Filosofía — 3 de junio de 2026 at 00:00

Aristóteles: la amistad y la política

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Aristóteles: la amistad y la política

Recordemos lo tratado en artículos anteriores: la mente o razón como motor humano, destacando la «recta razón» como la superior y objetiva sobre la razón normal o subjetiva e influenciable; la virtud es la vida del alma conforme a la recta razón; hay dos clases de virtudes: morales o prácticas e intelectuales o reflexivas, siendo estas las de los hombres y mujeres «buenos». Según Aristóteles, la verdadera amistad empieza en uno mismo, amando lo bueno y rechazando los vicios; el hombre bueno es generoso, y el malvado, egoísta; la amistad puede ser por virtud, por interés o por placer; la presencia de amigos es agradable tanto en los buenos como en los malos momentos.

La moral es parte de la política

«La moral es parte de la política» porque ambas buscan el bien: la moral busca el bien para uno mismo, y la política busca el bien común para todos los ciudadanos.

«La moral es el principio de la política; en realidad, la moral es política».

«El buen político tiene que ser un hombre de bien, un hombre bueno».

Es natural que la justicia crezca juntamente con la amistad.

Amistad y política: la concordia

«Es natural que la justicia crezca juntamente con la amistad, pues la amistad y la justicia se refieren a las mismas cosas y afectan a las mismas personas: en toda comunidad existe alguna clase de justicia y también de amistad, pues todos los hombres participan de la naturaleza humana».

«Todas las comunidades forman parte de la comunidad política, pues los hombres se asocian para conseguir algo que les conviene y para procurarse algunas de las cosas necesarias para la vida. La comunidad política parece que nace y se mantiene por causa de la conveniencia; por ello los legisladores dicen que es justo lo que conviene a la comunidad».

Si no hay justicia no puede haber amistad, pues en estos casos uno se beneficia del otro y no hay nada común entre ellos.

«La amistad mantiene unidas a las familias… y también mantiene unidas las ciudades, y los legisladores se afanan más por ella que por la justicia. En efecto, la concordia parece ser algo semejante a la amistad, y (los legisladores) la desean sobre todas las cosas, buscando, en cambio, expulsar la discordia, que es enemistad. Y cuando los hombres son amigos, no hay ninguna necesidad de justicia, pero, incluso siendo justos, necesitan de la amistad. Y son los hombres justos los que son más capaces de amistad».

La concordia, para Aristóteles, en su verdadero sentido se aproxima mucho a la auténtica amistad.

«Hay concordia cuando los hombres son del mismo parecer en lo práctico y en los asuntos importantes. Pero cuando cada uno quiere ser el que mande, surge la discordia. Porque la unanimidad no radica en pensar todos lo mismo, sea lo que fuere, sino en pensar lo mismo sobre la misma cosa».

«La concordia es algo semejante a la amistad: es una especie de amistad civil, pues está relacionada con lo que conviene y con lo que afecta a nuestra vida».

«La concordia existe en los hombres buenos, porque quieren lo que es justo y conveniente para todos, y a ello aspiran en común. En cambio, los hombres malos no pueden coincidir excepto en pequeña medida, ni tampoco pueden ser amigos: en los beneficios aspiran a alcanzar más de lo que les corresponde y se quedan atrás en los trabajos y servicios públicos; y como cada uno desea estas cosas para sí, critica y pone trabas a su vecino, y si no atiende a la comunidad, esta se destruye. Así, al forzarse unos a otros y no querer hacer gustosamente lo que es justo, acaban por pelearse».

Cuando los hombres son amigos, no hay ninguna necesidad de justicia.

Importancia de los hombres buenos

«Para los hombres buenos el premio es la virtud y su beneficio es el honor. Lo mismo sucede en las ciudades: se honra al que favorece a la comunidad, al bien común, y el honor es un bien común».

«El buen político tiene que ser un hombre de bien, un hombre bueno».

Actualizando esta idea, extraigo fragmentos de un artículo titulado Necesidad de hombres buenos, de Jorge Ángel Livraga:

Hoy hay un gran desconcierto colectivo en cuanto a los fines y principios que persigue la sociedad. Y la solución de este problema pasa por comprender que lo que realmente importa no son los sistemas, sino las personas que los integran; y que su calidad moral es lo fundamental.

Retoma la vieja enseñanza que señala que la clave de todo está en el ser humano y no fuera de él:

Poco importa ahora que un país esté gobernado por «derechas» o «izquierdas», que su régimen sea presidencial o monárquico. Lo que es válido es si el hombre o los hombres responsables de la administración de un país son gente buena, honrada, justa, valerosa y cabal.

El peor de los sistemas —afirma—, si está integrado y conducido por hombres buenos, trae felicidad al pueblo, riqueza, bonanza y paz. Y el mejor de los sistemas, si sus gobernantes son personas carentes de moral, será un suplicio para los gobernados.

Hace una llamada a realizar un cambio de mentalidad y volver a retomar las virtudes morales:

El mito de la redención colectiva a través de los sistemas ha demostrado su falibilidad. En el transcurso del tiempo, el más organizado y natural de los sistemas se desmorona pronto si no está sostenido por hombres y mujeres de honor, morales; en una palabra: BUENOS.

Livraga define al hombre bueno igual que lo hacen Sócrates, Platón y Aristóteles:

Es el que se gobierna a sí mismo, el que domina sus pasiones y endereza sus ideas con la fuerza de su voluntad. Y por ello, tal como enseñan todos los grandes sabios y filósofos, ha de ser el más apto para aplicar aquello que en él es ventajoso a todos los miembros de su comunidad.

Lo que necesitamos son hombres buenos y que —a esos hombres buenos—, reconociéndolos como tales, se les deje tener las máximas responsabilidades en todos los terrenos.

Si logramos respaldar a los hombres buenos y les damos los instrumentos culturales necesarios, estos pueden integrar cualquier forma de gobierno, pues cualquier forma de gobierno, en sus manos, será eficaz.

Es preciso encontrarlos, señalarlos y apoyarlos.

Tal como enseña Aristóteles sobre la buena y la mala amistad, Livraga nos recuerda que:

Para un hombre, no hay enemigo mayor que otro hombre, si este es malo, ni mejor amigo y ayuda que otro hombre, si este es bueno.

El buen político tiene que ser un hombre de bien, un hombre bueno.

A MODO DE SÍNTESIS FINAL. Y así cierro este ciclo de artículos, volviendo al principio, ya que para Aristóteles lo propio del ser humano es ser bueno a través de la práctica de las virtudes morales primero, y de las virtudes intelectuales después. De la convivencia con los demás nace la amistad, que será buena o mala según seamos nosotros, y de la amistad nace el Estado.

«Todos los sentimientos amorosos proceden, en primer lugar, de uno mismo y de ahí se extienden a los demás. Por ello, cada uno es el mejor amigo de sí mismo y debemos amarnos, sobre todo, a nosotros mismos; pero hemos de amar en nosotros lo bueno y no la codicia ni los placeres. Quien ama la codicia y los placeres por sobre todas las cosas es un hombre malo y es egoísta. Y lo mismo sucede con una ciudad: es bueno para todos que haya hombres que sean responsables y que realicen acciones nobles: si todos los hombres rivalizaran en nobleza y se esforzaran en realizar las acciones más nobles, entonces todas las necesidades comunes serían satisfechas y cada individuo poseería los mayores bienes (morales, del alma)».

Bibliografía

ARISTÓTELES. Ética Nicomáquea. Biblioteca Básica Gredos. Madrid, 2000. Traducción y notas: T. Martínez Manzano.

ARISTÓTELES. Gran moral y Moral a Eudemo. Espasa-Calpe S.A. Madrid, 1942. Traducción: Patricio de Azcárate.

LIVRAGA, JORGE ÁNGEL. Necesidad de hombres buenos. Revista Esfinge, enero de 2015.

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