Sábado, 01 Diciembre 2018 00:00

La tumba de Tutankamon

«¿Ve usted algo?». «Sí, cosas maravillosas». Este escueto diálogo entre lord Carnarvon y Howard Carter, en el momento en que este último observaba por primera vez el interior de la tumba de Tutankamon tras más de tres mil años de oscuridad, condensa en pocas palabras muchos años de trabajo, de arduo trabajo excavando bajo el inmisericorde sol egipcio y de intensa búsqueda de los vestigios que esa antiquísima civilización dejó esparcidos por todos los rincones del país.

Carter llegó a Egipto con solo diecisiete años, contratado para copiar bajorrelieves e inscripciones. Más tarde aprendió técnicas de excavación de la mano de arqueólogos de la talla de Flinders Petrie, aunque no será hasta 1906 cuando comience a trabajar para el quinto conde de Carnarvon, que pasaba los inviernos en Egipto por prescripción médica tras las graves lesiones sufridas en un accidente automovilístico.

Nuestro particular Dream Team excavó entre 1907 y 1911 en una de las necrópolis de Tebas oeste, y luego se trasladó a Sakha, en el delta del Nilo, aunque tuvieron que abandonar pronto los trabajos debido a una invasión de cobras y víboras cornudas.

La oportunidad de excavar en el Valle de los Reyes le llegó en 1914, y nuestra pareja se centró en una zona muy concreta en la que otros arqueólogos habían encontrado y desechado diversos vestigios, que incitaban a Carter a pensar que allí podía esconderse la sepultura de un faraón poco conocido: Tutankamon.

Pero pasaban los meses y la tumba no aparecía. Carnarvon se impacientaba mientras veía cómo su dinero se esfumaba sin resultados, con lo que dio al arqueólogo un ultimátum. Si en la campaña del invierno de 1922 no encontraban nada, darían la excavación por finalizada de forma definitiva.

Comenzaron por excavar la zona que se extendía ante la tumba de Ramsés VI, tarea que se había ido retrasando para no cortar el acceso a los muchos turistas que la visitaban. El 3 de noviembre ya habían demolido unas cabañas de piedra que encontraron en el subsuelo para excavar el metro de tierra que quedaba entre estas y la roca virgen. Pero aquel sería el trabajo del día siguiente.

Un día especial

Cuando Carter regresó por la mañana, se sorprendió por el silencio en la excavación. No se oían ruidos de herramientas, ni cantos… Alguien llegó corriendo. Había aparecido un escalón tallado en la roca.

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Se dirigió de inmediato al lugar y ordenó reanudar el trabajo. Al final del día, al fondo de la escalinata, encontraron una puerta tapiada, enlucida y con los sellos intactos de la necrópolis real: un chacal con nueve cautivos arrodillados. Fuera quien fuera el que estuviera allí enterrado era una personalidad importante, aunque por su pequeño tamaño no parecía que se tratara de una tumba real. Carter hizo un agujero en la pared y comprobó que el corredor, al otro lado, estaba lleno de escombros hasta el techo, lo que parecía indicar que la sepultura seguía intacta. Ordenó cubrir de nuevo la escalera para que Carnarvon pudiera estar presente el día de su apertura.

El conde arribó dos semanas más tarde. Se descubrió de nuevo la escalera y llegó la primera decepción. Al pie de la puerta tapiada se veían señales inequívocas de, al menos, dos intrusiones.

Tras dos días limpiando de escombros el corredor descendente, encontraron una segunda puerta tapiada similar a la primera, con los mismos sellos reales y las mismas huellas de intrusión vueltas a cubrir. Era el 26 de noviembre de 1922, un día que pasaría a los anales de la historia de la arqueología.

Carter hizo un pequeño agujero en la esquina superior izquierda y metió una barra de hierro. Al otro lado no había nada. Ensanchó el agujero, introdujo una vela y se asomó.

Tras él, Carnarvon, su hija, lady Evelin, y el egiptólogo Arthur Callender, contenían la respiración.

Así nos lo contaría él después:

«Al principio no pude ver nada, ya que el aire caliente que salía de la cámara hacía titilar la llama de la vela, pero luego, mis ojos se acostumbraron a la luz, los detalles del interior de la habitación emergieron lentamente de las tinieblas: animales extraños, estatuas y oro, por todas partes el brillo del oro. Por un momento, que debió de parecer eterno a los otros que estaban esperando, quedé aturdido por la sorpresa, y cuando Carnarvon, incapaz de soportar la incertidumbre por más tiempo, preguntó ansiosamente “¿Puede ver algo?”, todo lo que pude hacer fue decir: “Sí, cosas maravillosas”».

Tras derribar la puerta tapiada, pudieron observar que los maravillosos objetos entrevistos por Carter se amontonaban por todas partes, llenando la habitación que, desde entonces, conocemos como la antecámara. Carros desmontados, enormes lechos con cabezas de animales, cajas y arcas, vasijas de mil formas…, así hasta más de 600 piezas, pero cuando se recuperaron del aturdimiento inicial, se dieron cuenta de que no había rastro de sarcófagos o ataúdes por ningún sitio. ¿Dónde estaba la momia?

Pronto descubrieron que, al fondo, había otra puerta tapiada y sellada, flanqueada por dos estatuas de tamaño natural. Sin duda, allí descansaría el rey. También encontraron, debajo de uno de los lechos situados frente a la entrada, un minúsculo agujero que daba paso a otra pequeña sala (el conocido como anexo), repleta de objetos amontonados en un caótico desorden.

Se enfrentaban a un trabajo colosal, por lo que se reclutó a un equipo multidisciplinar y se habilitaron varias tumbas de la necrópolis como laboratorio fotográfico, almacén o taller de restauración. Necesitaron siete semanas para documentar todas las piezas de la antesala y sacarlas entre una enorme expectación de turistas y curiosos.

La cámara se abre

El 17 de febrero, una veintena de personas, escogidas entre autoridades y científicos, presenciaron la apertura de la cámara funeraria. Todos se preguntaban qué era lo que les esperaba detrás de la puerta sellada. Bueno, todos no, ya que hay indicios de que Carter, Carnarvon y su hija Evelin ya la habían atravesado tiempo atrás. Al parecer, hicieron un pequeño agujero en la base del muro por el que penetraron para ser los primeros en descubrir lo que se escondía en el sanctasanctórum de la tumba.

Carter fue retirando las piedras de la pared y apareció lo que, en un principio, parecía un muro de oro macizo. Luego, descubrieron que lo que tenían ante sí no era una pared de oro sino una enorme capilla de madera recubierta de láminas de oro y adornos de fayenza azul.

Al entrar en la cámara funeraria, la única decorada con pinturas, descubrieron que aún había una última sala que se abría en el muro oriental; la llamaron «el almacén del tesoro».

La entrada a esta habitación estaba «guardada» por una escultura del dios chacal, Anubis, tumbado sobre un podio y cubierto por un paño. Tras él se veía una especie de capilla dorada que guardaba las vísceras del rey. A su alrededor, un enorme número de arcas y maquetas de barcos llenaban el espacio.

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Para alcanzar el sarcófago de piedra del rey hubo que desmontar las cuatro capillas de madera dorada que lo rodeaban. Dentro del sarcófago aún quedaban otros tres ataúdes, dos de madera y el último, de oro macizo, que contenía la momia del rey.

Lord Carnarvon murió en abril de 1923, con lo que se perdió la sorpresa final. Al abrir el último sarcófago, encontraron que la cabeza y pecho del faraón estaban cubiertos por una extraordinaria máscara de oro macizo.

Pero no todo era felicidad y alabanzas para los descubridores. Ya antes de la muerte de Carnarvon habían comenzado los problemas con las autoridades egipcias, que se quejaban por la forma en que eran tratadas por los británicos. La situación llegó a tal extremo que incluso se canceló la concesión a la viuda del conde y, por extensión, a Carter. Pero finalmente las aguas volvieron a su cauce y los trabajos se reanudaron, llegando al episodio más vergonzoso de este fantástico descubrimiento.

Durante el enterramiento del faraón los embalsamadores habían vertido una enorme cantidad de ungüentos entre los dos últimos sarcófagos y sobre la misma momia. Esta sustancia se había solidificado, de modo que era imposible tanto separar los ataúdes como extraer el cuerpo del rey, con lo que se decidió estudiar la momia dentro del ataúd. Retiraron los adornos y las vendas, que se deshacían al tocarlas, y entre las que encontraron un total de 143 objetos entre joyas, amuletos, armas, etc., y finalmente llegaron al cuerpo, que se encontraba en muy mal estado.

Por desgracia, toda la ejemplar minuciosidad e infinita paciencia que Carter había mostrado en el proceso de estudio de la tumba y los objetos allí contenidos se tornó precipitación y total desconsideración al tratar el cuerpo del rey.

Cuando hubieron retirado las vendas delanteras de la momia, se vieron incapaces de alcanzar la parte trasera sin sacar el cuerpo del féretro, ya que este estaba firmemente pegado al fondo. El Dr. Derry, encargado del estudio del cuerpo, no se lo pensó, arrancó las piernas y cortó el tronco del rey justo por encima de la cadera. Tras extraer los fragmentos seccionados, introdujeron cuchillos calientes bajo la parte superior del tronco hasta conseguir separarla del ataúd. Eso sí, la columna vertebral se partió y la cabeza se les quedó dentro de la máscara, a la que, como dijimos, estaba sólidamente adherida. En todo el proceso, Derry se ayudó en los momentos difíciles del siempre efectivo sistema del martillo y el cincel. Al final de la operación, el cuerpo del faraón había quedado reducido a dieciocho fragmentos inconexos, que no se recompusieron hasta el año siguiente.

Estudios de la momia

Han sido varios los estudios realizados con posterioridad al cadáver de Tutankamon, que han aportado diversas hipótesis sobre las causas de su muerte, aunque, finalmente, una tomografía realizada en 2005 parece haber aclarado muchas dudas. Se ha descartado la fractura de cráneo que se había propuesto con anterioridad, mientras que se ha detectado una rotura en su pierna izquierda, producida poco antes del fallecimiento. Esto ha hecho sospechar de una infección sobrevenida a consecuencia de la fractura como probable causa de la muerte del rey. Pero este estudio también descubrió una posible malformación en el pie izquierdo del faraón que le impediría apoyarlo correctamente. Quizás ese fuera el motivo de la llamativa presencia de 130 bastones en la tumba.

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Estos problemas de salud podrían haber sido causados por la endogamia de sus antepasados, ya que los análisis de ADN llevados a cabo en 2010 indican que su padre podría ser Akenaton, mientras que su madre sería una hermana del anterior.

Pero en junio de 2015, cuando todo parecía estar dicho sobre el «Faraón Niño», una noticia devolvió el protagonismo a su tumba. El prestigioso egiptólogo británico Nicholas Reeves lanzaba al mundo una teoría cuando menos sorprendente. Tras estudiar unas imágenes digitalizadas de la tumba, realizadas para construir una réplica, creía haber encontrado dos cámaras secretas, y pensaba que en una de ellas descansaba, nada menos, que la reina Nefertiti.

Según la teoría de Reeves, nuestra tumba se habría construido originariamente para esta reina, pero luego se habría modificado para acoger a Tutankamon.

Para comprobar esta hipótesis se han venido realizando una serie de estudios con georradar. Los dos primeros, llevados a cabo por un equipo japonés y otro norteamericano, no fueron concluyentes, aunque tras el primero de ellos las autoridades egipcias llegaron a asegurar que la probabilidad de existencia de cámaras secretas era del 90%, pero el último, realizado en 2018 por un equipo de la Universidad de Turín ha descartado de forma categórica la existencia de huecos tras los muros de la tumba.

Este resultado ya había sido adelantado por el otrora todopoderoso ministro de Antigüedades, Zahi Hawass, quien llegó a declarar que todo este asunto «es una majadería».

No creo ser el único que opina que si las autoridades egipcias dieron a esta sorprendente hipótesis el apoyo que le dieron fue por la desesperada necesidad del país del Nilo de recuperar el turismo perdido en los años anteriores a consecuencia de la inestabilidad política y el terrorismo.

 

Publicado en Arqueología
Sábado, 01 Diciembre 2018 00:00

Egipto, siempre

En Esfinge nos interesa estar al día de las novedades que se producen en el mundo de la cultura y el conocimiento y tratamos de acercarlas a nuestros amigos lectores, pues nos resulta apasionante descubrir los nuevos paradigmas científicos y sus atrevidas y a veces controvertidas propuestas. Esto no nos impide ejercer un apasionado amor a la historia de las grandes civilizaciones, con sus desafiantes enigmas, que esconden saberes ancestrales ahora perdidos, pero cuyas poderosas huellas nos desafían desde los milenios.

Egipto es una de ellas, quizá la más perdurable en el tiempo, pues desde tiempos inmemoriales se mantuvo vigente, siempre renaciendo, siempre sosteniendo su identidad originaria, sin dejar de adaptarse a las nuevas circunstancias. A lo largo de la historia ha sabido mantener el inagotable caudal de su sabiduría, desafiando nuestra capacidad de comprender y de imaginar cómo lo visible puede ser apenas una sombra de lo invisible y de qué manera la preparación para la muerte es compatible con la alegría de vivir.

Parecería que no se puede decir ya nada nuevo sobre Egipto y, sin embargo, este número de nuestra revista pone de manifiesto que el tema ha despertado en nuestros colaboradores unas aportaciones desde diferentes perspectivas que vienen a confirmar hasta qué punto la civilización del Nilo sigue interpelándonos. Y por qué, aun sin comprender sus extraños símbolos y sus jeroglíficos, hay algo profundo que atrae a los miles de visitantes que a pesar de todo siguen recorriendo sus templos en ruinas, sus fértiles huertos, sus majestuosas pirámides, buscado lo que se intuye indefinible, pero sublime.

Publicado en Editorial

En Qubbet el-Hawa, al oeste de Asuán, se han encontrado estructuras que podrían corresponder a un conjunto de tumbas reales, incluidas las de gobernadores de la isla de Elefantina, en el Imperio Antiguo. Por los restos de cerámica utilizados en el mortero de la construcción, se ha fechado la misma entre 2278-2184, en el reinado de Pepi II, faraón de la sexta dinastía.

Este descubrimiento, si efectivamente se hallan las nuevas tumbas faraónicas, puede cambiar el esquema espacial de tumbas del Egipto del Imperio Antiguo. Este proyecto de investigación se encuentra dentro de la misión arqueológica de la Universidad de Birmingham y la Sociedad de Exploración de Egipto, bajo la dirección del británico Martin Bommas.

www.sciencedaily.com/releases/2016/12/161222094925.htm

Publicado en Chispas Científicas
Viernes, 01 Junio 2018 00:00

El Sol, antiguo símbolo de renacimiento

Renovación, movimiento, lucha, resurgir. Parece ser que a través de la observación de la naturaleza en la Antigüedad, estas características del astro rey han servido para colorear su simbolismo e inspirar en los pueblos el renacimiento interior como forma de evolución del ser humano.

América: guerra y movimiento igual a evolución

En la América precolombina, más precisamente en Mesoamérica, actual México, nos encontramos con la cultura náhuatl, con varios pueblos, entre ellos los aztecas, conocido como «el pueblo del Sol».

El simbolismo del Sol en la cultura náhuatl está relacionado con la guerra y el movimiento. La guerra florida que ellos llamaban. No es la guerra de unos contra otros; es una guerra más profunda que está en toda la naturaleza, en todos sus aspectos y, por lo tanto, también está dentro de nosotros. Es la lucha de la luz contra la oscuridad, porque el Sol, cada día, resurge de las tinieblas, porque después del invierno siempre viene el renacimiento de la primavera, porque toda semilla hace un esfuerzo para nacer, ver la luz y ser flor. Es la lucha de nosotros mismos contra nuestros enemigos interiores, que nos impiden ser más luminosos, más solares. Y que nos permite renacer renovados de las batallas.

Por eso, en el mito del dios del sol, Huitzilopochtli, este ya nace luchando. Es más, nace porque tiene que luchar, por eso viene al mundo. Cuenta el mito que 400 enemigos perseguían a su madre embarazada, y cuando la iban a matar, nace él, el Sol, simbolizando toda la potencia capaz de hacer retroceder las tinieblas.

Este mito encierra un profundo sentido de la vida para estos pueblos. Es decir, que la vida en la Tierra está para que estemos en batalla, en movimiento. Es el emblema de la espiritualidad consciente, del que ha luchado, ganado y, por su propio esfuerzo, ha adquirido conciencia, dominando la oscuridad para llegar a la plenitud espiritual.

Representacion de Kepri el sol naciente

El peligro para la evolución del ser humano está en la inercia, la comodidad y la falta de movimiento, tan propia de la materia y de lo material, del materialismo. La salvación está en el movimiento que se realiza en el corazón del ser humano por la lucha entre las fuerzas contrarias.
A cada lucha, es decir, en cada vida, el alma, que es un colibrí en la mitología náhuatl, gana más fuerza para volar más alto. Cada vez que abandona el cuerpo físico tras haber luchado interiormente, es más fuerte para ir subiendo, subiendo, hasta que, tras muchas vidas, adquiere tal fuerza y evolución que se eleva a punto de alcanzar el Sol y fundirse con él, el gran espíritu que nos rige y de donde hemos venido. Entonces, ya no tiene que regresar a la batalla en la Tierra porque ha completado su evolución.

Egipto: el Sol renace todos los días

El Sol en Egipto, Ra, es el creador y simboliza el renacimiento. En un ciclo eterno, parte de toda la vida, el Sol «moría» todos los días al atardecer. Pasaba sus pruebas por la noche, viajando con su barca por el río de las tinieblas y enfrentando a los enemigos que intentaban cortar su paso. Al final, vence las dificultades y vuelve a nacer al amanecer repitiendo constantemente el mismo proceso de la creación del universo.

En cada punto de su viaje diario de renacimiento, el Sol tenía su simbolismo. El Sol del amanecer, el que acaba de resurgir de la batalla contra la oscuridad, se llamaba Kepri y era representado por un escarabajo empujando un disco. Y Kepri, en Egipto y a nivel humano, era también el discípulo, es decir, aquel que aprende de las pruebas y renace más sabio de ellas.

Todos vemos este movimiento del Sol todos los días, y lo vemos bastante mecánicamente: amanece, es mediodía, se pone, vuelve a amanecer… Pero en Egipto este simbolismo caracterizaba toda la vida. Toda la naturaleza y todo ser humano vive en ciclos de enfrentar las tinieblas para poder renacer si vence las pruebas.

Y para coronar de belleza el simbolismo de Kepri, el escarabajo, cuando este renacía y le daba la luz y el calor del Sol en todo su esplendor (Ra), que en este caso representan la sabiduría adquirida, el fuego espiritual, este escarabajo abría sus alas y podía volar. Es decir, que ya no tenía que arrastrarse por la tierra, por el mundo material, sino que podía elevarse hacia la luz y fundirse con el Sol, de la misma manera que cada uno, cuando aprende de las batallas y se levanta renovado y evoluciona y «vuela» porque es más libre.

Grecia: el Sol y la luz del conocimiento

En la Grecia antigua, como siempre, hay una exuberancia de belleza y de símbolos.

Cuenta la mitología que cada mañana se abren las puertas del cielo y de ellas parte el dios del Sol Helios con radiante majestad, conduciendo su carro de oro y portando su yelmo dorado, mientras la brisa de la mañana hace flotar su ropaje. Va lanzando ardientes miradas que proyectan inmensas ráfagas de luz que iluminan el mundo entero. Eos, la aurora, le precede y va alfombrando su camino con flores.

No va solo, su comitiva está formada por las Horas, los Días, los Meses, los Años y los Siglos.
Uno de los atributos más importantes de Helios es que es «el que todo lo ve», otorgando así a los seres humanos la vista o la ceguera.

El Sol es el que nos permite ver, eso queda claro, por la luz. Sin luz no se ve. Pero este simbolismo no habla solamente de la luz física. Y la luz que nos permite ver en el mundo sutil es el conocimiento. Esta es una clave simbólica y filosófica muy importante.

Este simbolismo del Sol representando la luz del conocimiento, que es lo que hace al ser humano evolucionar, aparece en el mito de la caverna de Platón. Si la caverna es nuestro mundo y estamos encadenados mirando sombras de la realidad, la verdadera realidad está afuera, donde está el Sol. Cuando el personaje del mito sale de la caverna, lo que puede contemplar en última instancia cuando ya está preparado es el Sol, es decir, el verdadero conocimiento. Salir de la caverna simboliza salir de la ignorancia del mundo material, y contemplar el Sol significa comprender la verdadera luz de la sabiduría y renacer como un ser humano completo que ha llegado a tener conciencia de todos los planos de existencia.

Roma: la festividad del Sol invicto, época de renovación

Hubo un culto solar muy difundido en Roma: el de Mitra. Un culto «importado» de Oriente, más precisamente de Siria, según la mayoría de los autores. Mitra es el Sol.

Fue muy popular, sobre todo entre los legionarios, porque trataba el tema de la muerte de forma filosófica, sin dogmatismos, como algo natural dentro de estos ciclos que componen toda la vida en el universo. Y también porque se basaba en una ética de responsabilidad personal: uno se tiene que acercar a Mitra a través de su purificación y del trabajo interior. No ocurrirá ningún milagro, sino que para llegar a la divinidad hay que ser mejores.

La festividad de nacimiento de Mitra se llamaba Natalis Solis Invictus, el Sol Invicto. Una festividad en homenaje al Sol, pues es invencible, siempre renace, reluce y vuelve a traer luz.

Era celebrada el 25 de diciembre, día en que el Sol «vence a las tinieblas». Después del solsticio de invierno, sobre el 21 de diciembre, la noche más larga del año, hay un periodo de algunos días donde hay una especie de «lucha» entre el día y la noche. Hasta que, finalmente, sobre el 25 de diciembre es cuando la luz vuelve a reinar: el día se hace más largo que la noche un año más. Representa la renovación de todos los años.

Dejar atrás todo lo acumulado con las experiencias del año y renacer purificados, más conscientes, habiendo aprendido de estas experiencias pero sin cargar ya con su peso, era el sentido de la celebración del Sol Invicto.

Toda la naturaleza está en constante renovación. Un árbol no guarda sus hojas muertas durante el invierno para en primavera acumular más hojas, sino que deja caer lo que ya no sirve, se purifica y renace renovado en primavera, con nuevas hojas y flores.

De tomar como ejemplo al Sol y a la naturaleza, surge una importante clave de evolución y de trabajo interno: la posibilidad de renovarse constantemente, de desechar lo que no sirve y hace daño pesando en la vida para volver a brillar, renacidos.

Movimiento, lucha, renovación, renacimiento, son atributos de todo lo que está vivo. El que abandona la batalla, se deja llevar por la inercia, puede considerarse muerto. Puede comer, trabajar, comprar, vivir mecánicamente, si es que esto se puede llamar vivir. Pero estará muerto en su parte solar luminosa, la más elevada. El simbolismo antiguo del Sol viene a transmitir un ideal de búsqueda de la luz que traspasa todas las formas de culto y habla de la misma evolución humana, relacionada con dominar la materia, el cuerpo, «lo oscuro» y llegar al espíritu, lo luminoso, el Sol en nosotros.


 

Publicado en Culturas del Mundo
Jueves, 01 Febrero 2018 00:00

Los Pueblos del Mar

Para un arqueólogo, el hallazgo de una losa de piedra con escritura grabada es mucho más valioso, y, por supuesto, emocionante, que el del más hermoso de los diamantes. Y si tiene 3200 años, mucho mejor. Ha sido en Turquía. Y ha costado mucho leerlo, porque no llegan a la docena los expertos que pueden descifrar la lengua luvita, que se habló, hace miles de años, en el oeste de Anatolia.

La losa habla del surgimiento de un poderoso reino llamado Mira, que formaba parte de la confederación de los pueblos del mar. Mira controló Troya, teniendo al frente al rey Kupantakuruntas. Luchó con el rey troyano Muksus, que conquistó Ashkelon por mar, y que hoy es territorio palestino. Nos narra que acabaron con varias civilizaciones de Oriente Medio, de las que ignoramos su importancia.

Añade datos desconocidos a una historia de por sí muy enterrada en la lejanía de los tiempos.

A los luvitas se les llama también luvio-arameos o sirio-hititas. Aparecen como consecuencia de la caída de los Imperios hitita y mitanio, cuando tiene lugar la transición de la Edad del Bronce en el Mediterráneo occidental a la Edad del Hierro en el Mediterráneo oriental, época de grandes movimientos políticos y sociales. Toda la costa mediterránea está en ebullición. Es entonces, a río (o a mar) revuelto, cuando surgen los llamados Pueblos del Mar, grupos guerreros que se unen para llevar a cabo incursiones militares.

De esos pueblos sabemos muy poco; ni quiénes eran, ni su lugar de origen, ni qué pasó con ellos. Al parecer los egipcios los conocían, según sabemos por fuentes de la XIX dinastía, desde un punto de vista militar; o sea, se enfrentaron con ellos. La Estela de Tanis, de época de Ramsés II, habla de los rebeldes shardana (posibles sardos), grandes combatientes de los que se dice que llegan de lo profundo del mar en invencibles naves de guerra.

Incluso se ha llegado a decir que la desaparición simultánea, ocurrida en torno al 1175 a. C., de las civilizaciones hitita, micénica y mitanni, se debió a las feroces incursiones de los Pueblos del Mar. Por lo menos, si debemos creer las crónicas de Ramsés, dice que destruyeron Hatti, Ugarit y Hazor. Y debieron asentarse, siquiera por un tiempo, en los territorios conquistados, porque no fueron solo incursiones militares, sino grandes movimientos de población llegados también por tierra, en busca de asentamiento.

LOS PUEBLOS DEL MAR 1

Lo que no sabemos es la causa de esa migración masiva, si por guerras en sus propios territorios, hambrunas, epidemias o desastres naturales; quizá sequías o inundaciones. Ni por qué crearon esa confederación, en una época en que cada pueblo actuaba por sí solo, tenía a su rey o señor de la guerra y eran poco dados a unirse y obedecer a uno sobre los demás poniéndose de acuerdo en la estrategia de una batalla. Sabemos solo que era una serie de poblaciones del sur de Europa, que invaden Anatolia, Siria, Palestina, Chipre y Egipto, y que son citados por algunas fuentes e inscripciones: el obelisco de Byblos, las Cartas de Amarna, la Estela de Tanis y las inscripciones de Merenptah.

Tenemos nombres: Kukunnis, hijo de Lukka, que luchó contra Ramsés en Kadesh, y luego contra los hititas a los que había ayudado. Se nos habla de los shardana, posibles sardos, en las Cartas de Amarna, en la época de Akenatón, donde se les describe armados de largas espadas, lanzas y rodelas, vestidos con faldellín y tocados con casco cornado.

También de los sekeles, quizá sicilianos, citados en las inscripciones de Merenptah, y en torno al escenario de la guerra de Troya.

Pero los más enigmáticos son los danuna, a los que la leyenda, o la historia, que tantas veces se entrelazan, nos presenta como atlantes establecidos en Rodas. Nos dicen que adoraban a una diosa primordial, Danu, a la que representaban como una luna rodeada por una serpiente. Los danuna, en sí, entran en la leyenda mitológica: eran seres anfibios, de pies palmeados, dotados de poderes mágicos. ¿La reina Pied d’Auque lemosina?

Historia y leyenda. ¿Poderes mágicos? ¿Quizá restos de una avanzada tecnología? ¿Eran los supervivientes de la Atlántida?
¿Y España? ¿Hubo en España pueblos del mar? Los hubo. Lo fue la andaluza Tartesos, el lugar donde moraban los llamados príncipes de Occidente. Concretamente se localiza su zona, según recientes hallazgos arqueológicos submarinos, en Doñana. Sabemos que este lugar sufrió dos probables tsunamis, uno en 1500 a. C. y otro en el siglo II d. C. Lo hallado se corresponde con bastante exactitud con las descripciones de Platón en el Timeo , en que habla de cómo en esa zona se detuvo la marcha, en una terrible batalla naval, de un gran imperio que avanzaba desde el Atlántico por Asia y Europa, frente a las Columnas de Heracles, en torno a una isla desde la que se podía pasar con facilidad a tierra firme. Dice que fue una enorme potencia, famosa por su modo de vida y sus dotes guerreras; pero tras un violento terremoto y un consiguiente diluvio la isla atlante se hundió en el mar, aunque no a mucha profundidad.

Estos son los restos recientemente descubiertos. Los restos de la mítica ciudad de Tartesos, en la desembocadura de Doñana; entre ellos destacan unas enormes columnas y una amplísima escalinata de mármol, posiblemente pertenecientes a algún templo.

LOS PUEBLOS DEL MAR 4

Platón habla de sus reyes, uno de los cuales se llamaba Gadiro seguro origen del nombre de Gadir, Cádiz, antes de que los fenicios le pusieran, o así se supone, ese mismo nombre, la que los griegos consideraron la primera civilización de Occidente. Cita muchos más nombres que sería pesado enumerar. Cita la Gadírica, junto a las Columnas de Heracles, y su dominio de la costa africana hasta Libia. Efectivamente, el oriente mediterráneo sufrió una invasión masiva de una confederación de reinos, algunos de origen incierto. Los llaman los Pueblos del Mar. Cádiz está entre ellos.

La Biblia habla del comercio de la Jerusalén del rey Salomón con las naves de Tartesos. Tarschish llamada en el Libro. El nombre del rey de ese momento es Argantonios. El Rey de la Plata.

Pueblos del Mar fueron los vikingos. Una confederación de pueblos del norte que se aliaban para ir «de viking», de expedición. De ahí les viene el nombre. Pueblos guerreros que a bordo de sus drakar, de los siglos VIII al XII aproximadamente, comerciaban, conquistaban o arrasaban pueblos de la costa europea, y que en Britania y Normandía formaron colonias permanentes.
Tantos mares. Tantos navegantes. Tantos sueños ganados y perdidos en el mar.

Publicado en Maestra historia

En unas excavaciones arqueológicas situadas en el corazón de Tel Aviv (Israel), se encontraron los restos de una cervecería de 5000 años de antigüedad, que pertenece a un establecimiento egipcio de la Edad del Bronce (entre 3500 y 3000 años a.C.). Fue excavado por arqueólogos del IAA con motivo de la inminente construcción de una nueva torre.

La excavación entregó útiles de hace 6000 años, incluyendo una daga de bronce e instrumentos de sílex, así como un tipo de cerámica característica de la cultura local y fragmentos de tinajas en que se confeccionaba la cerveza. La cerveza egipcia era una especie de grapa con un contenido bajo en alcohol que formaba parte habitual de la dieta, acompañada de pan.

Al parecer, «Los egipcios bebían cerveza en la mañana, al mediodía y en la noche», comentó el director de las excavaciones, Diego Barkan. «Encontramos diecisiete hoyos en las excavaciones, que fueron usados para almacenar productos agrícolas en la Temprana Edad del Bronce». También se halló una inscripción del tercer milenio a.C. que decía: «La boca de un hombre perfectamente contento está llena de la cerveza».

http://www.timesofisrael.com/ancient-egyptian-brewery-found-in-downtown-tel-aviv/#ixzz3Vqzxq3RH
Cortesía del Instituto Hermes http://www.hermesinstitut.org/

Publicado en Chispas Científicas
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