
Se necesita conocer y profundizar en muchos aspectos de la vida, costumbres e ideas para entender el alma de un pueblo, pero en el caso vasco solo es imprescindible conocer el arquetipo de la Gran Madre Mari. La cultura vasca se define como matriarcal-naturalista y comunalista, es decir, que solo encontramos algo semejante en las prodigiosas culturas mediterráneas cuyos ejemplos más claros fueron tragados por el tiempo hace más de cuatro milenios. Esto hace de la tierra vasca y sus gentes un reducto donde han permanecido con vida o en latencia cultos ancestrales a la Gran Diosa Madre, ya desaparecidos.
La recopilación más importante que se ha hecho de la mitología vasca y sus símbolos se ha realizado durante el siglo XX, lo cual indica que si los mitos, símbolos y creencias tradicionales han llegado hasta nuestro tiempo es porque ese trasfondo antropológico subyace aún latente en la psique y experiencia profunda de la vida de los vascos. Todos los estudios realizados han sido posibles gracias a que se ha mantenido la tradición oral, que es un modo específicamente femenino.
No hablaremos de matriarcado sino de matriarcalismo, porque no se trata de una sociedad realmente dominada por la mujer, una imposición de lo femenino sobre lo masculino, por otra parte muy difícil de encontrar. Al decir matriarcalismo nos referimos a una estructura psicosocial en la que el arquetipo femenino tiene una gran fuerza e impregna, coagula y cohesiona el grupo humano según su modo característico, es decir, que actúa como motor, de manera profunda e intensamente vivida.
Se trata, pues, de una estructura que si bien da cuenta de fenómenos relevantes, no aparece a simple vista como hechos, pero es una «hechura», es una actitud, un ideal que hay que auscultar y descubrir, no es un objeto determinado sino una experiencia; como la Gran Madre (Magna Mater), que no es una diosa grande y voluminosa, aunque así se la represente a veces, sino un arquetipo.
La figura mítica de Andra Mari (A-Mari) o Amaya (A-Maya), personificación de la Magna Terra (Ama Lur) y sus energías vitales, ofrece rasgos y reflejos de la diosa y su culto desde el Paleolítico. La sociedad paleolítica vasca estaba organizada en torno a una comunidad de númenes, signos mágicos y estilos artísticos que la vinculan, ya en ese tiempo, con la gran diosa Mari en su aspecto de «señora de los animales».
Este culto, que ha permanecido desde entonces hasta nuestros días, pasando por el accidentado encuentro con el cristianismo, es un modo de entender el mundo donde no hay realmente conflicto entre lo masculino y lo femenino, sino una experiencia de totalidad de lo uno y de lo otro, una experiencia mandálica que no rechaza ningún aspecto de la dualidad.
Pero nuestra civilización materialista y excluyente del aspecto profundo de la vida ha ido abatiendo y desterrando la posibilidad de esta vivencia de completura aun allí donde se ha mantenido con vida.
Este rasgo del pueblo vasco ha hecho decir a antropólogos y hermeneutas, estudiosos del aspecto profundo de las manifestaciones de lo sagrado, que, al conocer la tradición del pueblo vasco, no estamos yendo hacia el pasado, sino que nos inspiramos e instruimos para construir el futuro, ya que esa concepción de la realidad, donde conviven y tienen gran protagonismo ambos aspectos de la dualidad y que se ha mantenido en el pueblo vasco, es a la vez símbolo y guía para una humanidad futura integral.
Para comprender cómo vive y se expresa en el pueblo vasco este proceso, desarrollaremos algunos puntos fundamentales porque es imposible abarcarlos todos:
* La vida gira en torno al arquetipo de la Gran Madre (la diosa Mari), no solo como representación de las fuerzas naturales (madre, tierra, mar, naturaleza), sino como encarnación de esas fuerzas naturales y del poder que las mantiene, pues también personifica la energía cósmica femenina en cuanto Mari-Sugarra (Llama de Fuego) o principio ígneo.
* La diosa Mari encuentra su encarnación concreta en la madre-mujer vasca, la Etxekoandre, guardiana y sacerdotisa del hogar en torno a la cual gira la vida de la familia: etxe (‘casa’), andrea (‘señora’). La casa, en euskera, no hace referencia a un lugar físico, es una entidad y tiene personalidad jurídica; por eso no se puede dividir en la transmisión de la herencia. Señora tiene rango de sacerdotisa.
* Desarrollo de cualidades del arquetipo femenino como poderes especiales para resolver dificultades en todos los órdenes de la vida, incluidas las curaciones, basándose en una sabiduría más específicamente femenina (brujas para el cristianismo).
La gran dama, «señora del mundo»
El nombre de la diosa Mari no es diminutivo del cristiano «María», sino que procede de los ancestrales «Maire», constructores de dólmenes, «Maide», constructores de crómlech, y también de «Maidi», las almas de los antepasados que visitan de noche sus antiguos hogares.
Se han encontrado estelas, pilares o columnas, y también menhires de piedra que han sido utilizados, como en otras culturas, para representar a la diosa prehistórica. Su mito es eterno, pues está entrelazado con el destino de la humanidad. No importa el nombre que tome, desde hace mucho tiempo es Mari y así se la recuerda e invoca. Se le da el título de «dama» dadora de vida y educadora, es «la Señora del mundo», que merece nuestro respeto cuando cruzamos los umbrales de sus dominios.
Reside y se mueve por un sinfín de montañas y cuevas que componen nuestra geografía, especialmente en los lugares internos de la Tierra que se comunican con la superficie terrestre por medio de cavernas y simas. Según la tradición del País Vasco, la Tierra contiene tesoros, y hay montañas y cuevas en las que se guardan pellejos de buey llenos de oro. Mari custodia esos tesoros para que la codicia de los hombres no logre sus propósitos. Este oro que permanece en las entrañas de la Tierra es símbolo de la riqueza que contiene Mari como Entidad Superior.
Hay muchos lugares donde la diosa se ha dejado ver, pero las leyendas más características la sitúan en las cuevas de Balzola (Dima), cueva de Supelegor (Orozco) y en las peñas del monte Amboto (Abadiño). Mari se traslada por los aires sentada en un carro tirado por cuatro caballos para cambiar de morada:
«Siete años pasa en Amboto, siete en Oiz y siete en Mugarra. Unas temporadas las pasa en Aralar, otras en Aitzkorri y otras en Murumendi».
Con respecto al número siete, existe una leyenda que dice que de la ermita de San Sebastián partieron siete Andra-Marik, «Señoras Mari», cada cual a su mansión: a Aránzazu, a Liernia, a Eitzaga, a Kizkitza, a Larraiz, a Erdukuden y a Aitziber.
Cada morada es una montaña con un profundo calado ancestral, porque hay un vínculo casi devocional entre el hombre vasco y la montaña. Es el sentido ascensional, espiritual, que todo pueblo tiene, un sentido de unión con lo más elevado, y es en esa cumbre donde moran los dioses, los arquetipos que persigue. En el País Vasco, todos esos arquetipos encarnan en la figura de Mari. Ella es la elegante Dama, la señora de las profundidades, la guardiana de un código de conducta, la Viajera, la reina de todos los genios de la naturaleza…
Podríamos definir el arquetipo de la Gran Madre como «protector», cuyo símbolo suele ser la vasija y, por extensión, todo lo emparentado con ella, porque es alimento y receptáculo. Todo lo que es refugio, sede o abrigo: la montaña que acoge, la gruta o cueva donde se gesta una nueva vida, la piedra que sirve de apoyo y descanso, el árbol que cobija, los animales benéficos, etc., la representan, porque la Gran Diosa Mari es la divina manifestación de Ama Lur, la Madre Tierra Naturaleza y sus fuerzas personificadas.
Es un espíritu que crea unidad y comunica todos los reinos (mineral, vegetal, animal, humano y divino) a través de la ley mágica de la «simpatía», que logra el equilibrio entre todos los seres. De ahí que Mari se transforme en piedras y árboles, estalagmitas y animales, plantas y nubes, aire y peces, vida y muerte.
La Gran Diosa vasca tiene también un trasfondo telúrico-lunar relacionado con el ciclo de vida y muerte. Domina no solo los cuatro elementos, sino también los cuatro puntos cardinales, haciendo girar el mundo en torno a un «agujero», seno o útero materno, como símbolo del mito de la creación. Es la vida cíclica y, por lo tanto, está entrelazada con el principio femenino de regeneración que se expresaba a través de cultos lunares. En la luna se manifiesta la transformación, lo variable, el cambio, y Mari toma forma en todos los reinos: como la luna, es cíclica, cambia y se transforma. Cuando la luna llena brilla, en el cielo nocturno es símbolo de la expresión plena de la fuerza femenina, que también puede ofrecer luz en los momentos de oscuridad.
Señora de todos los diosecillos, númenes, genios y otras fuerzas personificadas, es la Madre de todas las cosas vivas, de todo lo que se produce, pero tiene el poder de quitar lo otorgado. La vida es Una, podemos ver cómo viene pero también se va. Mari es dadora de vida y acogedora de vida (muerte), pues recibe en las cavernas a las almas o espíritus de los muertos.
Determina la fertilidad, es la hacedora de la lluvia y el pedrisco, de sus fuerzas telúricas dependen las cosechas, el espacio y el tiempo, la suerte (gracia) y la desgracia. Existen numerosas leyendas en las que propicia el buen tiempo, pero también trae la lluvia, la tormenta, la marea y la inundación:
«Mari, montada en un carro tirado por caballos, cruza los aires dirigiendo las nubes, y si se deja ver es anuncio de próxima tormenta».
«En una ocasión la vieron y le preguntaron: ¿a dónde vas? y dijo: Es que hoy tengo que ir a segar trigo en Navarra. Y aquella misma tarde hizo su aparición el pedrisco y asoló los trigales».
El aspecto de Mari es diferente en sus moradas subterráneas, en la superficie de la tierra o cuando atraviesa los aires. A veces se la ve como una mujer distinguida, en otras ocasiones lleva una capa roja, o aparece como una mujer con pies de ave o de cabra bellamente adornada. En las cavidades, adopta la figura de macho cabrío, caballo, novilla, cuervo o buitre.
Fuera de la caverna es una mujer grande, cuya cabeza esta rodeada de la luna llena. Cuando toma formas vegetales, es un árbol con torso de mujer o un árbol en llamas. En relación con el fuego, es frecuente verla surcando los aires como un haz de llamas, y también se la ha visto transformarse en arco iris.
La diosa Mari está relacionada con la serpiente. Al igual que en antiguas mitologías, se narra cómo toma por esposo a una serpiente y, después de unirse a ella, da a luz a todos los seres vivos. En Euskalherría esta unión está formada por Mari y su esposo Sugaar (el culebro), que es una serpiente macho. Él es quien todas las tardes de viernes peina a Mari, y es en esos encuentros cuando fraguan las tormentas que descargan piedra sobre la tierra.
La simbolización de Mari como serpiente alada, así como su vínculo con el culebro Sugaar o Mayu, compone una figura integradora de los contrarios, que desencadena fenómenos eléctrico-atmosféricos. Otros símbolos de Mari son: la serpiente en llamas, que asociada a la media luna recorre el cielo dominando el espacio; y la hoz en llamas, que es considerada como protectora contra el rayo; por eso se coloca durante las tormentas en la punta de un palo delante de la casa, para evitar que el rayo caiga sobre ella.
Una de las ocupaciones de Mari es hilar. Atiende su rueca y prepara los ovillos de oro colocando las madejas en los cuernos de su carnero, que le sirve de devanadera. Sentada en la puerta de su cueva, teje y desteje en la urdimbre natural de la vida los destinos humanos.
Administra el karma, y esto se expresa en las leyendas diciendo: «Ella vive de lo negado y mentido», de los robos y sustracciones que los humanos realizan a la realidad sin percatarse de que con ello alteran el equilibrio natural. Al asumir lo negado o robado, Mari compensa y equilibra los desajustes, facilitando el tránsito fluido de las energías.
Otra importante actividad de Mari es cocer el pan los viernes, el día de la luna, el verdadero pan que alimenta las almas, y esto se sabe porque enciende el horno y la nube de humo se ve en el monte Otoyo.
Su animal sagrado, el carnero, está cargado de poderes curativos y mágicos. Ella misma aparece a veces como un macho cabrío negro, y como tal era adorada los viernes en los aquelarres, pero posteriormente pierde esta significación primigenia y positiva siendo calificado de «diablo».
De los misterios eleusinos surge el género de teatro denominado «tragedia», y esta palabra viene de tragos, ‘macho cabrío’, y oda, ‘canto’. En euskera el nombre de este animal viene de la raíz Aker-Akher, y hay una ciudad griega llamada Ikaria, que era famosa por sus bailes de fertilidad alrededor del macho cabrío. En todos los casos es un muy viejo símbolo de espiritualidad y aun de iniciación.
La caverna: morada de Mari
Desde la más remota Antigüedad, los vascos han venerado a la Gran Diosa en las cavernas llamadas Marimunduku; los templos de la Madre Naturaleza cuyas paredes son los taludes de las montañas, y su bóveda, la inmensa bóveda de los cielos.
Sus objetos o atributos: los ovillos de oro para hilar, el pan, el cordón umbilical, el peine de oro, etc., tienen virtudes mágicas positivas, y Mari misma está presta a ayudar a quien se encare a ella con talante positivo, es decir, a quien se sitúe frente a la vida que personifica de manera correcta. Con solo pronunciar el nombre de la diosa se invocaba su poder y ella acudía. En su presencia y ausencia, hay que realizar ceremonias y rituales, así como poner en movimiento recursos psíquicos para salir victoriosos del encuentro.
La diosa conoce los corazones de los hombres y sabe, por tanto, si debe o no dejarles pasar al antro iniciático, la caverna. Ella puede impedir la entrada, pero somos nosotros los que en realidad nos lo impedimos con nuestros actos o intenciones. La mentira es fuertemente castigada por Mari, al igual que la falta de espíritu de mutua ayuda, el robo, el orgullo, la jactancia y el incumplimiento de la palabra empeñada.
Las habitaciones donde habita están ricamente adornadas de oro y piedras preciosas. Las camas son de oro y se sienta en un sillón de oro, pero si alguien se adentra injustamente y quiere sacar fuera todos estos objetos, al llevárselos se convierten en palos podridos.
El conocimiento no se puede robar, tiene que estar de acuerdo con las vivencias internas de quien lo pretende y debe amarse respetuosa y humildemente. Por ello, todo lo que se toca con avidez pierde su valor. No hay camino posible para el que no ha purificado su corazón; aquel que niega las verdades, que conscientemente vive en la mentira y sin reconocimiento interno, puede engañar a los demás, pero nunca a la Vida.
Para dirigirse a Mari hay que seguir tres normas de conducta:
* Se la debe tutear.
* Después de la visita hay que salir de la misma forma en que se ha entrado, es decir, sin darle la espalda y caminando hacia atrás.
* Se debe permanecer de pie y no sentarse mientras se está con ella, ni siquiera si nos invita a hacerlo.
El atributo fundamental de la Gran Madre es el de la «conservación», pero es una conservación dinámica que ofrece transformación, porque no solamente «acoge», sino que «transmuta», y en este contexto se sitúan los misterios femeninos con sus ritos de iniciación a la sabiduría. La diosa Mari aconseja y educa, es guía para la transmutación interior, el sol de la iniciación, la madre del nacimiento espiritual.
La educación de las «Mari»
En los relatos tradicionales se cuenta cómo se relacionan los seres humanos con la diosa. En el mundo femenino, la relación es de Maestra-discípula. Todas las muchachas al servicio de la diosa se llaman también «Mari». Las personalidades son relegadas a un segundo plano porque todas han entrado al servicio de la diosa. Son sacerdotisas que se visten un traje de ceremonia, en este caso el traje es el «nombre», como un uniforme que las une en una misma función.
A veces es la madre quien ha prometido enviar a su hija a educarse con la diosa. Entonces la envía a apacentar las vacas cerca de una cueva y Mari sale para llevársela. Hay ocasiones en las que la joven decide ir por propia voluntad para ser educada; se acerca entonces a una cueva, morada de Mari, y si es aceptada pasará varios años en su compañía.
En otras oportunidades, las muchachas son raptadas por Mari después de haber cometido un error e intentar arreglarlo. Así nos cuentan el caso de una muchacha que había perdido una vaca y no quería ir a buscarla, pero luego rectifica. En su búsqueda, encuentra una vaca roja que cree que es la suya, la agarra por la cola y al instante desaparecen ambas, puesto que en realidad esa vaca era Mari. Así es como se lleva a la muchacha a su morada.
Las gentes que no aceptan una vida espiritual llamarán cautiverio al tiempo de estancia en la cueva de Mari, porque no entienden que se necesite un espacio y un tiempo para la vida interior, para la verdadera transmutación, y a los ojos profanos estas ocupaciones serán vistas como un encarcelamiento de la vida.
La mujer que se entrega a esta aventura recibe una educación que le permite vivir los pequeños misterios, desencadenando su propia transformación. La educación, según nos cuentan las tradiciones, consiste en aprender a hilar, aprender a tejer día a día los hilos del destino. La vida ya no será algo inabarcable ni la arrastrará a los abismos humanos. Habrá aprendido a manejarse en medio de las situaciones que se le presentan y a dirigirse a la propia realización humana, colaborando en la realización de los demás.
Concluido el período educativo, la muchacha sale de la cueva con un regalo que le entrega su Maestra. A veces se trata de un puñado de carbón que se transformará en oro cuando se aleje, otras veces es directamente un puñado de oro. En cualquier caso se refiere al proceso de transmutación del ser humano, que, antes de ser educado, se encuentra en estado bruto, sin pulir, pero mediante la educación saca lo mejor de sí mismo, representado por el oro.
El culto: tradiciones y leyendas
El culto a la diosa Mari a veces se funde y otras queda cubierto por la nueva religión, pero de una forma u otra permanecerá vivo. El cristianismo adopta como propios todos los beneficios de la diosa y los renombra de acuerdo a su conveniencia.
Las tradiciones que quedan acerca de su culto consisten en ofrecerle obsequios para evitar el pedrisco. En el pueblo de Muguiro había procesiones a principios del mes de mayo a una sima de Mari. El cura hacía el sacrificio de la misa, y se cuenta que si la diosa se encontraba en ese momento allí no caerían pedriscos en el pueblo.
Antiguamente se depositaban monedas u otros objetos en las cuevas como ofrendas. Esta tradición era muy popular en el País Vasco; se han encontrado monedas romanas en las cuevas de Istúritz, Santimamiñe, Sagastigorri, Sara, etc. Después de la llegada del cristianismo, se hacían ofrendas de cruces o ropa de la gente que estaba enferma. También se recogía el agua que caía de una estalagmita, efigie petrificada de la diosa o de una de sus discípulas, para curar las enfermedades de la piel y de los ojos.
Otro rito es el de lanzar piedras a las cavernas y a los dólmenes diciendo: «Esto para Ti, yo para Dios». Un rito parecido es el que realizan las mujeres que desean tener hijos: tiran piedras a una charca sagrada en la que se dice que apareció la Virgen de Ujué.
También se puede pedir consejo o ayuda a la diosa, pues sus oráculos son verídicos y provechosos. Hay varios casos de unos herreros que tenían problemas con su ferrería porque no funcionaba. Fueron a una cueva de Mari para consultarla y les explicó lo que tenían que hacer para resolver el problema. En uno de los lugares donde se cuenta este relato, se trataba de una culebrita que impedía el buen funcionamiento.
Hay otros casos en los que se pide consejo y ayuda para liberar o traer a personas que están lejos de Vizcaya y en mala situación. Se cuenta a propósito de un soldado que estaba en un país lejano y fue traído a sus tierras por Sugaar, el culebro esposo de Mari, que vivía en la cueva de Balzola.
Estos traslados se pueden dar también como premio a la fe de los viajeros que creen en Mari. Así ocurrió con un grupo de amigos que quería atravesar la montaña de Atxorrotx y se encontraron en un instante al otro lado del monte.
En varias leyendas, Mari contrae matrimonio con un hombre mortal con el que tiene siete hijos que no reciben el bautismo. Un día, el marido quiere llevar a los hijos con su madre a la iglesia del pueblo, y en ese momento Mari desaparece envuelta en llamas.
Esta historia, encontrada en varios lugares con la misma estructura, es un intento de conciliar el culto a la diosa con la fe cristiana. Como no se logra, Mari se separa de su marido, envía a sus siete hijos al cielo y ella se retira a la sima de un monte que tomará el nombre de Murumendi.
En otros relatos, contrae matrimonio con el primer señor de Vizcaya, y de esta unión surge el linaje de los señores de Vizcaya, recordándonos las tradiciones que hablan de las diosas lunares que se unen a los reyes.
Hay una leyenda que relaciona a la diosa Mari con don Diego López de Haro, fundador de la villa de Bilbao. Cuentan que, encontrándose don Diego de caza, oyó cantar a una dama desde una roca y, al descubrirla, quedó enamorado por su belleza y elegancia. Le pidió don Diego que se casara con él y la dama aceptó con la condición de que nunca se santiguara. Pasó el tiempo y juntos tuvieron un hijo y una hija, pero un día don Diego, al sentarse a la mesa, olvidó su promesa y se santiguó; entonces, la hermosa dama junto con su hija emprendió el vuelo hacia las montañas, desapareciendo para siempre.
Sin embargo, cuando don Diego fue hecho prisionero por los moros y llevado a Toledo, el hijo fue a pedir ayuda a su madre Mari y ella le regaló un caballo con dotes mágicas con el que el joven pudo rescatar a su padre del cautiverio.
La idea de emparentar dioses con mortales aparece en todas las mitologías para unir el mundo terrenal con el espiritual. El pueblo vasco vincula de esta manera una nueva generación, en este caso la casa de Haro, con la figura de la diosa Mari, renovando así la tradición sagrada al fundarse la villa de Bilbao.
La etxekoandre: guardiana y sacerdotisa del hogar
La diosa Mari es la Gran Madre que enseña la tradición femenina y cómo conservarla. Por eso la mujer siempre fue considerada el alma del pueblo vasco, la que mantiene encendido el fuego del hogar y guarda el vínculo con los antepasados y con lo sagrado.
Se dice que Mari tiene al fuego por hijo natural, al que cuida en el hogar, y así lo hace también la etxekoandre. La etxe vasca, la casa o caserío, representa la cueva o caverna, y la señora o sacerdotisa de la casa es la etxekoandre. La casa como templo es el bien de máxima importancia, es a la vez lugar de comunión entre vivos y muertos, morada y sepultura, templo y cementerio.
La etxekoandre preside los actos y ceremonias sagradas; ofrenda luces y comestibles a los difuntos, bendice a los miembros de su familia una vez al año, adoctrina a todos en el deber de mantenerse vinculados con los antepasados, respetar a los mayores y cumplir con las obligaciones que impone la vecindad. Ella conoce los ritos en el momento de la muerte, sabe leer los movimientos de la vida y está familiarizada con el misterio.
La fascinación y respeto por la diosa en el pueblo vasco hace que la conceptuación de la mujer esté cargada de sacralidad, ya sea en su papel de madre, esposa, hermana o hija, incluso como suegra. En casi todos pueblos, las suegras tienen proverbios humillantes; sin embargo, entre los vascos no se ha recogido ninguno.
La mujer vasca trascendía los actos cotidianos con el saber que había adquirido de su contacto con la diosa. Cuando realiza las actividades aplicando el toque mágico concedido por la «Dama», todo lo que hace es transformador, ya sea hilar las redes de los pescadores, tejer la lana de las ovejas para los pastores, cocinar o curar a través del conocimiento de las plantas que tan pródigamente crecen en sus dominios.
Hay danzas vascas que son realizadas sobre el seno de la tierra, para que despierte y fructifique, por hombres vestidos de mujeres. Este hecho se comprende si se tiene en cuenta que la magia vegetal y animal dependía de la mujer; incluso en el caso de los chamanes, se dice que los poderes que tienen derivan de su ascendencia materna.
Las mujeres vascas están vinculadas a las cuevas, simas y grietas de la tierra, en las que dicen las leyendas que se esconden las brujas. Sin embargo, su diosa Mari, «señora de la cueva», es la que en el proceso de cristianización se convertirá en la Virgen de la Cueva o la Santa de la Sima.
La lamia: mujer de sabiduría
En el idioma vasco está íntimamente relacionado el «ser» y el «nombre» de las cosas: izan (ser) e izen (nombre), es decir, que están cargadas, tienen alma, y el nombre que tienen en euskera llama a esa alma. Este es un modo misterioso y fascinante relacionado con el principio femenino de la naturaleza; por eso entenderemos el embrujamiento o hechizo que tienen las personificaciones femeninas y sus prácticas, solo vistas negativamente por un mundo que ha perdido la originaria capacidad humana de la admiración y del encantamiento.
Es en el mundo subterráneo presidido por Mari donde encontramos al personaje mítico de la «lamia» o «lamiña vasca», la bruja, que hoy se asocia al mundo femenino y sus peligros. Pero ese miedo a la feminidad expresa el miedo a los misterios de la vida, lo desconocido de sus fuerzas ocultas, el inconsciente no dominado que puede derivar en una experiencia maléfica.
Las lamias aparecen realizando un incansable trabajo de peinado. Con un peine de oro se peinan las abundantes trenzas de sus largos cabellos. Son seres míticos a veces subterráneos y otras veces acuáticos, pero siempre hechizadores. Junto a la atracción, hay un peligro que advierte de la posible perversión de lo femenino.
Si se siguen los relatos y múltiples leyendas recogidas en la tradición del pueblo vasco, se ve con claridad el conflicto entre una visión mistérica del mundo y otra que teme el misterio; entre un ser humano en disposición natural hacia el Misterio de la Vida y dispuesto a desvelarlo con valor y entereza, dispuesto a recorrer un camino de superación y conocimiento, y otro ser humano al que se le hace temer el misterio porque todo lo oculto se viste de demoníaco y es el camino del mal.
Hay una lucha sostenida en las leyendas entre estas dos formas de entender la vida. La bruja es una mujer que posee artes naturales y poderes psíquicos que pueden hacer frente a las desdichas y limitaciones del ser humano vulgar, es una heroína en medio de esa lucha ya establecida, una mujer un poco más sabia porque no teme la sabiduría y es discípula fiel de la diosa Mari. Luego, cuando se inclina la balanza del mundo, se mostrará un rostro cada vez más negativo de las lamias y solo quedarán meros conjuros, sesiones inquisitoriales y hogueras purificadoras.
Es curioso el contraste entre las descripciones más antiguas de las lamias como mujeres bellísimas y benéficas, vestidas con ropas luminosas y etéreas, y las representaciones actuales cuando se visitan las cuevas donde, según la tradición, habitaban o realizaban sus encuentros y ceremonias. En todos estos lugares, Zugarramurdi y Urdax (Navarra) o la magnífica cueva de Sara en el País Vasco francés, se venden al turista muñecas de las lamias con rostros que son expresión de la fealdad, deformados y perversos. Sus vestidos son oscuros, en general de color negro, y sus cuerpos también están deformados.
Ya no se busca a la diosa Mari en las cuevas para que nuevas jóvenes se inicien en sus misterios; hoy su culto se dispersa, y el mismo poder que antes se sabía que estaba en cada microespacio de la conciencia de las mujeres de estas tierras, ahora se encuentra en una iglesia mezclado y confundido con otros cultos que nada tienen que ver con ella, salvo el nombre «Andra Mari», Señora Mari, la Gran Dama.
Conclusión
En los símbolos, atributos y funciones de la diosa Mari vemos una relación con todas las grandes diosas de todos los pueblos, desde la Lilitu sumeria, con sus representaciones de la corona lunar, la Kali inda con sus formas de vida, amor y muerte, las divinidades selénicas que tejen el velo cósmico, y las parcas los destinos humanos, hasta Atenea, que lleva la égida de la piel de cabra y representa la tempestad y el rayo, también Cibeles, diosa de las cavernas, y Deméter, y Hécate, y muchas más… Aun como divinidad telúrica y principio de fertilidad, nos recuerda las muy antiguas divinidades de los pueblos mediterráneos: Mah, Ama, Eme, Uma, Mamaia, Innini.
Pero no encontramos en el Pueblo Vasco ninguna otra diosa que encarne matices o versiones del principio femenino; solamente a Mari, pero ella reúne prácticamente a todos en una sola entidad que se ha mantenido sin división.
Una sola diosa que amar y comprender… Este vínculo tan especial con la Madre ha desarrollado la creación de fratrías o hermandades con sentido religioso (re-ligare), que quiere vincular a todos los seres en la existencia, de la misma forma que todos los seres están dentro de la totalidad del cosmos.
De estas hermandades surgieron antaño los Fueros; las muy antiguas Juntas, originariamente reuniones de ancianos-sabios que velaban por la justicia entre los hombres; los «txocos» reservados al rol masculino y que actualmente han derivado en sociedades gastronómicas; y la muy sorprendente relación entre las mujeres vascas, verdaderos núcleos femeninos de camaradería y fraternidad. Todos, naturalmente canalizados según su rol, como si un resto de los pequeños misterios masculinos y femeninos hubiera dejado su huella muy visible y aún perdurase.
Nuestro trabajo quiere contribuir al esfuerzo para recuperar el arquetipo sagrado de la diosa en cada lugar.
Bibliografía
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