Editorial — 31 de julio de 2014 at 22:00

La fuerza del ejemplo

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Conocemos bien la importancia que tiene la imitación para nuestro desarrollo cognitivo y emocional: hacemos lo que vemos hacer y estamos más receptivos a los hechos que a las palabras. Incluso cuando dejamos atrás la infancia y adolescencia, que son las etapas formativas de nuestra vida, mantenemos esta tendencia a copiar las acciones de otras personas. Eso lo saben muy bien los profesionales de la publicidad, cuando recurren a personajes famosos o conocidos para respaldar sus marcas, pues todos tendemos a imitar a quienes conocemos y admiramos. Como si al adquirir determinados objetos que al parecer ellos usan, pudieran transferirnos esas habilidades que les condujeron al éxito y la fama. Esta estrategia comercial es bastante simple y elemental y debe de funcionar, pues son muchos los famosos dispuestos a poner su imagen junto a los más variados productos.

Otra cosa es cuando se trata de proponer ideas, conductas o valores morales. Entonces se nota la fuerza del ejemplo, tanto del bueno como del malo. Estamos rodeados de malos ejemplos, cada día los medios de comunicación nos sirven una nueva dosis de relatos sobre conductas poco ejemplares, de personas que se han servido de su posición de privilegio y, en lugar de aprovecharla para servir a los demás, o contribuir a la mejora del mundo, se han dedicado a todo lo contrario, a buscar egoístamente su propio beneficio. Las estadísticas miden el alto grado de decepción de la ciudadanía ante tales comportamientos, lo cual, entre otras cosas, rompe la frágil confianza que debe existir para la vida social.

Y, sin embargo, hay muchos buenos ejemplos que se pueden mostrar, de personas decentes, honradas, que saben encontrar los caminos para hacer el bien y mejorar el mundo. Es nuestra obligación encontrarlos, porque hacen falta modelos que puedan ser imitados. En ello estamos.

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