
«El Akasa es indispensable agente de toda kritya u operación mágica, ya religiosa, ya profana. La expresión brahmánica “excitar el Brahma” (Brahma finvati) significa despertar el poder latente en el fondo de las operaciones mágicas, pues los sacrificios védicos son magia ceremonial. Este poder es el Akasa o electricidad oculta, el alkahest de los alquimistas o disolvente universal, la misma anima mundo, como luz astral. En el momento del sacrificio está embebida en el espíritu de Brahma y mientras aquel se lleva a cabo es el mismo Brahma. Este es evidentemente el origen del dogma cristiano de la transubstanciación» (H. P. Blavatsky, Isis sin velo).
«Los Vedas fueron escritos en una lengua ya arcaica en la época de su recopilación; su verdadero significado era esotérico y alegórico. Las generaciones posteriores, al perder la clave, se aferraron a la letra muerta y los convirtieron en un registro de ritos y ceremonias carentes de sentido» (Mahatma Letters, cartas de 1881-1882 a Sinnett y Hume).
Este último texto, de uno de los Maestros de la gran sabia rusa, el que ella señala con la letra M., es profundamente revelador. Este «verdadero significado esotérico y alegórico» da una dimensión casi sin medida a los himnos védicos y a los elementos que en ellos aparecen, y que configuraron, no sabemos desde cuándo, sus rituales.
Importantes son, sin duda, aquellos que permiten dar nacimiento a Agni, el dios del Fuego, siendo este la divinidad más importante de todos los Vedas, pues el Fuego es la Esencia o Yo de todo cuanto vive en cualquiera de los planos de conciencia del universo, su eje central y principio animador.
«Y estos1 tres [Flamma, Natura, Mater] son todos cuaternarios completados por su Raíz, el Fuego. El Espíritu, más allá de la Naturaleza Manifestada, es el SOPLO ÍGNEO en su Unidad Absoluta. En el Universo Manifestado, es el Sol Central Espiritual, el Fuego Eléctrico de toda Vida [¿el Sol Negro, centro y eje de giro de nuestra galaxia?]. En nuestro Sistema, es el Sol visible, el Espíritu de la Naturaleza, el Dios terrestre. Y en, sobre y alrededor de la Tierra, el espíritu ígneo de la misma: Aire, Fuego fluídico, Agua, fuego líquido; Tierra, Fuego sólido».
Nos referimos, entonces, a los Aranis, las piezas de madera que al friccionarse hacen nacer al fuego que dormía en su sustancia. Estos Aranis, en las versiones más antiguas, son los dos vástagos o diámetros de la cruz (el horizontal y el vertical), y su roce es el que hace girar la cruz y se convierte en esvástica, el mejor símbolo del dios del Fuego como fricción dinámica del espíritu y la materia.
«Las dos2 líneas que forman la esvástica significan el Espíritu y la Materia, y los cuatro garfios indican el movimiento en los ciclos de revolución […]. Es el Alfa y Omega de la Fuerza Creadora universal, desarrollándose del Espíritu puro y terminando en la Materia densa».
En las versiones más conocidas y rituales, los dos piezas son de forma cilíndrica (simbolizando el principio generador masculino, el Padre, Uttara Arani) y cuadrada (la Madre, el principio femenino, Adhara arani), con una abertura cónica en el centro, que hacen nacer al Hijo, que es el Agni, el Fuego.
Otro de los nombres del Arani vertical y móvil (pues el horizontal permanece inmóvil) es Pramantha, cuya etimología3 es:
Prefijo Pra- (प्र): Significa ‘hacia adelante’, ‘con fuerza’, ‘intensamente’ o ‘progresivamente’. Funciona como un intensificador de la acción.
Raíz Manth o Math (मन्थ् / मथ्): Es un verbo que significa ‘batir’, ‘girar violentamente’, ‘frotar para producir fuego’ o ‘conmocionar’. Es la misma raíz que se utiliza para el famoso mito del Samudra Manthan (el batido del océano de leche).
Sufijo -a: Transforma la raíz verbal en un sustantivo, denotando el instrumento o la acción misma.
H. P. Blavatsky, en su Doctrina Secreta, dice que puede haber una relación entre esta raíz Manth y Manthana, en griego, que es ‘aprender, adquirir conocimiento’, y de ahí Prometheia, conocimiento previo, previsión, dando nombre a otro dios o titán, el que trajo el fuego mental a los hombres, PROMETEO.
Es muy evocador pensar que aprender es hacer friccionar nuestra mente hasta que en ella se enciende un fuego, que duerme en la misma como poder latente. Los tres hijos de Agni o formas del Fuego, Pavaka (Fuego Eléctrico, el Rayo), Pavamana (Fuego por Fricción, el de la madera) y Suchi (Fuego Solar, la Luz), generan cada uno 15 hijos, con lo que en total, con Agni, forman 49 (7 x 7), el equivalente hindú al egipcio de los 49 fuegos de Ptah (el Fuego Universal, su dinamismo en los 49 planos de conciencia de cuanto existe).
H. P. Blavatsky nos dice que uno de los significados del Fuego por Fricción es la fricción entre las dos formas de la mente, la abstracta y la concreta, superior e inferior, Manas y Kamamanas, que permiten el verdadero conocimiento, la vivencia-sentido de lo que se aprende, aquello que permite eternizar las percepciones y pensamientos en ideas sublimes, hacer arder lo que conocemos para que irradie luz (sabiduría) y calor (amor). Todo el proceso evolutivo humano en el reino mental, que es el nuestro, se basa en ese proceso de «encender el fuego», aprehendiendo el sentido de toda experiencia y conocimiento.
Este debe de ser uno de los sentidos de la alegoría en que el rey Pururavas quiere recuperar a la ninfa celeste (apsara) Urvasi, su amada, y recibe de los Gandharvas los dos Aranis. Al frotarlos encenderá un fuego sagrado que le permite convertirse a sí mismo en un ser celestial y retornar al mundo divino. El fuego divino mental de los Manasaputras vuelve a la vida por medio de la fricción de la mente consigo misma (del aspecto superior y el inferior de la misma, como la danza del aire en el agua, del que nace la blanca espuma del mar) y embebida en un ideal que permita sostener esa llama y que esta se eleve al cielo. Sin ideal no hay filosofía, nos enseñó el profesor Jorge Ángel Livraga.
Recordemos que en los Vedas, desde el primer himno, Agni es el «sacerdote del sacrificio (el purohita)», el que «trae a los dioses aquí»; y al que se le llama «el niño sin culpa que descansa en el regazo de sus padres» (las dos maderas que lo guardan en su seno hasta que el sacerdote las despierta, en el ritual, o el filósofo en sus preguntas4 y respuestas). La madera base (Arani inferior) es llamada «señora de la casa» y los diez dedos del sacerdote que van a hacer girar el Pramantha (Arani superior) son las diez doncellas, hermanas o dadores de movimiento. En una clave, si el fuego es Fohat, la corriente eléctrica universal que crea en un mundo de causas y efectos, objetivo, la subjetividad pura de un mundo ideal, permanente; quizás esas 10, también llamadas «madres», sean los Números, porque todo lo gestado se hace en función de ellos. Fohat es la Barca portadora de estas diez Ideas, el «Hijo Veloz de los Hijos Divinos [Números] cuyos Hijos son los Lipika [Leyes]», como se le llama en los versos de la Doctrina Secreta.
El himno védico dice:
«En los dos Aranis yace oculto el conocedor de todas las criaturas (Agni), bien guardado, como un embrión en las entrañas de las mujeres embarazadas. Día tras día debe ser invocado y alabado por los hombres que despiertan».
En la clave filosófica, es el alma que despierta al sentido de la vida y tiene que guardar el fuego, evitar automatizarse y perder el sentido, perder aquello que le permite ser ígneo y luminoso, fiel a aquello que siempre fue, es y será, por oposición a lo que nace, vive muriendo, y muere deshaciéndose en sus factores originales. Seguir el camino del fuego, no dejar de hacerse preguntas, de elevarse hacia lo alto, de quemar la madera de la personalidad, secándola antes de humedades viciosas.
Se explica que el Arani superior o Pramantha crece en el árbol Ashvattha (Ficus Religiosa) —que es el del conocimiento— y el Arani femenino en el Árbol Sami, pero que a la hora de construir estos Aranis, debe buscarse un ramo del Ashvattha que haya nacido sobre o dentro del árbol Sami (Prosopis cineraria). Esta última es una madera muy dura y resistente, que retiene el calor y evoca la paz, la contención, la tierra. Un mito védico dice que el fuego ardía en el universo entero, pero que el árbol Sami absorbió su ira y lo apaciguó en el interior.
En los Vedas es también descrito el proceso ceremonial para buscar estas maderas, juntas. El sacerdote del sacrificio debía encontrarlas, pedir perdón por cortar sus ramas, con mantras específicos para no dañar a los espíritus de la naturaleza, hacerlo con herramientas limpias (de bronce o cobre) en fases lunares específicas (luna nueva o creciente); las maderas no debían tocar el suelo al ser cortadas y eran envueltas en un lino blanco y limpio, y debían ser secadas a la sombra en un lugar sagrado para evitar que la humedad apagara el «fuego latente». Después, eran talladas en la forma de un bloque cuadrangular (el Arani femenino) con un pequeño orificio cónico en el centro, y el masculino, con forma perfectamente cilíndrica. Antes del sacrificio, ambas maderas eran ungidas con mantequilla clarificada sagrada, que lubricaba el mecanismo y evitaba el desgaste de la madera por fricción.
Un mantra estaba dedicado al hacha de hierro que cortaba la madera del futuro Arani, para que no ejerciera violencia innecesaria, para apaciguarlo. Decía:
«¡Oh herramienta, no lo dañes! ¡Oh hacha de hierro, sé suave! Pasa a través de esta madera como el agua pasa por la tierra, liberando el fuego que yace dentro sin destruir el espíritu del árbol».
Y mientras se realizaba el corte de lo que sería el Pramantha, se vertía una gota de agua o mantequilla clarificada en el corte restante del árbol vivo diciendo:
«Que tus ramas vuelvan a crecer con fuerza. Que mil nuevos brotes nazcan de ti. Mientras te quitamos esta parte, que tu savia y tu vida permanezcan intactas en la raíz».
Cuándo, cómo y por qué, cuáles eran las estrellas regentes y la relación con la aurora y con las estaciones del año en el encendido del Fuego frotando los Aranis, es un tema de vital importancia y muy sugerente en los detalles… que merece un artículo aparte.
Es interesante reflexionar sobre la relación que el filósofo y místico Jinarajadasa da sobre cómo se manifiestan los tres Logos (en el sentido platónico) en la naturaleza:
Primer Logos, Divinidad-Humanidad (el desenvolvimiento de la conciencia).
Segundo Logos, Vida-Forma (la evolución de la vida cristalizando formas acordes).
Tercer Logos, Materia-Fuerza (la arquitectura de las formas en la materia).
La fricción de los «aranis», de cada uno de esos factores, es lo que produce el fuego de ese Logos: lo humano rozándose con lo divino (en sus elecciones del bien contra el mal), la vida con las formas (que son su vehículo pero que la aprisionan también), y la Fuerza con la Materia, combatiendo contra su inercia). Así, la presencia del Logos es siempre una fuerza viva continua, un dinamismo presente en el hexágono (tres pares) de la naturaleza. Una acción purificadora que sutiliza y eleva hacia la dimensión de lo eterno.
1 Doctrina Secreta de H. P. Blavatsky.
2 Idem.
3 Esta etimología del sánscrito y las citas de los Vedas han sido obtenidas con ayuda de la I.A.
4 La capacidad y necesidad de preguntar, o sea el querer saber es la naturaleza más pura de la filosofía. En la etimología de esta palabra hallamos ese querer o tendencia (Philo) al saber (Sophia). Curiosamente, los simios, aunque llegan a aprender centenares de signos del lenguaje de sordomudos y expresan sus sentimientos con los mismos, nunca hacen preguntas para aprender más. Esto significa imaginar un mundo de conocimiento en la mente de quien dialoga y querer que lo comparta. Ese es el fuego mental. El fuego que llama al fuego.




















