de escudos.

Pasaron sobre mí las estrellas, las lunas cambiantes y los soles del desierto que abrasaban mis paredes y mis techos.

Me quedé vacío. No más soldados, no más ruido de armas. Solo el viento. Solo la compañía de alguna caravana, que volvía a encender una hoguera, que me dejaba oír el sonido de las voces humanas.

Queda tan poco de mí… Me pregunto, le pregunto a los genios de las arenas, cuánto tiempo tardarán en deshacerse los adobes que me quedan, tan inestables ya, tan descuadrados, tan mal apoyados los unos en los otros.

Ni yo mismo sé cómo aguanto todavía. Pienso que lo hago porque he absorbido, como agua de lluvia, el espíritu de los guerreros que me habitaron. Ellos, heridos, se mantenían en pie hasta que la última sombra nublaba sus ojos.

Con el cuerpo hendido por espadas, aún eran capaces de blandir la suya y morir, casi, de pie.

Estoy seguro de que su valor se quedó prendido en mis paredes, y me enseñó a resistir, a no caer, a mantenerme firme en la roca.

Lo que me queda. En pie.

Viejo cuartel de Justiniano, yo también soy soldado, yo resisto, he aprendido. Cuando mi último resto se desmorone, seré un montón de escombros.

Y entre ellos, un espíritu aún dejará oír su voz:

«Yo pertenezco a la Historia».

Yo soy un viejo guardián de la frontera”.

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