
La historia del vestido es una ciencia auxiliar de la historia al mismo nivel que la arqueología, a la que está ligada y de la que aprovecha los mismos métodos. Se trata, pues, de comparar textos y documentos con imágenes, fechados con la máxima exactitud posible, para establecer puntos de referencia cronológicos precisos que nos permitan estudiar la evolución de las formas. Hay que contar con las convenciones gráficas y las interpretaciones decorativas propias de cada época, tener en cuenta los posibles arcaísmos, separar cuidadosamente la indumentaria real o auténtica de la teatral y, también, todo lo convencional que se da habitualmente en los personajes sagrados.
La historia del traje comienza mucho antes de que las civilizaciones de Egipto y Mesopotamia hicieran su aparición. En los últimos años, un gran número de descubrimientos y el estudio de las pinturas rupestres han proporcionado documentación mucho más antigua. Los geólogos han descubierto la existencia de una serie de glaciaciones en las que gran parte del clima de Europa fue en extremo frío. Incluso al final de las culturas paleolíticas la vida se desarrollaba en el límite de los grandes glaciares, que enfriaban gran parte de los continentes. En tales circunstancias, aunque los detalles del vestido se han podido determinar gracias a consideraciones sociales y psicológicas, lo que resulta obvio es que el motivo fundamental para cubrirse el cuerpo era preservarse del frío.
Los animales habían sido más afortunados, pues no necesitaban abrigarse, y el hombre primitivo se dio cuenta de que podía cazarlos para conseguir no solo su carne, sino también su piel. En otras palabras, empezó a cubrirse con pieles. Esto acarreaba dos problemas: la piel del animal cubría sus hombros, lo que impedía ciertos movimientos sobre todo a la hora de cazar; y dejaba parte de su cuerpo al descubierto. Por tanto, se hacía necesario darle una forma, incluso careciendo de medios para ello.
Las pieles de los animales al secarse se vuelven rígidas y endurecen, por lo que resultan intratables. Había que encontrar algún método para hacerlas suaves y flexibles. El procedimiento más sencillo era una laboriosa masticación. Las mujeres esquimales, incluso hoy día, siguen practicando este método. Otro método consistía en humedecer la piel y golpearla con un mazo, habiendo eliminado previamente los residuos de tejido.
Sin embargo, ninguno de los dos métodos era suficientemente satisfactorio, ya que si las pieles se mojaban volvían a su rigidez y había que repetir el proceso.
Cuando se descubrió que al frotar aceite o grasa de ballena en la piel esta se mantenía flexible durante más tiempo hasta que el aceite se secaba, se adelantó mucho terreno. El siguiente paso fue el descubrimiento de los tintes; y resulta curioso que las técnicas básicas de este proceso, tan rudimentarias desde sus comienzos, siguen utilizándose hoy en día. La corteza de algunos árboles, sobre todo del roble y del sauce, contienen ácido tánico, que se obtiene por un proceso de maceración de la corteza en agua. Sumergiendo la piel en esta solución durante un tiempo determinado, se hacen definitivamente flexibles e impermeables.
A estas pieles ya preparadas se las podía cortar y dar forma; llegando así a uno de los grandes avances tecnológicos de la historia de la humanidad, comparable en importancia a la invención de la rueda: la invención de la aguja con ojo. Se han encontrado gran cantidad de estas agujas hechas con marfil de mamut, hueso de reno y colmillos de foca en las cuevas paleolíticas, donde fueron depositadas hace 40.000 años. Este invento permitió coser unas pieles a otras y poder ajustarlas al cuerpo.
Mientras tanto, la gente que vivía en climas más templados estaba descubriendo las fibras animales y vegetales. Es posible que el afieltrado fuera el primer paso. En este procedimiento se trata de peinar, humedecer y, a continuación, colocar sobre un esterillo, que se enrolla de forma muy tirante para después golpear con un palo. De esta manera, las hebras de lana se unen y el resultado es un fieltro caliente, flexible y duradero.
Otro método primitivo era la utilización de fibras vegetales. Consistía en aprovechar la corteza de algunos árboles, como la morera o la higuera. Se hacían tiras con las cortezas y luego se ponían en remojo. Después, se colocaban en tres capas sobre una piedra lisa, poniendo la capa central al bies, en ángulo recto con respecto a las otras dos. A continuación se golpeaban con un mazo hasta que se unían. Después este tejido, hecho con corteza, se trataba con aceite o se pintaba para hacerlo más duradero. Este método, muy similar al utilizado por los antiguos egipcios para convertir el papiro en material de escritura, puede considerarse como un punto intermedio entre el afieltrado y la tejedura.
Las fibras de corteza pueden aprovecharse también para hacer con ellas un tejido propiamente dicho, pero el resultado no es tan satisfactorio como el obtenido con otras fibras como el lino, el cáñamo o el algodón. Sin embargo, estas fibras tenían que cultivarse y, por tanto, apenas las utilizaban los pueblos nómadas en estado de pastoreo. Estas tribus tenían ovejas, y la lana parece haber sido empleada ya en el Neolítico.
Nos hubiera gustado poder afirmar que el lino fue la primera fibra textil de la historia, pero no hay nada que lo pruebe. Naturalmente, los pueblos monoteístas atribuían el cultivo del lino y al tejido que con él se conseguía a divinidades primordiales. Los egipcios se lo agradecían a Isis. El lino egipcio siempre ha sido el de tallo más largo (alcanza los dos metros) gracias al limo cálido y fértil que bordea el Nilo.
En una época en que las tribus europeas se hallaban aún en la Edad de Piedra y llevaban como única vestimenta pieles de animales, los egipcios fabricaban honrosas telas para los taparrabos masculinos y los vestidos tubulares con tirantes femeninos en rudimentarios telares horizontales: cuatro estacas clavadas en el suelo, cada dos de las cuales sostenían un palo en el que se fijaba la urdimbre; no parece que utilizaran lanzas. El catálogo de las telas del Imperio Antiguo incluye un linón de lo más fino, confeccionado en estos telares tan poco prácticos. Las piezas medían de dos a cinco metros de largo por diez o veinte centímetros de ancho hasta un máximo de ochenta centímetros.
La estatua pintada de Nefert, nuera del rey Esnefrón, representa a la princesa ataviada con un vestido tan transparente que se le ve el collar, apenas velado a ambos lados del escote. Otra transparencia admirable es la del vestido de Nefertari.

El museo de El Cairo exhibe, entre otras maravillas, el mobiliario de Tutankamón, saliendo de un cofre dos trozos de muselina y de tul perlado, cuya ligereza nada tiene que envidiar a la que se confecciona actualmente.
La hiladura de lino en mojado, es decir, la del lino mojado, se considera uno de los grandes progresos del siglo XIX; sin embargo, los egipcios practicaban este sistema de mojado muy astutamente: el lino se mojaba y se almidonaba a la vez sumergiéndolo en una vasija con una solución de almidón y trigo.
Con el lino, no solo se hacían tejidos para vestidos, sino también los primeros pañuelos conocidos, cuerdas y velas para la navegación.
Debido a que con el lino se fabrica una tela suelta, natural, que adquiere blancura a medida que se lava y se expone al sol, el lino siempre ha tenido la connotación simbólica del blanco: la pureza. Los antiguos egipcios, para quienes el lino era la fibra textil nacional, llevaban con coquetería telas resplandecientes de blancura. Herodoto diría: llevan vestidos de lino siempre recién lavados, cosa a la que dedican el mayor cuidado. Los sacerdotes solo llevaban un vestido de lino y unas sandalias de papiro y les estaba prohibido otro vestido u otro calzado. El lino blanco es asimismo el último vestido en las vendas de las momias (trescientos metros de vendas para el pueblo llano y más de mil metros para un faraón).
Empezaremos por describir el traje masculino. La principal pieza es una faja de lino estrecha y larga, arrollada alrededor de los riñones: la shenti. Una de las extremidades de la tela está doblada sobre sí misma de manera que forme una lengüeta saliente que, colocada sobre el vientre, permitirá ceñir la vestidura; a continuación se pasa el tejido entre las piernas, después se da vueltas varias veces alrededor del cuerpo, y finalmente, se ajusta bajo un cinturón, dibujando oblicuamente en la parte delantera del cuerpo unos pliegues en forma de abanico.
Llevada sobre la sentí, la túnica no aparece hasta la segunda época tebana (1580-1090 a. C.); es una vestidura de lujo, hecha con tejido de lino muy ligera y transparente, se llama kalasiris y se compone de un largo trozo de tela doblada en dos y cosida por los bordes, reservando dos anchas aberturas para pasar los brazos y dejando una hendidura para la cabeza. Un simple cordón fija la túnica alrededor del talle. Se rompe el aspecto monótono quebrando la tela con numerosos pliegues paralelos que se mantienen con un engrudo a base de goma. Se sabe también de la existencia de un tejido parecido al crespón que aparece en los frescos de las necrópolis tebanas hacia el reinado de Tutmosis I. Como la kalasiris era muy larga y ancha, los egipcios la ciñen con un cinturón formando un delantal triangular, del que las traducciones plásticas acentúan su rigidez.
El manto egipcio es designado por los griegos con el nombre de sindon, palabra que significa, esencialmente, tela de lino, que evoca una sábana, un sudario, etc. Es un rectángulo cuyo borde superior a veces está adornado con flecos. Estos flecos son franjas de trama en forma de rizos que aparecen en un solo lado y en sentido longitudinal; el hilo de la trama está, en el otro borde, normalmente unido a la urdimbre más exterior, mientras que en los dos ángulos se fijan cordones. Expresa la idea de arrollar y envolver. En efecto, el sindon rodea el talle como si fuera una especie de refajo; puede estar también ceñido muy arriba y mantenido por un delgado cordoncillo que pasa alrededor del cuello (adorno muy frecuente en los altos funcionarios), e incluso puede colocarse liso sobre los hombros como una ancha capa, a menos que, dejando un hombro al descubierto, se eche sobre el hombro opuesto a la manera del himatrión griego. Finalmente, se conoce un arreglo análogo a la faja hindú: la tela se arrolla primero alrededor de las caderas y se lanza después al bies a través del torso. Cae en la espalda por encima del hombro izquierdo; con la mano derecha es llevada a la parte delantera del cuerpo, donde se fija. Doblado sobre sí mismo a lo largo, puede asociarse con las kalasiris; envolviendo las caderas y anudado en la parte delantera del cuerpo, forma un abultamiento apostillado.
Nos referimos al traje especial del faraón: la sentí. Esta vestidura constituye a veces por sí sola el traje de los reyes. En todas las épocas de la historia de Egipto, los faraones se han representado de este modo; la sheti se mantiene entonces en el talle por cinturones de diversas formas que caen por delante y llevan la insignia de la realeza.
El calambé real es muy diferente de la sheti en su disposición y en su aspecto.
Está adornado con rayas amarillas horizontales, casi siempre azules, amarillas y verdes, separadas por estrechas bandas blancas y a menudo provisto de tiras de un simbólico rabo de toro. Un cinturón estrecho de contacto con la misma piel es necesario para el ajuste de esta prenda real. Sobre el vientre se inserta una falda de tela en el interior del cinturón. Este faldón es bastante largo para pasarlo entre las piernas y fijarse en la concavidad renal bajo el cinturón. En la parte delantera del cuerpo, el tejido que cae por encima del cinturón se arrolla alrededor de las caderas; después, vuelto a su punto de partida, se levanta y se vuelve a pasar por el interior del cinturón de manera que forme una punta mediana que aparece en el escote del calambé real, que finalmente se sostiene con un segundo cinturón estrecho y atado con un nudo.
La almalafa real —el término almalafa se emplea por analogía con la vestidura adoptada por los árabes— era un vestido elegante y frágil que llevaban encima de la sentí los príncipes de las dinastías XVIII y XIX (1580-1205 a. de C.) y se debe, sin duda, al gusto de Amenofis IV por vestirse como una mujer. A pesar de su aspecto complicado, solo está formado por un trozo de lino transparente, sujetado por un solo nudo. Un ángulo del rectángulo se coloca en el hombro izquierdo, a continuación se arrolla alrededor del talle y, para fijar esta primera falda —bastante corta—, se sostiene el pliegue del talle con un cinturón, cuya parte colgante se adorna con cintas multicolores que brillan bajo la onda de muselina. A continuación, sube la tela por debajo del brazo y, desplegada a todo lo largo, forma una segunda vuelta, mucho más ancha que la primera; lo que queda del ropaje se sube por el hombro derecho y se anuda sobre el pecho sobre el ángulo colocado en el hombro izquierdo y lo cubre con una manga ahuecada, mientras que el segundo rectángulo cae libremente por detrás del hombro derecho.
En cuanto al traje sacerdotal, el manto arrollado en el talle sobre la sentí es el arreglo más habitual de los sacerdotes; un chal echado a través en el pecho, al estilo de un tahaiti, y una piel de pantera distinguen los grados elevados de la jerarquía sacerdotal con un collar trapezoidal y calado: el collar sha, netamente distinto del collar usekh, al que a veces se superpone.
Es difícil precisar a partir de qué época el manto ceñido sobre los pectorales se convierte específicamente en sacerdotal. Los sacerdotes isíacos se envuelven a veces con un trozo de lino largo y estrecho colocado sobre los hombros, por uno de los pequeños lados, cayendo las dos puntas sobre el pecho. Un cinturón aplica en el talle la anchura de la tela, llevando así los dos lados largos del manto a la parte delantera del cuerpo, donde se cruzan.
El traje militar es muy somero hasta Ramsés II, quien instituye el primer ejército regular, y no evolucionará hasta la época griega. Se compone de un taparrabos, generalmente blanco, y a veces, rayado o de color. Se sujeta con un cinturón de tela o cuero. A veces el taparrabos se refuerza con una especie de delantal de cuero que cae por detrás hasta la corva; para los oficiales es más largo y está adornado con colas negras y blancas. El casco se sustituye por una peluca acolchada o por un gorro de tela espesa.
Los oficiales superiores se revisten con la kalasiris, sobre la que adosan una larga coraza abigarrada hecha de cuero. Las armas honoríficas realzan aún más el resplandor de su indumentaria. El cuerpo de élite (la guardia extranjera de Ramsés II, por ejemplo) tienen derecho al uso de la coraza; el armamento de esta guardia se completa con un tocado provisto de cuernos, un escudo y una larga espada de hoja triangular.
El faraón lleva el torso cubierto por un chal entrecruzado de cuatro metros de longitud, que se estrecha en los extremos; la sentí se arrolla alrededor de los riñones y encima del conjunto lleva la kalasaqui; su cabeza se cubre con la tiara de combate o tiara azul. Raramente se da al faraón, como arma defensiva, el brial de cuero adornado con escamas de hueso o de metal, ya que es una protección despreciable para el hijo de Amón, cuya sola vista propaga el terror en las filas enemigas.
El traje femenino es más simple y menos variado que el de los hombres; se compone de una típica tela de lino cuyo aspecto de faja han resaltado los artistas egipcios, haciendo sobresalir la plenitud de los senos, moldeando el talle, las caderas y los muslos; estos vestidos debían de tener, en realidad, una anchura suficiente para permitir la facilidad en el andar. Ya escotados en pico sobre el pecho, ya suspendidos por los hombros en largas bandas de tejido cubriendo enteramente los senos, o también, sujetos por un estrecho tirante sujeto al bies, los vestidos para las mujeres del pueblo, son blancos o de color crudo, pero una ancha redecilla de perlas multicolores alrededor del talle forma una ancha zona de color. Las mujeres de calidad usaban telas realzadas con dibujos variados, tejidos o bordados.
Se podía crear también oposición de color entre la falda y los tirantes y anudar cintas de colores alrededor del talle (esta última moda es característica de la XVIII dinastía). Las mujeres de cierto rango del antiguo Imperio (2980-2975 a. C.) llevaban vestidos de color rojo vivo o azafrán; más tarde, las blusas de las reinas se cubren con una decoración sobrepuesta imitando las alas de Isis replegadas y cruzadas alrededor del cuerpo. El nuevo Imperio hace aparecer amplias túnicas transparentes y un vestido que pasa por entre los senos, unido al cuello por una punta mediana.
A partir de la dinastía XVIII se afirma el gusto por las telas ligeras, como el crepón, y adornadas por fajas. Las mujeres llevaban entonces sobre la blusa anchos ropajes transparentes que las cubrían por completo y se ataban sobre el pecho a la manera de una almalafa real.
La almalafa de Isis es una prenda de tela de tres metros de longitud por 1,30 metros de anchura, se coloca por el pecho por la mitad de su largo, después los dos faldones se cruzan por la espalda, se pasan por los hombros y se anudan por el pecho por una parte de borde horizontal cruzando el torso.
Para el plegado, el ropaje parte del hombro derecho, rodea la axila del mismo lado, se anuda sobre el pecho con la esquina inicial, después se arrolla alrededor de cuerpo y, finalmente, se echa sobre el brazo izquierdo, el que inmoviliza.
Sucediendo al plegado de la almalafa doblada tiene el mismo punto de partida, pero el faldón de tela, en lugar de echarse sobre el brazo izquierdo, se lleva al contrario, hacia atrás doblado sobre sí mismo, y se pasa sobre el hombro izquierdo, para ser finalmente anudado bajo el seno derecho con la parte superior del pliegue.
Basta con llevar a la izquierda el ángulo inicial del ropaje para obtener el mantón plegado, que deja al descubierto el hombro y el brazo derecho.
Se puede obtener un resultado parecido con la ayuda de la kalasiris o de un vestido en punta entre los senos y un mantón estrecho, colocado al bies en la espalda por su lado pequeño y anudado bajo el pecho.
Finalmente, señalamos que se han encontrado en las tumbas de los Imperios Antiguo y Medio vestidos cuya equivalente figura no se ha construido todavía: son túnicas rodeadas de pliegues horizontales y compuestas por dos piezas distintas: una falda ancha cosida a un corpiño corto, con mangas estrechas y largas.
A causa del calor y como medida de limpieza, hombres y mujeres se afeitaban la cabeza. Las pelucas masculinas del antiguo Imperio se componen de pequeños mechones puestos unos sobre los otros, y el conjunto constituye una especie de gorro; o bien separadas por una raya en medio, se dividen en largos cordones formando, a cada lado de la cabeza y a la altura de las orejas, una masa espesa. En la misma época, aparece sobre la peluca de las damas de calidad una corta franja de cabellos verdaderos o de dos bandas pegadas formando un impecable corchete.
El nuevo Imperio peina a los hombres con pelucas largas o cortas pero lisas. Las mujeres llevan pelucas muy decorativas y largas, terminadas con pasamanería y, a veces, guarnecidas con una triple franja de color. Para alegrar esta gran masa de cuerdecillas negras, añade flores de loto o bandas de tintes vivos. Las reinas llevan magníficos tocados, pero sobre todos ellos, uno considerado como sagrado: un buitre de orfebrería cuyas alas desplegadas encuadran el rostro y cuya cabeza se yergue sobre la frente.
El faraón reinante en el Bajo Egipto lleva la tiara blanca adornada con el Uraeus; la tiara blanca provista de un callado caracteriza la autoridad del Alto Egipto. Estas dos tiaras se reunirán en un tocado simbólico, el Pschent, en el reinado de Menes, hacia el años 3400 a. C. El tocado Klaft es un cuadrado de tejido rígido decorado con ricas listas paralelas y con un gavilán de oro tejido que, con sus alas, protege la cabeza real; en la frente, como alhaja de oro incrustado de pedrería y esmalte, se yergue la serpiente sagrada. La tiara azul o Khepresh no aparece en los monumentos antes del segundo imperio tebano; tiene carácter militar, pero frecuentemente se asocia al traje de gala del Nuevo Imperio, especialmente por el faraón herético Akenatón.
La gente del pueblo va descalza; las clases superiores llevan sandalias de palmera o de papiro, cuya extremidad doblada protege los dedos.
Las joyas son numerosísimas y variadas. Para su confección se emplea el oro y las piedras opacas azules y verdes, la amatista, el granate, el cristal de roca, la obsidiana, el ámbar amarillo y una gama rica de cristales coloreados. No se encuentran diamantes, ni rubíes, ni zafiros.
Afortunadamente, disponemos de mucha información sobre el traje del antiguo Egipto a través de estatuas y pinturas murales al fresco, de las cuales se han conservado un gran número de ejemplos gracias a su clima extremadamente seco. La documentación disponible es mucho mayor que en el caso de cualquier otra civilización antigua, y su rasgo más llamativo es un inmovilismo, de modo que los cambios apreciables a lo largo de un periodo de casi tres mil años son mínimos.
Tras la conquista griega, el traje egipcio fue cambiando paulatinamente como consecuencia de las influencias extranjeras; si bien el conservadurismo extremo de este pueblo mantuvo las antiguas tradiciones, al menos en las ceremonias y de gala.




















