Sociedad — 31 de marzo de 2026 at 00:00

Educación: integridad humana e institucional

por

integridad humana

El desarrollo del tema del presente artículo procede de la típica situación en la que un lector se topa con una idea que se cierra sobre sí misma y le obliga a detenerse. No le habla de su vida, sino del mundo compartido; de pronto, lo escrito coincide con lo visible, con lo social, con la realidad. Les comparto, pues, la idea encontrada en dicha oportunidad hace ya varios años:

«Antes de ser sepultadas por los actos de corrupción, las instituciones empiezan a morir en el corazón de los hombres». La frase pertene al libro El achoramiento: una interpretación sociológica, de Oswaldo Medina, publicado en 2000. Realizaremos una breve interpretación y cómo la terminamos relacionando, inevitablemente, con la educación.

En el afán de analizar la relación natural entre un individuo y una institución que coexisten en una misma sociedad, nos encontramos con un antecedente muy afín a nuestra idea, propuesta alrededor del siglo XVIII por Jacques Montesquieu en su libro El espíritu de las leyes, Lib. VIII. Aquella idea es la siguiente: «Once the principles of the government are corrupted, the best laws become bad and turn against the state» (una vez que los principios del gobierno se corrompen, las mejores leyes se tornan malas y en contra del Estado.)

Podemos entender como «principios» las disposiciones morales, los hábitos sociales, el tejido moral y cultural que convierte normas escritas en práctica efectiva. Es razonable pensar, entonces, que la pérdida interna de principios o costumbres se produce antes que las manifestaciones externas. Este proceso previo tiene sede en un espacio equivalente al «corazón de los hombres» expresado en nuestra idea original.

Luego de sucedido esto, las leyes pierden su valor o eficacia moral porque la gente que debe aplicarlas o respetarlas ya no tiene integridad, por lo que, extrapolando la situación, las instituciones ya no sostendrían el bien común, sino que perjudicarían al Estado.

Para resumir, Montesquieu sostiene que la decadencia de las virtudes y costumbres públicas precede y prepara la caída de las instituciones políticas.

En este punto, considero oportuno compartir la postura de Gilles Lipovetsky, en su libro La era del vacío: «Y, sin embargo, el sistema funciona, las instituciones se reproducen y desarrollan, pero por inercia, en el vacío, sin adherencia ni sentido, cada vez más controladas por los “especialistas”», los últimos curas, como diría el filósofo Nietzsche, los únicos que todavía quieren inyectar sentido, valor, allí donde ya no hay otra cosa que un desierto apático.

Es en este punto donde, después de analizar el panorama descrito, y evidenciando mucha similitud y correspondencia con la realidad, reconocemos necesario buscar (si es que no es encontrar) un camino distinto al que se nos propone. Es aquí donde se nos presenta la educación en valores como una condición necesaria para revertir la decadencia institucional, pues transforma disposiciones ciudadanas y profesionales que, lógicamente combinadas con reformas institucionales, podrían permitir restaurar la legitimidad y el funcionamiento público.

A continuación, brindamos algunas reflexiones sobre la educación actual desde el nivel gubernamental y político, para luego pasar por las escuelas y terminar en el agente quizá más importante de toda esta cadena educativa: la familia.

Rol del Estado: responsabilidad política

En los últimos años, podemos afirmar con seguridad que hemos sido testigos de la desconexión y el no continuismo de los proyectos que se inician en un determinado período gubernamental; luego, con el cambio de período, cambian también los proyectos, a veces no solo educativos sino en múltiples capítulos. Esto es comprensible siempre que la modificación o reestructuración de la propuesta sea con el fin de mejorarla y optimizarla, pero en la mayoría de casos es solo por rivalidades y cambio de intereses de los grupos políticos.

La polarización política y curricular, los debates intensos sobre contenido y el enfoque han derivado en fluctuaciones y en programas menos estables a largo plazo. Este constante entrampamiento tiene como resultado el aspecto educativo siempre sometido a reforma, casi como una calle siempre en obras.

Otro aspecto importante a comentar es que heredamos una educación bastante influenciada por el período de 1945 a 1973, marcado por un notable crecimiento económico y una profunda integración del capitalismo a escala mundial, especialmente visible en Europa occidental y Japón. Esto consolidó desde el Estado, como señalaba Fernando Sánchez en 2010, un modelo pedagógico occidental fuertemente influido por Estados Unidos, que acompañó y legitimó este nuevo orden socioeconómico. Y es este sistema el que actualmente nos deja, entre otras cosas, dos huellas: la violencia —entre jóvenes, contra la sociedad y, en muchos casos, hacia docentes— y la nesciencia —no solo ignorancia en historia o matemáticas, sino un uso vago y laxo del idioma, una pobreza léxica que empobrece el pensamiento—. Lo que nos ha erguido desde el simio a la condición humana, entre otras cosas, es la capacidad de formular un lenguaje articulado y de entendernos con él. Aprendemos a pensar cuando empezamos a hablar, y si nos olvidamos de hablar… ¿qué pasará?

Por otro lado, si buscamos indicadores de pruebas que nos den una idea cuantificable del nivel educativo en materia de ciencias, tenemos un titular de la cadena RTVE: «España baja en matemáticas, lectura y ciencias en un contexto mundial de “caída sin precedentes” tras la pandemia», refiriéndose al último informe PISA publicado en 2022. Aunque todo titular de cualquier medio de prensa es cuestionable, este en particular, compartido por varios medios además, es de fácil verificación; basta solo con ver los datos obtenidos por dicha prueba PISA, que son de acceso público, en la plataforma digital oficial del organismo OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos).

Esto, sumado al alto índice de violencia que se vive en el mundo juvenil, fácilmente verificable en registros de criminalidad del Instituto Nacional de Estadística, nos conduce a pensar que el proyecto y, quizás peor aún, la idea de educación de nuestros últimos representantes, no concuerda con un futuro mejor para nuestra sociedad.

Contexto actual sobre educación cívica en la escuela

Para abordar el presente apartado, tomaremos como ejemplo el currículo de 3.º de ESO del IES David Vázquez Martínez (Asturias), publicado por el Departamento de Filosofía en su página web, en la cual la programación de la materia «Valores cívicos y éticos» del año 2023 integra las éticas de la virtud como saberes básicos, presentes en aproximadamente un 60 % del contenido temático. Sin embargo, dicha asignatura aparece con una dotación de una a dos horas semanales, lo que, haciendo un cálculo, interpretamos como alrededor del 5 % del tiempo lectivo anual destinado al desarrollo explícito de virtudes y competencias cívicas.

Aunque la cuantificación es aproximada, lo que sí es seguro es la idea de insuficiencia que nos brinda la planificación planteada para la formación ética deliberada. El desarrollo de virtudes requiere espacios curriculares regulares que permitan discusión guiada, práctica reflexiva y evaluación formativa; la mera transversalidad de contenidos no garantiza la consolidación de hábitos morales ni competencias cívicas. Además, en un contexto postpandemia con retrocesos en aprendizajes básicos, reforzar la educación cívica contribuye a abordar problemas de convivencia y desafección juvenil.

Y si queremos tener una pincelada de lo que ocurre en la formación técnica superior (en este caso tomamos como ejemplo la medicina, pero casi con seguridad que se encuentra el mismo patrón en las demás carreras profesionales), nos encontramos con una reflexión brindada por Antonio Escohotado hacia un estudiante de Medicina hace unos años: «Infórmate de Hipócrates y Galeno, que son las grandes mentes antiguas sobre la salud. las que establecen la diferencia entre medicina científica y el mundo de los conjuros, los ensalmos… el mundo chamánico. O sea, todos los documentos que están muy desperdigados del corpus hipocrático, pero sobre todo… el juramento. El juramento hipocrático es en esencia PRIMUM NON NOCERE; primero, no hacer daño».

En esencia, Escohotado nos señala la importancia de la diferenciación de lo que antes eran las prácticas chamánicas de la medicina. Pero, por otro lado, también hace hincapié en aquella premisa casi fundante de la medicina a nivel histórico: «primero, no hacer daño», de la cual dejamos al lector la reflexión: ¿estamos absolutamente seguros de que en el actual sistema médico, en todas las atenciones sanitarias, los especialistas tienen esto como consigna prioritaria absoluta, dejando toda la parafernalia farmacéutica de lado, teniendo en cuenta que es una de las cinco industrias más poderosas y rentables a nivel económico a escala mundial?

Antes de culminar con el presente apartado, ofrecemos la siguiente reflexión sobre la actualidad del tema educativo, obtenido del prólogo del Panfleto antipedagógico, publicado en 2006: «Como explica Fernando Savater en su prólogo, el libro no pretende ser un tratado que resuelve todos los problemas, sino un grito de alerta polémico que nos zarandea para que advirtamos que existen. Debería servir de revulsivo para una sociedad que no puede seguir enterrando su futuro en sus escuelas, institutos y universidades».

Si echamos un vistazo a la Grecia clásica en el afán de encontrar un camino distinto para nuestro actual sistema pedagógico, nos encontramos con que la «paideia» no se entendía solo como enseñanza técnica, sino como un proceso integral de formación que conducía a la «árete», esa virtud entendida como excelencia, fuerza moral y ejemplaridad tanto física como espiritual. Es en este proceso continuo, que comienza en la vida cotidiana y en los vínculos más cercanos, en donde la familia aparece naturalmente como el primer espacio donde se encarnan los valores, las virtudes y los modelos de conducta antes de cualquier instancia escolar o social más amplia.

Familia como rol formador

La familia es responsable de transmitir un equilibrio entre el carácter conservador y el impulso transformador de la educación, tarea que ya Cicerón concebía como la capacidad de liberar al individuo de la tiranía del presente mediante el cultivo de la autonomía y del pensamiento propio. Esta función adquiere especial relevancia en una sociedad donde parece imponerse la consigna de no pensar y en la que el sistema y el orden establecido demandan adeptos antes que masa crítica, promoviendo individuos que reproducen conductas homogéneas y recorren trayectorias vitales previamente trazadas, permaneciendo —en términos platónicos— toda su existencia en la caverna.

En sintonía con la autonomía propuesta por esta tradición, los padres están llamados a ofrecer a sus hijos la posibilidad de avizorar nuevos caminos, fomentando comportamientos que impulsen un giro de juicio en el cual el deseo de bienestar material sea sustituido por la aspiración a una mayor dignidad personal. Cuando el individuo se forma desde la autenticidad y es acompañado por referentes íntegros, este proceso debería traducirse en una invitación a elegir el camino de la virtud, entendida como dignidad personal, moral y cultural.

Sin embargo, como advierte Salvador Cardús, la escuela ha perdido el monopolio de la transmisión de conocimientos socialmente relevantes, lo que ha desbordado a la familia ante la proliferación de agentes educativos no coordinados, especialmente los contenidos y modelos difundidos a través de plataformas digitales. En este contexto, los padres nunca han estado más desafiados ante esta avalancha de información —frecuentemente desinformación— que debilita su responsabilidad formativa.

Esta situación se evidencia con particular fuerza en una infancia marcada por la distracción, caracterizada por la normalización del acceso temprano y prolongado a dispositivos inteligentes, redes sociales y dinámicas digitales con componentes adictivos, sin una adecuada ponderación del impacto que estos agentes tienen sobre el desarrollo cognitivo, lo que, en consecuencia, puede generar posteriormente en la juventud una posible limitación del juicio crítico, el discernimiento y la comprensión del trasfondo de los contenidos consumidos. Es en este punto donde nos parece indispensable el desarrollo de estrategias parentales efectivas para mitigar los efectos negativos del uso excesivo de la tecnología, regulando el tiempo frente a dispositivos y orientando el consumo de contenidos. Al intervenir de manera consciente, los padres no solo protegen a sus hijos de la distracción y la sobreexposición, sino que también los preparan para enfrentar los desafíos de un entorno educativo cada vez más complejo.

En este contexto, la futura integración de la inteligencia artificial en la educación enfatiza aún más la necesidad de esta mediación. Esta integración en la educación ofrece oportunidades de personalización y acceso a recursos, pero también plantea riesgos, como la dependencia tecnológica y la disminución de la autonomía crítica. Estoy seguro de que la exploración de estos límites será objeto de estudios futuros, pero me parece importante incidir e insistir en que el objetivo debería ser que la IA complemente la formación sin reemplazar la mediación familiar ni el desarrollo de la virtud y la dignidad personal.

Para terminar, después de haber analizado con brevedad la cadena educativa, considero oportuno mencionar que, si logramos que los individuos fortalezcan su formación ética y crítica, sentaremos las bases para el surgimiento de mejores profesionales desde la escuela y la universidad, capaces de mejorar las instituciones en las que se integran y, en consecuencia, contribuir al progreso y bienestar de la sociedad en su conjunto.

Referencias bibliográficas

Medina García, Oswaldo. El achoramiento: una interpretación sociológica.

Montesquieu. El espíritu de las leyes. Libro VIII.

Mosterín, Jesús. Racionalidad y acción humana.

Benso Calvo, Carmen. Origen y evolución de la disciplina de urbanidad en el currículum de la escuela primaria española.

Lipovetsky, Gilles. La era del vacío.

Moreno, Ricardo. (2006). Panfleto antipedagógico.

Cardús, Salvador. El desconcierto de la educación.

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