Filosofía — 3 de mayo de 2026 at 00:00

El espíritu de la elegancia, de Catherine Ternynck

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Nadie duda que, en el arte de vivir, la elegancia es uno de sus elixires de belleza e inmortalidad. Giordano Bruno decía, en su Tratado sobre los vínculos, que el amor es la fuerza universal que todo lo une, el vínculo de los vínculos, y la búsqueda de la belleza es uno de sus motores, o de sus estandartes. La elegancia es el modo de ser, sentir, pensar y actuar humano que deja entrever, a través de las rendijas de lo cotidiano, una luz que trasciende este mundo, una nobleza que lo verticaliza, una virtud que atrae el alma —que siempre es bella— como un imán. Del insensible a la belleza y a la elegancia, podemos decir que su alma está dormida, que no se hace presente en el mundo.

Catherine Ternynck, psicoanalista, ensayista y profesora francesa en la Universidad Católica de Lille, con la mirada penetrante de los filósofos de siempre, ha escrito hace meses un bello tratado sobre El espíritu de la elegancia. Tal es el título, al que acompaña «Resistir a la vulgaridad del mundo», editado en francés por Desclée de Brouwer (y sin traducir aún a otras lenguas). Otros ensayos lo han precedido: La posibilidad del alma (2018), Habitación aparte (2007), en que filosofa sobre el gabinete del psicoanalista) o El hombre de arena (2011), su obra más conocida, donde describe el fruto de nuestra sociedad decadente, un hombre sin vínculos, hundido en su individualismo y su soledad, que se desmorona ante los vientos de la vida.

Su mirada en el alma de los hechos sociales le permite ver las sombras envenenadas de nuestra sociedad liberalista, consumista, materialista, una sociedad que, enloquecida en su ritmo insano y ausencia de sentido y verdaderas finalidades, se hunde cada vez más en la mediocridad, es decir, en la inelegancia.

Comienza con la pregunta:

«En ciertos pacientes, a menudo, hubiera deseado preguntarles: “¿qué os eleva y os verticaliza de esta manera? ¿De dónde viene eso que os distingue, esa nobleza singular, esa libertad soberana?”». O sea, esa elegancia. Y su libro intenta responder a esas cuestiones, fundamentales en el recto vivir.

En el primer capítulo, transforma la inscripción en las puertas de diamante del Infierno (de la Divina comedia) de Dante1 en «Aquellos que entráis en este mundo, perded toda elegancia», pues un mundo deshumanizado, como el nuestro, no le permite fácilmente brillar al alma, o sea, devora toda elegancia masificando a la persona, arrebatándole su vínculo con el cielo, su genio y autenticidad.

Y dice que, aun siendo numerosos los sinónimos de la elegancia, (la delicadeza, la belleza, lo chic, el gusto, la coquetería, la gracia, el refinamiento, la armonía, la finura, el encanto, la dignidad, la cortesía, el tacto, la distinción, el saber vivir, la nobleza…), hay un rasgo distintivo en ella, y consigue «desplegarse en numerosos planos: estético, estilístico, cultural, espiritual; y hay en cada uno de nosotros, espacios dispuestos a la elegancia y otros que no lo son».

Insiste en que es más fácil saber cuándo no está, y así, «los antónimos de la elegancia son también numerosos: vulgaridad, insignificancia, ordinariez, mediocridad, banalidad, ser un cualquiera, sofisticación, ostentación, esnobismo, grosería, avidez, intemperancia, violencia, bajeza, falta de civismo, barbarie, apremio, impaciencia».

Se hace así evidente que la elegancia está vinculada a la «medida cierta», al «nada en exceso» de los filósofos griegos, que, como el satva de la filosofía hindú, se hace transparente al genio o luz divina, al espíritu. De modo que, si es natural, «seduce cuando está, pero no notamos su ausencia».

Desde luego, no es la moda, pues «hay en la elegancia una dimensión intemporal. Se puede sacrificar la elegancia por seguir la moda, y la moda, siempre complaciente, perdona bien estas faltas de buen gusto. Se dice: “esto pasará…”. La elegancia carece de esta indulgencia. En materia de gusto, ella no perdona».

Dice también que la elegancia no es una cuestión de lujo, sino de actitud. Y qué bien enseña esto Walt Disney en su versión de La Cenicienta, en la primera escena en que ella comienza su jornada servil y extenuante, saludando al sol, hablando con los pájaros, amparada en el infierno de su vida por su noble naturaleza y sueños de perfección.

Realmente, la elegancia es la presencia de la diosa del amor y la belleza, de la diosa Venus en nuestras vidas, y no podemos sino rendirnos a ella, sentir nuestra alma vinculada ante su presencia, en la bella acción, en el bello discurso, en el gesto bello, en la elegancia en el vestir, en la belleza del mirar, en la bella cortesía, en la bella gratitud, en la luz del alma —cuando es despojada de las garras y dientes de la bestia del egoísmo—, en la bella filosofía, que es música que se hace con el alma entretejiendo ideas, razonamientos y rectas voluntades en el fuego, tan divino, que la define.

La naturaleza es un ejemplo continuo de elegancia. Ella se viste de pura belleza abriendo los ojos de sus flores a la vida y el perfume de su amor en el mes de abril. Abril es el mes de la elegancia de una luz que, como decía el profesor Jorge Ángel Livraga, despierta2 la esencia de la vida, que así pasa a través de nuestros sentidos; nos llena el alma de sentimiento y amor para las acciones más bellas y heroicas, trae los sueños y los ideales y nos da fuerza para plasmarlos, nos inspira la fe, en su florecer y renovada vida, al recordarnos el milagro repetido de la creación, y la claridad de su sol lo convierte en un mes propicio para la búsqueda de la verdad, para borrar las sombras de las dudas y las perplejidades.

Catherine Ternynck, de un modo semejante, considera «la elegancia como un poder que transforma, sublima o inspira a los seres y las cosas, les confiere un honor, una nobleza singular», y demostrar eso es, dice, el objetivo de su libro.

Sentimos, al leerlo, que su alma es un alma elegante, distinguida, llena de nobleza, bondadosa y generosa, preocupada por la felicidad de los otros y triste con un mundo que se precipita en el abismo, con un transhumanismo que no será sino la multiplicación ad nauseam de nuestras angustias e insatisfacciones.

Hace hablar a la Elegancia como una diosa que da el verdadero gozo a la vida, y le hace decir:

«Yo me pregunto: ¿dónde se han ido la cortesía, la paciencia, el pudor? ¿Existe aún el arte de la conversación, un humor que no sea el de la ironía? ¿Qué ha sido de los lugares que inspiran al espíritu y al corazón, esos arrebatos gracias a los cuales un hombre se siente más humano? ¿Vivir sin elegancia es una libertad o una derrota?».

Y nos recuerda que el emblema del civismo (y la quintaesencia, entonces, de lo civilizatorio) es «el paso del puño cerrado a la mando tendida hacia el otro, el buenos días, primer peldaño de una humanidad común».

Lo opuesto es «la indiferencia del yo no veo; la indisponibilidad: no tengo tiempo; el egoísmo: este no es asunto mío; la moral del más fuerte: que cada uno se las apañe».

Elegancia, la de la rosa, que no lo quiere ser, sino que exhibe de forma natural su belleza. Elegancia, la verdadera, la del corazón, «con un registro tan vasto, desde el civismo a la compasión, una nobleza que nadie nos puede otorgar, pues solo el reencuentro con el otro nos puede ennoblecer». Este encuentro es el que «nos otorga el rango de humanos».

Finalmente, el título de este libro es muy apropiado, porque «la elegancia y la espiritualidad sostienen afinidades sutiles. Consideradas en nuestra época como inútiles, ellas son altas figuras de lo esencial. Su real poder es llamar a la belleza indisociable de la verdad. Ambas son testigos de una misma sensibilidad frente a lo inacabado, a un vínculo con lo que se elude, pues no todo está aquí donde yo lo veo, en aquello que sé. Algo podría muy bien estar más allá».

Termina con la necesidad de espiritualizar el tiempo, cómo la armonía con el tiempo, en vez de rebelarse contra él o minimizar su valor y sentido, es un acto de elegancia que devuelve la armonía al alma y a la sociedad. Menciona el poder de la paciencia; el sentido transcendente de la verdadera esperanza, que se abre como un cáliz ante el rayo o elixir de un futuro ideal y presentido; de la gracia, con trazas de eternidad en las mismas ondulaciones del tiempo; de ese Kairos, Oportunidad, que abre la puerta a los dioses y que, no aprovechada, deja la tristeza del arrepentimiento (la metanoia griega). Y en el atardecer de la vida, la elegancia de la edad, un arte de vivir, y aun de la muerte, la elegancia del adiós, la última reverencia.

«Voilà porquoi je vous attends.

J’attends que vous posiez un regard sur moi, que vous me dégagiez de l’insignificance dont je suis captive. Alors vous me reconnaîtrez, à ce “quelque-chose, presque-rien” qui est aussi le vôtre. Une distinction ineffable. Un mystère.

Je vous ferai signe de la main. Si vous me laissez venir, je vous inviterai là où vous n’etes jamais allés, un peu plus haute, un peu plus loin…

Nous rejoindrons la ronde des dieux et ensemble, un instante, nous danserons l’eternelle beauté».

«Por eso te estoy esperando.

Espero que me mires, que me liberes de la insignificancia de la que estoy cautiva. Entonces me reconocerás, por este «algo, casi-nada» que también es tuyo. Una distinción inefable. Un misterio.

Te saludaré. Si me dejas venir, te invitaré donde nunca has estado, un poco más alto, un poco más lejos…

Nos uniremos a la ronda de los dioses y juntos, por un momento, bailaremos la belleza eterna».

1 «Abandonad toda esperanza, los que entráis aquí».

2 Parafraseando su bellísimo artículo sobre «El mes de abril».

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