Agosto 2019

¿Por qué el Gran Capitán elegía el viernes para combatir?

Escrito por  José Carlos Fernández
Gran Capitán elegía el viernes para combatir Gran Capitán elegía el viernes para combatir

Así lo afirman sus cronistas y, evidentemente, debemos pensar que, según la estrategia y táctica de la guerra, esto no siempre le debía de ser posible. Pero, del mismo modo que en todas las épocas y civilizaciones los reyes y grandes generales elegían astrológicamente el momento propicio para la batalla, nos dicen estos cronistas que el Gran Capitán, el caudillo militar de la España de los Reyes Católicos, buscaba el viernes como su día y, por tanto, aquel en el que las influencias del cielo serían favorables.

Recordemos que el Gran Capitán es uno de los pocos generales invictos: jamás fue derrotado, a pesar de la casi siempre inferioridad de condiciones en que batallaba, y que además salvó muchas veces la vida de un modo «milagroso», parapsicológico diríamos ahora.

No es necesario leer la obra ciclópea de Menéndez Pelayo Historia de los heterodoxos españoles para saber que, en la católica España, como en todos los países de Europa, se estudiaba y respetaba la astrología como una ciencia de origen divino. Más aún la respetaban si mantenían contactos frecuentes con el islam de al-Ándalus, por la fama de sus astrólogos, especializados, además, en la rama horaria de este saber.

Recordemos que el Gran Capitán mantenía excelentes relaciones con el rey nazarí Boabdil, y que, en gran parte, gracias a sus negociaciones, el último baluarte del islam en las Españas se rindió ante la reina Isabel. Gonzalo Fernández de Córdoba (nuestro Gran Capitán) conocía y hablaba a la perfección la lengua árabe, lo que abría ante su inquisitiva mirada y afán de conocimiento textos que permanecían mudos y sellados para los más. Las afirmaciones de un Roger Bacon tres siglos antes aún estaban vigentes: sin saber el árabe ni estudiar las obras de sus sabios ilustres, el camino de la sabiduría estaba cerrado. Sería necesario esperar los vientos renovadores del llamado Renacimiento para que, otra vez, el legado clásico y romano y el impulso de su genio abriesen nuevas vías a las almas ansiosas del conocimiento. En España estas corrientes comenzaban, solo, a entrar a través de los círculos neoplatónicos, pronto considerados heréticos: la Iglesia quería reservar para sus adeptos el estudio de las ciencias ocultas.

El interés, o como mínimo, la aceptación que el Gran Capitán hacía de esta ciencia aparece documentado desde su tierna juventud, en que era paje de la reina Isabel la Católica. Pronto se convertiría en su primer caballero. Él sabía que su estrella, y su alma, le guiaban al más alto destino, a realizar hazañas y proezas que los siglos, tan ávidos de olvidar, guardaron celosamente en su memoria.

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En cierta ocasión en que su hermano mayor –quien había heredado el título nobiliario de conde de Aguilar– le recrimina los dispendios que está haciendo, prodigándose generosamente en la corte de la reina Isabel, le responde:

«Verdaderamente, señor y hermano, que vos no seréis parte para quitarme aquella grandeza de ánimo que Dios me ha dado, con meterme delante este vano temor de la pobreza que ha de venir, porque no tengo ninguna duda de que dejaréis de favorecer con vuestra hacienda al vuestro querido hermano, ni aun Dios, el cual con cierta providencia siempre suele favorecer a aquellos que caminan a la honra, ni menos me faltará la fe dada del secreto de las estrellas”...

De todos modos, hallamos dos explicaciones posibles y, en cierto modo, coincidentes para el hecho de que intentase siempre combatir en viernes.

1. Explicación astrológica: es sabido que cada día de la semana estaba regido en la Antigüedad grecorromana –y no solo, también entre los germanos, por ejemplo– por uno de los siete dioses principales, Poderes Inteligentes que usan como vehículo de expresión los planetas más cercanos al Sol. Así, el lunes es el día de la Luna. El martes, el de Marte. El miércoles, el de Mercurio. El jueves, el de Jove (uno de los nombres de Júpiter). El viernes es Dies Veneris (o sea, el día de Venus); el sábado, coincidiendo con el Sabath hebreo, es el día de Saturno; y el domingo, de Nuestro Señor, el del Sol. Los calendarios pueden haber variado; por ejemplo, el paso del juliano al gregoriano, en el año 1582, pasando del jueves, 4 de octubre, al viernes, 15 de octubre del mismo año 1582. Pero, lo que nunca cambió y se mantiene igual desde el periodo clásico es la sucesión ininterrumpida de los días de la semana tal y como los conocemos. Solo en Portugal, de toda la Europa romana, el obispo Martín de Braga, en torno al 550 d. C. y gracias a sus prédicas de inflamada oratoria, consiguió cambiar esta práctica pagana y condenada de asociar los días de la semana a dioses e imponer el calendario litúrgico. Y es, de hecho, Portugal, el único país que, desde el siglo V, llama 2.ª Feira al lunes, 3.ª Feira al martes, 4.ª Feira al miércoles, 5.ª Feira al jueves, 6.ª Feira al viernes, y mantiene iguales el sábado y el domingo.

Los días, por ejemplo, en el calendario inglés y germánico mantienen la correspondencia, pero usando los nombres de los dioses germánicos correlativos. Tuesday, el martes, es el día de Tew, el dios de la guerra; por tanto, el Marte germánico; Thursday, es el día de Thor, dios de las tormentas, como Júpiter, Friday, es el día de Freya, la diosa del amor; Saturday es el día de Sator, el sembrador, una forma de Saturno; Sunday es el día del Sol, directamente.

En los tratados astrológicos, ya desde época clásica se habla de estas influencias, que en algunos mortales con aspiraciones heroicas se tornan verdaderamente en un talismán de poder y protección. Aquel que sepa cuál es su divinidad regente, rayo espiritual o estrella, y sienta su benéfica luz, como lo hacía, por ejemplo, la danzarina Isadora Duncan con Venus, sabe mucho. En la literatura de esta época se habla, claramente, de que cada país está regido por un dios (generalmente son pares de dioses). Por ejemplo, Camoes, en Os Lusiadas, la epopeya más importante de la literatura portuguesa, hace a la amable Venus diosa regente de la tierra y el pueblo portugués.

También se enseña, en astrología psicológica, que Marte prefigura a Venus, y que Venus atrae la influencia de Marte, por ser la acción de ambos complementaria, como los colores rojo y verde. En la Edad Media, el caballero andante tiene su dama, que es casi como una diosa a quien sirve, porque, en el fondo, se convierte en símbolo vivo de la diosa Venus, ya que él asume la figura de un Marte justiciero y protector, «desfacedor de entuertos». El Quijote dice de sí mismo que su complexión es de Marte, y Dulcinea aparece como una encarnación soñada de la diosa del amor y la dulzura.

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En el mismísimo Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, se muestra clarísimamente esta doble polaridad. En la batalla, parece una encarnación del dios de la guerra, tenaz, terrible y prudente; en la paz o en el trato a los vencidos, todos concuerdan en que era amigable, benévolo y pródigo en generosidad. Muy semejante, en cierto modo, a Julio César, cuya virtud preponderante –así lo destacaron los filósofos romanos– era la clemencia, y que también se consideraba a sí mismo descendiente del linaje de Venus (a través de Eneas).

2. Explicación religiosa: el Gran Capitán era piadoso y cristiano, pero no compartía los celos y odios inquisitoriales. Una de las razones por la que fue apartado del reino de Nápoles, que podría perfectamente haber proclamado como suyo –así hicieron tantos condottieri de la época–, es que no obedeció al rey Fernando de Aragón no expulsando a los judíos de este reino. El rey Fernando, muy astuto, modelo de rey en el Príncipe de Maquiavelo, le trajo de nuevo a España, prometiéndole ser Gran Maestre de la Orden de Santiago, promesa que luego no cumplió. Que el Gran Capitán conociera la lengua de los «infieles» y hubiera tenido tanto trato con ellos nos hace pensar que no desconocía su mística y sus costumbres, así como la importancia que da el islam al día de la Congregación, el viernes. La misma que la religión hebrea, cultora de Jehová –una forma de Saturno, según la simbología comparada– da al sábado, o el cristianismo al domingo.

Es posible que, imbuido de esta mística y comprobando en batallas y escaramuzas que era su día, que en él estaba mágicamente protegido, lo convirtiese en día sagrado. Y la guerra era para él, como para tantos otros pueblos, sagrada, el único modo para que los conflictos ya inevitables no degenerasen en violencia brutal y sin ningún tipo de reglas, alimentada por el instinto de rapiña y los odios acumulados.

En el Corán se menciona el viernes como un día bendito, y como un día en que la felicidad desciende sobre el «creyente» como un rocío del cielo. Es así como los compañeros del Profeta asistían antes del amanecer a la mezquita, mucho antes de la oración comunitaria, para atrapar ese momento bendito, esa oportunidad espiritual que es un don de Dios. A la oración del viernes se la llama peregrinaje del pobre, y en ella se hacen las abluciones completas y se asiste a la oración con ropas limpias. Nacer en viernes es estar bendecido por la buena fortuna, y quien muere en viernes lo hace como un mártir. Así lo expresa una de las «tradiciones» (hadith) del Profeta. El viernes –siempre, según el islam– es cuando se le dio a Adán su alma y cuando murió, es el día en que comenzará la resurrección y en el que sonará la trompeta que llame a los muertos.

Y así nos surge la pregunta y la duda: ¿no habría asimilado nuestro Gran Capitán algunas de las prácticas y creencias del islam (en secreto, claro)?

Los sabios no son prisioneros de las creencias, sino que ven, más allá, la luz que originó tal creencia o práctica religiosa.

Me inclino a pensar que el caudillo invencible de los Reyes Católicos sabía que su alma estaba consagrada a un destino y a una estrella, y que esa estrella es la que anuncia el nuevo amanecer (Lucifer, Venus, la estrella que anuncia el alba y «trae la luz»: esto es lo que significa etimológicamente este nombre tristemente demonizado). Y también la estrella que se sumerge en las sombras en el Occidente, llamada por los griegos Véspero. Su estrella, así como su alma, estaban consagradas a la diosa del amor y la belleza, pues Venus es el símbolo vivo de esta diosa, arquetipo, numen que Cornelio Agripa, médico, astrólogo y mago contemporáneo del Gran Capitán, llama, evocando el saber antiguo, griego y romano:

Dama; alma; de bella forma; astral; blanca; bella; tranquila; quien puede mucho; dueña y madre fecunda del amor y la belleza; hija de los siglos y madre primera de los hombres; quien unió y desposó desde los inicios de las cosas la diversidad de los sexos mediante un doble amor, y que continúa la multiplicación eterna de los hombres y los animales, haciéndolos nacer sin cesar; también se llama la reina de todos los placeres; la dueña de la alegría; la amable guía; amiga; misericordia y bondadosa, que hace bien continuamente a los hombres, con ternura maternal hacia sus pesares y aflicciones; la salud del género humano, sin dejar pasar un instante carente de sus bienes, ligando todas las cosas mediante su virtud, haciendo humillar al encumbrado con el mísero, al fuerte con el débil, al noble con el villano, rectificando e igualando todas las cosas. También se llama Afrodita, porque se halla en todo sexo y en todo espíritu; también se llama Lucífera por llevar la luz del Sol, o conducirnos a su luz; Héspero, cuando sigue al Sol, Fósforo por servir de guía para guiar por todo lo que es arduo.

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