
«La divisa que yo propondría al filósofo, e incluso al común de los hombres (…): yo diría que es preciso actuar como hombre de pensamiento y pensar como hombre de acción».
Después de la Revolución, la burguesía francesa se ve impulsada a encontrar su ideal de restauración total. Se demanda coherencia a lo social, a lo político, a lo industrial; a la ciencia, a la medicina. En el arte, el modernismo, el simbolismo y el impresionismo prepararán Europa para una nueva sensibilidad. Es así como, en la segunda mitad del siglo XIX, surgirá el espiritualismo francés como reacción al positivismo materialista. Figuras como Maine de Biran, J. Lachelier, Ravaisson, Boutroux, Lagneau y Bondel serán piedras angulares de este movimiento.
La filosofía que se deriva de esta búsqueda intenta reconciliarse con la religión y con la ciencia, reconoce la existencia de una dignidad humana «suprasensible» (2). La filosofía práctica —«la más alta ambición de la filosofía es hacernos mejores y más fuertes» (Bergson)—, la metafísica, la moral y el valor de la experiencia individual tendrán su espacio en este mundo nuevamente. De nuevo, como en el pasado, se aceptarán como herramienta de conocimiento las vías internas: la intuición —para Bergson, «método filosófico privilegiado» de acceso a la realidad—, el mundo interior, la conciencia e incluso la experiencia que la conciencia tiene de sí misma.
Para autores como Janicaud, el pensamiento inconsciente que trabaja en la naturaleza llega a ser consciente en nosotros. Los seres humanos tenemos la capacidad de plasmar y representar en el espacio esas formas, haciéndolas conscientes (acaso ¿plasmar arquetipos?). Esta nueva filosofía, esa metafísica «positivista» buscaba llegar a ser tan rigurosa como la ciencia tradicional: sólida y precisa como la matemática. En esa misma época, la ciencia médica hace estudios sobre el cerebro y se dan pasos importantes en anatomía y neurología. Por otro lado, y según la moda del momento, la psicología también abre las puertas a lo invisible gracias al empleo de la hipnosis, los experimentos parapsicológicos y las reuniones de investigación de lo paranormal. Proliferan distintos grupos que pretenden una investigación «científica» del magnetismo animal, la telepatía o la sugestión. El contacto con este fuego será lo que prenda la pólvora de la mente de H. Bergson.
Henri Bergson es el segundo de una familia de siete hijos nacidos del matrimonio judío entre un músico polaco y una religiosa mujer angloirlandesa. Estudia interno en el Liceo Bonaparte de París y, desde el bachillerato, se muestra brillante: latín, lengua francesa, oratoria, matemática. A los dieciocho años gana el Concurso Nacional de Matemáticas por resolver un problema de Pascal sobre círculos tangentes. Al igual que los círculos comparten puntos de convergencia, pero cada uno mantiene su propia individualidad e identidad, esta será la forma de Bergson de encarar el mundo y las relaciones.
Es respetuoso y, al mismo tiempo, reservado; para él, la cortesía otorga a la vida cotidiana «el sutil atractivo de una obra de arte» (2). Como si fueran aristas, tratará de pulir las palabras, las formas, las imágenes literarias; sus expresiones impregnadas de musicalidad, su lenguaje «bello, claro y accesible» (2) e incluso su elegante apariencia le valdrán el apodo de «encantador». A nivel intelectual, para él son las oposiciones con los otros o con el medio lo que le inspira a escribir y redefinir ideas: los límites de su círculo. «Mis libros han sido siempre la expresión de un descontento, de una protesta. Hubiera podido escribir muchos otros, pero no escribí más que para protestar contra lo que me parecía falso».
Para Bergson, el mundo interno del «hombre privado» es el universo. Por otro lado, si estas ideas (mundo interior) son parte de la identidad de cada círculo, no importa qué interlocutores hubiera tenido o en qué época hubiera vivido, el filósofo habría dicho siempre las mismas cosas. Por añadidura, como no solo es importante lo material y concreto, también las realidades parapsicológicas son hechos naturales y, como tales, están sometidas a leyes. Bergson tratará de investigarlas, conjetura la existencia de percepciones o incluso de comunicaciones no mediadas «corporalmente entre espíritus o mentes» y dedica algunos de sus escritos al hipnotismo y a las presencias fantasmagóricas. Será miembro del Instituto General Psicológico de París y, en 1913, presidente de la British Society for Psychical Research.
Bergson es profesor de Filosofía en secundaria y prepara su tesis de doctorado cuando tiene una especie de revelación: «la metafísica nació de los argumentos de Zenón de Elea relativos al cambio y al movimiento. Es Zenón quien, atrayendo la atención hacia el absurdo de lo que llama movimiento y cambio, llevó a filósofos —Platón el primero— a buscar la realidad coherente y verdadera de lo que no cambia».
A los treinta años presenta su tesis: Ensayo sobre los datos inmediatos de la conciencia, obra que contiene la semilla de su trabajo, catalogado por él mismo como una obra única en torno al tema de la Duración (el tiempo auténtico). «Bergson ha pasado de las matemáticas a la psicología, del mecanicismo al espiritualismo, del mundo a la conciencia» (2). Ese tránsito es el resultado de la sorpresa, del agujero de conejo por el que ha caído tratando de entender qué es el tiempo. En 1891 se casa con Louise Neuburger, prima de Marcel Proust; tendrán una única hija, sordomuda, que estudiará con Rodin y llegará a ser artista, y juntos formarán una familia unida y ejemplar.
La primera década de 1900 Henri Bergson llenará cada viernes los salones del Colegio de Francia. La culta sociedad parisina acude a disfrutarlo; los ricos envían sirvientes a guardar un sitio horas antes de que empiece la conferencia; le escucharán Antonio Machado, T. S. Eliot, Émile Bréhier, Étienne Gilson, Jean Wahl o Charles Péguy, además de una multitud de jóvenes damas. Habló de Plotino, de Aristóteles, de Berkeley, de Spinoza, de Leibniz, de la risa, del tiempo, de la memoria, de la libertad, del sueño, del dejá vû, de la inmortalidad del alma, de la voluntad y del esfuerzo, y por supuesto: del tiempo eterno e inmóvil al que llamó duración. En la Academia de las Ciencias ocupó la silla de Ravaisson —su predecesor en el movimiento espiritualista—. Su celo en el cuidado del lenguaje le llevará a ganar el Premio Nobel de Literatura en 1927. Será presidente de la Academia de Ciencias Morales y Políticas. En 1914, cuando estalla la guerra, Bergson es el primer judío elegido como miembro de la Academia Francesa. Cuentan que le inunda una cantidad tal de flores y de aplausos que apenas dejan escuchar su queja: «Soy un profesor, no una bailarina» (2).
Durante la I Guerra Mundial colabora como delegado de propaganda ideológica a favor de la causa francesa; a instancias de su Gobierno, viaja, da conferencias y conquista España, Inglaterra y Estados Unidos. Posteriormente a la guerra, tras la firma del tratado de paz, se funda la Comisión Internacional de Cooperación Intelectual (dependiente de la recién nacida Sociedad de Naciones), y Bergson será elegido presidente de esta entidad, encargada de fomentar el desarrollo y el intercambio científico entre países. Participaron Marie Curie y Albert Einstein entre otras grandes personalidades; por sus diferencias con Bergson, Einstein renunciará en 1923 (le reemplazará H. A. Lorentz, quien será nombrado presidente cuando se jubile Bergson). En 1930 se le concede la Gran Cruz de la Legión de Honor francesa. A los ochenta y dos años, el antisemitismo y el reúma lentifican sus movimientos; Bergson morirá el 3 de enero de 1941, en un París ocupado. Se desarrolla ahora el segundo acto de la Guerra Mundial.
Sus ideas principales no son nuevas. El aporte de Bergson es una nueva visión —nueva para esa época—; para nosotros, como filósofos, este personaje recupera la alegría de reconocer nuevamente que siempre se ha hablado de las mismas cosas, ni siquiera un evento cataclísmico y negro como la I Guerra Mundial es capaz de sepultar la inquietud sobre el espíritu, la existencia del Alma del Mundo o de los valores eternos y arquetípicos. La filosofía bergsoniana («Le Bergsonisme») tiene el encanto de ser eterna y moderna al mismo tiempo. A su semilla también se le llamará «intuitivismo» (4). Sus escritos Materia y memoria y La evolución creadora fueron incluidos en el Index de libros prohibidos por la Iglesia católica; baste eso como propaganda para sus ideas.
Percepción y memoria
La percepción es la suma de modificaciones que ocurren en el cuerpo a raíz de las influencias externas que padece procedentes del medio. La percepción es la respuesta de «esa imagen particular que cada uno llama su cuerpo» y, aunque es una forma de «tocar» la realidad, para Bergson no es un modo de conocimiento, sino una forma de acción. A la percepción, la conciencia le aportará el recuerdo.
En cuanto a la memoria, Bergson reconoce dos memorias:
a ) La memoria-hábito, que compartimos con los animales, y se obtiene a raíz de la repetición. Está asociada a las acciones y no al conocimiento.
b) La memoria pura, la memoria de los acontecimientos. Es la auténtica memoria cognitiva y consiste en las imágenes de acciones únicas e irrepetibles que hemos vivido. La memoria no se almacena en el cerebro, no es dependiente de la materia; para Bergson este es un fenómeno que prueba la existencia del espíritu. Chacón lo explica así: «el problema de la memoria es un problema privilegiado, en su aclaración nos estaríamos jugando el sentido del ser del hombre».
La independencia de la memoria del cerebro —o de cualquier otra parte del cuerpo— está apoyada por la evidencia: Bergson observa que las lesiones de ciertas regiones del cerebro lo que producen es una desconexión de funciones. El instrumento no está funcionando, pero a los recuerdos no se les impide existir ni se les borra, «por la sencilla razón de que nunca habían estado allí escritos ni registrados»(2). La afasia, por ejemplo, es la incapacidad de pronunciar una palabra, pero no de conocer su significado o de reconocerla si se la lee. «Más que el lugar de la memoria, el cerebro es el lugar del olvido, el filtro respecto a las respuestas motoras» (2). Que la neurona sea la base biológica del pensamiento no implica, pues, que sea su causa (5).
Todo lo vivido podría recordarse porque no se almacena en ningún sitio, es parte de la misma duración del espíritu que avanza… La hipnosis, la existencia del inconsciente y los relatos de personas que antes de morir ven imágenes de toda su vida así lo prueban. Para profundizar la memoria y sus posibilidades, Bergson nos deja un modelo gráfico: el famoso cono de la memoria. El momento presente S es donde entramos en contacto con su contenido; el cono, sin embargo, lo contiene todo.
La intuición es «la corriente de simpatía que se establece entre el hombre y la cosa, como entre dos amigos que se entienden con medias palabras y que no tienen secretos uno para el otro» (2). Se refiere a la visión o contacto directo de la conciencia y el objeto. Es conocimiento inmediato sin intervención de palabras, ideas, signos o conceptos (aunque se apoye en ellos luego para explicarse). Tiene la capacidad de captar la realidad del movimiento (continuo y perpetuo, y no fraccionado en fotogramas como lo percibe el Kamamanas). Así, como es capaz de captar la unidad, no divide ni separa la totalidad particular de cada instante; sin embargo, tiene la capacidad de adaptarse a la característica única del momento, sin preconceptos. Este conocimiento no es algo dado, se obtiene por esfuerzo. No debe confundirse con ningún estado emocional; para Bergson es un auténtico modo de conocimiento: el conocimiento que viene de flexionarse hacia dentro, cuando el espíritu se dirige «hacia sí mismo».
La intuición es el único medio para entender aquello adonde la inteligencia y el análisis no llegan; la inteligencia detiene el tiempo, lo parte todo en distintas fases, lo fracciona. Ese mundillo pequeño donde Aquiles nunca alcanza a la tortuga tiene la ventaja de que se puede medir; el problema es que no se puede comprender. La intuición, por definición (in– ‘dentro’ y tueri-, ‘contemplar’/’escuchar’), penetra en el interior de las cosas. Las entiende verdaderamente y además lo hace desde dentro, se puede unir a las cosas y formar parte de ellas.
La vida y el tiempo
La vida es la eterna fuerza creadora en que nos movemos y somos; una corriente psíquica y espiritual que atraviesa la materia comunicándole la vida. Todo participaría de esa vida-una. A manera de una granada (metáfora bergsoniana de un big bang en tiempos de guerra), ha explotado en todas direcciones y, a medida que encuentra la materia, debe superar distintos obstáculos y resistencias. Se va abriendo camino, y producto de ese impulso han surgido las plantas, los animales, nosotros… La conciencia humana sería un gran ejemplo de resolución de obstáculos, un auténtico logro evolutivo, la alegría («signo de triunfo de la vida»), la moral («ejemplo de voluntades geniales») o directamente la mística («máxima expresión del impulso original»).
Lo que nosotros llamamos moral atemporal o filosofía búdica es semejante a lo que él concibe como moral abierta y religión dinámica, respectivamente. Tampoco el eterno retorno dejará de estar presente en ese movimiento sin movimiento: «el universo es un gigantesco proceso de creación continua, una inmensa acción de hacerse y deshacerse».
Tiempo: para Bergson el tiempo verdadero es una suma de momentos interiores; su característica es la heterogeneidad. Si se le toma como algo homogéneo, en realidad es que se ha convertido en «espacio».
Su concepción del tiempo está rodeada de la polémica y de la historia de su enemistad con Albert Einstein, al que, después de felicitar por su gran descubrimiento y por el aporte de la teoría de la relatividad, le acusó de no haber considerado el tiempo en la dimensión filosófica, sino solo en la matemática.
Algunos estudiosos consideran este debate responsable de que a Einstein se le diera el Premio Nobel por haber descubierto el efecto fotoeléctrico y no por la relatividad, puesto que el sabio del momento, Henri Bergson, la había puesto en cuestión (1).
Einstein diferencia: a) el tiempo físico: el que se mide con los relojes; y b) el tiempo psicológico, lo que percibimos que dura un beso o el hecho de sacarnos una muela el dentista. «El tiempo de los filósofos no existe».
Tal vez el error de Henri Bergson fue seguir defendiendo que la palabra en cuestión era tiempo y no eternidad o duración. Para la filosofía siempre ha existido esa dimensión de lo quieto, lo que no pasa, ni se mueve, ni es relativo, y por eso justamente, es un tiempo distinto. Cuando al tiempo le afectan los deseos (la impaciencia, el aburrimiento o la expectativa), cuando se puede percibir psíquicamente, entonces es pequeño, infrarracional —como tal vez le parecía a Einstein—. Pero el ser humano también puede tener atisbos del grande, de ese eterno, el que se percibe con nuestra parte superior, y entonces es pararracional y está ya fuera para siempre del reloj: la duración, que diría Bergson. Lo que los separó, tal vez fue, de hecho, no hablar el mismo idioma. Al fin y al cabo la paradoja de los gemelos sigue siendo a día de hoy un experimento virtual y teórico, mientras que el contacto con la eternidad está al alcance de cualquier ser humano que lo intente con fuerza.
Ya llegaremos algún día todos a ese lugar y comprobaremos por nosotros mismos si es cierto que la evolución es conciencia y la vida es un impulso vital (élan vital) que no puede detenerse. Con más razón si reconocemos «la función esencial del universo, que es una máquina de hacer dioses» (2).
Bibliografía
Canales, Jimena. El físico y el filósofo. Arpaeditores, 2020.
Chacón Fuertes, Pedro. Bergson o el tiempo del espíritu. Ed. Cincel, 1988.
Dopazzo Gallego, Antonio. Bergson. El inaferrable fantasma de la vida. Batiscafo, 2015.



















