Filosofía — 1 de noviembre de 2023 at 00:00

La analogía y el retorno a una filosofía natural

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«Todas las cosas en el universo siguen la ley de analogía. “Como es arriba así es abajo”; el hombre es el microcosmos del universo. Lo que tiene lugar en el plano espiritual, se repite en el plano cósmico. La concreción sigue las líneas de la abstracción; lo más inferior debe corresponder a lo superior; lo material a lo espiritual.

(…) La analogía es en la naturaleza la ley directora, el único y verdadero hilo de Ariadna que puede conducirnos a través de los inextricables senderos de sus dominios, hasta sus primordiales y últimos misterios. La naturaleza, como potencia creadora, es infinita; y ninguna generación de hombres de ciencia física podrá vanagloriarse jamás de haber agotado la lista de sus medios y métodos, por uniformes que sean las leyes según las cuales procede» (H. P. Blavatsky (1831-1891), en su obra ciclópea, La Doctrina Secreta).

Hace más de cincuenta años, el profesor Jorge Ángel Livraga (1930-1991), escribió lo siguiente:

«Últimamente el concepto de filosofía se ha degenerado de tal manera que ese término suele involucrar tan solo una forma de juego racional, sobre bases convencionales, completamente desligado de la naturaleza y de la lógica en su sentido estricto. Se especula y se bucea en un mundo de imágenes comunes que atan y desatan cuerdas mentales que para nada sirven ni de nada traccionan, de tal suerte, que el filósofo actual, cual pescador burlado, solo extrae el sedal que él mismo arrojó al mar de las ideas fundamentales, sin presas ni frutos de su esfuerzo».

Este es, efectivamente, el panorama de la filosofía académica actual aún, con raíces en el materialismo que llegó a su apogeo en el siglo XIX, y ahora estamos viviendo las oleadas de sus miasmas conceptuales y morales. Desde que Descartes proclamó la independencia total entre su res extensa (la materia, que puede ser «medida») y su res cogitans (el pensamiento), y desde que él mismo consideró, junto a Galileo, Kepler, Newton o Bacon, al universo más un reloj que un anima mundi sustanciado bajo ciertas leyes armónico-musicales, la filosofía moderna entró en un laberinto sin salida. Un laberinto con minotauro, la más completa alienación respecto a nosotros mismos y pérdida de vínculos con la naturaleza y la vida, y sin Teseo heroico ni hilo de Ariadna, pues los expulsamos de este, que pensábamos palacio o paraíso del placer, la multiplicación hasta el infinito de nuestras sensaciones.

El hilo de Ariadna que permite salir del laberinto de nuestra confusión mental, y aun del encadenamiento de la mente a la materia es, precisamente, según refiere la genial H. P. Blavatsky, la analogía. Es la llave de oro de la filosofía y de la ciencia a la hora de buscar la verdad, pues la verdad, siendo, como la luz, una, debe crear un vínculo de todo en el todo.

Cuando expulsamos al anima mundi de nuestra tierra mental, fraccionamos el conocimiento y dificultamos el acceso a una verdad armónica, encontrando así solo páginas arrancadas, o peor aún, pedazos inconexos del libro de la vida y la naturaleza. Y aunque proclamemos, con Galileo, que «las matemáticas son el alfabeto con el que Dios ha escrito en este libro», perdimos los vínculos que nos permiten descubrir la armonía en aquello que estudiamos. La filosofía, así adulterada, perdió su dignidad, y el protagonismo de las nuevas ciencias la fue cercando y desnaturalizando. La física y la astronomía le arrebataron el estudio del movimiento en la tierra y en el cielo; la química, el de los elementos y las transformaciones de la naturaleza; la geología, el dinamismo de la Tierra y el estudio de sus procesos y los del reino mineral; la psicología, el estudio del alma, que al principio, y aún hoy, se hace derivar de los simples humores del cuerpo; la lingüística, el estudio del lenguaje; la lógica, las leyes del pensamiento.

 

Especialización de las ramas del saber

En verdad, todas estas ciencias se podrían haber desarrollado más y más, como las ramas de un árbol o los pétalos de una flor, sin perder su sentido de unidad y armonía, si la filosofía no hubiese degenerado en una alienación arrastrada por las corrientes psicológicas del siglo. El análisis cartesiano como método, guiando ad nauseam todas las ramas del saber, desmenuzó todo en polvo, sin encontrar los verdaderos secretos de la vida. Nos faltó la pureza de alma para desvelar sus leyes internas. ¡Cuán proféticas fueron las palabras de Voz del Silencio, obra mística del budismo mahayana, escrita más de mil años antes!:

«Ayuda a la naturaleza y trabaja con ella, y la naturaleza te considerará como uno de sus creadores y te prestará obediencia. Y ante ti abrirá de par en par las puertas de sus recintos secretos, y pondrá de manifiesto ante tus ojos los tesoros ocultos en las profundidades mismas de su seno puro y virginal. No contaminados por la mano de la materia, muestra ella sus tesoros únicamente al ojo del espíritu, ojo que jamás se cierra, y para el cual no hay velo alguno en todos sus reinos».

¿Y cómo hacerlo, si la mentalidad occidental, fuertemente enraizada en la tradición bíblica nos había dicho «creced y multiplicaos» y había puesto a la naturaleza como esclava a nuestro servicio total? Para ser despojada, humillada, violada y después desechada. Qué diferente de la visión hindú, por ejemplo, en el Mahabharata, donde la Tierra es representada como una diosa, que va a quejarse ante Indra, dios del cielo, por las pisadas impías de hombres que perdieron el respeto a su madre y nutridora, y esta contaminación es la causa de la gran guerra, un acto de sacrificio para purificar a la humanidad de tantos egoísmos y sombras.

Analogía significa, literalmente, en griego, ‘según la proporción’ o ‘de acuerdo al logos’, o sea, a la Idea. Es el descubrimiento de verdades o la ejecución de formas de acción sobre la base de semejanzas. En el ámbito jurídico, es el argumento más importante cuando se ha de juzgar un caso que no se halla bajo ninguna ley. Entre las figuras del lenguaje, las de analogía son las que establecen comparaciones entre las semejanzas de dos elementos, sean estos ideas, acontecimientos, cosas o seres, y se incluyen en este apartado la metáfora, el símil y la alegoría.

El gran maestro de la analogía fue el sabio presocrático Tales de Mileto, a quien se atribuye la máxima «Conócete a ti mismo y conocerás el universo y sus leyes», bellísima y sapientísima analogía que establece la relación entre el macrocosmos (universo) y el microcosmos (ser humano). También es de él la máxima «Espera de tus discípulos lo que tú mismo hagas a tus maestros», otra analogía o comparación entre términos.

Toda analogía implica un vínculo, y ese vínculo es la proporción. El mismo Tales escribió en forma matemática uno de los fundamentos de la geometría, el teorema que lleva su nombre y que establece la semejanza de triángulos. Casi podemos llamarle «cristalización geométrica» del principio de analogía. ¡Y es que aquí está la clave de la analogía, en la proporción (ratio en latín, logos en griego)! La proporción establece el vínculo, hay una misma idea que rige todo aquello que es semejante.

 

Casos de analogía

El giro de los electrones y los niveles cuánticos de energía de los mismos en torno al núcleo es análogo al movimiento de los planetas alrededor del Sol. El mismo Sol es como un corazón que bombea su sangre (el viento solar) a todo el organismo, o huevo hasta donde llega su vida. Los límites del mismo ahora los llamamos helioesfera.

Hay una semejanza entre la membrana de una célula, la piel humana, las siete capas de la atmósfera y esta «cáscara» del «huevo de vida» del sistema solar: hay ciertas sustancias, energías o rayos cósmicos que pasan y otros que no, es un umbral, una puerta de acceso de o no.

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Hay una analogía entre la actividad frenética, irracional, del hombre en la Tierra y un cáncer o un virus dispuesto a devorarla y pasar a otro organismo huésped.

Entre las mareas y las grandes convulsiones sociales y políticas que van marcando el ritmo de los siglos y milenios.

Entre la distribución de los diamantes bajo la tierra y la de las estrellas en el cielo, según probó Mandelbrot con sus fractales matemáticos.

Entre los metales y no metales con lo masculino y lo femenino, o de esto primero con lo cóncavo y lo segundo con lo convexo.

Entre los coloides, sensibles a influencias planetarias, según demostraron Kolisko y Picardi (de la Universidad de Florencia) y las sociedades humanas cuando no están muy enraizadas en la recta razón.

O entre la distribución de los números primos y los estados cuánticos de los núcleos atómicos.

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Y donde hay una semejanza real, no una ilusión de la fantasía, hay una misma ley que lo rige, y hay un vínculo, base de toda operatividad en la naturaleza, o una misma causa vertical. Hay una semejanza entre la lluvia de gotas de agua y la de rayos cósmicos, y los últimos estudios determinan en los segundos la causa de los primeros, al electrizar las partículas de polvo que atraen la humedad del aire. Entre el ser humano verticalizado por su razón y responsabilidad y el fuego que se eleva al cielo, como una oración, buscando la libertad y el retorno a lo puro y sin mancha. Entre los ojos y las estrellas, a las que llamamos, precisamente, los mil ojos de la noche, y ahora se ha demostrado científicamente que el ojo humano irradia una luz que puede ser medida materialmente, y que todo ser sensible y especialmente los poetas han percibido desde que el mundo es mundo. Entre una colmena y un cúmulo de estrellas, libando en el mismo elixir de inmortalidad que constituye su vida.

La analogía, si es rectamente usada, nos permite adentrarnos en lo desconocido, imaginar, crear un puente que después podrá ser afirmado, constatado, probado. Es síntesis pura, la única que puede redimir a un método analítico ya exhausto además. No basta medir, medir, medir y medir, hay que encontrar la clave, el sentido, el significado de lo que estamos midiendo, cuyas verdades íntimas son como estrellas en el alma humana: Platón las llamó arquetipos, los decretos del todo en la infinitud, y que descienden en cascada desde lo infinitamente grande a lo pequeño, o desde lo infinitamente sutil a lo objetivo.

La filosofía necesita la analogía como el mismo aire para respirar, si no, se convierte en idolatría hacia una herramienta, la mente formal, una herramienta y nada más. Kant la llamó «razón pura» (el Kama Manas de las tradiciones teosóficas) y demostró —en una argumentación matemático-conceptual de 500 páginas— que esta no puede conocer la esencia de nada, que está aislada de la realidad, pudiendo solo masticar con sus acerados dientes de análisis la simple apariencia o fenómeno de las cosas, nunca la esencia o noúmeno.

Si queremos una nueva filosofía, que sea natural, que eleve el alma en un vuelo de belleza e inmortalidad, y no la haga, contaminada, fundirse con las sombras del abismo en la materia, es necesario retornar a la analogía, la que hizo verdaderamente avanzar la ciencia. Pues ¿no «imaginó» y estableció Newton la analogía entre las fuerzas y los vectores, con su dirección, sentido y magnitud?; ¿no soñó Kekulé con su estructura circular del benceno (C6H6)?; ¿no relacionó Schrödinger los diferentes modos o niveles de energía atómica con los armónicos de la energía del hidrógeno, como si este fuese el fuego universal cuyas ondulaciones armónicas crean cuanto existe?; ¿no «vio» Nikola Tesla, en una éxtasis intuitivo, la «corriente alterna», al sentir que giraba en ciclos él mismo unido a la Tierra, como un gigantesco imán, en torno al Sol?, y descubrió así cómo la electricidad era universal, todo estaba en ella y sostenido por la misma (la base de la actual teoría físico-cosmológica del «universo eléctrico», muy próxima a las tradiciones esotéricas).

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En uno de los paneles de Notre-Dâme de París, que se atribuye a la Alquimia, aunque en verdad, originalmente representaba la Dialéctica, ella aparece sujetando una escalera de nueve peldaños: los diferentes niveles o categorías del ser, tal y como aparecen ya en los misterios de Heliópolis, y después en la filosofía gnóstica, neoplatónica, medieval (con Pseudo Dionisos), etc. El ascenso y descenso a través de estos peldaños del ser solo se puede hacer por analogía, y como dicen los textos egipcios, los travesaños son los brazos mismos de los dioses. Ella, la analogía, es la que establece la ciencia de los vínculos; es, por tanto, la base de la magia y de todas las operaciones fértiles de la mente, las que arrastran semillas de acción y conocimiento real, y no quedan aisladas en la soledad de un espejismo. Como dijo el poeta cubano José Martí al estudiar la obra de H. P. Blavatsky y llamarla gran sacerdotisa: «Lo verdadero es lo sintético. En el sistema armónico universal, todo se relaciona con analogías, asciende todo lo análogo c

One Comment

  1. M° Carmen Delgado

    Excelente! Me parece soberbio. Un cúmulo de verdad auténtica.

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