Filosofía — 1 de mayo de 2021 at 00:00

Felicidad y economía

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Felicidad y economía

Desde la primera gran crisis financiera global del siglo XXI, en 2008, hasta nuestros días, se ha tenido la apreciación de que el sistema capitalista estaba agotado, y que es necesario encontrar un nuevo modelo económico con el que levantar las maltrechas economías de las locomotoras de la economía mundial, y por ende, las del resto del planeta.

Ha habido politólogos, economistas y sociólogos que señalaban la situación como una nueva oportunidad para enterrar un sistema económico, el capitalista, y poner en marcha uno nuevo que no solamente restañara las graves heridas de las finanzas mundiales, sino que también sirviera para solucionar los graves problemas de desigualdades sociales, crecimiento insostenible y colapso ambiental que existen en todos los países, y cuya causa se sitúa precisamente en el codicioso capitalismo, por parte de no pocos intelectuales y pensadores.

No obstante, tal y como predijeron numerosos economistas, el capitalismo ha tenido la habilidad de volver a refundarse y, como ave fénix, parece que resurge entre sus cenizas, a tenor de los datos de crecimiento de las principales economías mundiales, cuando se dejó atrás la crisis de 2008. Sin caer en la demagogia de que todo capitalismo es malo, no obstante hay que reconocer que este sistema produce un caldo de cultivo excelente para que todo pueda justificarse en aras del dividendo, incluyendo aquello que afecta negativamente al ser humano, a la sociedad y a la naturaleza.

¿Es posible el cambio tras la crisis?

Entonces, ¿por qué no ha prosperado la elaboración de las bases teóricas, científicas, intelectuales, de un recambio al modelo capitalista? Una respuesta inmediata es muy evidente: el propio sistema y sus principales beneficiarios, los grandes capitales, y su escenario, los mercados, desactivan cualquier intento de suplantación. Pero ¿y el resto de actores sociales? ¿Se ha aprendido la lección? ¿Cambiarán nuestras decisiones, nuestras aspiraciones en la vida, cuando salgamos de la crisis?

Desde entonces han ido surgiendo movimientos sociales puntuales con exigencias de reforma profunda, como los indignados del 15-M en España o los chalecos amarillos en Francia, y el mundo académico ha propuesto modelos socioeconómicos alternativos, pero ni los primeros han cuajado en un cambio real ni los segundos han contribuido de manera decisiva a ese cambio. ¿Por qué no han calado nuevas propuestas económicas en la mayoría de la sociedad?

Posiblemente, cuando salgamos de la crisis sigamos tomando las mismas decisiones imprudentes, tendremos el mismo modo consumista de ver la vida y tal vez hayamos desperdiciado una buena oportunidad para iniciar el cambio de un sistema que está agotado. ¿Por qué? Seguramente porque la mayoría de las propuestas económicas alternativas, la mayoría de los movimientos ciudadanos, parten de un supuesto que es falso: que el cambio se produce desde fuera del individuo, que el cambio se limita a modificar las reglas de juego, que la transformación descansa sobre una renovación de las estructuras sociales, sin necesidad de transformar el interior del individuo.

Cómo evitar el colapso

La colapsología es una nueva disciplina de investigación, con nombre milenarista pero totalmente rigurosa, de ámbito multidisciplinar, en la que sociólogos, economistas, analistas de sistemas, historiadores y ambientólogos abordan el futuro inmediato y a medio plazo de nuestra civilización, y el único escenario en el que se contempla una posibilidad de no colapsar es aquel en el que, además de toda una serie de medidas como el uso de energías renovables, la limitación de la natalidad o el empleo de tecnología eficiente, se reduce significativamente el consumo per cápita.

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Pero ¿cómo reducir el consumo individual en una sociedad cuyo ideal de vida se basa en el propio consumo? ¿Quién decidiría renunciar a las aspiraciones de nuestra vida, a tener, a poseer, a incrementar la cantidad de elementos y bienes que queremos que nos proporcionen bienestar y felicidad? Nadie quiere sacrificar su nivel de vida, real o potencial, basado en el consumo, en aras de una economía más justa y sostenible. Todos esperamos que sea el otro el que se ajuste. En Europa, cuando meditamos sobre la excesiva huella ecológica del ser humano, miramos con pavor el ritmo de crecimiento y de demanda de recursos naturales de países como China o la India, pero no nos planteamos reducir a la mitad nuestro consumo, nuestro nivel de vida.

Las intentos teóricos de revertir el proceso que nos conduce a un colapso tienen como principal freno, aparte del lógico del propio sistema capitalista, la resistencia de cada uno a perder lo que tiene o la posibilidad de tenerlo. Porque es el único modo de vida que conocemos.

Hay cierta ingenuidad en los intentos de diseñar modelos alternativos, al creer que van a recibirse con los brazos abiertos por parte de la ciudadanía, al creer que cuando proponen «reduce aquello en lo que tienes depositada tu búsqueda de la felicidad», se les va a hacer caso.

En busca de la felicidad

Es necesario bajar aún más el grado de elaboración de los modelos alternativos al capitalismo insostenible social y ecológicamente, y revisar desde qué ideal de vida se parte y a qué ideal de vida se quiere llegar. Todo ser humano busca la felicidad, y si el estándar de consecución de la felicidad está en la posesión de bienes, no van a tener éxito alternativas socioeconómicas que lleven a darle la espalda a este ideal de felicidad sin proponer otro a cambio.

Dicho de otra manera, no puede plantearse deconstruir un sistema que está diseñado por y para el consumo como modo de vida sin vislumbrar otro ideal de vida diferente. Estamos hablando de horizontes interiores, que tienen que ver con las propias características esenciales del ser humano.

Hace falta una propuesta de cambio interior del propio individuo, que vaya en la dirección de la justicia social y la sostenibilidad. Pero ¿qué otra opción tenemos para  llegar a la felicidad?

El propio análisis de la complejidad del ser humano y del conjunto de necesidades que hay que satisfacer proporciona indicios acerca de las opciones que tenemos además del consumo. Nuestro propio camino evolutivo nos ha llevado a alcanzar una realidad compleja, síntesis de lo material y lo inmaterial, que genera necesidades no solo corporales, sino también afectivas, mentales y espirituales, cuya íntegra satisfacción proporciona felicidad y sentido vital.

Siendo el ser humano un sistema complejo, quizás sea la filosofía clásica la que esté en mejores condiciones de abordar la complejidad humana, dado que la filosofía contemporánea, al mimetizarse con el reduccionismo cientifista de considerar al ser humano solo como una máquina, puede carecer de perspectivas adecuadas para una visión holística de la especie humana.

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Las fuentes éticas que necesita una nueva economía se encuentran en la filosofía que contempla al ser humano de manera global y que, por lo tanto, está en condiciones de definir qué otras alternativas tiene el consumismo. Sin resolver este asunto es imposible plantear de manera realista nuevos modelos socioeconómicos más justos y sostenibles.

Podría reescribirse una versión de la famosa frase del frontispicio del templo de Apolo en Delfos, «Conócete a ti mismo, y podrás organizar tu casa de manera justa y sostenible».

Hay todo un itinerario que puede llevarse a cabo para que cada cual encuentre sus potencialidades, sus tesoros interiores, la mejor versión de uno mismo. Desde esta posición se necesita menos para ser feliz, y se pueden tomar las mejores decisiones. Se trata de un proceso más íntimo, menos masivo, en el que cada cual puede descubrir los rasgos fundamentales de su vida interior: los valores y sensibilidades que le permiten disfrutar de una realidad que no es exclusivamente material; la predisposición a adquirir el conocimiento que le oriente en las decisiones adecuadas con relación a sí mismo, la sociedad y la naturaleza; el marco ético que le permita dilucidar entre lo correcto y lo incorrecto.

Una sociedad conformada por un número creciente de ciudadanos que esté en el camino de llegar a la mejor versión de ellos mismos, de disfrutar de la excelencia de sus valores, dispondrá de las condiciones de llegar a albergar modelos socioeconómicos más justos y sostenibles. Tal y como ya conociéramos de la filosofía clásica, la sintonía entre sociedad e individuo permite que el desarrollo y la excelencia de los individuos tenga su reflejo en la excelencia de la sociedad, y viceversa.

Desde las fuentes éticas que proporciona la filosofía a la manera clásica, es decir, la que es capaz de operar transformaciones individuales en la medida en que se aplica, pueden vislumbrarse alternativas al modo consumista de entender la vida.

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