Culturas — 1 de noviembre de 2023 at 00:00

La filosofia: punto de encuentro entre culturas

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encuentro entre culturas

Los seres humanos somos seres sociales.

Por más que retrocedamos en el tiempo, por más antiguo que sea el yacimiento arqueológico que encontremos, es una constante que el ser humano ha vivido en sociedad.

Pero la historia de nuestra convivencia está llena de conflictos. Lamentablemente, la historia podría escribirse a través de las guerras que han azotado la humanidad siglo tras siglo en todas las civilizaciones. Incluso ahora, en el siglo XXI, parece que no hemos aprendido nada, los Estados vuelven a rearmarse fuertemente, con las armas más demoledoras y mortíferas de todos los tiempos, dedicando cantidades ingentes de dinero a los presupuestos de defensa.

En el libro El naufragio de las civilizaciones, Amin Maalouf nos definía así «el desconsolador panorama de este siglo»: (..) por primera vez en la historia contamos con los medios para liberar a la especie humana de todas las catástrofes que la acosan y llevarla serenamente hacia una era de libertad, de progreso sin tacha, de solidaridad planetaria y de opulencia compartida; y henos aquí, no obstante, corriendo a toda velocidad en dirección contraria (..). Las mejores cosas de las que es capaz la humanidad las corrompen las peores cosas: tal es la trágica paradoja de nuestro tiempo».

Y termina preguntando: «¿Cómo convencer a nuestros contemporáneos de que, al seguir presos de los conceptos tribales de identidad, nación o religión o al seguir glorificando el egoísmo sacro, están preparando a sus hijos un provenir apocalíptico?».

Actualmente, hay muy pocos rincones del mundo que vivan en paz, y son muchos los que llevan años en guerras que se eternizan porque no hay manera de solucionar el conflicto. Irak, Libia, Afganistán, Siria, Yemen, Ucrania, Palestina… además de los conflictos del narcotráfico que azotan Centro y Sudamérica. La crisis migratoria humana que vivimos, generada por los conflictos, no tiene precedentes, millones de personas se han visto forzadas a dejar sus hogares, sus tierras. El precio en vidas humanas es enorme, es salvaje.

Cuando hablamos de la Edad Media pensamos en una época cruel y sangrienta. Pero ¿somos conscientes de lo sangrienta y cruel que es la actualidad?

Hoy en día, algunos de los Estados «supuestamente» democráticos usan la bandera de la democracia en pro de los derechos humanos para iniciar guerras en otros lugares del planeta «supuestamente» dirigidos por dictadores, para liberar a los ciudadanos «supuestamente» acosados por la tiranía de sus dirigentes, dejando países repletos de muertos, desplazados y destrucción.

Pero cada año que pasa son más los países que no respetan los derechos humanos, y cada año son más los países «democráticos» que levantan alambradas y muros en sus fronteras y que cierran sus puertos para que la oleada de refugiados no pueda entrar en «su» territorio y perturbar «su aparente» paz. Quizá es que no se ha entendido que imponer la democracia a punta de pistola no es la solución.

Por otro lado, estamos en un momento en que cada vez hay más riqueza, pero lamentablemente también hay más pobreza.

Riqueza y pobreza crecen al mismo tiempo en direcciones opuestas, ¡esto no tiene sentido!

Lo lógico sería que, al incrementar la riqueza de un país, la pobreza disminuyera, pero pasa al revés y esto es un fenómeno global, pasa en los países pobres y en los ricos también está pasando.

Esto sucede porque la democracia que vivimos en algunos países, que en sus orígenes pretendía un liberalismo intelectual y político, y al mismo tiempo ser garante de los derechos del conjunto de la sociedad, se han ido convirtiendo en una mera economía de mercado. Hoy hablar de democracia es sinónimo de hablar de libertad de mercados o de la ley de la oferta y la demanda, donde, como dice el filósofo y director internacional de la escuela de filosofía Nueva Acrópolis, Carlos Adelantado, nuestro derecho es producir y consumir; y justamente esto es lo que nos han inculcado que es la gran libertad a la que nos ha llevado nuestro momento actual en el terreno de la política.

Ya nos advertía el sociólogo y economista alemán Alexander Rüstow, el primero en acuñar el término «neoliberalismo», que si la sociedad se encomienda solo a la ley mercantil neoliberal, se deshumaniza cada vez más y genera convulsiones sociales. Para que esto no suceda, nos dice que el neoliberalismo debe completarse con una «política vital» que siembre la solidaridad y el civismo.

Si analizamos la historia, vemos que realmente las democracias actuales son la evolución del concepto república que se fraguó en la Revolución francesa, donde, por cierto, ya se publicaron los derechos del hombre y del ciudadano.

Cuando hablamos de república, nos referimos a que lo que importa es la cosa pública, la res publica, el bien común. En aquel momento de la Revolución francesa, esto era necesario para limitar el poder del Estado, que tenía a los ciudadanos en un puño y donde existían muchos privilegios y favoritismos. En este contexto aparece la Revolución francesa y el Estado de derecho, para que el ciudadano sea juzgado por la ley y no por la fuerza y el capricho del más fuerte. Todo esto ha ido derivando en las democracias actuales.

Pero, llegados a este punto, como nos recomienda Carlos Adelantado, deberíamos hacer un análisis de conciencia, y darnos cuenta de que los sistemas políticos no son ni buenos ni malos, dependen de la gente que conforma esos sistemas, es decir, de todos los seres humanos que conformamos la sociedad.

Si bajamos a nivel individual, debemos reconocer que no podemos vivir los unos sin los otros, pero eso, al mismo tiempo, provoca una serie de conflictos entre nosotros. Los conflictos que podemos tener en el trabajo, con los amigos, con la familia, a nivel sentimental… se dan por la manera como nos relacionamos; quizá ahí radique el origen de la dificultad de convivir en paz.

Ante todo esto, podemos pensar que la democracia no es la panacea. Pero como nos sigue diciendo Carlos Adelantado, la democracia no es un «producto acabado»; por eso no soluciona los grandes conflictos de la humanidad, entre ellos el de la convivencia. Por tanto, como «producto inacabado» tiene mucho margen de mejora y el aprovechar el margen de mejora depende de nosotros.

Dicen que el grado civilizatorio de una sociedad se puede medir en función de su hospitalidad, de su amabilidad. ¡Qué bonito, ¿no?!

Para ser amables y hospitalarios se requiere ser valientes, tener confianza, ser tolerantes. Ver en el otro una fuente de riqueza y, sobre todo, no tener miedo.

Las guerras, los conflictos sociales, los conflictos con uno mismo, se resuelven con valentía, con respeto y sin miedo. Ser valiente requiere tener muchas dosis de amabilidad, respeto, tolerancia y empatía hacia lo distinto, hacia el que piensa distinto de ti y, también, hacia uno mismo. La paz es de valientes.

Hoy día existe demasiado exceso de miedo que paraliza y ahoga la valentía.

¿Cómo podemos vencer el miedo?

 

El miedo

Vivimos en una sociedad líquida, como decía el sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman. Una sociedad donde la fugacidad y la inestabilidad lo han reemplazado todo. Una sociedad carente de valores morales y espirituales y esto, como nos decía la filósofa Delia Steinberg Guzmán, provoca un gran desconcierto y vacío en las personas. Todo lo referente a la vida se enfoca de forma superficial y rápida, lo que sirve hoy no sirve mañana. Todas las cosas parecen estar en eterna contradicción; pero no una contradicción constructiva que lleva a la armonía por oposición, sino la destructiva que excluye y pulveriza lo más débil y menos numeroso, sea o no sea lo más benéfico y necesario.

Además, como nos dice el filósofo Byung-Chul Han, la interconexión digital total y la comunicación total no facilitan el encuentro con los otros. Más bien sirven para encontrar personas iguales que nosotros, que piensen como nosotros, haciendo que pasemos de largo ante lo desconocido y lo distinto, estrechando cada vez más nuestro horizonte de experiencias y nuestras miras. Según Han, las redes sociales representan un grado nulo de lo social.

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Han nos dice que la percepción de la realidad actualmente asume la forma de «atracones de series». Esto quiere decir que se percibe la realidad de la misma manera que se consumen las series y las películas: a todas horas solo se consume lo que está acorde con los gustos del consumidor, se busca y se ofrece solo lo que puede gustar. Esto hace que se deje de lado lo que supuestamente, de entrada, no va con uno: pensamientos, actividades, conocimiento… Se expulsa lo distinto de nuestras vidas.

En este panorama poco alentador de «clones», donde lo distinto no es atractivo y en lugar de verse como una fuente de riqueza se ve como una amenaza, el miedo se convierte en el mayor obstáculo para la convivencia entre seres humanos, entre pueblos, incluso con un mismo.

Como nos decía el filósofo Jorge Ángel Livraga, «el miedo es un estado psicológico del alma y también un mecanismo instintivo natural que promueve la elevación de las defensas.

El miedo pintó ojos de búho en las alas de las mariposas nocturnas para espantar a los pájaros, dio al camaleón la posibilidad de cambiar de color para pasar desapercibido. El miedo a las enfermedades hizo que el ser humano buscara medicinas adecuadas.

Considerando estos ejemplos y muchos más, podemos deducir que el miedo es bueno, constructivo y progresista.

Pero ya los antiguos filósofos, hace miles de años, nos enseñaron que todo exceso es malo. Así, la falta de miedo fue concebida como temeridad. Pero el exceso de miedo puede ser aún más peligroso que la temeridad porque envilece al ser humano. El miedo confunde e idiotiza. Convierte al ser humano en un juguete de la violencia y la injusticia, lo esclaviza».

Hoy parece que lo hemos olvidado.

Carlos Adelantado, en un corto artículo, titulado «Las edades del miedo», nos recuerda que los miedos siempre han acompañado a todas las culturas y civilizaciones. Hoy nuestros miedos colectivos son el cambio climático, el agotamiento de recursos, la posibilidad de guerras nucleares o la aparición de misteriosas pandemias.

Vemos que los miedos colectivos se van modificando con el paso del tiempo, pero los individuales nos acompañan toda la vida, pues son propios de las edades cronológicas que vamos viviendo. Así por ejemplo, en la infancia tenemos miedo a la oscuridad y al abandono, de sentirnos solos en un mundo que intuimos hostil comparándolo con nuestras diminutas fuerzas; en la adolescencia surge el miedo a no ser aceptados, al inevitable crecimiento que nos llevará a la edad adulta; en la madurez somos presa del miedo a perder lo que hemos conseguido, no solo a nivel material, sino también en cuanto a prestigio y reputación; y en la vejez, donde asoma la sombra de la muerte, vuelve el miedo a lo desconocido, a la soledad.

¿Podemos controlar nuestros miedos? Claro que sí.

Podemos manejar esos miedos colectivos e individuales que nos acompañan desde la cuna hasta la vejez con una buena formación del carácter, y con un buen desarrollo y dominio de la personalidad.

Los miedos retroceden ante el amor y sus emanaciones, y también lo hacen ante el conocimiento y sus derivados. Es por eso por lo que la filo-sofía, amor a la sabiduría, nos puede ayudar a ser más valientes.

La filosofía es una luminaria que, cuando la enciendes, camina junto a ti iluminando el sendero y ampliándote la visión del mundo.

 

La filosofía como herramienta de convivencia

La filosofía es una disciplina que no se ha entendido ni enseñado bien, o quizá no se ha querido ni entender ni enseñar bien por su capacidad liberadora.

La filosofía no es aprender de memoria el pensamiento de los filósofos, sino conocer su obra y atesorar las perlas de sabiduría que nos ofrecen para formar nuestro pensamiento.

Si volvemos a la historia, encontramos que siempre han existido escuelas de filosofía cuyo objetivo ha sido mejorar al ser humano y el mundo en el que se vive. Todas ellas, más que un sistema de pensamiento, ofrecían sobre todo una forma de vida, una manera de ser y practicar la filosofía. Porque el sentido de la filosofía iba encaminado hacía una dimensión transformadora y liberadora de la vida.

En este sentido, la filosofía sería como una terapia para el alma, que nos ayuda a orientarnos en la vida. El filósofo ama el conocimiento, investiga en diversas fuentes cuál es la naturaleza del ser humano, qué es, qué ha venido a hacer en la vida, qué es lo natural en el ser humano. Y lo natural en el ser humano es, aparte de cubrir las necesidades básicas, desarrollar sus potencialidades: reflexión, intuición, voluntad y comprensión (de sí mismo y de sus relaciones con los demás).

Los alquimistas renacentistas la llamaban «la magna ciencia» ¡por algo sería! Y desde 2002 la UNESCO instauró el tercer jueves de cada mes de noviembre como Día Internacional de la Filosofía con los objetivos de fomentar las escuelas de filosofía, el libre pensamiento y la libre elección de modos de vivir, ¡por algo será!

¿Qué nos ofrece la filosofía para mejorar la convivencia?

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Hemos dicho que somos seres sociales, que nuestra naturaleza es vivir en sociedad, convivir los unos con los otros. Pero cada uno de nosotros tiene distintas personalidades que, de vez en cuando, hacen que los intereses individuales de uno se contradigan con los intereses individuales de otro, y esto sucede a nivel de familia, vecinos, sociedad, naciones y civilizaciones. Somos las piezas de un gran puzle planetario que no terminan de encajar porque sus formas no están bien definidas. La filosofía sería la lima que nos ayuda a pulir esas asperezas de la personalidad en pro de poder encajar y vivir en paz, todos juntos con nuestras diferencias en este mundo que compartimos toda la humanidad.

Como nos explica Carlos Adelantado, las escuelas de filosofía nos han legado tres grandes principios que deberíamos tener en cuenta en nuestra vida, que nos facilitarían la convivencia, y serían las tres patas de un trípode donde se apoya la filosofía de todos los tiempos.

Uno de los principios consiste en trabajar nuestra parte interna, para avanzar y crecer internamente. Formar nuestro carácter y personalidad desarrollando una serie de valores internos y virtudes, que nos ayuden a comprender y entender la naturaleza; y poder así vivir de acuerdo con ella, vivir de forma más natural. Esto nos ayudaría a poder disfrutar de nuestra libertad, disfrutar del raciocinio y de nuestra capacidad de elección.

Otra pata del trípode sería el conocimiento comparado, no quedarnos con una sola forma de pensar o de conocimiento. Lo importante es tratar de alcanzar el eclecticismo, basado en el estudio comparado del otro. Si nos quedamos anclados en un único conocimiento (en el «atracón de series»), no seremos capaces de ver la totalidad en su conjunto. Para la convivencia, es muy necesario conocer formas diferentes de conocimiento, los distintos puntos de vista.

Y, por último, nos hablan de un principio y una finalidad, quizá el más importante para la convivencia, porque tiene que ver con la fraternidad (que es lo más difícil de alcanzar), porque se trata de una verdadera concordia, corazón con corazón, sin tener en cuenta todas los rasgos y características que tenemos y que, en su mayoría, nos vienen por el lugar donde hemos nacido: el sexo, la religión, las ideas políticas, el color de la piel… rasgos y características que no son nada importantes cuando estamos hablando de una verdadera fraternidad.

Con estos tres principios, que son fines al mismo tiempo, la filosofía antigua ha tratado de que el ser humano sea capaz de solucionar uno de los mayores problemas que tenemos: la convivencia, es decir, ser capaces de vivir juntos y en libertad.

Por lo tanto, la filosofía nos ayuda a conformar un vivir más humano, más acorde con nuestra naturaleza y la naturaleza de la que formamos parte limando las asperezas de nuestra personalidad, ayudando a que las relaciones con los demás sean más sanas y fluidas. Y esto lo podemos extrapolar a la convivencia entre pueblos y culturas.

Para una buena convivencia entre pueblos y culturas, todas deben aportar calor (amor y confianza) y luz (conocimiento). La filosofía nos ayuda a superar los recelos, los agravios y malentendidos pasados, a dejar atrás el frío y la oscuridad del miedo a lo distinto, a lo desconocido. A sentir que la riqueza de la humanidad está en la variedad de sus formas de vivir, en las distintas formas de expresarse cultural y espiritualmente. Entender que seamos de Oriente u Occidente, del norte o del sur, no somos tan distintos, lloramos, reímos y amamos del mismo modo.

«La filosofía es como una antorcha de fuego interior que propicia un cambio trascendente en la sociedad y en el mundo».

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