Historia — 1 de marzo de 2021 at 00:00

El niño dormido

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Hace quinientos años que duermo. Mis juguetes me acompañan. Estoy tan abrigado, tan a gusto… Sueño con los dioses. Con el Sol, al que he sido ofrendado. Con la abundancia que mi sacrificio traerá a mis gentes.

No me despiertes.

Me quedé dormido en lo más alto de los Andes. Entonces tenía ocho años. Me senté en el hueco de la tierra, rodeé mis piernas con los brazos y apoyé en ellos mi cabeza. Cerré los ojos. Estaba casi dormido por el alcohol de maíz que me dio el sacerdote en mi capacocha, en mi sacrificio. Me acurruqué, porque sentía el frío terrible de las cumbres. Ya no recuerdo más.

Viví en el Altiplano, cerca del lago Titicaca. Dicen vuestros chamanes que mi piel, al encontrarme, era suave y tersa como cuando me dormí. El hielo fue mi amigo. Luego, cuando me sacaron de mi refugio, sentí cómo me secaba, cómo mi piel se ponía tirante…

Pero no quise abrir mis ojos. No quiero dejar de soñar. Nunca. Con los ojos cerrados vuelvo a ver los grandes recintos de lascas de piedra, en uno de los cuales me pusieron dormido. Lo hicieron para que mi ayllu, mi comunidad de agricultores, tuviera prosperidad. Los primeros hombres de mi raza salieron del Mundo de Abajo, a través de las oquedades de la tierra: las Pacarinas, el lugar del amanecer. Mi ayllu tenía su pacarina, con nuestro espíritu ancestral, donde nace el río Mapocho. Allí dormí. Con él.

Oh, qué hermosa fue mi capacocha. Sacrificio lo llamáis vosotros. Es un rito extraordinariamente solemne, y estaban en él los principales de la región. Era un hecho excepcional, solo para propiciar una coronación, un nacimiento real o pedir el fin de un peligro.

Aquella madrugada me llevaron al Adoratorio. Mi padre, un importante productor del Imperio, me había ofrecido. Nos pusimos todos mirando al punto por donde saldría el dios Sol. Y de pronto, allí estaba. El gran disco de fuego que llamaba a su lado, y a cambio daría abundancia a mi pueblo.

Entonces el sacerdote me dio aquella bebida. Era fuerte, y me quemó la garganta. Me dio mucho calor. Luego, me pesaron los párpados, y el sacerdote me cogió en sus brazos. Me sentó en aquel agujero del suelo. Puso conmigo mis juguetes para que me acompañasen y no tuve miedo. Luego, taparon con una losa mi pequeña tumba. Y no volví a despertar.

Ahora tengo miedo de abrir los ojos, porque sé que no está mi mundo de los Andes. No vería al Sol que me llevó con él. No vería las gentes de mi ayllu. Ahora, yo soy el Mundo de Abajo, y vosotros, los del Mundo de Aquí, me dais miedo. No abriré los ojos. Si lo hago, se irían las imágenes que guardé antes de dormir. Dejadme. No me despertéis. Tendré siempre ocho años. Soñaré siempre con el primer rayo de sol en las cumbres de los Andes.

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