Sociedad — 1 de enero de 2023 at 00:00

Las mil caras de la violencia

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Uno de los grandes problemas sociales que acucian al ser humano en la actualidad es el de la violencia. Como la hidra de Lerna del mito de Heracles, esta se presenta con múltiples caras. Como en el citado mito, cuando el héroe cortaba una de esas cabezas, se reproducían más. De la misma manera, cuando se pretende atajar la violencia desde la superficie, vuelve a aparecer con otra apariencia, pero el trasfondo siempre es el mismo: falta de conciencia humana y de los valores propios de la condición de ser seres humanos. Pretendemos en estas líneas analizar este problema y tratar de encontrar posibles soluciones.

Desgraciadamente, la violencia se ha hecho algo muy habitual en nuestras sociedades. Encontramos actitudes violentas en cualquier esfera, ya sea del ámbito laboral, religioso, político, en las familias, en las calles de nuestras ciudades, en los colegios, en los trabajos, etc. A nivel global, se ejerce violencia sobre grupos humanos, países, etc. Guerras y migraciones son consecuencias de la violencia a gran escala.

No es la finalidad de este trabajo hacer una exposición detallada de los pormenores de esta problemática que, por otro lado, podemos conocer más exhaustivamente a través de otros medios, aunque sí haremos referencia a algunos casos y noticias recientes. Lo que sí pretendemos es profundizar en este tema con la finalidad de observar el problema, para tratar en lo posible de encontrar algunas soluciones.

Es cierto que, a nivel personal, es un tema que nos sobrepasa. No está en nuestra mano erradicar la violencia en el mundo, pero sí que podemos reflexionar sobre ello y ver qué es lo que está en nuestra mano. Sabemos, como afirmaba el filósofo Epicteto, que hay cosas que no dependen de nosotros, pero hay otras muchas que sí, y son esas que sí podemos cambiar y mejorar las que vamos a tratar de tener en cuenta. Todos podemos hacer algo por mejorar el mundo en que vivimos. En el año 2019 se cumplieron 150 años del aniversario de Gandhi. Una de sus frases fue: «Sé tú el cambio que quieres ver en el mundo».

 

¿Qué es la violencia?

La palabra violencia procede del latín violentia: cualidad de violentus, que procede de: vis, que significa ‘fuerza’, y olentus, que significa ‘abundancia’. Según esta etimología, violento sería «el que actúa con mucha o excesiva fuerza.

Encontramos otras palabras con la raíz vis

La vis curativa de Hipócrates era la energía natural, la fuerza que conduce a la salud.

Vigor: ‘vigoroso, fuerte’.

Vir: ‘hombre’ en latín. De ahí viril, virilidad.

Virtus: ‘hombría, caballerosidad’. De ahí deriva virtud.

La palabra virtud procede de vir, ‘fuerza’. Se puede asociar a ‘valor’. Los valores humanos son las potencialidades humanas, las fortalezas que nos dignifican como seres humanos.

A veces se ha querido demonizar el aspecto de fuerza o fortaleza como algo negativo. Pero vemos que la cuestión no está en la fuerza en sí, sino en para qué se utiliza. La diferencia está en la finalidad. Cuando la fortaleza está al servicio de lo bueno, se convierte en virtud. Pero si se ejerce de manera no adecuada y para satisfacer intereses mezquinos y egoístas, entonces se convierte en «violencia».

Veamos algunas definiciones: 

«La violencia es una acción ejercida por una o varias personas en donde se somete de manera intencional al maltrato, presión, sufrimiento, manipulación u otra acción que atente contra la integridad tanto física como psicológica y moral de cualquier persona o grupo de personas».

«La violencia es la presión psíquica o abuso de la fuerza contra una persona con el propósito de obtener fines contra la voluntad de la víctima».

Los sinónimos de esta palabra amplían el concepto: exceso, ferocidad, transgresión, monstruosidad, vandalismo, grosería, injusticia, brutalidad, crueldad, atropello, cólera, rabia, tropelía.

Nada tiene que ver la fuerza de la violencia con los valores humanos, que son nuestras fortalezas, aquello que nos dignifica como seres humanos. En la violencia se produce un «abuso de la fuerza». Por lo tanto, sería un exceso. La violencia es un vicio, porque hay un exceso; el defecto sería la blandura, la permisividad, etc.

Aristóteles explica que la virtud es un «justo medio». Es decir, que en la virtud no hay ni exceso ni defecto. La palabra virtud, que también deriva de vir, ‘fuerza’, se puede asociar a ‘valor’. El valor es una virtud y como tal, no cae ni en el exceso ni en el defecto. El valor da lugar a acciones con finalidades elevadas, hacia la idea de lo bueno, el bien. Para que haya valor, la fortaleza ha de estar dirigida por la recta razón o la inteligencia, que es la herramienta que nos permite captar las ideas puras. El valor, en sentido filosófico amplio, sería la puesta en marcha de las virtudes y la vivencia de las mismas en todas las circunstancias de la vida.

A esas virtudes los filósofos griegos las llaman areté o excelencia, la expresión de lo mejor en el ser humano.

Sin embargo, cuando se ejerce la violencia, lo que prevalece es la parte instintiva, las pasiones humanas. Para los filósofos clásicos, las pasiones son las enfermedades del alma. Son la expresión de los deseos y aversiones sin la dirección de la inteligencia.

Platón explica que el alma humana es como un auriga que representa la recta razón o inteligencia. Es ella la que ha de conducir a dos caballos, uno blanco y otro negro. Uno representa la parte apetitiva del ser humano (las necesidades básicas) y el otro la parte irascible (la emotividad o deseo de placer y aversión al dolor). Cuando no es la recta razón (recta porque tiene una finalidad elevada, directa al bien) la que dirige los caballos, estos actúan a su antojo, descontrolados. Esa fuerza descontrolada es la que da lugar a la violencia en sus múltiples caras o expresiones, a nivel individual o colectivo.

 

Ejemplos de la hidra de la violencia

La cultura occidental en la que estamos manifestados decae debido a la «hambruna» de valores que padece. Sufre entre espasmos y agoniza, y un síntoma de su enfermedad se refleja en las distintas formas de violencia que la sociedad actual está sufriendo.

Violencia común: afecta a todos. Conlleva el no respeto por las normas en general, desde no respetar el turno en una tienda hasta cuando nos mostramos insensibles al padecer humano, incluyendo los problemas de seguridad ciudadana. En este tipo de violencia colaboramos todos, y nos introduce en un mundo en el que la ciudad se convierte poco a poco en una jungla de cristal.

Violencia en el núcleo familiar: aparte de la violencia entre las parejas que forman una familia (violencia doméstica) y aquella que sufren los hijos por parte de los padres, ha aparecido un nuevo tipo de agresión conocido como síndrome del emperador, en el que son los hijos, desde muy temprana edad, los que realizan el maltrato sobre sus padres.

Violencia en las aulas: tanto directa como indirectamente. Directamente a través del bullying, donde se atenta contra la integridad psíquica y física entre el alumnado, pero que puede darse también entre profesores, entre profesor y alumno y entre otras personas dentro del entorno escolar.

Indirectamente, a través de las estructuras de nuestra sociedad, que provocan una serie de injusticias según el género, capa social, capacidad de adquisición, etc., cuyo resultado es la desigualdad de oportunidades.

Violencia laboral: se trata de una serie de actitudes dentro del lugar de trabajo, tanto por un responsable como por un compañero, en el que se destruye la capacidad laboral, mental y a veces incluso la salud física de un empleado, degradándolo y afectando a su vez a su rendimiento y por ende al del equipo.

Violencia en las calles: con las primeras apariciones de pandilleros, miembros de estratos sociales de escasa capacidad económica en un principio, pero que ha sobrepasado las clases creando efectos como el de «la manada».

Cuando las fuerzas de seguridad ejercen presión de forma desproporcionada intimidando al ciudadano al que supuestamente han de proteger, la brutalidad policial, se está produciendo también violencia en las calles.

Violencia bélica, que puede ser resultado de varias razones, las más comunes, políticas, económicas, religiosas, por expansión de territorio y afán de apoderarse de los recursos naturales de otro país.

Este tipo de violencia afecta a un número muy elevado de personas en las zonas afectadas por el conflicto bélico. En circunstancias extremas, ocasiona el movimiento de gran parte de la población hacia países vecinos buscando la salvación y ocasionando verdaderos éxodos en pleno s. XXI.

 

Causas del problema y soluciones

Una de las principales causas del problema de la violencia es que no hay una moral individual y social que armonice los diferentes intereses de las personas y colectivos que viven en sociedad sobre la base de unos principios generales universales, como es no actuar por beneficio personal en perjuicio del bien del prójimo. Si no se da esta moral, siembre habrá un caldo de cultivo que favorezca el enfrentamiento entre unos y otros.

Como posible solución, habría que fomentar el estudio comparativo de religiones, ciencias, filosofías y artes. Ello nos permitiría salir del reduccionismo de creer que nuestra visión del mundo es la única posible. Favorecer el respeto y aprecio de todo lo válido, venga de donde venga. No despreciar lo que es distinto o simplemente que no lo conocemos. La violencia muchas veces surge del rechazo a lo no conocido, a lo diferente. Recordemos la parábola de las grullas que nos relata Platón en las Leyes.

De entre las enseñanzas del Buda, como solución al problema que nos ocupa, resaltaremos: «El odio no se vence con el odio, el odio se vence con el amor». Solo el amor permite romper la inacabable cadena de acción y reacción que genera el odio.

Se necesita una educación integral que haga mejores personas, no solo que ocupen un lugar en la sociedad. Una educación que despierte auténticas vocaciones, no solo cubrir ocupaciones. Una educación en valores humanos que se apoyen en sentimientos. El egoísmo entraña violencia. Todo lo que amenaza la comodidad del egoísta se convierte en objeto de ira. Cuando no se ponen los valores humanos en marcha, prima lo instintivo.

El siglo XX ha sido un siglo de «buenas intenciones»: ONU, derechos humanos, etc. Los decretos no son suficientes. Necesitamos conciencia individual, saber amar más allá de lo que nos amamos a nosotros mismos. Los ideales de la Revolución francesa, libertad, igualdad y fraternidad, no llegaron a consolidarse. La fraternidad es el punto débil. La fraternidad como sentimiento es el antídoto a toda forma de violencia.

Las sociedades modernas han propiciado una vida en la que la tecnología ha favorecido cierto bienestar, pero se han dejado de lado los aspectos más propios del ser humano. La dignidad ha quedado reducida a disponer de lo básico para subsistir, pero los seres humanos no solo necesitamos estar bien, sino ser conscientes, felices y útiles.

Necesitamos tener grandes metas, no solo laborales o familiares, sino metas de realización interior. Necesitamos desarrollar nuestras capacidades, que la educación se base en una cultura que favorezca la formación humana. Si únicamente nos movemos por parámetros lucrativos o de intercambio económico, no habrá satisfacción verdadera y profunda. Las sociedades modernas se han gestado sobre la base del paradigma del Homo economicus, y hemos conformado unas vidas que no satisfacen las inquietudes profundas del ser humano.

Si queremos erradicar la violencia, necesitamos paz. Pero la paz no es algo fácil de conseguir, la paz es fruto de una conquista interior y exterior. Solo cuando logramos que la mejor parte de nosotros mismos, esos principios de voluntad, amor e inteligencia, sean los que rijan nuestra vida, podemos hablar de auténtica paz. Cuando la paz como armonía reine en el interior de cada ser humano, podremos hablar de paz en el mundo. Si hay salud no hay enfermedad, si hay paz no hay guerra ni violencia. Hay amor, unión, fraternidad y concordia.

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