Sociedad — 27 de mayo de 2026 at 00:00

La educación a través de la historia

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educación a través de la historia

Educar

Una vez aceptadas las preguntas trascendentes que se plantean casi todos los seres humanos (¿qué soy, qué hago aquí y cuál es mi destino?, en estos o similares términos), se pasa a la búsqueda de respuestas y es cuando aparece en un lugar preeminente la educación. Haremos una sencilla exposición, desde los conocimientos que nos ha transmitido la historia y las tradiciones para intentar rescatar su trascendente valor.

Requiere consenso, para poder compartir lo que conlleva educar del modo más generalizado, o al menos dejar claras las diferencias de concepción, que permitan descubrir elementos comunes y útiles en cualquier ámbito mental, territorial y temporal, pues son muchas las variables que se concitan en ello. Así, oiremos decir con total normalidad que se pretende educar a… para tal o cual fin, en lugar de emplear «imponer», «inducir» o «reconducir», que tienen significados y fines muy diferentes.

Desde el punto de vista occidental, todas las pedagogías se definen por el mismo vocablo, con su origen en deuk, de raíz indoeuropea, ‘guiar’, que llega al latín en forma de ducere. Y cuando se le añade la preposición ex, ‘fuera de’, el uso lo deja en educere. Es importante atenerse a lo anterior para entender los significados que se le atribuyen y sus combinaciones.

Desde el fondo de los tiempos y en este momento, la manera de llevar a cabo la educación se muestra en una variedad que podríamos dividir, por su plasmación, en colectiva y familiar, con muchas matizaciones. En el primer caso, mediante la institucionalización del proceso por parte de los poderes públicos: la Iglesia o el Estado en sus diferentes formas, la etnia…, que aportan las directrices, materias, personal y medios; aulas, alojamientos, gimnasios, comedores, letrinas… Y en el segundo, la intención con su esfuerzo se reparte entre las familias y organizaciones intermedias.

El educador y el educando

En todas las culturas aparecen figuras equivalentes «al que enseña»: el kyrios, tutor, junto al paidagogós, pedagogo, en la Grecia clásica. Más tarde, el ludi magister en la Roma mediterránea, el maestro en el Medievo y el educador en nuestros días, en cuanto se refiere a lo que consideramos nuestro entorno cultural.

En los biomas que podríamos llamar “naturales”: los pueblos inuit y samis en la zona boreal de la Tierra; los yakuts en la taiga euroasiática, los mongoles jalja más al sur junto a otros de menor entidad; los zulúes, tuareg, masái y cientos más de tribus en África; los yanomamis, nahua, nanti, korubos, piripkura, yuri… del Amazonas; los apaches, sioux, cheroquis, cheyenes, pies negros, arapajoes, navajos… en la América del Norte; los koori, murri… del casi continente australiano, con su rito de iniciación en solitario o muy reducido; el walkabout o los maoríes y demás pueblos de la Melanesia, etc., en todas las culturas citadas destaca la figura del chamán, sabio heredero de los conocimientos históricos de su pueblo y nexo con la naturaleza circundante.

En todas las culturas que han trascendido su esplendor, el educador ha sido una figura respetada por su pueblo, no tanto por el cargo, sino por su virtudes.

Los educandos, en función de cada escenario, tenían compromisos y responsabilidades proporcionales a su edad, capacidad y circunstancias, cuyo incumplimiento podría hacerles objeto de castigos muy severos, lo que contrasta con los modelos mayoritarios en la educación occidental actual, donde el alumnado puede tener tanta pseudolibertad y responsabilidad o tan poca como el profesorado.

La responsabilidad es un factor de suma importancia en la educación, exigible tanto a los educadores, para que cumplan fiel y lealmente lo que se espera de ellos, como a los educandos, respecto a las enseñanzas a recibir y practicar. En esto vemos también una considerable variedad, motivada por el clima, la orografía, la demografía y el momento histórico particular (la política con sus leyes) de cada pueblo.

Religiones y creencias

Hasta el siglo XVIII, donde quiera que mirásemos del orbe, la educación formaba un línea continua, desde el conocimiento de los oficios hasta la más sublime religiosidad, teniendo la expresión más cercana a nosotros en las llamadas «teocracias del libro»: el mitraísmo (antecesor muy claro del cristianismo), el zoroastrismo y la religión del Nilo, todas ellas fruto de una elevada educación de sus ciudadanos, aunque nos quedan muy atrás en el tiempo.

Es en el siglo XVIII, cuando la Ilustración instaura la separación entre la religión y el intelecto, por medio de la razón, otorgando al individuo un concepto de «libertad» ajeno a la supeditación de la «fe», dando lugar a un salto cualitativo en la historia al introducir la educación laica.

El judaísmo. El primer templo lo construyó el rey Salomón en Jerusalén, 925 años antes de que naciera Jesús. Fue destruido por Nabucodonosor y levantado de nuevo por Herodes el Grande el 516 a. C., para ser de nuevo arrasado por el general romano Tito el año 70 de nuestra era. En él y más tarde en las sinagogas, los rabinos, sacerdotes-maestros, sermoneaban a su pueblo, hasta que en el siglo VI a. C., uno de ellos, conocido como Ezra el Escriba, y sus colegas iniciaron la enseñanza sistemática del Pentateuco, que llaman la Torah o Ley, así como la transmisión oral del Talmud.

El cristianismo. En su seno surgió la figura del «profesor», aquel que enseña haciendo gala de su fe, proveniente de un periodo evolutivo en el que participaron muchas órdenes y grupos religiosos:

Se cita la Orden fundada por san Benito de Nursia, a principios del siglo VI, por su gran labor pedagógica en pos de la autarquía de sus abadías y monasterios. En ellos se resguardó el conocimiento perdido al llegar el Medievo y se impartió formación laboral y académica de tal calidad que a su alrededor fueron resurgiendo los oficios, el comercio y la cultura.

Con el tiempo, la enseñanza se fue depurando y se creó la institución académica que ha llegado a nuestros días, aunque ya desacralizada, la Universidad como evolución de los «studium» y por la influencia de las madrasas musulmanas. La de Bolonia, creada en el año 1088, fue la primera de Occidente.

En lo que hoy es España, fue en la ciudad de Palencia donde el entonces rey de Castilla, don Alfonso VIII, fundó su Studium Generale, usando la catedral como sede. Dio licenciados como don Gonzalo de Berceo, el primer poeta de la lengua castellana, y santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de los dominicos, aunque su influencia pasó a la de Salamanca.

El término universidad quedó oficializado en el año 1231, cuando el papa Gregorio IX firmó la bula Parens scientiarum (1).

Durante la Reconquista, un ámbito de culturas compartidas y disputadas, se creó la famosa Escuela de Traductores de Toledo, que dio nombre a un conjunto de iniciativas del rey Alfonso X el Sabio, en el sentido de reforzar un centro toledano que había creado el arzobispo Raimundo de Sauvetat en tiempos de Alfonso VII, año 1142, para el estudio de la astronomía y el derecho, así como fundar en Sevilla unas escuelas generales, especializadas en árabe y latín, y crear sobre el 1244 la escuela de Murcia poniendo en su dirección al políglota matemático musulmán Al-Ricotí.

Las materias a enseñar se dividían en dos troncos: el trivium (gramática, lógica y retórica) y el quadrivium (aritmética, geometría, astronomía y música). El título que se otorgaba era el de «licenciado en Teología y Artes».

El islam. Según la tradición musulmana, el profeta Mahoma nació en Arabia el año 569. A los cuarenta años, en una cueva, se le apareció el arcángel Gabriel para decirle que aprendiera a leer y escribir, porque le iba a dictar el Corán en nombre de Alá para fundar el islam. Este hecho supuso una enorme aportación en lo religioso y educativo para la humanidad.

En la mezquita de Medina, en Arabia Saudí, siendo principios del siglo  VII, se fundó el primer ente educativo de la nueva religión, que fue replicándose en más lugares y adquiriendo un carácter formador de conocimientos variados, siempre vinculados a la tradición islámica. Así se llegó a lo que hoy conocemos como madrasas.

Fueron, desde entonces, lugares que concitaron la presencia de los más grandes sabios de la época y donde los más importantes asentaban sus escuelas (lo que en el mundo cristiano serían las cátedras). Se crearon bibliotecas y se reprodujeron los textos compilados en pergaminos, papiros y libros, para su estudio, venta y difusión, entre los que se hallaba casi todo el acervo clásico de Grecia y Roma.

Quienes tenían algo que aportar, investigar o aprender se dirigían a las madrasas, fueran o no musulmanes, por lo que se constituyeron en el epicentro de la vida en todos sus aspectos, dando lugar a la llamada «edad de oro del islam», propiciada por el traslado de la capital del califato, desde Damasco a Bagdad, y por el impulso de los califas abasidas (2), entre los que destaca Abu-al-Abbas al-Saffah.

A esa dinastía hay que sumar sus rivales, los fatimíes de Egipto y los omeyas de al-Ándalus, que, en El Cairo y Córdoba respectivamente, rivalizaban con Bagdad, constituyendo en conjunto una masa del saber chino, indio, persa, griego, egipcio y de allende los límites conocidos de los continentes, incluidas leyendas y narraciones fantásticas que se recopilaban y traducían al turco, hebreo, latín, persa y algunas lenguas más.

La primera madrasa en el entonces al-Ándalus (1349) fue la de Málaga; le siguieron las de Granada y Zaragoza, esta última especializada en la formación de médicos.

El hinduismo. En Oriente, entre muchas líneas teocráticas tenemos esta religión, que, desde hace 5000 años, entre otros, nos ha traído el texto del Ramayana; las aventuras de Rama que diríamos hoy, la estratificación social más antigua de la que tenemos noticia, con sus cuatro castas principales: brahmanes (sacerdotes), kshatriyas (guerreros), vaishyas (comerciantes) y shudras (siervos), aunque dentro de ellas aparezcan otras subcastas que aún perduran, lo que implica una educación con límites específicos para cada una de ellas.

El Manusmriti o Leyes de Manú es un texto que se remonta a mil años a. C.; trata sobre la Ley hindú y explica con profusión un orden social ya heredado en la India de aquel tiempo.

El budismo. Desde que, en Nepal, el 564 a. C. nació el Buda, la humanidad goza de esta religión.

Finalidad

Las sociedades orientales son proclives a educar en beneficio del conjunto: familia, clan, tribu, reino, imperio, donde la importancia del individuo queda supeditada al bien común.

Ello les permite plasmar ingentes obras, como la muralla china, construida entre los siglos V a. C. y XVI de nuestra era. O modernamente la «presa de las tres gargantas», que implicó el traslado de diecinueve millones de personas.

En Occidente, sin embargo, aunque durante el Medievo no estaba bien visto el protagonismo personal, pudo más la rescatada herencia grecorromana, propiciando a partir del Renacimiento en la Italia del siglo XV la aportación de grandes hombres que firmaban sus obras y a los que se empezó a reconocer su valía individual, como aporte a empresas colectivas.

Así tenemos la invención de la imprenta de Johannes Gutenberg; el descubrimiento de América por Cristóbal Colón; el Siglo de Oro español, con una pléyade de autores con Cervantes a la cabeza, seguido de otros europeos; la Revolución Industrial con sus patentes; Alexander Fleming con la penicilina; la conquista de la luna…

Diferencias formativas. En la mayoría de las culturas que podríamos denominar civilizatorias o predominantes, en el tiempo y a lo largo y ancho de nuestro planeta se ha encontrado que su nivel era proporcional al de sus sistemas de enseñanza, no habiendo un único canon formativo para la población. La norma era que, en función de la estructura social que las caracterizara, se establecieran algunos elementos comunes y otros exclusivos, coincidiendo estos últimos con las tribus, castas, clanes y similares. Veamos un ejemplo.

Los aztecas. La educación de sus niños se diferenciaba por sus clases sociales. Los hijos de los nobles, que eran conocidos como «pipiltin», eran educados desde los seis hasta los quince años en el Calmécac, donde se les enseñaba el arte de gobernar, la disciplina militar, la lectura de los códices, el conocimiento de los astros y los tonalamas, que eran libros de los destinos.

Los privilegios no existían, sin embargo; las obligaciones consistían en limpiar, acarrear leña, participar en obras públicas y en la agricultura. «Los jóvenes que estudiaban ahí no se podían comportar de manera indebida y mucho menos embriagarse, pues si lo hacían eran castigados hasta con la pena de muerte, porque la clase gobernante era muy celosa de su papel como regidora de los destinos de la sociedad» (3).

En los telpochcalli, que eran las escuelas para la gente común, los alumnos recibían un trato muy similar a los pipiltin. Su patrono era el dios Tezcatlipoca, porque se les educaba en el ejercicio del combate, lo que implicaba una disciplina que, aun así, era menos rígida que en el Calmécac.

La percepción del educando. Establecemos concepciones puramente teóricas, como auxilio a la disquisición, pues todas participan de algunos aspectos de las demás.

Las que aceptan como normal, actualizar y exponer a la comprensión del educando las experiencias que porta su ser atemporal, para lo que es necesario creer en la teoría de la reencarnación, muy extendida por todo Oriente y aun incluso en el cristianismo primitivo de Occidente.

El budismo, como expresión pura de la creencia en la reencarnación, contempla y analiza las consecuencias de vidas pasadas, proyectadas en la presente para proporcionar al educando una formación que le permita actualizar las semillas de acción (skandas) que acompañan la transmigración de su alma.

Son muchísimas la versiones que, a partir de la enseñanza de Buda, nos presenta su mundo religioso, del que, por publicidad, conocemos los monasterios del Tíbet y de Birmania, donde es frecuente que los niños, más que las niñas, lleguen a partir de los nueve años e incluso antes a los lamasterios. Los padres ceden la responsabilidad a los lamas educadores y para los educandos comienza una nueva vida.

Las que entienden que el educando es una tabla rasa desde su nacimiento, en la que se pueden marcar las improntas de sus formadores mediante programas y experiencias dirigidas que le propicien la asimilación de las costumbres sociales a las que se incorpora como miembro.

Ejemplos de tabla rasa hay muchos a lo largo de la historia. Sirva de muestra el cuerpo de los jenízaros o mamelucos en el Imperio otomano (islam), que creó el príncipe Orhan I alrededor de 1330. Sus componentes eran niños cristianos, arrancados a sus madres en las razias y educados en la corte de tal modo que constituyeron, por su fidelidad, la guardia personal del sultán y conformaran un cuerpo de élite en la guerra, distinguiéndose en el servicio al Imperio otomano.

«Dadme una docena de niños sanos, bien formados, para que los eduque, y yo me comprometo a elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se convierta en un especialista de cualquier tipo que yo pueda escoger —médico, abogado, artista, hombre de negocios y, sí, incluso mendigo o ladrón—, independientemente de su talento, inclinaciones, tendencias, aptitudes, vocaciones y raza de sus antepasados» (4).

Aquellas prácticas pedagógicas que usan concepciones intermedias, entre las dos anteriormente expuestas, por lo que es frecuente oír: «este niño sale a su abuela en… o en aquello al tío…», como atribuyendo al pasado algo que podría ser transportado no se sabe cómo, por la genética u otra causa desconocida.

La Compañía de Jesús. Fundada en 1534 por san Ignacio de Loyola, establece su pedagogía (5) sobre la ciencia y la experiencia; el mundo de los sentidos y sus percepciones, atendiendo también a las verdades asumidas por la fe, en un intento de armonizarlas con la razón. Así, la intuición, como hermana menor de la revelación, permitiría al hombre (portador de valores atemporales) adentrarse en la metafísica, que, en su versión agnóstica o atea, es el reservorio de la creación, donde la ciencia incursiona haciendo parcialmente comprensibles sus «casualidades» al razonamiento humano.

Montessori. (6) Cambió el concepto de educación, convirtiendo al niño en el protagonista de su propio aprendizaje, y al maestro, en orientador de ese proceso. «Cuando un niño se siente seguro de sí mismo, deja de buscar aprobación en cada paso que da».

Rudolf Steiner Waldorf (1861) fue un neorrenacentista, filósofo, pedagogo, científico y artista austrohúngaro, cuyo método gira en torno a la espiritualidad, promoviendo la creencia en la libertad de los seres, la agricultura biodinámica, la medicina antroposófica y la euritmia (del griego eu, ‘bello’, ‘armónico’ y ritmia, ‘ritmo’ o ciclo natural) para conducir al niño hacia un desarrollo equilibrado de su mente, una rica vida emocional y una reafirmación sana de su voluntad. Quien le otorgó forma pedagógica fue su Segunda esposa, Marie Steiner-von Sivers.

Ideologías. Mencionamos, tan solo para dejar constancia, otro tipo de «educación», la empleada por ideologías totalitarias, carentes o negacionistas de un sentido trascendente o espiritual, por lo que no pretenden educir, sino conducir la mente y los sentimientos del educando en beneficio de los fines del «partido». La más importante por su influencia, es la marxista leninista, que, teniendo su más claro exponente en Corea del Norte, se extiende por todo el orbe, con distintos nombres y grados de incidencia.

No podemos obviar la adquisición y uso (no educación) de conocimientos a través del metaverso, que, mediante sofisticada tecnología, suscita sensaciones pseudodimensionales. A lo que debe añadirse la información del big data, cúmulo de datos de variadísima índole cuyo efecto sobre la población se mide por el grado de dirigismo de quienes tienen el poder de canalizarla.

Las edades en la educación

Donde pueda hallarse un resquicio arqueológico encontraremos elementos que delatan la educación de sus creadores.

Parece común a lo largo de la historia que la educación empezaba una vez superado el estadio de crianza dependiente. Y salvo excepciones, hay una gran concordancia en los períodos de aprendizaje.

«Los seis primeros años de vida son fundamentales para el desarrollo del ser humano. En ellos se configuran las habilidades psicomotoras, cognitivas, lingüísticas, emocionales y sociales. En los tres primeros años, destaca el desarrollo cerebral mediante la adquisición de habilidades psicomotoras. “El desarrollo del pensamiento es acción”. Entre el primer y segundo años de vida se establece el apego, al interactuar con los demás. A partir del segundo año aparece la función simbólica, con el mundo de la fantasía, y entre los tres y los seis años, se penetra en el proceso del aprendizaje gramatical» (7).

Lo que ratifica José Ignacio Rivas (8); de los tres a los seis años, el juego de ejercicio y simbólico es fundamental para «ir creando capacidades en los niños que les permitan afrontar el mundo». En un contexto rico en estímulos, se va ampliando su vocabulario y van aprendiendo a contrastar y a categorizar.

Una de las formas del cómo, nos la indica Albert Reverter (9): «Leerles cada día algún cuento, hablarles con frases bien estructuradas y con un vocabulario adulto y diálogo constante, enriquece la base sobre la que asentaremos luego el trabajo de descodificación y comprensión lectora».

Epílogo

«Cuando una persona posee conocimientos, ¿de qué carece? Y si una persona no adquiere conocimientos, ¿qué posee?» (Tratado de Nedarim 41a. Talmud Babilonia).

«Cualquier hombre es capaz de tener hijos, pero no cualquiera es capaz de educarlos» (Platón).

«La tinta de los sabios es igual de preciosa que la sangre de los mártires» (abasidas musulmanes).

«Cada uno de los seres humanos es un microcosmos irrepetible, y esa irrepetibilidad la desarrolla el hombre en comunicación con otros» (Giner de los Ríos, España).

Serian inagotables las formas de expresar la importancia que las almas buenas conceden a la educación, que lleva el alma a un estadio superior, por conexión con la naturaleza, con la obra de Dios, con el todo hasta hacerse uno con él. Lo demás es ilusión, la Matrix del mundo virtual.

Notas

(1) Pares scientiarum. Bula del papa Gregorio IX, de 1231, considerada el documento fundador de la Universidad de París.

(2) Abasidas: dinastía califal fundada en 750 por Abu al-Abbás, descendiente de un tío de Mahoma.

(3) Carlos González González, Xipe Tótec. Guerra y regeneración del maíz en la religión mexica, México. Instituto Nacional de Antropología e Historia/Fondo de Cultura Económica, 2011.

(4) John Broadus Watson, psicólogo (1878), creador del conductismo.

(5) Klein S. J., Luiz F. Actualidad de la pedagogía jesuítica (2001).

(6) María Tecla Artemisia Montessori (1870). Esta devota católica fue médico, pedagoga y filósofa humanista

(7) Teresa Sanz de Acedo, doctora en Psicología: profesora titular en el área de Psicología Evolutiva y de la Educación (UPNA).

(8) Catedrático del departamento de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de Málaga (2010).

(9) Es un maestro de primaria español, con ideas muy prácticas.

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