
Más allá de las palabras, se crean los arquetipos que dan paso a la expresión en todas sus facetas; entre ellas, el arte puede que sea el reflejo más fiel de plasmación que contribuye a embellecer al mundo y a nosotras mismas. Como dice uno de los principios clásicos, es enriquecedor y digno para las mujeres «amar y cultivar la poesía, la música o la danza a la manera clásica, para embellecer al mundo y a sí mismas».
Ese amor por las artes en general nos hace sensibles a la necesidad de una transmutación interna y portadoras de los valores eternos, que van más allá de los conceptos temporales.
A través de la música clásica o de una bella melodía, podemos percibir por unos instantes el comienzo y fin del universo.
El arte es el lenguaje universal que nos une a todos los seres humanos, que nos une a la naturaleza y a Dios.
En esta monografía tratamos de relacionar las grandes ideas de unión, de amor por todo lo bello y de inmortalidad, por medio de la transmutación a través del arte.
«Lo que el arte puede hacer por nosotros es tallar y pulimentar nuestra naturaleza, y exponer faceta tras faceta las cualidades latentes en nuestro interior de pensamiento e intuición. El arte nos constituye en centros de serenidad» (Jinarajadasa).
El arte es una expresión del alma universal del hombre, es un elemento espiritual de comunicación entre los seres humanos, no como elemento de separación o de lucha, sino como elemento de superación de todas las artes materiales.
El arte es creación; por medio de la intuición-imaginación, el hombre percibe los arquetipos, las ideas genuinas, y recrea una y mil veces con ellas los sistemas de armonía del universo. Los griegos vieron una inapreciable fuente de purificación en el contacto del hombre con los arquetipos. Este contacto limpia el alma de escorias y le otorga la eterna juventud.
El arte es imitación: bien sea de la naturaleza viva, bien sea de aquellas ideas que no están manifestadas, pero que se integran por medio de la intuición.
El arte debe ser la captación de un misterio cósmico y de un misterio humano.
El arte es recuerdo porque el alma, según Platón, tiene reminiscencias de su condición divina.
El arte es expresión, pero no de cualquier sensación, impulso o sentimiento desordenado. No puede ser la vía de escape de los estados anímicos del pretendido artista. Debe expresar lo mejor del hombre. El desconcierto, el vacío, el asco y el horror no son arquetipos, sino consecuencia de la falta de arquetipos.
Si aprendiésemos a obedecer las leyes de nuestra propia esencia natural e inmortal y no actuásemos en su contra, lograríamos nuestra mayor obra de arte, nuestros actos serían bellos y nuestra persona irradiaría belleza.
Arte, según Goethe, es «la magia del alma».
Para Wagner es «el placer que uno experimenta en ser lo que es». Lo concibió como «la suprema manifestación de la vida social del hombre», y como «el más potente impulso de la vida humana», algo en el interior del alma humana, que, una vez actualizado, prosigue sin menoscabo por toda la eternidad. Todo arte es intensamente ético y tiene un mensaje directo para el hombre. Por eso decimos que el arte es el alma de las cosas.
El artista
La naturaleza, en su infinita sencillez y humildad, es la mejor maestra de arte. Se la considera la vestidura de Dios, y este concepto deslumbra el superior intelecto del hombre. Las mayores obras de arte son las que siguen las propias leyes naturales que les ha marcado el mayor y único artista: Dios.
El artista actúa de mediador entre la naturaleza y el hombre, es un intermediario entre la armonía universal y el mundo circundante. El verdadero artista, en su creación interior, oye, siente, percibe esa armonía de la naturaleza y simplemente la plasma de una manera visible.
Cuando las nubes flotan en la atmósfera o están tranquilas las aguas del lago o del estanque, la naturaleza conoce su significado sin poder expresarlo y es el artista el que nos lo transmite a través del arte.
El artista da a luz la obra de arte a través de la imaginación. Para ello necesita:
* Una mente activa, capaz de captar, reproducir y transformar las ideas en imágenes estéticas.
* Una mente disciplinada, delicadas emociones y despiertas intuiciones.
* Necesita abrir su mente a la ciencia, a la filosofía, a la religión y a todo lo que pueda transmutar de la vida.
El artista, como buen observador, ha de ver matices de color que no ve el ojo ordinario, ha de ver belleza en líneas que pasan inadvertidas a la mirada del hombre vulgar, descubrir sentimientos en los rostros y, al mirar un rostro humano, descifrar el alma de ese ser. Ningún rasgo le confunde, la hipocresía es para él tan transparente como la sinceridad; la inclinación de una frente, el menor fruncimiento de cejas, una mirada huidiza, le revelan los secretos del corazón.
Más que fantasía, es la imaginación disciplinada y creadora el motor del artista, y su misión es la de despertar el alma de los observadores y no solo la admiración.
Todo artista debe transformar el mundo hasta que el mundo se aproxime al gran arquetipo de perfección. Todo artista, si ha de dejar su huella en la humanidad, debe hacer algo encaminado a que toda la humanidad desee algún día poseer las cualidades artísticas que él ya tiene.
Ha de reconocer que, a la par que él crea, ha de educir en los demás la capacidad de crear. La divina facultad del arte en el artista no existe en él tan solo para que pueda permanecer aislado y crear para sí mismo, sino para moldear a las gentes, transformarlas, hasta que experimenten el glorioso poder de comprender la vida por el dominio del mundo como voluntad.
Cuando todos los seres humanos sean artistas, habrá terminado la obra del artista.
«El arte es lo que restituye al hombre su perdida dignidad» (Schiller).
Dijo Leonardo: «A veces se entiende por arte la técnica; sin embargo, mientras que a la técnica se llega por medio de la constancia y por el acto de la voluntad, al arte se llega por el acercamiento a la perfección interna, esa perfección del alma que no tiene metros para medirse, ni métodos racionales para explicarla porque está más allá de la materia y de la razón».
La perfección interna de la cual nos habla Leonardo da Vinci se consigue por medio de la voluntad en querer transformarse constantemente y lograr en nuestro interior, como los viejos alquimistas, que el plomo pesado, oscuro y tosco se convierta en oro brillante, luminoso y puro.
El arte es una vía para que se produzca esta transmutación en el propio artista y también en los observadores del arte.
El arte, en general, engloba todas las artes, como son música, escultura, arquitectura, danza, poesía, etc.; y cada una de ellas es capaz de producir en el ser humano efectos que muchas veces despiertan el alma dormida del observador y lo impulsan hacia un camino de perfeccionamiento interno.
A continuación veremos algunas de estas artes y cómo influyen en el ser humano.
El poeta no inventa sus versos. La figura romántica que nos describe al poeta rodeado por bellas rosas en un jardín, bajo los árboles o a la luz de la luna y que se inspira, no es del todo cierta.
A veces nos rodeamos de todo este ambiente y no se consigue escribir ni dos palabras seguidas. En cambio, otras veces, por ejemplo viajando en autobús, o comiendo, o dándonos un baño… ahí nos baja un poema, un buen poema que, si no se escribe al instante, después se borra y se va. ¿Quizás en ese instante soltó el alma sus ataduras con la materia y voló hacia el mundo ideal?
El poeta pretende llevar al lector hacia ese mundo ideal al cual él asciende de vez en cuando. No son las poesías las que bajan hacia el poeta, sino que es el poeta el que se eleva y capta la esencia.
El lector percibe así ese sentimiento puro que él, tal vez, no sepa expresar y que a través de una poesía es liberado.
Poetas como Amado Nervo son capaces de dar una enseñanza profunda a través de sus poesías.
Oro sobre acero
Oro sobre acero —Éibar y Toledo— han de ser tus amores.
Oro sobre acero tu voluntad.
Oro sobre acero tus actos.
Sobre el acero del mejor temple de sus resoluciones brillará el oro puro y aristocrático de tu cortesía.
Sobre el acero de tus pensamientos ha de lucir el arabesco de oro de la forma pura y ágil.
Tu don de gentes será capa de oro fino que ha de recubrir el acero de tus propósitos.
Serán tus sonrisas como minúsculas estrellas áureas incrustadas en el acero de tus intentos.
Tu amor, firme, tendrá el oro de tu ternura sobre su acero imperioso.
Sobre el acero de tu aspereza, la placidez con que sabes guardar será también oro.
El áncora de la diosa estará damasquinada por ese oro de tu capacidad expectante.
Oro y acero —Éibar y Toledo— será tu vida, serán tus propósitos, serán tus actos.
(Amado Nervo)
El valor de este arte reside en que, a través de los personajes-tipo que representan virtudes y defectos propios de la especie humana, el espectador se ve reflejado en ellos, aprende a reconocer esos defectos y virtudes en él mismo y descubre las consecuencias que sobre sí mismo acarrearía al vivenciarlas.
El cerebro de Shakespeare abunda en tipos. Hamlet es el tipo de individuo que vacila, que ve lo que debiera hacerse y no tiene valor para hacerlo. En la obra Romeo y Julieta podemos percatarnos de las fragilidades y flaquezas de Romeo y aprender del trágico desenlace de la obra, con el fin de no repetir los mismos errores cuando la vida nos sitúe en el mismo trance. De hecho, podemos aprender sin necesidad de pasar por la experiencia, y esa es la sorprendente cualidad del arte como medio de apresurar el propio adelanto por la asimilación de experiencias ajenas.
En los antiguos dramas griegos, se observan pensamientos, emociones y situaciones atemporales, por lo que siguen teniendo permanentemente valor pedagógico y artístico.
Tomamos como ejemplo a los escultores griegos. Ellos intentaban difundir ideas éticas a través de la figura humana como si, al esculpir un Apolo, la estatua representara un divino pensamiento o un dios: era un concepto en piedra.
Así, Apolo no representaba tan solo a un joven gallardo, sino la pureza, la unidad, la divina inspiración en el corazón del hombre. Palas Atenea no era solo una hermosa doncella virgen, sino un concepto intensamente ético de la militante sabiduría divina.
El sentido ético y educativo en el arte ha traspasado la historia, y así, vemos en los constructores de la Edad Media a auténticos transmisores de ese significado simbólico. Las figuras divinas reflejadas en el edificio sagrado rebosan misterio y dulzura celestial. El hombre que las examina cuidadosamente es capaz de percibir esa divinidad y extraer miel de la piedra y aceite de la más pura roca.
Antes de acceder al camino que conduce al aspirante, al primer escalón del discipulado, hay que superar siete obstáculos que el escultor ha ilustrado con una fuerza particular: la infidelidad, la voluntad de destrucción, la avaricia, la idolatría, el egocentrismo, la cobardía y la vanidad. ¿Quién podría afirmar un día que ha superado de verdad estos siete defectos?
Cada uno de estos defectos está representado en las paredes de estos templos medievales de una manera simbólica. Son figuras humanas en determinada actitud que muestran estos defectos a modo de enigmas. El observador ha de encontrar la clave al enigma.
Una escena esculpida en la piedra representa un suicidio. El hombre se traspasa el cuerpo con la espada y es evidente que pone fin a su vida. Ese «suicidio» es la expresión de una voluntad negativa, la voluntad de destruir la parte divina que hay en todo ser; el hombre que se quita la vida es el que ha desatendido durante demasiado tiempo su luz interior.
Se ha limitado a sufrir la vida a merced de sus pasiones, impulsos y reacciones, y llega un día en que sus fantasmas resultan demasiado agobiantes. No es ya capaz de transformación y acaba huyendo de sí mismo, no siente ya la menor comunión con el universo y el prójimo. De su vacío interior nace una insoportable tensión y decide eliminar el «instrumento» más precioso que posee, su propia conciencia. Se convierte así en destructor de su parte divina, que le plantea demasiadas preguntas irresolubles.
Se ha dicho que la música es el arte más excelso. La verdadera música nos revela el arquetipo más plenamente que cualquier otra modalidad del arte. La arquitectura es música congelada y la poesía es la cualidad musical del pensamiento.
La música nos influye y produce en cada uno de nosotros un efecto, dependiendo del estado de ánimo con que cada uno la escucha. La síntesis que en nosotros opera la música depende en gran parte de nuestra naturaleza moral. Hay una simbiosis entre el arte y nuestra psique y hemos de saber que de nuestros pensamientos y emociones depende lo que la música puede hacer o no por nosotros.
Un ejemplo de ello es Beethoven y su música. Él improvisó cien veces al piano verdaderos retratos musicales, sin pincel ni palabra. Como aquel día que, no sabiendo cómo expresar su pena ante la desgracia de una madre que había perdido a su hijo, en vez de dirigir los buenos consuelos al uso, se sentó al piano en la propia casa mortuoria y, sin decir palabra, expresó con música, sin duda una improvisada marcha fúnebre, todo el inmenso dolor que le embargaba, a la par que vertía en el corazón de la infeliz madre un consuelo inefable y celeste.
El ejemplo anterior nos dice que la música es una fuerza que puede llegar a transformarnos. Escuchar buena música nos despierta internamente y nos eleva, ennoblece, nos purifica y nos armoniza.
Desde la más remota Antigüedad, los iniciados conocían la influencia mágica de los sonidos sobre los seres y sobre la materia. También los beneficios del canto, pues nuestra voz es un precioso instrumento que vibra expresando el estado de ánimo. El amor crea las voces más hermosas. Actualmente, necesitamos cantantes que sean verdaderos magos capaces de transformar a los seres con su canto. Tan solo aquel que ha trabajado año tras año para aumentar la intensidad y pureza de su amor, puede producir semejante efecto sobre las almas.
Estamos unidos a nuestra voz como si se tratara de un pequeño cometa que sujetamos con un hilo muy largo. Cuando cantamos un himno, por ejemplo, la voz sale de nosotros, planea por encima de nosotros, reencuentra las demás voces con las cuales se fusiona y, luego, nos vuelve amplificada, enriquecida con todo lo que ha recibido de esa fusión.
Las cuatro voces (bajo, tenor, contralto y soprano) corresponden a las cuatro cuerdas del violín, que es también una imagen del hombre. La cuerda de SOL representa el corazón, RE el intelecto, LA el alma y MI el espíritu.
El mismo violín representa el cuerpo físico, y el arco es la voluntad que actúa sobre los cuatro principios.
Estos cuatro principios deben vibrar armónicos en el hombre.
La música no está hecha para ser comprendida sino para ser sentida. En la música hay un mensaje del cielo, porque tratamos con cosas que no pueden expresar los labios y solo se saben percibir por la situación.
Dios tiene unos cuantos de nosotros a quienes Él susurra en el oído.
En el Sendero del Discipulado, una de las vías de aceleración para la evolución humana es aprender profundamente el arte.
Actualizando la cualidad intuitiva por medio del arte anticiparemos experiencias y ganaremos algo de las virtudes que nos esforzamos en adquirir por ardua labor mental. Por ello hemos de inducir a las gentes a que reconozcan que el arte soluciona sus enigmas y problemas y es también una síntesis de su naturaleza quebrantada en las luchas de la vida diaria.
El arte nos rejuvenece, al tratar con arquetipos que influyen en nosotros. Nos acrecienta y renueva la imaginación y nos volvemos como niños.
«¿De qué lugar misterioso de la naturaleza, de Dios, surgen estas formas armónicas que vienen acabadas? ¿De dónde vienen los libros? ¿De dónde vienen los cuadros? ¿De dónde vienen las esculturas?
En verdad, lo único que hacemos es rellenarlas de materia; vienen de alguna parte, vienen de algún mundo donde hay más armonía, donde hay más verdad, donde hay más belleza, y es a ese arte al cual nos tenemos que referir, y es ese arte el que tenemos que promover, y es ese arte el que queremos los acropolitanos» (Delia Steinberg).
Arte y artista. Artículo de Delia Steinberg. Cuadernos de Cultura Nueva Acrópolis n.º 261.
Beethoven teósofo. Mario Roso de Luna. Ed. Eyras.
El arte y las emociones. Jinarajadasa. Ed. Orión.
El Iniciado. Christian Jacq. Ed. Martínez Roca.
El romance de Leonardo. Dmitri Merezhkovski. Ed. Círculo de Lectores.
Estética y arte. Artículo de Rosa Entrena Plaza. Cuadernos de Cultura Nueva Acrópolis n.º 179.
La música y el canto en la vida espiritual. Omraam Aivanhov.
Magia, religión y ciencia para el tercer milenio, Tomo II, Jorge Ángel Livraga. Ed. NA.




















