Naturaleza — 31 de diciembre de 2020 at 23:00

El gorrión no tiene quien le escriba

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gorrión

Las ciudades modernas acogen verdaderos ecosistemas en los que conviven y evolucionan muchas especies de animales. En esta ocasión queremos llamar la atención sobre la avifauna urbana. Cuando hablamos de aves urbanas, nos referimos a todas aquellas aves que tienen en común el hecho de habitar el medio urbano, es decir, viven cerca del ser humano. Hay una gran variedad: aves grandes, pequeñas, nocturnas, diurnas, insectívoras, granívoras, rapaces, exóticas, autóctonas, etc.

Desgraciadamente, las aves urbanas no suelen tener muy buena imagen. Las palomas ensucian el pavimento, las golondrinas y los vencejos lanzan sus deyecciones, que a veces impactan en ese traje recién estrenado, y los gorriones chillan demasiado a primeras horas de la mañana. Esta mala imagen no es resultado de los problemas que producen en la cotidiana marcha de los humanos, sino en prejuicios. Vamos a ver que la avifauna urbana genera más beneficios de los que sospechamos.

La golondrina (Hirundo rustica), la golondrina avión común ( Delichon urbicum) y el vencejo (Apus apus) se alimentan casi exclusivamente de insectos voladores (mosquitos, moscas, etc.) y prefieren los hábitats urbanos para nidificar. Si tenemos en cuenta que una golondrina avión común es capaz de comerse 850 insectos al día, esto supone 7 kilogramos de insectos al año. Sin su presencia, la vida en las ciudades sería insoportable por la enorme cantidad de insectos que llegaría a haber.

Los gorriones (Passer domesticus) comen principalmente granos y semillas, alimento para ganado, y en las ciudades, desperdicios. También se alimentan de hierbas y malezas. Durante el verano comen insectos y los comparten con sus polluelos. Cazan los insectos al vuelo, abalanzándose sobre ellos, persiguiendo a podadoras de césped o visitando farolas a la hora del crepúsculo.

Sabemos que los mosquitos son una amenaza para la salud pública en la actualidad, porque son vectores de varias enfermedades. Además, sus picaduras siempre son molestas y pueden llegar a generar reacciones alérgicas alarmantes. Por lo tanto, estas especies pueden ser consideradas controladoras sostenibles de plagas, puesto que cumplen con las tres dimensiones de la sostenibilidad: beneficios sociales, ambientales y económicos.

La paloma común (Columba livia) suele comer unos 30 gramos diarios de semillas más todo granito comestible que encuentre en el suelo. No se dispone de datos exactos sobre la cantidad de palomas que viven en nuestras ciudades, pero podemos estimar que más de cinco mil, dado que algunos ayuntamientos sacrifican cada año cerca de dos mil. Calculemos cuántos desperdicios recogen del suelo las palomas en un año. 30 gramos por cinco mil son 150.000 gramos (50 kilos), lo que da 18.250 kilos en un año. Las palomas, que tienen fama de ser sucias y propagadoras de enfermedades, ayudan a tener una ciudad más limpia y sana.

El mirlo es otra ave muy presente en la ciudad. Se alimenta principalmente de insectos y lombrices, así como de frutos diversos, especialmente en otoño e invierno. Es la única ave que se alimenta de la temible oruga de la procesionaria.

Cada año millones de aves mueren en todo el mundo a causa del impacto contra cristaleras, un problema en aumento debido al creciente uso de este material en edificios e infraestructuras. Una barrera de cristal transparente o ventanales que reflejen el cielo o la vegetación circundante pueden ser una trampa mortal para las aves, incapaces de percibir estos obstáculos. Los gorriones suelen morir por atropellos de vehículos y golpes que se dan contra los cristales. Los cernícalos se estrellan contra las marquesinas de los autobuses y se electrocutan al entrar en contacto con los cables, entre otras causas.

Algunas especies de aves urbanas están protegidas por la Ley 42/2007 del patrimonio natural y la biodiversidad, que establece, como norma general, la prohibición de dañar, capturar e incluso molestar o inquietar intencionadamente a los animales silvestres. Pero solo protege a las especies que sean catalogadas como amenazadas o en peligro de extinción. Las aves comunes que no pertenecen a especies catalogadas no tienen protección alguna. Y, como jurista, me pregunto: ¿por qué la ley protege más a un tipo de aves que a otras?, ¿es que para las leyes hay seres vivos más valiosos o importantes que otros? Esto es un fallo del sistema jurídico. Recordemos que todas las especies que se encuentran en peligro o amenaza de extinción antes eran especies comunes. Justamente la falta de protección de las especies comunes (las que no están al borde de la desaparición) es una de las causas de su extinción.

Las ordenanzas municipales de protección de los animales que regulan la inserción de los animales en el ámbito urbano no recogen ningún precepto que proteja expresamente la avifauna urbana. Esto quiere decir que ni palomas, ni gaviotas, ni mirlos ni gorriones cuentan con la protección de ninguna ley, a pesar de los beneficios que aportan a la ciudad. Es hora de que tengamos en cuenta a estos pequeños que colaboran diariamente en la higiene de nuestras ciudades y pueblos.

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