Abril 2012

Florbela Espanca, la poetisa del amor

Escrito por 
Florbela Espanca, la poetisa del amor

Las almas de las poetisas están hechas de luz, como los astros: no ofuscan, iluminan...
Del cuento “Al margen de un soneto”

¡Ser poeta es ser más alto, es ser mayor
De lo que son los hombres! ¡Morder como quien besa!
¡Es ser mendigo y dar como quien es
Rey del Reino de Más Acá y Más allá del Dolor!

¡Es tener de mil deseos el esplendor
Y no saber siquiera qué se desea!
¡Es tener aquí dentro un astro que flamea,
Y tener garras y alas de cóndor!

¡Es tener hambre, es tener sed de Infinito!
Por yelmo, las mañanas de oro y de satén...
¡Es condensar el mundo en un solo grito!

Y es amarte, así, perdidamente...
Es que seas alma y sangre y vida en mí
¡Y decirlo cantando a todo el mundo!

Este poema de Florbela Espanca (1894-1930) es una canción muy popular en la tierra de las flores y el amor que es Portugal. Y como hija de su cielo, tierra y  mar, también la vida de esta poetisa es gobernada por la diosa del Trono de Rosas, madre eterna del amor y la belleza: la diosa a quien los griegos dieron el nombre de Afrodita –nacida de la espuma del mar– y Venus los romanos. Estos últimos la honraron, junto a Marte, como su Alma Mater, hasta el punto que el gran juramento quebrado, la gran profanación fue el ser revelado el nombre secreto de Roma, que era, precisamente, la lectura inversa de este mismo nombre, o sea, AMOR.

El pueblo portugués convirtió en fados los versos de esta poetisa, la elevó, algo sin precedentes en la historia de su literatura, a la categoría de musa, como hiciera Platón con la divina Safo, de Lesbos. Ella, Florbela Espanca, es la Dama del Alentejo, y abandonados sus restos mortales a la tierra que los hizo crecer es ya no solo inspiración de  amantes, es compañera, es amiga de quien abre su alma a los vientos de la vida, de quien siente sus soledades y heridas, y al mismo tiempo el reino que espera siempre más allá del exilio que este mundo es. De qué manera encarnan sus versos la profundidad y el misterio del eterno femenino, liberado de ataduras trasnochadas, brillando como una estrella en el azul infinito, se hace evidente para quien lee sus sonetos, escritos, como quería Nietzsche, con la sangre de su alma y lo más puro de su vida. Los hombres se sienten conmovidos por tanta belleza, tanta que se adentra en la tierra ignota de lo sublime, donde los vientos no son ya de placer estético sino de terror sagrado. Es difícil encontrar aquí, en estos horizontes de Portugal, o en los más lejanos de Brasil, una mujer que haya leído sus versos y no se haya sentido identificada con lo que dice, como si sus poemas diesen voz a sus anhelos y vivencias más íntimas, como si la misma psique femenina fuera un iceberg que se deshace y trasfunde en el océano sin orillas de su amor.

No me digas adiós, ¡oh sombra amiga!,
Ablanda más el ritmo de tus pasos;
Siente el perfume de la pasión antigua
¡De nuestros buenos y cándidos abrazos!

Soy la dueña de místicos cansancios,
La fantástica y extraña niña
Que un día quedó presa en tus brazos...
¡No te vayas aún, oh sombra amiga!

Tu amor hizo de mí un lago triste:
¡Cuántas ondas riendo que en él no oíste,
Cuánta canción de ondinas allí en el fondo!

Espera...espera... oh sombra amada...
Mira que más allá de mí ya no hay nada
¡Y nunca más me encuentras en este mundo!...

Florbela Espanca nació en 1894 en Vilaviçosa, cerca de la frontera con España, villa de recreo de los últimos reyes de Portugal, muy enraizada en sus tradiciones y folclore. Nació el 8 de diciembre, día de la Inmaculada, el mismo día en que se casó y en que murió, el grado 16 de Sagitario que los astrólogos asocian a la imagen  de quien penetra en la oscuridad de una caverna. Hija de lo que hoy llamaríamos una “madre de alquiler”, que en realidad era amante del padre, su vida fue una sucesión de desdichas emocionales, que su extrema sensibilidad de poetisa convertía en vibraciones letales para su salud. De carácter libre e independiente, se divorcia de su primer marido, se matricula en la Universidad de Derecho (la primera mujer portuguesa en hacerlo), vuelve a casarse de nuevo dos veces sucesivas (¡qué escándalo en el Portugal de aquel tiempo) y aún buscar la felicidad dorada que huye siempre de ella con varios amantes... Pero siempre sin hallar la plenitud que desea, pues su entrega es total y frágil la respuesta del amado.

Quiso Dios otorgarme el mágico don de ser sensible
Como el diamante a la luz que lo ilumina.
Darme un alma fantástica, imposible:
–¡una danza de color y fantasía!

¡Quiso Dios hacer de ti la ambrosía
De esta pasión extraña, ardiente, increíble!
Erguir en mí la antorcha inextinguible,
¡Como un cincel grabando una agonía!

¡Quiso Dios hacerme tuya... para nada!
–Vanos, mis brazos de crucificada,
¡Inútiles, esos besos que te di!

¡Anda! ¡Camina! ¿Hacia dónde?... pero ¿por dónde?...
Si con uno de tus gestos la sombra esconde
El camino de estrellas que tracé...

Su padre, aunque de familia humilde, se abrió camino en el mundo y le dio buena educación, que ella amplificó siendo lectora infatigable en francés, portugués (su lengua) y español, devorando miles de libros que meditaba después muy cuidadosamente. Demuestra así una madurez de alma sorprendente, madurez nacida también del dolor de casarse, sin amor, con solo diecisiete años y tener que entrar en la batalla de la vida tan joven. Con veintiún años escribió el cuento “Dádiva del Destino”, que expresa muy bien el misterio de su alma, demasiado grande para ser vulgarmente feliz en este mundo.

Un día, el destino, anciano de cabellos de nieve y que andaba dificultosamente, me dio unos zapatos y dijo: “Aquí tienes unos zapatos de hierro, ¡póntelos y camina! ¡Camina siempre, sin descanso ni fatiga, ve siempre hacia adelante y no te detengas, no pares nunca!...”. “El camino de la vida tiene trechos de cielo y paisajes infernales: que la oscuridad no te asuste ni te deslumbre la claridad; ni siquiera un momento te detengas al borde del camino; deja florecer las margaritas, deja que canten los ruiseñores!”.

“Ya sea plano o muy empinado este inmenso camino, ¡camina... camina siempre! ¡No pares nunca! ¡Un día los zapatos han de romperse; es entonces cuando te detendrás! ¡Porque habrás encontrado al fin los ojos perturbadores y profundos, la boca embriagadora y fatal que ha de prenderte para siempre!”.
Esto me dijo un día el destino, anciano de cabellos de nieve, que andaba dificultosamente. Me calcé los zapatos y caminé; la claridad de la luna era profunda, a veces, los ruiseñores cantaban en la floresta... Otras veces, y al sol ardiente del mediodía, se abrían las rosas, rojas como besos de sangre; las mariposas traían, en sus alas delicadas como harapos de seda, ¡los perfumes delirantes de millares de corolas!

Otras veces ni una estrella en el cielo, ni un perfume en la tierra, ¡y yo oía a mis pies la voz de algún profundo abismo! Pasé por el reino del sueño y de la esperanza verde, como verde es una esmeralda, divisé el país del amor rosado como una aurora, y también vi las tierras tristes de la saudade ¡donde la luz de la luna llora noche y día! ¡No me detuve ni un solo instante! El corazón se me rompió en pedazos, disperso por los caminos que recorrí, ¡pero caminé siempre sin flaquear ni un solo momento! Hace mucho tiempo que ando. Tenía cabellos negros como las tinieblas, hoy son casi todos blancos como el lino. Tenía el andar altivo como el de una princesa de leyenda, ¡hoy me inclino hacia el suelo como el tallo de una rosa sacudida por el viento del norte! ¡Comienzo a sentirme cansada ya, mis pasos van siendo cada vez más lentos y arrastrados en la infinita senda de la vida!... ¡Y los zapatos aún no se han roto!...
¡¿Dónde estaréis, oh ojos perturbadores y profundos, oh boca embriagadora y fatal que ha de prenderme para siempre?!

El cansancio emocional de sus fracasos amorosos, uno detrás de otro, un estado febril y dolores de estómago que le acompañaron sus últimos diez años de vida, y sobre todo, la muerte de su hermano menor, Apeles, a quien consideraba su alma gemela, la que se realizaba en el mundo mientras ella quedaba prisionera en su “claustro de las quimeras”, hizo que, ya exhausta, decidiera poner fin a su vida . Y fue su último deseo que cubriesen su sepulcro de flores, con las que en su divino panteísmo se identificaba. Y no solo por su nombre, el mejor nombre para una poetisa, Bella Flor , sino porque su vida fue la de una flor que se abre y mustia desplegando toda su belleza ante el beso de un sol ardiente cada vez más lejano. Mas, como diría Platón, quiebra la lira que a todos nos deleitó con su música pero no su son, muere la flor que hechizó, vestida de belleza, a los caminantes, pero no su aroma. Así, los versos de Florbela eran como el perfume de su alma abriéndose paso en medio del drama de su vida. La misma muerte a quien nunca temió es vista como su amiga y libertadora. Pocos días antes de morir escribió:

A LA MUERTE

Muerte, mi Señora y Dueña Muerte,
Tu abrazo, ¡debe ser tan bueno!
Lánguido y dulce como un dulce lazo
Y como una raíz, sereno y fuerte.

No hay mal que no sane o no conforte
Tu mano que nos guía paso a paso,
En ti, dentro de ti, en tu regazo
No hay triste destino ni mala suerte.

Doña Muerte de los ojos de terciopelo,
¡Cierra mis ojos que ya todo lo vieron!
¡Sujeta mis alas que ya volaron tanto!

Vine de la Moirama, soy hija de rey,
Mal hada me encantó y aquí quedé
A tu espera... ¡quiebra el encantamiento!

El mismo año que murió inició un diario en el que solo ocasionalmente hacía algunas anotaciones. En uno de sus escritos hace un retrato moral de sí misma, se mira en el espejo de su conciencia y dice, honestamente, lo que ve:
Una muchacha valiente, siempre sincera consigo misma (...). Honesta sin prejuicios, amorosa sin lujuria, casta sin formalidades, recta sin principios, exaltadamente viva, palpitando de savia caliente como las flores salvajes de tu campo bárbaro y agreste.

Es triste que una biografía infame escrita por Agustina Bessa-Luis y un prefacio ácido y corrosivo de sus Cuentos, de Natalia Correia, hayan contribuido a que el mundo académico portugués le haya prestado tan poca atención a esta amada de las musas, a quien la vox populi proclama la mejor poetisa de lengua portuguesa. Un original mecanografiado hallado en el famoso baúl de Fernando Pessoa , el poeta de lengua portuguesa más conocido en el mundo (aún más que el mismo Camôes), revela la admiración del autor de Mensagem por Florbela. Este, aunque al parecer nunca coincidió con la poetisa del amor, la declara su “alma gemela”, intimidad de ánimos que el poeta-astrólogo no atribuye a nadie más, ni siquiera, que yo sepa, a su amigo, Mario de Sá Carneiro. Pues bien, ¡¡respecto a que este poema sea de Fernando Pessoa, los especialistas en este autor guardan el más vergonzoso silencio, no sea que ello signifique elevar en dignidad a la poetisa que todo Portugal adora!!
El original lleva el título “En memoria de Florbela Espanca” .

Duerme, duerme, alma soñadora,
¡Hermana gemela de la mía!
Tu alma, del mismo modo que la mía,
Rasgando las nubes se cernía
Por encima de los otros,
Buscando mundos nuevos,
Más bellos, más perfectos, más felices.

Criatura extraña, espíritu inquieto,
Lleno de ansiedad,
Tal como yo hacía, creando mundos nuevos,
Bellos como tus sueños,
y vivías en ellos, vivías soñando como yo.

Duerme, duerme, alma soñadora,
¡Hermana gemela de la mía!
Ya que en vida no tuviste descanso,
Si existe la paz en la sepultura:
¡La paz sea contigo!

Florbela Espanca publicó en vida solo dos libros de poemas: Livro de Magoas y Livro de Soror Saudade, que en breve se agotaron, pero no fueron reeditados; y uno de cuentos, dedicado a su hermano aviador, Máscaras do Destino. Dejó preparada la edición de otro, su mejor libro, Charneca en Flor, que salió a la luz póstumamente, junto con Reliquiae: una colección de poemas manuscritos que por revelar sus intimidades amorosas, nunca habían sido editados. Solo muchos años más tarde, y gracias a la labor infatigable de Rui Guedes, el público pudo leer otro libro de cuentos, Dominó Preto, y muchos poemas más... Más importante aún, editó las cartas que pudo compilar, verdaderas joyas de sinceridad y poesía, y las pocas páginas de su Diario. Hace pocos años fueron recuperadas las cartas de amor a su segundo marido, Antonio Guimarães, fundamentales para entender el alma de nuestra poetisa. En medio de la avalancha de críticas que casi sepultó el nombre de Florbela, críticas del Estado Novo, por no ser, según ellos, un ejemplo suficiente de moral y madre de familia, y de la Iglesia, por lo mismo y por haberse suicidado, quien evitó que las nieblas del olvido nos separasen para siempre de ella, y quien siempre la defendió, fue su única discípula –viva en el momento en que escribo estas páginas–, Aurelia Borges, también poetisa. Lucia dal Farra, catedrática brasileña, ha puesto un poco de orden en el caos de las sucesivas ediciones de sus obras (existían varias versiones de los mismos poemas) y de sus cuadernos manuscritos: Livro d’Ele, Trocando Olhares y otros, que eran de donde Florbela extraía los poemas que quería editar.

¡El mundo me quiere mal porque nadie
Tiene alas como yo las tengo! Porque Dios
Me hizo nacer Princesa entre plebeyos
¡En una torre de orgullo y de desdén!

¡Porque mi reino queda más Allá!
Porque traigo en mi mirada el vasto cielo,
¡Y porque oros y resplandores son todos míos!
¡Porque Yo soy Yo y porque Yo soy Alguien!

¡El mundo! ¡¿Qué es el mundo, oh amor mío?!
El jardín de mis versos todo en flor,
La mies de tus besos, pan bendito,

Mis éxtasis, mis sueños, mis cansancios...
Son tus brazos dentro de mis brazos:
¡Vía Láctea cerrando el Infinito!...

En España, hoy mismo, Florbela es casi una desconocida. Tan semejante en sus versos a Alfonsina Storni o incluso, aunque esta sea un poco anterior, a la musa gallega Rosalía de Castro, en que la dulzura de sus versos se hermana con la dulzura de su lengua. Pero el mismo aleteo de la vida, inmarcesible siempre, quiere que, cuando retornemos a la belleza, más allá de las letras de fango y duelo, estridencias y caos que pueblan el aire que respiramos, también nos encontraremos con Florbela, amiga de nuestros horizontes, que son los mismos que los de Portugal.

José Carlos Fernández
Corresponsal de la revista Esfinge en Lisboa

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