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Julio 2017

La fusión en frío de los alquimistas a nuestro alcance

Escrito por  José Carlos Fernández
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El descubrimiento de las interioridades del átomo reivindicó las viejas enseñanzas de los alquimistas. Cuando se determinó la naturaleza de los elementos según su número de protones y de neutrones –que junto con el número atómico determinan su peso atómico–, se vio la posibilidad teórica de que un elemento se convirtiese en otro, y además, que existía una unidad en la complejidad aparente de la naturaleza.
 
Los elementos de la tabla periódica podrían haberse formado de uno solo, el primero, el hidrógeno, por sucesivas adiciones del mismo (en realidad el proceso es más complejo). Es el Elemento Uno, que los alquimistas llamaron Fuego Cósmico, y casi todos los procesos dinámicos de la naturaleza y reacciones químicas son operaciones de oxidación-reducción en que hay un flujo de electrones.

El proceso de la vida misma es un proceso redox. El hidrógeno es el elemento base de la Naturaleza, y podríamos considerar el protón como un hidrógeno que perdió su electrón y quedó ionizado, y al electrón, como un hidrógeno ionizado que ha perdido su protón. O sea, protón y electrón serían las dos caras del Elemento Uno de la Naturaleza, el hidrógeno, según la alquimia. El fuego, sea rápido y luminoso, visible por tanto, o lento como la oxidación y putrefacción de una madera (que también «arde», pues libera calor en estas reacciones químicas), es un proceso derivado del hidrógeno, una reacción redox.

Dice H. P. Blavatsky con relación al hidrógeno:

«Ahora bien, ¿qué es ese Fuego Espiritual? En la alquimia es el hidrógeno, en general, mientras que en la realidad esotérica es la emanación, o el Rayo que procede de su Noúmeno (...). El hidrógeno es un gas solo en nuestro plano terrestre [1] . Pero aun en la química, el hidrógeno “sería la única forma existente de materia, en nuestro sentido del término” (...). Es el padre y generador, por decirlo así, (…) tanto del Aire como del Agua, y es “fuego, aire y agua”; en una palabra, uno bajo tres aspectos: por tanto, la trinidad química y alquímica. En el mundo de la manifestación, o de la materia, es el símbolo objetivo y la emanación material del Ser subjetivo, entidad puramente espiritual en la región de los Noúmenos. (...) El hidrógeno no es agua, aun cuando la produce; el hidrógeno no es fuego, aunque lo manifiesta o crea; ni es aire, aunque el aire puede considerarse como un producto de la unión del agua y del fuego, puesto que al hidrógeno se le encuentra en el elemento acuoso de la atmósfera. Es tres en uno».

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Que los alquimistas hablaran de Fuego Cósmico es muy apropiado, pues nuestra Tierra está bañada por rayos cósmicos que son, en su mayor parte (98%) protones (o sea, hidrógeno) o partículas alfa (núcleos atómicos de helio, con dos protones y dos neutrones), a casi la velocidad de la luz, gran parte procedentes del Sol, y otros de estrellas, aunque en su mayor parte, de los corazones de las galaxias más cercanas (según los últimos descubrimientos realizados en Argentina en 2007).

Las partículas aceleradas, al entrar en nuestra atmósfera, provocan una cascada de rayos cósmicos, en que se producen transformaciones alquímicas en la atmósfera y después en la corteza terrestre. Estas transformaciones son aquellas que afectan a los núcleos atómicos, convirtiendo un elemento en otro o en isótopos del mismo. Curiosamente la Luna, tan utilizada por los antiguos alquimistas en sus operaciones, actúa no solo de espejo de la luz solar, sino también como espejo de rayos cósmicos. Antes de los experimentos en los aceleradores de partículas, la única manera de estudiar el interior de la materia era analizando los subproductos de estos rayos. Todas estas transformaciones entrarían en la categoría de «fusión en frío», pues debido a la velocidad y energía de estas partículas, no es necesario alcanzar temperaturas de millones de grados para verificar estos «cambios» de los elementos o nucleosíntesis.

Convertir plomo en oro

Por otro lado, el ser humano es radioactivo, debido a la presencia en nuestro organismo de carbono 14, uranio 238 y un largo etcétera. Los alquimistas enseñaban que una parte decisiva en las transmutaciones era el «fuego» que emanaba del experimentador, activado por su voluntad e imaginación, pues en una clave, la piedra filosofal es el ser humano mismo. Igual que los maestros de artes marciales realizan proyecciones energéticas (el Chi o Prana), debe ser posible que el iniciado en los misterios de la alquimia sea capaz de generar y proyectar esta radiación o «fuego» que permite mutar los elementos, sin necesidad de usar el fuego, la electricidad o la radiación cósmica.

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Según la física atómica ya es posible transformar el plomo en oro usando un acelerador de partículas, aunque el proceso es caro y el oro queda radiactivo. En 1980, Glen Seaborg, nobel de Química, consiguió transmutar una diminuta cantidad de plomo en oro. ¿Cómo sabían los alquimistas que el plomo está tan cerca del oro en la tabla periódica?

En el programa Directísimo , más de diez millones de españoles presenciaron en directo en 1975 una transmutación alquímica o «fusión en frío» con el uso de la piedra filosofal. Richard Chanfray, cuyo nombre artístico era «El Conde de Saint Germain» decía que un personaje, del que nunca reveló el nombre, le había entregado el polvo de proyección de la piedra filosofal, que permite la transmutación de los metales en oro. En el programa de televisión, bajo la atenta mirada de dos químicos, dos joyeros y un ilusionista, el presentador, José María Íñigo, aplicó estos polvos al plomo –marcado para evitar fraudes–, que se convirtió en oro de máxima calidad, tal y como certificaron los joyeros y los químicos presentes. La muerte temprana de este personaje pocos años después –suicidio según la versión oficial– no dejó de resultar sospechosa.

El inventor de la televisión, Philo Farnsworth, uno de los genios del siglo XX sobre el que se ha extendido un manto de silencio, como durante décadas se hizo con Nikola Tesla, inventó también el «fusor», un aparato que producía la «fusión nuclear» en frío, por confinamiento electrostático inercial, autosostenida (o sea, sin necesidad de aplicar energía eléctrica o de cualquier tipo) durante treinta segundos, aunque nunca llegó a conocer por qué no continuaba dicha reacción de fusión de plasma de deuterio.

En 1989, Martin Fleischmann y Stanley Pons, dejaron atónitos al mundo al proclamar que habían obtenido la fusión de átomos de deuterio en helio, con emisión de energía superior a la empleada en la reacción, chorro de neutrones y tritio. El experimento se podía hacer «sobre una mesa», mediante la electrolisis de agua pesada (agua con moléculas de deuterio, en vez de hidrógeno) y un electrodo de paladio. Todo el orbe se entusiasmó con la posibilidad de una fuente casi infinita de energía y de fácil acceso. Cien laboratorios del mundo lo consiguieron, pero otros no, lo suficiente para que fueran acusados por la nueva Inquisición científica.

El físico italiano Scaramuzzi reprodujo el experimento de Pons y Fleishmann simplificado, usando titanio en vez del paladio y sin electrolisis. Misteriosamente, en la red metálica del paladio o del titanio, regulando bien la presión y la temperatura, el deuterio se funde nuclearmente con el metal, con emisión de neutrones y energía superior a la empleada, aunque, de nuevo, sin poder controlar totalmente este proceso.

Otro método es el de la sonoluminiscencia, en que se hace vibrar con ondas sonoras una burbuja en el interior de un líquido, concentrándose dichas ondas en su centro microscópico, lo que hace vibrar las moléculas del gas así comprimido (o por implosión de la burbuja al vibrar sometida al tren de ultrasonidos, la llamada «cavitación»), produciéndose un plasma que alcanza miles de grados. Pero eso es lo que se mide en la superficie. En el interior de ese plasma, como demostró Rusi Taleyarkhan, se produce una fusión nuclear, con emisión de neutrones y el tritio residual.

Metales con propiedades no desveladas

Hay más métodos, y los experimentos de nanotecnología seguro que nos llevan a nuevos descubrimientos sobre la fusión en frío. Igual que Scaramuzzi consiguió esta fusión, debe haber propiedades en los metales que al reaccionar con el estado de plasma nos sorprendan, quebrantando nuestra arquitectura mental. El plasma, que es, en una clave, el fuego de los alquimistas, es el estado base de nuestro cosmos, pues todo él, galaxias, estrellas, cúmulos, púlsares, cuásares, están hechos de plasma. No de gas, simple, sino del gas ionizado que conduce las grandes pulsaciones electromagnéticas desde el corazón de las galaxias (soles negros les llamó la antigua alquimia y hoy llamados agujeros negros).

Una de las teorías científicas no estándar u ortodoxas, pero quizás no por ello menos ciertas, es la llamada del universo eléctrico, que dice que el interior de las estrellas o soles es frío, y que la energía –luz y calor– emitida por los mismos procede del exterior, del «fuego eléctrico» que se agita desde un extremo a otro del universo, y que en ellos hace arco eléctrico, provocando la fusión nuclear de hidrógeno en helio que vemos por ejemplo en la fotosfera solar, y por tanto, la energía nuclear de la misma. O sea, que la fusión de estos átomos simples no se daría en el interior de las estrellas sino en su fotosfera. Esta sería, por tanto, quizás, una fusión no en los atanores de altísimas presiones y temperaturas donde dice la ciencia actual que se verifica, en el núcleo de las estrellas, una fusión «caliente», sino una «fusión fría» en el frío del espacio exterior. De estas fusiones viene la lluvia de partículas que atraviesa y vitaliza el universo entero, núcleos atómicos de hidrógeno, partículas alfa, neutrinos y las altísimas vibraciones electromagnéticas de rayos gamma.
 
[1] Es asombroso que diga esto en 1887, destacando la diferencia entre el hidrógeno que hay en la Tierra y el monoatómico, que es el del espacio exterior.

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