Sociedad — 13 de febrero de 2026 at 00:00

Sobre la Fidelidad: ¿A quién somos fieles?

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Rafael Sanzio - Escuela de Atenas (1509-1511). Uno de los grandes exponentes de la fidelidad a la verdad.
Rafael Sanzio – Escuela de Atenas (1509-1511). Uno de los grandes exponentes de la fidelidad a la verdad.

La fidelidad es una cuestión que genera controversia y malentendidos tanto a las sociedades occidentales como a las occidentalizadas. ¿Qué debemos entender por fidelidad? ¿Cuáles son las líneas rojas a partir de las que debemos considerar que dejamos de ser fieles? Reflexionaremos sobre estas cuestiones con el objetivo de tener un marco de referencia más claro al respecto.

La etimología de fidelidad viene del latín, fidelĭtas, cuya raíz es fides, ‘lealtad’, el sufijo –alis, ‘relativo a’ y, finalmente, hay que añadir el sufijo -dad, ‘cualidad o condición’.

Según la Real Academia Española (RAE), fidelidad significa «lealtad, observancia de la fe que alguien debe a otra persona». Y fiel es un adjetivo que significa «que guarda fe, o es constante en sus afectos, en el cumplimiento de sus obligaciones y no defrauda la confianza depositada en él».

Dos cuestiones llaman poderosamente la atención tras estas definiciones. Se observa que el concepto «fe» es reiterativo, es decir, la «creencia». Y la segunda es que la fidelidad se relaciona con el otro. Así que la fidelidad se construye desde la creencia en el otro; por lo tanto, una primera reflexión que surge es que la fidelidad es una cuestión que se relaciona con la moral, es decir, con la aplicación del bien y el mal. Si obramos desde el bien, y el otro cree en nosotros, seremos propensos a ser fieles al otro. Si obramos desde el mal, y el otro cree en nosotros, se generará el caldo de cultivo para la infidelidad.

El concepto de creencia también es extenso, aunque su mayor afectación es la convicción en algo, que en el caso que nos ocupa es en otra persona. Se relaciona íntimamente con la esperanza, que, según la RAE, significa «estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea». Así que, en el fondo, la fidelidad se relaciona con la disposición a que se cumplan nuestros deseos. Si pretendemos la fidelidad de un esposo/a, pareja, amistad, jefe o compañero de trabajo, vecino, votante, hincha… deberemos observar que los deseos de ambas partes —basados en un juramento, promesa, compromiso, contrato o palabra dada— se cumplan.

De este modo, ser fiel a otra persona significaría que nuestras acciones y comportamiento cumplen los deseos de esa otra persona, y para que ello se cumpla debe haber un «pacto» que quede claro entre las partes, cuyas expectativas generadas a cada parte serán el fundamento de sus deseos y voluntades.

Si el pacto se incumple o si las expectativas no están alineadas con los deseos, es cuando una o ambas partes sentirán que la fidelidad no está presente.

Llegados a este punto, se abren dos grandes cuestiones ante nosotros. Toda esta concatenación de definiciones y significados están relacionados con el otro. Pero ¿debe relacionarse la fidelidad solo con el otro? ¿o, por otro lado, la fidelidad también debe ser con uno mismo? ¿Se puede pedir fidelidad al otro si uno mismo no es fiel a sí mismo?

Fidelidad hacia el otro

Desde una perspectiva científico-materialista, el otro se refiere a otra persona física. Así que todo lo expuesto anteriormente se aplicaría a la relación de uno con su entorno. Un club deportivo mantendrá la fidelidad de sus seguidores siempre y cuando no defraude sus deseos. Un matrimonio será fiel mientras no se incumpla el pacto que se han dado las partes. Un votante seguirá siendo fiel a un partido político si este cumple con las expectativas que genera. La fidelidad estaría entonces siempre en relación con los deseos que pondría uno respecto a los demás.

No obstante, habría que apuntar aquí que, si uno no es fiel a sí mismo, difícilmente podrá ser fiel a los demás. En este caso, ser fiel a uno mismo significaría que uno tiene que cumplir sus propios deseos para con él mismo, es decir, cumplir aquellos deseos que reconoce como coherentes con su propio compromiso interior. Si uno se compromete a perder peso y para ello debe dejar de comer dulces y empezar a correr, desde el momento que incumpla su propio compromiso estará dejando de ser fiel a él mismo. Y por ello, partiendo de que la mayoría de seres humanos se quieren más a ellos mismos que a los demás, implicaría que el ser que fuera infiel a él mismo, muy probablemente, también lo llegaría a ser con los demás.

Vayamos un paso más allá. Desde la tradición filosófica, se coincide en que el ser humano es algo más que un ente psicológico y social. Se puede entender que la composición de un ser humano tiene diferentes entidades. La constitución septenaria, la cábala judía, el gnosticismo, el taoísmo, la tradición griega, la triformación antroposófica o la psicología integrativa son algunos ejemplos del legado filosófico que indican que el ser humano tiene una parte física, una etérica y otra parte espiritual. Sin entrar ahora aquí en los matices de las diferentes estructuras mencionadas y asumiendo, como hacen muchas tradiciones filosóficas y espirituales, que el ser humano tiene una existencia más allá de la realidad física y que pasa por múltiples reencarnaciones en el plano terrenal, cabría la posibilidad de reflexionar más profundamente sobre la fidelidad de uno con uno mismo.

Si un ser, desde un punto de vista kármico, traza una hoja de ruta para su próxima encarnación, parecería adecuado decir que ser fiel a uno mismo implicaría cumplir los deseos trazados en esa reencarnación en el plano terrenal. Si en lugar de cumplir con la hoja de ruta trazada —lo que también podría asemejarse al Dharma—, ese ser se desviara, significaría que no está siendo fiel a él mismo. El karma, en este caso, devolvería a este ser a su senda. Por consiguiente, podría entenderse que el karma actúa como una fuerza que nos empuja a ser fieles a nosotros mismos.

El deseo como fuerza fidelizadora

La tradición etimológica de la lengua castellana indica que la palabra deseo proviene del latín desĭdĭum, deseo erótico, que deriva del latín clásico desidia, entendido por indolencia, pereza, asociado en la Antigüedad al libertinaje, la voluptuosidad, conforme a la doctrina moral de que la ociosidad es el incentivo de la lujuria. Y su uso semántico se amplía si combinamos tradiciones etimológicas europeas con el influjo analógico del verbo desiderare, ‘echar de menos, echar en falta, anhelar’. Un verbo que se compone de sidus, sideris, ‘astro’, y sobre el que planea una hipótesis filológica sobre la que no hay acuerdo unánime ni oficial, que podría significar originalmente ‘dejar de contemplar, dejar de ver los astros’.

Auriga de Delfos 470 a. C. Símbolo de autocontrol.
Auriga de Delfos 470 a. C. Símbolo de autocontrol.

Lo más aceptado sería, etimológicamente, entender el deseo como una falta, una ausencia. Queremos y aspiramos a lo que no tenemos. Se podría asociar a un plano material, mental, terrenal.

De este modo, si somos capaces de transformar el deseo, alejándolo de un plano estrictamente mental para elevarlo a nuestra esencia como seres espirituales, nos liberaría y nos conectaría con nuestro propósito como seres humanos, con esa hoja de ruta anteriormente mencionada.

Deseo y espiritualidad

La tradición teosófica nos indica que la mente de deseo piensa en función del placer y del interés personal. Así, el deseo, mental, nos atrapa, y de ahí nace el dolor. Por eso, quienes viven únicamente de forma material están destinados a sufrir. No se trataría entonces de eliminar el deseo, sino de convertirlo en aspiración, en fuego orientado hacia el bien, hacia lo que trazamos nosotros mismos en un origen espiritual.

Plotino dice que, cuando el alma se identifica en exceso con el mundo material, el deseo se distorsiona y se convierte en posesión o dependencia. Pero cuando el alma se purifica, cuando desea reconocer su propia luz, el deseo se transforma en contemplación. Curiosamente, la etimología de contemplación proviene también del latín contemplatio, acción y efecto de mirar con atención, con base en el prefijo -con ‘todo, junto’, templum, ‘templo, lugar sagrado para ver el cielo’, más el sufijo –ción, ‘acción y efecto’. De tal forma que la hipotética relación de «deseo» con dejar de ver los astros podría relacionar la «contemplación» con ver el cielo y, por afinidad, podríamos añadir, los astros.

El sabio griego afirma que el alma se eleva hacia aquello que ama, y en este viaje, el deseo es el vehículo de su ascensión. Cuando el alma llega a contemplar la belleza interior, el deseo se disuelve en contemplación. Pasaríamos de «dejar de ver los astros» a «volver a verlos».

Como decía Spinoza, no es la ausencia de deseo lo que nos hace libres, sino comprender sus causas, ya que entiende el deseo como la misma esencia del ser humano, «en cuanto que se concibe determinada por cualquier afección suya a hacer algo». Por tanto, si nos adentramos en la dimensión plena del deseo y somos capaces de huir de las limitaciones materiales —es decir, comprender que el deseo va mucho más allá de querer cosas materiales como viajar, un coche nuevo, una pareja perfecta, una noche loca, dinero—, el verdadero control del deseo no viene de la represión moral (entendida como lo que está bien y lo que está mal), sino de la unidad entre pensar, sentir y querer, tal como lo define Rudolf Steiner.

Fidelidad al espíritu

Precisamente, el lema de la escuela Nueva Acrópolis es «pensar, sentir y actuar». Cuando estos tres polos actúan en armonía, actuamos desde el espíritu libre. El deseo, por tanto, no se niega, sino que se purifica a través de la conciencia. En palabras de Steiner, «el acto libre es aquel en el que el deseo ha sido penetrado por la luz del pensamiento».

Por tanto, controlar el deseo es elevarlo a conciencia. No hay libertad sin deseo, pero tampoco hay libertad si el deseo domina. El punto de equilibrio es el acto libre. Cuando el querer nace de la intuición espiritual y no del impulso egoico, el ser humano se convierte en creador de sí mismo. La fidelidad es, entonces, fidelidad al espíritu.

La fidelidad es como un espejo del alma; los demás y también nosotros mismos podremos ver en él nuestros sentimientos y nuestros pensamientos reflejados en nuestras acciones cotidianas.

Vamos con un ejemplo. Si solo pienso (deseo) a otra mujer que no es la mía, por el simple hecho de «pensarlo», eso ya deja una marca en nuestra alma y, de algún modo, acaba trascendiendo a la realidad material que vivimos. De alguna manera, afectará a mi personalidad y, por tanto, también a mi comportamiento. Si pienso en otras mujeres, si las deseo en mi interior, puedo disimular ante los demás, pero tarde o temprano ese impulso (en este caso, reprimido) que he escondido dentro de mí acabará saliendo de una forma u otra. Y cuando salga, puede ser un auténtico drama.

Todo esto nos lleva a que, si el deseo está en los cimientos de la fidelidad, basta con ser fieles a nosotros mismos —a nuestra esencia, que es compartida con todos— para que esa fidelidad también lo sea con el entorno (la pareja, la familia, el club de fútbol, la política…).

Si seguimos la tradición filosófica, el verdadero sentido de la fidelidad no es obedecer ni mantener una lealtad ciega, sino permanecer en coherencia con la esencia espiritual, con lo que «somos» en el fondo.

Se puede entender que una brújula no lucha contra el viento, simplemente sabe dónde está el norte. Imaginemos que vamos en una barca por el mar. El viento hay que entenderlo como los deseos cambiantes, las emociones, las modas, los convencionalismos. Todo lo relativo a «lo material». Pero la brújula interior, que representa nuestra conciencia, apunta siempre hacia el norte, es decir, hacia la verdad del ser. Cuando nos movemos fielmente a ese norte, podemos adaptarnos al viento sin perder el rumbo. No luchamos contra el viento (el deseo), sino que lo aprovechamos. El viento no es malo, es un medio para un fin.

William Blake - El Anciano de los días (1794). La representación de la conciencia creadora aquí nos evoca a esa fidelidad a nosotros mismos.
William Blake – El Anciano de los días (1794). La representación de la conciencia creadora aquí nos evoca a esa fidelidad a nosotros mismos.

Ser fiel, aquí, no es resistirse a la vida, sino navegarla desde un centro estable, donde el deseo ya no es un impulso ciego (material y egocéntrico), sino una voluntad lúcida (conciencia).

Conclusión

Respondiendo a la pregunta socrática de este artículo, nuestra reflexión sugiere que si somos capaces de arrinconar el deseo en su naturaleza puramente mental y logramos elevarlo a su naturaleza espiritual, no nos encontraremos en la bifurcación de tener que escoger a qué somos fieles, porque «seremos» aquello que debamos «ser», que es lo único a lo que deberíamos ser fieles.

Todo esto es muy sencillo de decir, pero muy complicado de aplicar. Como todo, necesitamos entrenamiento, cada día, para que nuestro pensamiento imaginativo lo vaya interiorizando. No se trata solo de «entender» o intelectualizar todo esto, sino de incorporarlo en nuestro interior para que se haga vivo y se manifieste en nuestro pensar, sentir y actuar. Y es que, como dijo Goethe, «saber no es suficiente, también debemos aplicar. Querer no es suficiente, también debemos hacer».

Bibliografía

Livraga, J. Á. ¿Predestinación o libre albedrío?

Plotino, Enéada VI, Sobre el Bien o el Uno.

Schopenhauer, A. (2004). El mundo como voluntad y representación I.

Steinberg, D. La fidelidad, espejo del alma.

Steiner, R. (2002). Filosofía de la libertad.

Spinoza, B. (2000). Ética demostrada según el orden geométrico.

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