Sociedad — 11 de junio de 2026 at 00:00

Las musas, inspiración del artista

por

musas

¡Oh divina musa, mi madre!

¡Ella es la que enseña!

¡Ella ha puesto el canto

de los dulces tonos

en el pecho de los cantores!

¡Ciego es el sentido de los hombres

cuando desean hallar solos,

sin las diosas del Helicón,

la senda profunda con inteligencia!

(Píndaro)

Nos preguntamos quiénes son esos seres que vienen desde el fondo de los tiempos, que poseían el don de la profecía y principalmente el don de la inspiración divina, seres enigmáticos y divinos, con alma y apariencia de mujer. Grandes hombres de la historia las invocaron, las llamaron y las lloraron, sin saber cuál era la razón verdadera de su ser.

Lo cierto es que tan solo unos pocos, aquellos que se convirtieron en cañas huecas, fueron los poseedores de sus dulces susurros, sus cantos gloriosos y de visiones futuras, solo unos pocos fueron los dueños de su corazón.

Etimología

El apelativo musas es el único, de entre todos los de las antiguas divinidades, que aún sobrevive en las lenguas europeas, aunque este término ha perdido mucha de la magia que contenía antiguamente. En la Antigüedad se decía que este nombre, al ser pronunciado, contenía el don mismo y la voz sagrada de la deidad. De ahí la etimología de «moneta», equivalente griego de musa, que deriva del verbo que podemos traducir como advertir, recordar, y enseñar.

La musa es la diosa de la verdad en el sentido más elevado. Los rapsodas y poetas, los que hablan la verdad, se llaman a sí mismos sus servidores, sus «secuaces», y les dedican su veneración piadosa y ritual. Píndaro llama a la musa «su madre». Aquellos que son inspirados por ellas son plenamente conscientes de que no pueden reivindicar para sí lo que nosotros tan soberbiamente llamamos fuerza creadora.

Ya nos lo dice el primer verso de la Ilíada: «¡cántame, diosa, la ira del Pélida Aquiles!».

Las musas son diosas de alta jerarquía; más aún, su jerarquía es única. No solo se llaman hijas de Zeus, nacidas de Mnemosine, diosa de la memoria: ellas solas son las que tienen el privilegio de llevar, al igual que el padre de los dioses, el epíteto de olímpicas con que se rinde homenaje a los dioses en general, pero primitivamente no se honraba con este término a ningún dios en particular con excepción de esos dos.

El más antiguo de los cantos de las musas es el que entonaron después de la victoria de los olímpicos sobre los titanes, para celebrar el nacimiento de un nuevo orden.

En el célebre himno a Zeus, de Píndaro, cuyo contenido conocemos en parte aunque el himno mismo está perdido, se da una información que nos hace comprender a fondo cuáles son su misión y su esencia. En él se narra que Zeus, consumada la recreación del mundo, preguntó a los dioses si faltaba algo para que fuese perfecto. Y respondieron que algo faltaba: una voz divina para pregonar y alabar toda esa magnificencia. Y le rogaron que engendrara a las musas.

En ninguna otra parte del mundo se ha atribuido significación tan esencial al canto y al lenguaje elevado como en el mito griego.

La esencia del mundo se consuma, pues, en el «cantar» y el «decir».

En el canto que cantan las musas resuena la verdad de todas las cosas como ser pleno de divinidad, resplandeciente desde las honduras y revelando, aun en lo más tenebroso y atormentado, la eterna gloria y bienaventurada despreocupación de lo divino. Sus funciones específicas, que adjudica a cada una un papel en cada arte o ciencia, también es controvertido.

Están relacionadas con la armonía de las esferas, con las sirenas, con diversas montañas y fuentes de aguas providenciales, ya sea en número de tres, de cuatro, de siete o de nueve. Su danza cambiante y sus cantos son propicios a proteiformes interpretaciones.

Mitología

En mitología, encontramos distintas tradiciones sobre el origen de las musas. Para algunos eran nueve hermanas, hijas de Zeus y Mnemosine; otras tradiciones las presentan como hijas de Harmonía; otras, de Urano y Gea. Pero las genealogías siempre son simbólicas y en este caso están relacionadas con una concepción filosófica acerca de la primacía de la música en el universo. Las musas no eran únicamente las cantoras divinas cuyos coros e himnos deleitaban a Zeus y a los demás dioses, sino que presidían el pensamiento en todas sus formas: elocuencia, persuasión, sabiduría… Hesíodo ensalza sus servicios a través de estas palabras: «Basta que un servidor de las musas celebre y cante las proezas de los hombres del pasado para que aquel que tenga preocupaciones y pesares las olvide al momento».

Las musas se encuentran en número de tres como las cárites; los que dijeron ser tres entendieron las tres artes por las cuales se llega al conocimiento de la sabiduría, que son gramática, retórica y dialéctica. Los que dijeron ser cuatro entendieron por las tres dichas y por la cuarta, la sabiduría.

Según Plutarco, los pitagóricos hablaban del coro de las ocho musas, en relación con las ocho esferas celestes. En Lesbos existía el culto dedicado a las siete musas. Pero con la época clásica se conforma e instala definitivamente la tradición de las nueve musas de la inspiración: Calíope, la poesía épica; Clío, la historia; Polimnia, la música; Euterpe, la lírica; Terpsícore, la danza; Erato, la poesía amorosa; Melpómene, la tragedia; Talía, la comedia; y Urania, la astronomía, hermanas que en esencia son una sola, de ahí que los poemas homéricos con la invocación a la Musa, como unidad cerrada.

Pero sea como fueran denominadas y concebidas, estas representaciones divinas nos estarían mostrando el alma del reino olímpico de Zeus. «Todos los espíritus, empero, a los que Dios no ama, se espantan cuando escuchan la voz de las musas».

«La primera tarea, pues, de estas musas, y el porqué de ellas y de su nacimiento es cantar la alegría de Zeus, de los dioses y su vida bienaventurada, del origen del ser y de lo divino, y del destino de los hombres mortales» (Hesíodo).

Una imagen de las musas

Ellas danzan con pies delicados en torno a la fuente de reflejos violáceos, parten envueltas en espesa bruma y, alejándose de la noche, con hermosa voz celebran a Zeus, cantan a la aurora, al gran Sol, a la brillante Luna, a la tierra, al dilatado océano, a la sagrada raza de los otros inmortales siempre existentes. Dicen en coro lo que es, lo que será y lo que ha sido, son la memoria y la videncia.

Son el tiempo, todos los tiempos. Celebran, por último, la raza de los hombres y de los vigorosos gigantes.

Inspiran al poeta el recuerdo de los nombres de los héroes y de las naves, porque ellas solas poseen la memoria y son capaces de ver en un instante y en una sola presencia la totalidad de los tiempos y de las cosas.

El arquetipo de la musa

El último arquetipo perteneciente a la mitología y los símbolos de lo femenino es el de la mujer vista como inspiradora o musa. Carl Gustav Jung, el eminente psicólogo suizo, interpretó la figura de la musa como la manifestación de las cualidades femeninas inconscientes de la psique de un hombre y le dio el nombre de ánima. Las tendencias femeninas que existen en la psique masculina hallan su expresión en el temperamento, los sentimientos vagos, la receptividad ante lo emocional, la capacidad para el amor personal, los sentimientos hacia la naturaleza, las intuiciones y la relación con el inconsciente. En la mitología, el héroe que persigue su hazaña busca el consejo de una sacerdotisa o sibila que le guíe, conectándole con la voluntad divina o haciendo que los dioses hablen a través de ella.

En la mitología, la musa se ve como la diosa que llena el vacío entre lo conocido y lo desconocido y, por lo tanto, está envuelta en un halo de misterio.

En Atenas, lo mismo que en otros muchos lugares, tuvieron sus templos y sus altares, donde se les ofrecía libaciones de vino (nefalias) y sacrificios incruentos. Cuentan que en la falda del monte Parnaso, lugar de refugio para los dioses, se encontraba la fuente Castalia, cuyas aguas tenían la propiedad de inspirar a quienes allí bebieran; y como puede suponerse, era un lugar muy visitado por los poetas en busca de su musa, ya que la creencia general las relacionaba con el elemento agua y con las montañas. También las vestales acudían a esas fuentes sacras, morada de las musas, a recoger el agua que brotaba en pequeños hilillos.

Así pues, desde el gran César, al que las musas daban suave consejo; pasando por Sócrates, quien decía que la filosofía era el arte más elevado de las musas, e incluso el mismo guerrero espartano, que hacía sacrificios en su honor, con lo cual no solo dominaba el valioso ímpetu guerrero, sino que también su entendimiento (logos) permanecía claro y sereno, la misma ciencia de la agricultura y el cuidado y crecimiento de las plantas, todo, todo estaba vinculado de alguna manera con las musas, cuya misión era cantar a la eternidad de las cosas con aquella hechizante música que, al igual que el ritmo de los pájaros o el canto del ruiseñor, dejaba y sigue dejando hoy en día una queja insondable y un eterno suspiro.

Las sirenas estaban emparentadas con las musas, pero aquellas eran cantoras de la muerte, pues entonaban las melodías de los infiernos. Nos cuenta Homero que las sirenas habitaban en el mar y su canto hechizaba a quien se atrevía a desafiar el poder del mismo: «Quien no respeta los huesos mortales acumulados alrededor de ellos, pierde su hogar y su vida».

El canto de las cigarras, que para los griegos fue desde siempre algo maravilloso, estaba relacionado con el de las musas. Hesíodo denomina su canto «tierno como el lirio». Sócrates, en el Fedro, va a llamar a las cigarras «profetas de las musas»; de ahí que, como cantoras, las cigarras eran las favoritas de las musas. En un epigrama de Meleagro, en la Antología, se habla de las parientas langostas como «musas de los campos», concediéndosele la facultad de apaciguadoras del deseo y consuelo del sueño.

Así vemos que, tanto en el arte como en la literatura, el mundo griego nos ha dejado variadas tradiciones sobre ellas, sobre todo en lo relativo a sus lugares de culto. La leyenda nos dice que las musas habitaban en las más altas montañas; los sitios más antiguos eran el Olimpo, el Helicón y el monte Parnaso. En estos santuarios, el agua sagrada que atrae a las musas de hermosa cabellera presidía toda manifestación ritual, como sucedía con el culto que se les ofrecía a las musas en la Academia platónica.

En Olimpia se hallaba un altar común a Dionisos y las gracias, junto al cual existía un ara dedicada a las musas y otra a las ninfas. También se cuenta que Pitágoras murió en un lugar sagrado donde habitaban las musas y al que se habría acercado en su agonía; del mismo modo, la casa donde habitó en Crotona, según nos cuenta Porfirio, fue consagrada a las musas.

Por otro lado, sabemos muy poco de cómo el culto a las musas fue decayendo a través del tiempo, de cómo sus divinas imágenes se fueron desvaneciendo.

Quizás la mano de Constantino y la hegemonía cristiana cubrieron, como a tantos dioses grecorromanos, con el negro velo del olvido a estas diosas de la inspiración.

Atributos de las musas

Las musas tenían los mismos en la tierra que en el Olimpo.

Calíope

Su nombre proviene de un compuesto griego que significa ‘hermosa faz’. Es la musa de la poesía heroica y de la gran elocuencia. Se presenta con los rasgos de una joven de aires majestuosos, con una corona de oro en la frente, emblema que, según Hesíodo, indica su supremacía sobre las otras musas. Está adornada con guirnaldas y tiene en una mano una trompeta y un poema épico en la otra. Los poetas la llaman madre de Orfeo.

Es del segundo grado de los orbes celestes representado por Mercurio (Hermes), el guía de las almas. Gobierna lo relacionado con los animales y compuestos de la mezcla de diferentes cosas, bebidas y manjares.

Su nota musical sería Hypate hypatón (si). Modo: hipofrigio. Metal: el azogue.

Clío

Nombre que en griego significa ‘gloria’, era la musa de la historia. Se la representaba como una joven coronada de laureles que en la mano derecha tiene una trompeta y un libro en la izquierda, en que se lee «Thucydide». Para significar que la historia abraza el tiempo y el espacio, se añade a estos atributos un globo sobre el que se apoya, y significa el tiempo que va detrás de ella. También se la ve representada con un plectro en una de sus manos y una guitarra en la otra, de la cual fue su creadora.

Las musas son las almas de las esferas celestes, según las cuales se halla cada grado por el cual se efectúa la atracción de las cosas superiores a las inferiores.

En este caso, el más bajo de estos grados lo representa la esfera de la Luna, al cual pertenece la musa Clío, que gobierna la relativo a los vegetales, como las plantas, los frutos de los árboles, las raíces y las cosas que provienen de las materias más duras, como las piedras y los metales, sus aleaciones y suspensiones.

La musa de la historia gobierna el plano de la Luna, que controla las estaciones del tiempo. Su nota musical es Proslambanomenos (la). Su modo: hipodorio; su metal: la plata.

Hoy en día, ante tanta falta de ideales elevados, la historia ha tomado rasgos de casualidad, olvidando el ritmo, la ley, la armonía, el criterio, los designios y los profundos trazos que requieren el avance de la humanidad.

Pero Clío no ha sido jamás musa de la casualidad. Ella había regido sobre los hechos esenciales marcados por la necesidad, la ley y la acción. Ella había sido la musa del destino, había inspirado a los hombres, señalándoles el camino a recorrer, el camino apropiado para llegar a buen puerto.

Erato

Su nombre deriva de Eros, amor. Presidía la poesía lírica y anacreóntica. Es una joven ninfa, coronada de mirtos y rosas. Tiene una lira en su mano izquierda y un arco de violín en la derecha; algunas veces lleva un amorcillo junto a ella, un pequeño Eros rondando alrededor y dos tórtolas que se picotean a sus pies.

Erato pertenece al quinto grado de los orbes celestes, el cual corresponde a Marte; este grado posee las violentas fantasías, pasiones, ideaciones y movimientos del espíritu. Su nota musical: Hypate mesón (mi). Modo: frigio. Metal: hierro.

La lira de la musa se expresa en tenues melodías para acompañar aquellos viejos poemas de amor.

Erato canta un amor sublime, que escapa por completo de nuestro tiempo y espacio. Este amor sin límites apenas si se apoya en el cuerpo, para elevarse hasta estratos sutiles donde se encuentra la raíz misma de la vida.

La poesía toma el mismo ritmo que el fluir de la sangre, donde las palabras bullen como las aguas del mar, y donde el sentimiento es matriz de visiones celestiales.

La bella y casta Erato es el reflejo de la transparencia del alma.

Euterpe

En griego significa ‘que sabe agradar’. Es la musa por excelencia, aquella cuyo atributo, el sonido, hoy es para nosotros música, ciencia de las musas, armonía que resume el conjunto de las artes y las ciencias. Inventó la flauta o la sugirió. Es una joven coronada de flores que toca la flauta; junto a ella hay partituras, oboes y otros instrumentos. Los antiguos quisieron significar con estos atributos el encanto que tienen las letras para los que las cultivan.

Representa el sexto grado de los orbes celestes, el cual pertenece a Júpiter. Este grado gobierna las discusiones de la razón, las deliberaciones, las consultas y las absoluciones morales. Su nota musical es Parhipate mesón (fa). Su modo: lidio; su metal: estaño.

Para la musa tenía mucho valor el saber elegir y combinar los sonidos, el saber disponer tanto del elemento sonoro como del silencio de fondo y soporte. El sonido no tiene un valor casual, pues de la unión de los sonidos proviene la armonía o la discordia.

Melpómene

Su nombre deriva del griego y significa ‘cantar’. Es la musa de la tragedia, la inspiradora de artistas a todo lo largo de la historia, la amada y la temida, la imagen acusadora de la vida. Su aspecto es grave y serio; está ricamente ataviada y calza el coturno; en una mano tiene un cetro y una corona, y un puñal ensangrentado en la otra; alguna vez le acompaña como séquito el terror y la piedad.

El cetro hace de ella la reina absoluta de la existencia, la dueña de los destinos, y en mayor o menor grado tiñe todos los acontecimientos de la vida. La máscara terrible en su rictus recuerda las innumerables veces en que todos los humanos hemos contraído nuestros propios rostros, dirigidos por el dolor. El puñal era, al menos, la promesa de acabar con las sombras, con las mentiras y con el sufrimiento obligado.

Le pertenece el cuarto grado de las esferas celestes, o sea el Sol. Este grado gobierna la voz, las palabras, los cantos y los sones armoniosos cuya suave cadencia disipa del alma la discordia que la perturba, y eleva el coraje. Purifica e ilumina con el fuego y la luz del sol. Su nota musical: Lichanos Hipatón (re). Modo: dorio; metal: oro.

Polimnia

Nombre compuesto de dos palabras griegas que significa ‘mucho e himno o canción’ era la musa de la retórica. Está coronada de flores y alguna vez de perlas y pedrerías, con guirnaldas alrededor suyo y vestida de blanco. Su mano derecha está en actitud de arengar; en la izquierda, un cetro o un rollo de papeles en que dice una inscripción: Suadere «persuadir».

En los orbes celestes es el séptimo grado que representa Saturno y las contemplaciones tranquilas del pensamiento.

Su nota musical es Hychanos Mesón (sol). Modo: mixolidio. Metal: plomo.

Los griegos la llamaban Polimnia, la de los muchos himnos, la del canto sagrado, la de las danzas rituales en honor a los dioses. Los griegos la hicieron bella y discreta, velaron sus rasgos pudorosos y abrieron, en cambio, los corazones para escuchar la melodía inagotable de la fe convertida en música.

El arte de sus viejos himnos es el lenguaje que entienden los dioses y que los hombres hemos olvidado al no orar.

Polimnia es promesa de pureza y fertilidad.

Talía

Su nombre proviene de una palabra griega que significa ‘florecer’. Es la musa de la comedia una joven de regocijado aspecto; está coronada de hiedra, calza borceguíes y tiene una máscara en la mano. Muchas estatuas suyas tienen un clarín o portavoz, instrumento que se usaba en la comedia antigua para contener la voz de los actores.

Le corresponde el noveno grado de las esferas celestes, que corresponden al universo mismo; este grado tiene las cosas más formales, como los números, las figuras y los caracteres, y concierne a las influencias ocultas de las inteligencias del cielo y los demás misterios.

La musa Talía preside la Tierra, y es la inspiradora de la poesía bucólica y la comedia. Cuando se la representa debajo de la superficie terrestre, oculta, es «Talía silenciosa», la musa no escuchada, pues los hombres, ante los terribles rasgos del tiempo, que no pueden comprender, están ciegos y sordos a la inspiración de la musa de la poesía de la naturaleza, y su gloria solo se revela cuando con el espíritu ha sido transportado a la cima de la sabiduría.

La musa tenía —entre sus muchos dones— la posibilidad de inculcar un poco de comprensión.

Terpsícore

Nombre griego que significa ‘que gusta del baile’. Era la musa de la danza. Es una joven viva, regocijada, coronada de guirnaldas y que tiene un arpa a cuyo son lleva a compás todos sus pasos. Musa y danza fueron el resultado de una meditada observación de la naturaleza, donde todo se mueve rítmicamente, describiendo figuras y marcando leyes.

Pertenece al tercer grado de las esferas celestes, que es la esfera de Venus y Cupido. Este grado gobierna los planos sutilísimos, los vapores, los olores y los ungüentos y perfumes. Su nota musical es Parhypate Hipatón (do). Modo: hipolidio. Metal: cobre.

Terpsícore sería el reflejo de nuestra alma porque el alma sí sabe danzar. Cuando el alma vibra, los griegos la llamaban Terpsícore, nombre de gracia y armonía.

Urania

Proviene del griego Uranos, ‘Cielo’. Es la musa de los astros, la celeste. Se la representa sentada con un traje azul, coronada de estrellas y sosteniendo con ambas manos un globo que parece medir, o teniendo el globo sobre un trípode junto a ella, con varios instrumentos matemáticos.

Se mueve en la esfera de los astros fijos y nos transporta desde la puerta del Sol a los mismos pies de la transformación suprema del padre, la luz absoluta. Nota musical: Mese. Modo: hipomixolidio.

Es el octavo grado, que representa al cielo estrellado; concierne a la situación, movimientos, rayos y luz de los cuerpos celestes. También tiene las imágenes, anillos y cosas semejantes que se fabrican según la regla de las cosas celestes.

Urania porta en sus manos ese universo movido por leyes, ese universo amplio y fantástico donde la armonía se expresa a través del número, del movimiento, de los ciclos y de la vida que siempre continua.

Epílogo

Tal vez nosotras, mujeres del siglo XXI, hemos olvidado invocar a la Musa y hemos pensado que podíamos caminar, amar y crear por nosotras mismas, sin darnos cuenta de que esos genios femeninos seguían guiándonos.

Ellas son las responsables que hacen que, de vez en cuando, nuestros ojos se bañen en lágrimas, añorando aquel tiempo en donde la belleza tuvo su manifestación más plena.

Pero nosotras seguimos diciendo: «La razón ha muerto, es el tiempo de las musas».

Es el tiempo en que de nuevo surjan mujeres que sepan ser la inspiración, el amor y la vida, no solo del presente, sino también del futuro, un futuro en que de nuevo la mujer sea esa cadena plateada que nos une con lo invisible, lo mágico y con lo sagrado, esa cadena que nos guíe hacia nuestro destino.

Bibliografía

Diccionario de mitología griega y romana. Pierre Grimal. Ed. Paidós.

Filosofia oculta. Cornelio Agripa. Ed. Alianza.

Hoy vi. Delia Steinberg Guzmán.

La diosa blanca. Robert Graves

Las máscaras de Dios. Joseph Campbell.

Las musas. Walter F. Otto.

Teofanía. Walter F. Otto.

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